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Retrato del Nuevo Macho: "Soy feminista porque voy sobrado de virilidad"

Más viriles que la siderurgia báltica; más feministas que Simone de Beauvoir

Hace unos días James Franco soltó aquel titular según el cual se consideraba «un poco gay» y recientemente el primer ministro canadiense Justin Trudeau volvió a insistir, por enésima vez, en que va a machacar con lo feminista que es hasta que esto deje de ser noticia. «Siempre que cuento que soy feminista —dijo—, Twitter explota». Vale. Las dos historias nos guían a una pregunta que en los últimos años nos ha sobrevolado con frecuencia: ¿está la masculinidad en declive?

Spoiler: no.

De ninguna manera, ya se lo adelantamos aquí.

Franco y Trudeau no son sino muy buenos ejemplos de una nueva identidad masculina que se ha reinventado estupendamente con la concienciación feminista de los últimos tiempos. En ambos casos, hablamos de personalidades públicas que han abrazado las reivindicaciones igualitarias sin perder un gramo de testosterona en el camino. El actor y el político son la avanzadilla de los Machos Feministas (o femachos, si nos permiten el cacofónico neologismo) y esta historia va sobre lo que significa esa Nueva Masculinidad.

Así que empecemos por aquí mismo.

¿Qué diferencia la Nueva Masculinidad de la Vieja Masculinidad?

Tom Hardy diciendo que se siente femenino es Nueva Masculinidad; Aznar metiéndole el boli a la periodista es Vieja Masculinidad

Veámoslo con algunos nombres.

Vieja Masculinidad es José María Aznar metiendo un boli en el escote de una periodista. Nueva Masculinidad son todos los titulares de Trudeau con el feminismo. Vieja Masculinidad es Bertín Osborne quejándose de que, coño, ¡ya ni se pueden hacer buenos chistes de mariquitas, tú! Nueva Masculinidad es Pablo Iglesias llorando porque le han abierto las puertas del Congreso. Vieja Masculinidad es el cantante mexicano Gerardo Ortiz liándose a tiros porque le han puesto los cuernos, pobre. Nueva Masculinidad es Tom Hardy diciendo que se siente femenino y también James Franco diciendo que los chicos le gustan un poco. Vieja Masculinidad es la sospecha de que el feminismo son un montón de brujas con el vello íntimo peinado en trenzas rastafaris; Nueva Masculinidad es la creencia de que, ey, no sé si os habéis dado cuenta pero estamos en 2016 y las mujeres existen.

Ahora hagamos un pequeño juego.

Imagínense que ponemos a James Franco y a Justin Trudeau juntos a competir en una Triatlón de la Hombría consistente en tres pruebas. La primera es cazar un oso. La segunda es ovacionar y jalear a su equipo deportivo favorito. La tercera es entrar a un local de ocio y seducir al máximo número de mujeres posible.

La paradoja del Macho Feminista es que cuando reitera su feminismo o lo mucho que empatiza con las sensibilidades femeninas, en realidad también se está desplegando como Súper-Macho.

Si tuvieran que medir la hombría de los dos, ¿por quién apostarían sus ahorros?

La respuesta no es fácil.

La paradoja del Macho Feminista

La paradoja del Macho Feminista es que cuando reitera su feminismo o lo mucho que empatiza con las sensibilidades femeninas, en realidad también se está desplegando como Súper-Macho. Son tipos que se reconocen como feministas, pero en realidad segregan más virilidad que toda la siderurgia báltica junta. Y sí, son dos cosas compatibles.  

¿Pero cómo es esto?

James Franco: "Soy gay en mi arte y hetero en mi vida". Ahá. Lo segundo lo hemos pillado.

Desde luego, la paradoja del Macho Feminista es una circunstancia que podría entretener a un montón de psicoanalistas durante semanas enteras. Se trata de algo bastante parecido a la seducción, ese momento en que tú envías mensajes racionales de amistad que en realidad están pensados para ser desencriptados como gritos desenfrenados de deseo.

Con la Nueva Masculinidad pasa eso, lo que dices y lo das a entender coincide en pocas ocasiones.

La semblanza del primer ministro canadiense lo explica bien.

El liberal feminista, historia de un meme

Justin Trudeau es una figura de consenso, la clase de persona que parece que cae bien a todo el mundo: acoge refugiados, respeta a las mujeres, se le ve concienciado con el cambio climático, baila bien, está a favor de legalizar la marihuana, es guapo, muy guapo… Etcétera, etcétera, etcétera. Sin embargo, Trudeau también tiene sus enemigos: como dirigente del Partido Liberal canadiense, los comentaristas de izquierda han sacudido su diplomacia y su programa como una piñata.

Pregunta: ¿cómo ha hecho Trudeau para convertirse en un ser querido por Internet cuando representa una palabra, Liberal, que ha hecho estragos en las generaciones más jóvenes? Fácil. El truco de Trudeau ha sido convertirse en el Varoufakis de los liberales, la versión dulcificada, modernizada, millennial, meme y Snapchat de un conjunto de ideas que, en realidad, vienen de muy lejos. 

Y en esa modernización del liberalismo canadiense hay dos cosas que han jugado un papel importante: su feminismo y… su pelo.

Trudeau es el Varoufakis de los liberales, la versión dulcificada, modernizada, millennial, meme y Snapchat de un ideario que viene de muy lejos.

Probablemente ahora estarán preguntándose qué narices tiene que ver el pelo de Trudeau con todo esto de la Nueva Masculinidad.

En menos de dos minutos sabrán por qué.

Nice hair, nice platform fue uno de los lemas de Trudeau para ganar las elecciones

Un debate en el que siempre, SIEMPRE, han ganado los liberales es el del pelazo. Es justo reconocerles ese mérito. Ahí están gente como el filósofo Bernard Henri-Levy (medalla de oro al Peinado Carismático), el periodista Arcadi Espada y, por supuesto, Justin Trudeau. Ellos son los mejores referentes del peinado burgués, la clase de escultura capilar con la que no puedes desempeñar con comodidad trabajos como la vendimia, la albañilería o la cadena de montaje.

El pelazo burgués precisa un buen rato de mimo diario y siempre ha sido asociado a una cierta distinción de clase: pocas veces el proletariado tiene tiempo para prestar atención a cómo luce su cabeza, así que se la rapa. Por lo común, ese pelazo burgués ha maridado con otro gran clásico de la estética liberal: la camisa desabotonada a un palmo del cuello.

¿Y cuál es el sentido de desabrocharse la camisa?

La camisa desabotonada muestra pelo en pecho, incluso en condiciones climatológicas adversas. Es más, lo divertido de lucir el pecho al descubierto siempre ha sido hacerlo en condiciones climatológicas adversas. Demuestra vigor viril. Y si Henri-Levy fijó las proporciones clásicas y perfeccionadas de la moda liberal, Trudeau la modernizó.

A Trudeau nunca se le ha visto —que yo sepa— con la camisa desabrochada a un palmo del cuello, pero sí que se le ha visto sin camiseta o con camiseta de tirantes, luciendo tatuaje y boxeando.

Atención a esta foto, sacando músculo y morritos.

En este punto, el mensaje del primer ministro canadiense es claro:

—Como digas algo de mi masculinidad te meto un cate, paYaso.

Y esta es la explicación que demuestra que, cada vez que Trudeau habla de feminismo, en realidad se vuelve más macho.

La masculinidad como juego de suma cero

 

Siempre pasa. Cuando la moda o la cultura manipula el significado de ser hombre, en realidad lo hace para dejarlo igual. La evolución de la masculinidad siempre es un juego de suma cero. Quitar de un lado para ponérselo en otro. Recordemos un par de casos.

Cuando hace unos años el pelo en pecho desapareció para dar pie a las camisas abrochadas hasta arriba, la virilidad cambió de lugar: los estampados de leñador y las barbas pobladas servían como recordatorio de toda la testosterona de quien llevaba esa indumentaria.

Igualmente, cuando la moda quiso introducir el rosa en el armario de los hombres, tuvo que hacerlo mediante raperos y deportistas, gente de la cual nadie duda de que son tipos duros.

La virilidad no se destruye, sino que simplemente transforma, podrían ser un buen lema para resumir todos estos movimientos.

O como hace unos meses sugería por aquí el pensador Eloy Fernández Porta, que un hombre elija no ser sexista no le resta privilegios: tú puedes clamar a los cuatro vientos lo muy feminista y mucho feminista que eres, y sacar una buena tajada de esa circunstancia… 

La evolución de la masculinidad siempre es un juego de suma cero. Quitar de un lado para ponérselo en otro.

Cuando llorar te hace más hombre

Alba Muñoz firmó aquí una crónica formidable en la que narraba su paso por un taller sobre violencia de género con adolescentes de la periferia. El reportaje consiste en una especie de diálogo socrático entre un maestro que plantea preguntas sobre construcción de género y unos alumnos que han asumido sin rechistar los roles masculinos. Poco a poco, el mensaje del primero cala en las conciencias de los estudiantes como una flecha que hace blanco en la manzana. Al final de la crónica, el tema de las lágrimas masculinas surge:

—[Mi padre] siempre me dijo que yo podía llorar —cuenta el profesor—, pero él nunca lloraba. Me sentó fatal.

A partir de ahí, los estudiantes se ponen a disertar sobre su propio llanto en lo que constituye un momento de comunión colectiva. Hay algo ascético y sagrado en esta conversación.

El hombre que admite en público que llora es valiente y pionero, dos rasgos que se le presuponen a cualquier varón.

Pero entonces, ¿cómo puede ser que un montón de adolescentes que siempre han aceptado que su papel era el papel del macho, es decir proteger y proveer, y que nunca han cuestionado esa idea según la cual ser hombre significa ser fuerte, de pronto se pongan a hablar en público sobre aquello que les hace frágiles?

Precisamente, porque hay algo viril en dar el primer paso y reconocer la fragilidad propia, y he aquí otro ejemplo sobre como la hombría puede servir para cuestionar la masculinidad en sí misma. A fin de cuentas, el hombre que admite en público que llora es valiente y pionero, dos rasgos que se le presuponen a cualquier varón.

 

Lo que de verdad quiso decir James Franco

 

Para esa Nueva Masculinidad en construcción, las declaraciones de Franco según las cuales es gay en su arte y hetero en su vida son una auténtica declaración de intenciones. En verdad, el actor afirma dejarse admirar por el carisma y la buen presencia de un hombre como quien experimenta placer al observar a un recién nacido, o un lienzo que cuelga en las paredes del Louvre.

Todo es tan puro.

Se trata de amor sin deseo, tal vez el sentimiento más noble que nos ha sido legado por la naturaleza humana. De esta forma, el varón heterosexual que ignora la belleza de cualquier otro hombre revela su miedo a sentir deseos por él. Por el contrario, el varón heterosexual que experimenta júbilo y quietud al contemplar otra belleza viril y lo admite en público, lo hace con la conciencia de que nunca sentirá atracción por él. Su virilidad es más firme que la del primero.

Cuando Franco dice eso, también es como si dijera:

—Qué bella es mi madre.

Una verdad pulcra, incuestionable.

Está por ver ahora si toda esta Nueva Masculinidad de trudeaus, francos y hardys es solo una forma tremendamente retorcida de mantener los privilegios masculinos, o no. Lo que sí está claro es que, por ahora, los viejos machos de siempre están perdiendo la partida. Ya tocaba.

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