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Novedades literarias a examen: seis libros que merecen un lugar en tus estanterías

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Repasamos algunos títulos llegados a las librerías en enero (y un poco antes) en la primera entrega de una serie irregular en la que iremos comentando la mejor mercancía libresca

Javier Blánquez

24 Enero 2014 10:49

Vamos a hablar de libros, pero en serio. Aquí van varias recomendaciones de novedades (algunas recientes, otras fresquísimas) pensadas para satisfacer la voracidad de lectores exigentes, sin corsés estilísticos: desde relatos de fantasmas y terror moderno al vacío hipster, de la biografía de Salinger a un paseo por reinos fantásticos alucinantes.

‘Todo está en los libros’, decía la sintonía de “Negro Sobre Blanco”, el mítico programa de Fernando Sánchez Dragó en Televisión Española sobre hombres de letras y sus obras. Desgraciadamente, todos los libros no caben en esta columna -de periodicidad irregular; igual te encuentras otra mañana, como dentro de un mes, o nunca más (es broma)-, así que hemos tenido que hacer una severa criba hasta dejarlos en seis, en base a gustos particulares. Eso sí, sin descuidar la calidad y/o interés de varios volúmenes recién llegado a las librerías, o aterrizados hace poco, que merecen un lugar en tus estanterías si tu interés, tu bolsillo y tu espacio utilizable te lo permiten. No son baratos, pero hay más miga que en un pan de payés.

David Shields & Shane Salerno: “Salinger” (Seix Barral)

Hasta ahora, todos los intentos por escribir una biografía completa de Salinger habían resultado en un estrepitoso fracaso, con “En Busca de J.D. Salinger” de Ian Hamilton como ejemplo más sangriento: el título, que acaso hiciera referencia a la divertida biografía de A.J.A. Symons sobre el Barón Corvo (de quien tuvo que reconstruir su vida entera sin conocer al escritor, muerto unos 20 años antes), es a la vez un resumen de la meta conquistada, que fue ninguna. “En Busca de J.D. Salinger” era la crónica de una persecución frustrada, básicamente porque Salinger nunca habló, no lo hizo casi nadie de su entorno, y lo más a lo que pudo llegar Hamilton fue a una exégesis de su obra, una recolección de datos de dominio común y mucha especulación. En ese sentido, “Salinger” de David Shields y Shane Salerno consigue llegar más lejos, aunque quien espere de esta voluminosa historia oral del autor de “El Guardían entre el Centeno” la biografía más completa y esclarecedora del misterio del eremita también corre el riesgo de llevarse alguna frustración. Al fin y al cabo, Salinger siempre fue un muro impenetrable que no parece haberse reblandecido demasiado tras su muerte en 2010.

"Shields y Salerno llegan hasta donde pueden, que es lejos, pero en absoluto el final del camino"

Porque aunque éste es el recorrido biográfico y psicológico más completo que existe y posiblemente existirá, resultado de diez años de tenaz investigación escrutando documentos desclasificados del ejército, de conversaciones con familiares y amigos de Salinger que consintieron en hablar sólo tras la muerte del escritor, del repaso de diarios y papeles dispersos, lo que falta es la voz del propio Salinger, que se la llevó a la tumba a la espera de que los textos inéditos hallados en su casa aporten nuevos elementos de juicio y perspectiva. Así que Shields y Salerno llegan hasta donde pueden, que es lejos, pero en absoluto el final del camino. De mientras, el espectro salingeriano se amplía con revelaciones satisfactorias: resulta que nunca fue un recluso como afirma la leyenda (sustentada por la mítica imagen en la que parece querer atacar con el puño a un fotógrafo), sino que llegó a tener una vida social más que saludable, un círculo íntimo de amigos y una dedicación espiritual a la doctrina hindú del vedanta que calmó sus heridas psicológicas a la vez que apagaba su fiebre literaria. Pero a la vez escribió continuadamente -como bien explicó su amante Joyce Maynard en sus memorias-, y existen libros completos, las sagas de los Glass y los Caulfield, que deberían empezar a publicarse entre 2015 y 2020.

De todo esto, que hasta entonces sólo eran suposiciones basadas en fuentes parciales y en la teoría del bunker -un espacio de reclusión absoluta en casa de Salinger dónde se encerraban él y su obra-, Shields y Salerno consiguen extraer pruebas en forma de fotografías, confesiones y visitas, para que al concluir el libro, al más puro estilo Rashomon -reconstrucción del uno a partir de los muchos sin que el protagonista hable, como en “Ciudadano Kane”-, Salinger salga mucho más humano, misterioso y genial que al comenzar. Es cierto que no se resuelven todos los enigmas, pero cualquier fan de Pynchon daría un brazo por que del viejo Thomas se escribiera una biografía tan amena, poliédrica y vertiginosa como esta. Podría ampliarse con datos, pero superarla en la forma va a ser difícil.

Tao Lin: “Taipéi” (Alpha Decay)

Taipéi es una novela mejor que “Robar en American Apparel” y “Richard Yates”, pero no es en absoluto distinta. Tao Lin está mejorando con el tiempo en capacidad de penetración psicológica y en la que es su gran especialidad, conseguir que su literatura se aproxime al cero absoluto en la temperatura de la inacción. Una vez más, aquí no pasa nada, y la gracia está en que así sea para dar una sensación de absurdo y de vacío, de aproximación nihilista al mundo occidental del siglo XXI. Pero aunque “Taipéi” es mejor que sus dos novelas anteriores, Tao Lin corre el riesgo de enjaularse en una dinámica que será difícilmente tolerable en el futuro si persiste en calcarse sin pudor. Aquí estamos ante Paul, que bien pudiera ser una versión exageradamente adicta y desesperadamente inactiva del propio Tao Lin, un escritor pujante que no acaba de estallar en popularidad y que no termina de encontrar un lugar en el mundo. Incapacitado para relacionarse con normalidad en los planos afectivo y social, deambula como un autómata por ese cliché de la Nueva York bohemia que hemos conocido siempre a través del artículos del Village Voice y diversas novelas generacionales de tercera categoría, atiborrándose de calmantes, viviendo en una nube de olvido, comunicándose de manera primitiva por chats, incapaz de tener una conversación mínimamente profunda con nadie. A lo lejos está la amenaza de Taipéi, la capital de Taiwán, la patria de los ancestros, allí donde sus padres se han retirado a vivir, y que es la metáfora del destino ominoso que le espera si fracasa en su intención de hacerse con un lugar de privilegio en la literatura. Mientras Nueva York es el presente a la espera de la catástrofe, Taipéi es el destino de los fracasados.

"Taipéi funciona como interesante lente de aumento para observar a las bacterias en su hábitat y en su comportamiento inmóvil"

La literatura de Tao Lin causa un doble efecto. Por un lado, resulta magnética en el sentido de que consigue atraer al lector a un pozo negro de desidia: para los que crean que los modernos son una especie de microbios que no dan un palo al agua, subsisten de manera misteriosa con cuatro perras en apartamentos dignos y sacan dinero no se sabe de dónde para comprar todo el alcohol, los libros y las drogas del mundo, “Taipéi” funciona como interesante lente de aumento para observar a las bacterias en su hábitat y en su comportamiento inmóvil. Por otro, es una manera de reaccionar ante esa misma bohemia esterilizada de ideas y empuje, de toparse ante una realidad que puede entenderse como sintomática de la decadencia de los valores y el vigor de occidente: dan ganas de entrar en el libro, agarrar por las solapas al protagonista, arrinconarle en cualquier comercio de cupcakes de Brooklyn y gritarle que reaccione, darle dos manotazos para que salga de su apatía. Comparar a Tao Lin con Samuel Beckett es aproximado, pero fuera de proporción: la calidad de escritura, la riqueza de pensamiento y la penetración en la herida del mundo es infinitamente más profunda en Beckett. Compararle con Douglas Coupland es también una manera de rescatar al canadiense, que salvo la suerte de dar con la idea de la Generación X debería estar ya condenado a un lento olvido. Entre medias de ambos, Tao tiene futuro en la literatura porque le sobra talento y capacidad de construir metáforas vívidas, pero tendrá que ampliar su baraja de ideas para no caer en una autoparodia constante. Ahora mismo pende de una línea: a un lado, su talento; al otro, el precipicio.

Andrés López Martínez: “Julio Iglesias. Cuando Vuelva a Amanecer” (Editorial Milenio)

Salvo los fans fatales, como podrían serlo Alfonso Arús o Teresa Berengueras aka ‘Terebere’, que admiran y sienten de manera genuina la música de Julio Iglesias, al autor de “Hey” el resto de los mortales lo veneramos por su dimensión popular más allá de las canciones. Nos atrae la celebridad, el lujo, el glamour, lo freak; reconocemos más al Julio de las entrevistas, las imitaciones y los tics compulsivos en sus actuaciones en directo -el micro restregado por la pernera, las dos palmas juntas mirando al cielo mientras le cae el sudor por la sien, el ‘whea!’- que a la persona. Con Julio Iglesias se ha dado un maltrato biográfico en lo que sería la pura literatura musical: aunque haya sido el Sinatra latino en números y alcance global, su registro vocal mermado ha hecho que muchos no se lo tomen en serio como músico, sólo como metáfora del éxito a escala absoluta. Y eso es lo que Andrés López Martínez, periodista metódico que tiene en su currículum desde una biografía de ABBA a la historia del heavy metal en España, ha evitado a toda costa en “Cuando Vuelva a Amanecer”, un libro que se pretende una biografía exacta y exhaustiva de Julio Iglesias la persona, pero también Julio Iglesias el cantante superventas. Quien busque un libro freak, que acuda -ironía mediante- a la ‘autobiografía’ de Planeta de 1981, “Entre el Cielo y el Infierno”, aquella obra maestra que parecía escrita por Camilo José Cela del mismo modo en que se ha sabido que es Boris Izaguirre quien ha escrito las ‘memorias’ de Belén Esteban. Ahí tendrán un chute de ego, megalomanía, hipérbole y frases memorables para cultivar el mito excesivo de Julio.

Andrés López lo hace de manera opuesta: comienza desde el principio, o sea, desde el parto asistido por el Dr. Iglesias Puga -al que nunca llama ‘Papuchi’-, informándonos de que Julio nació por cesárea, y de ahí hasta el final son 350 páginas de datos en avalancha capaces de sepultar a cualquiera en un abrumador trabajo de hemeroteca. No se trata sólo de la exhaustividad de los apéndices, que incluyen una relación de todos los premios, menciones honoríficas y reconocimientos recibidos por Julio, más una discografía completa (EPs, singles y recopilatorios incluidos) y una videografía, sino la búsqueda de fuentes para trazar una evolución vital en la que no falta nada: desde una foto con Schuster y Maradona (él, que es más del Madrid que Plácido Domingo, con el que también ha cantado) a extractos de sus mejores entrevistas, todo ello para reconstruir de manera fiel, sin ironía y con respecto a la dimensión del fenómeno, una vida que, hemos de admitirlo, a todos nos hubiera gustado vivir. Del fenómeno de los memes del pasado verano, los de ‘a esa me la he follado’ y ‘hago así y follo, y lo sabes’, no se habla. Quizá porque López no llegó a tiempo o porque, como es de esperar, la coñita le estomagaría sobremanera, como fan en serio que es.

Umberto Eco: “Historia de las Tierras y los Lugares Legendarios” (Lumen)

Hay una novela en particular de Umberto Eco, “Baudolino”, que sirve de enlace a esta “Historia de las Tierras y los Lugares Legendarios”: aquella era la aventura de un mentiroso en busca de un reino fantástico, el del legendario Preste Juan, un supuesto rey cristiano allende los desiertos de Arabia que dominaba ejércitos poderosos y regía sobre una tierra rica en la que los ríos eran de leche, las casa de oro y todos los árboles manaban miel. En la imaginación medieval el reino del Preste Juan era tan real como al principio resultaron increíbles los relatos de Marco Polo en sus expediciones a oriente. De hecho, toda la historia de la humanidad ha estado dominada por la imaginación y la creencia de que existían otros mundo y que, además, estaban en este: la Atlántida, los abismos y los dragones (hic sunt) en los extremos de los océanos en la tierra plana, la Torre de Babel y el paraíso terrenal de la Biblia, las tierras hiperbóreas, Lemuria, Mu y Última Thule, la isla de Circe, Escila y Caribdis, etc. La mitología, la filosofía, la literatura, han sido el caldo de cultivo en el que se han cocido las historias más extraordinarias y los mapas más alucinantes, y en paralelo a la semiótica, los libros de aventuras y la estética medieval, ésta ha sido siempre la gran afición del profesor Eco: la mentira. Como ha afirmado más de una vez en entrevistas, su obsesión bibliográfica consiste en recolectar libros que sean flagrante mentira o traten sobre lo inexistente, y eso incluye desde el “Timeo” de Platón, donde se establece el mito de Atlantis, al Antiguo Testamento, los textos utópicos de la edad moderna, las teorías del mito polar y las tierras subterráneas de Agartha, los “Viajes de Gulliver” y todas esas delicias para viajar sin moverse del sillón de orejas.

"El libro no sólo es intelectualmente explosivo, sino ameno en la lectura y en la visión"

Conocedor de esa materia prima desde hace décadas, el cuarto volumen de Eco en su colección sobre la imaginación -previamente llegaron “Historia de la Belleza”, “Historia de la Fealdad” y “El Vértigo de las Listas”- trata sobre viajes fantásticos como los de Jean de Mandeville y San Brandán, de tierras mitológicas que durante mucho tiempo se buscaron como reales, de enclaves ficticios como la casa de Sherlock Holmes y de mitos todavía no descartados como el de Atlantis, al que muchos arqueólogos todavía dedican esfuerzos movidos por el ejemplo del descubrimiento de Troya, que se pensó falsa durante siglos hasta que se hallaron sus ruinas enterradas bajo trece capas de suelo. El libro no sólo es intelectualmente explosivo, sino ameno en la lectura y en la visión -la selección de láminas, mapas y pinturas es capaz de volarte el cerebro- y completo en la citación de fuentes, con abundantes fragmentos de textos históricos, literarios y filosóficos que dieron pie a creer a los pueblos antiguos que todos estos lugares imaginarios existían o existieron de verdad. Y es verdad que existen, pero como parte de nuestra anima mundi, un lugar muchas veces más interesante de visitar que cualquier otra ciudad del planeta real.

China Miéville: “Kraken” (Factoría de Ideas)

China Miéville no es un simple escritor de ciencia-ficción. El alcance de sus ideas y de su narrativa abarca horizontes todavía más lejanos, y aunque en todos sus libros siempre hay algo de ‘improbable’ (o imposible) desde el punto de vista científico (aquí un animal que no aparece en los atlas de zoología, aunque se sospecha que pudiera existir en algunas profundidades abisales), su aliento empaña toda la amplitud de lo fantástico e incluso de lo real. El año pasado se publicaron dos novelas suyas inéditas todavía en castellano, “Embassytown” (en verano, a través de Fantascy, el nuevo sello para la sci-fi y los otros reinos de Mondadori) y “Kraken” a finales de 2012 (aunque originalmente “Kraken” es anterior en la cronología de Mieville, y a la vez un tipo de historia muy distinta).

Aunque el planteamiento inicial parece de novela de Dan Brown -en el Museo de Historia Natural de Londres está conservada una cría de Architeuthis Dux, un extraño calamar gigante que en el primer capítulo desaparece misteriosamente, dejando como único resto una pecera destrozada y millares de litros de agua desparramados-, el desarrollo es propio de una versión modernizada y hardcore de los relatos de H.P. Lovecraft. El Kraken, nombre establecido para designar al calamar extraordinariamente gigante, que tanto se ha utilizado en sagas palomiteras como “Piratas del Caribe” o para sustituir a los dioses marinos de los mitos terroríficos de Dagón o Chthulu, se convierte aquí en una presencia inquietante de la que no se conocen sus intenciones reales hasta avanzado el libro, y que sirve para tejer una atmósfera de terror y magia, con un generoso despliegue de referencias al ocultismo, las sectas modernas, el esoterismo y las predicciones del fin del mundo, todo ello con el nuevo Londres -mitad victoriano, mitad lanzado a la voracidad neo-arquitectónica del siglo XXI- como marco ideal.

Miéville aprovecha una vez más para introducir ideas subversivas y de crítica política en “Kraken”, aunque los conceptos originales que aparecieron en su aproximación a lo policiaco en “La Ciudad y La Ciudad” y en la ciencia-ficción maravillosa y distópica de “Embassytown” aquí resultan más apagados y pálidos, sin tanto punch, quizá porque es un mundo demasiado cercano al que conocemos y depende de una trama no precisamente originalísima para alzar el vuelo. No es la mejor novela de Miéville y la crítica ha sido unánime al respecto en mostrar sus dudas como contrapunto a un aplauso sincero, pero es igualmente fascinante en la manera en que transforma materiales propios del pulp o los seriales de revista para freaks en un thriller escrito con hechuras de gran literatura, abundante en léxico sugerente. Para introducirse en su mundo hay mejores vías, pero los adictos a la fantasía de calidad necesitan hacerse con “Kraken”.

Robertson Davies: “Espíritu Festivo” (Libros del Asteroide)

La literatura anglosajona es abundante en historias de fantasmas, incluso desde antes del surgimiento de la novela gótica -nos podemos remitir al “Vathek”, por no hablar ya de algunos de los aparecidos y espectros de Shakespeare o Chaucer-, y tan rica es en ánimas en pena que a lo largo de los siglos se han codificado diferentes subgéneros y matices, hasta el punto de que no se puede englobar en el mismo apartado, según los expertos, una historia de M.R. James y otra de Algernon Blackwood, o el tocho gótico “Melmoth el Errabundo” con los relatos ídem de Isak Dinesen, que aunque fuera danesa responde a la misma tradición que sibaritas de lo fantástico como Javier Marías vienen degustando y difundiendo con apasionamiento y rigor desde hace décadas. Robertson Davies nunca fue un escritor fantástico y sus obras importantes tratan sobre cuestiones mucho más terrenales y pesadas, sobre conflictos morales en entornos cotidianos en los que pareciera que el aburrimiento nunca pudiera desembocar en drama. Pero todo el mundo tiene un hobby, o una inclinación desconocida, y para el autor de la “Trilogía de Depford” eran los aparecidos. Cada año, por navidad, escribía un cuento: el primero lo redactó en 1963, como parte de un ritual establecido en la residencia de estudiantes de la Universidad de Toronto -algo así como una réplica de las noches de tormentas, chimenea y horror de Lord Byron, el matrimonio Shelley y Polidori a orillas del lago Lemán, en los albores del romanticismo-, y con el paso de las temporadas fue sumando más.

Todos esos cuentos están reunidos es “Espíritu Festivo”, y son de fantasmas distintos a los que cualquier husmeador del terror o lo fantástico esperaría encontrarse: son fantasmas torpes, desubicados, que provocan situaciones absurdas y humorísticas, y sobre todo son fantasmas históricos, como los de escritores (Dickens, Ibsen) o reinas de Inglaterra, o actrices famosas, que se revelan a los mortales en contextos aparentemente victorianos -residencias mayestáticas, clubes sociales- y, más que esparcir el terror, lo que hacen es provocar una entrañable ternura que desemboca en sonrisa y no en escalofrío. Para los fans de lo ortodoxo, lo mejor es recuperar “La Casa y el Cerebro” (Edward Bulwer-Lytton, rescatada hace por Impedimenta). Para los fans de lo fantástico sin prejuicios, en cambio, leer estos cuentos de Robertson Davies es como meterse entre pecho y espalda un chupito de ectoplasma bien frío.

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