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¡Espera un momento! Nadie habla mal de Adele... ¿con razón?

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Los motivos tras la unanimidad que despierta la cantante británica

Franc Sayol

30 Noviembre 2015 06:01

“Haría lo que fuese con Adele. Literalmente, iría a su casa ahora mismo y le haría la colada”.

Estas declaraciones de Drake encapsulan cómo se siente el mundo con Adele en este preciso instante.

Desde que el pasado 18 de octubre su voz reapareció durante unos segundos en un anuncio anónimo emitido en una pausa de The X Factor, su regreso ha sido un vítor continuo.

Los medios generalistas escriben titulares grandilocuentes, los medios especializados le dan su aprobación y las celebridades le hacen reverencias. Incluso hay un grupo de heavy-metal que ha aparecido en las páginas de Vice reconociendo que son fans.


¿Qué está pasando?

“Hay algo curiosamente irrelevante en escribir la crítica del tercer disco de Adele”, escribía Alexis Petridis en The Guardian.

Tiene razón.

Su nuevo disco era tan esperado que el público ha dado por sentado que es bueno sin escucharlo.

Los números así lo corroboran.

25 ha vendido más de tres millones de copias en su primera semana. Por el camino, ha roto un récord que NSYNC ostentaba desde hacia más de 15 años. Teniendo en cuenta que, por entonces, la gente todavía compraba música, la hazaña de Adele es todavía más espectacular.



El sentir general es que 25 tiene que ser una obra maestra o no ser.

La realidad es que es un disco… anodino. Tiene un chispazo de alquimia pop cortesía laboratorio Max Martin (Send My Love (To Your New Lover)), la balada desgarrada de rigor para sustituir a Someone Like You (When We Were Young), y tres canciones relativamente brillantes (I Miss You, River Lea y Million Years Ago), sí. Pero es imposible contener los bostezos durante el resto del álbum.

Pero da igual: es Adele.

De Beyoncé se puede criticar su apropiación del feminismo.

De Taylor Swift su maquiavelismo.

De Miley Cyrus su grosería.

De Katy Perry su trivialidad.

Pero nadie dice nada malo de Adele.

Adele es la voz incomparable. La niña humilde criada por una madre soltera que cumplió su sueño de triunfar encima de un escenario. La cantante que no necesita exponer su cuerpo para embelesarnos. La mujer que no esconde sus inseguridades. La diva que llora en el escenario del Royal Albert Hall. La chica de barrio que hace una peineta en los Brit Awards cuando la cortan. La mirada desnuda en la portada de Rolling Stone. La estrella que no quiere ser famosa.


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Posted by Rolling Stone on Viernes, 6 de noviembre de 2015




¿Como vas a criticar esto? Es demasiado fácil quedar como un gilipollas metiéndote con Adele.

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Diva, a su pesar


Nadie esperaba que 21 se acabara convirtiendo en el disco más vendido del siglo.

Cuando, hace cuatro años, el volcán Adele erupcionó sin previo aviso, todos los A&R del mundo corrieron a intentar descifrar la fórmula.

¿Que tenía ella que no tuvieran todas las demás cantantes blancas de soul que intentaban ocupar el hueco de Amy Winehouse (Duffy, Joss Stone, Pixie Lott, etc.)? ¿Una voz fantástica y canciones decentes? Por supuesto. Pero es evidente que hace falta algo especial para alcanzar ese tipo de transversalidad.

Probablemente existen multitud de razones, pero la gran mayoría desembocan en una misma idea: Adele no es como las demás.

En la era de las divas pop, Adele proyecta una imagen opuesta a todas ellas.

Beyoncé, Rihanna, Taylor Swift, Katy Perry y Lady Gaga han construido su personaje a través de un continuo ejercicio de auto-afirmación. Su mensaje es claro: “somos fabulosas y feroces”. Todo en ellas despierta confianza.

Adele, en cambio, ha cimentado su carrera en sus fracasos. Sus letras son una mezcla de culpabilidad, desasosiego y resentimiento. A pesar de tener la voz más imponente de su generación, hay algo en ella que siempre proyecta inseguridad.

“Siempre tengo la sensación de que esto se convertirá en un programa de cámara oculta y que alguien me va devolver a Tottenham”, decía recientemente en Rolling Stone.



No es una super-woman capaz de capitalizar feminismo y sensualidad a partes iguales, ni una chica mala que fuma más porros que Snoop Dogg, sus amigas íntimas no son supermodelos, no sale desnuda en los videoclips y no viste de manera estrafalaria en las galas de premios.

Solo, es una cockney con una voz sobrenatural. Y no intenta maquillarlo: cuando fichó por XL Recordings, un sello rodeado por un eterno halo cool, en las entrevistas seguía diciendo que su banda favorita eran las Spice Girls. De hecho, cuando Richard Russell, fundador de XL, le escribió por primera vez a través de MySpace, ella sospechó que se trataba de un pervertido porque nunca había oído hablar de él ni del sello.

Ni siquiera parece querer ser famosa.

En los cerca de cinco años que han pasado desde 21, le han ofrecido ser la imagen de cualquier producto imaginable. Y lo rechazado todo.

Mientras que la mayoría de celebridades se preocupan constantemente de que sus fans no se olviden de ellas, Adele raramente tuitea, no tenía Instagram hasta hace poco más de un mes y las veces que ha sido fotografiada por los paparazzi este año pueden contarse con los dedos de una mano.



Cannes/NRJ Music Awards

Una foto publicada por @adele el



“No es que intente ser algo así como una cabrona anti-famosa, solo que quiero tener una vida real para poder seguir escribiendo discos. Nadie quiere escuchar un disco de alguien que ha perdido el contacto con la realidad. Así que vivo una vida de bajo perfil para mis fans”, decía a i-D en su primera entrevista en tres años.

En pleno apogeo de la cultura de la celebridad, que la cantante que más discos vende del mundo huya de la fama resulta inspirador.

Simple, a su pesar


“No hay tetas, no hay culos, no hay twerking. Solo talento”.

Este el comentario arquetípico que puedes leer en los vídeos de Adele en YouTube.

Para una gran parte del público, Adele representa la esperanza de que en el pop todavía importa que sepas cantar. En cierto modo, es un ejercicio de reafirmación personal. Es la traslación de la corrección política a los gustos musicales.

No es solo su voz: que te guste Adele es reconfortante en sí mismo. Es poder gritar que te gusta música de verdad y no “toda la mierda de pop reciclado que suena en la radio”, que diría cualquier comentarista de YouTube.

Da igual que la segunda canción de su nuevo disco esté co-escrita por Max Martin, productor de los mayores hits de Taylor Swift, Britney, Katy Perry ét al y, por tanto, gran responsable de “toda la mierda de pop reciclado que suena en la radio”.

Adele tiene LA VOZ. Esa voz.

Una voz que es el equivalente musical al sofá de casa de tus padres. Ese lugar cálido y confortable en el que no existen amenazas. Ese lugar dónde importa menos llorar las penas porque sabes que, al final, todo va a salir bien.

Lo cierto es que su talento para cantar no tiene parangón en el resto de cantantes del universo pop. Posee esa clase de instinto natural para entender el timbre y tono que no puede aprenderse. Solo hay que ver la manera en que ataca el estribillo de When We Were Young en la versión en directo grabada en The Church Studios para entenderlo. Aunque no te guste lo que suena, puedes emocionarte simplemente con su despliegue de recursos.


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Ahora que cualquier inflexión vocal puede barnizarse con auto-tune, se filtra la pista de voz aislada de su actuación en SNL y es tan asombrosamente perfecta como podía preverse.

Pero la fascinación que provocan sus capacidades vocales a veces impide medir con objetividad el verdadero valor de su discurso musical.

En Pitchfork, Jeremy Gordon la compara con divas como Aretha Franklin y Whitney Houston por “su capacidad de elevar la sensiblería a arte elevado”.

Gracias a una voz extraordinariamente empática, Adele tiene la cualidad de transformar sus sentimientos en baladas pop universales. En 25 hay una canción, Remedy, que, en palabras de la propia Adele, está escrita sobre “su mejor amigo, sus abuelos, su novio y su hijo”. Es la mejor definición que puede haber de su música.


Pero, ¿de verdad esto es “arte elevado"?

Puede que en 21 hubiese algo de eso. Esas 11 canciones sobre su ruptura desprendían una crudeza emocional que reforzaban el poder melodramático de sus melodías. Existía una coherencia entre el fondo y la forma. ¿Cómo no ibas a creerte a una artista que se ponía a llorar encima del escenario de los Brit Awards al terminar de interpretar una canción sobre su ex?

El problema es dar por sentado que esto va a ser así el resto de su carrera.

Triste, a su pesar


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Adele nunca ha hecho de actriz hasta que Xavier Dolan le pidió que lo hiciera en el videoclip de Hello, el primer single de 25.

En cierto modo, que aceptara fue una metáfora de lo que estaba por venir.

“No me gustaría volver a sentirme como me sentía cuando hice 21. Fue horrible. Era una persona deprimida, estaba sola, estaba triste, estaba enfadada, estaba amargada. Pensaba que iba a quedarme soltera el resto de mi vida. Pensaba que no iba a volver a amar. No vale la pena”, decía al New York Time hace unos días.


Hoy Adele es feliz. Tiene una relación estable con el financiero convertido en filántropo Simon Konecki, un hijo de tres años y dinero suficiente para no tener que preocuparse por ello el resto de su vida. Incluso ha dejado de fumar.

Y sin embargo, 25 suena exactamente igual que 21.

La misma instrumentación acústica, los mismos pianos grandilocuentes decorados con cuerdas y vientos. Y, por encima de todo: el mismo corazón roto.

Todas las canciones de 25 aluden, de una forma o otra, a la angustia emocional.



This is never ending, we’ve been here before” (Esto no acaba nunca, hemos estado aquí antes), canta en Love in the Dark. Y esta es exactamente lo que sientes al escuchar sus nuevas canciones. Aunque ya no estén explicitamente dirigidas a ese ex que inspiró su anterior disco, la sensación es que, metafóricamente, sigue en el mismo sitio, lloriqueando en su puerta.

Hello, it's me I was wondering if after all these years you'd like to meet” (Hola, soy yo, me preguntaba si después de todos estos años querrías quedar) es la primera frase del disco. Por mucho que ella afirma que la canción trate sobre “reconectar con ella misma” es imposible escuchar esa frase y no pensar en el maldito ex.



Una foto publicada por @adele el




Su manera de recrearse en sus miserias es casi más propia de un maestro del humor autocrítico como Louis C.K. que de una cantante de pop. Pero mientras que con Louis C.K. siempre sabes que él es cómplice de la broma, en el caso de Adele no hay nada que haga pensar que se esté riendo de sí misma.

La principal diferencia entre 21 y 25, pues, es que por primera vez existe la conciencia de que todo el drama es una construcción prefabricada.


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Para algunos, el hechizo de su voz es más que suficiente para pasar por alto la artificiosidad. Pero también es comprensible que otros consideren que Adele no es una artista propiamente dicha, sino una cantante simplona con la peculiaridad de tener una voz especialmente modulada para cantarle a a la tristeza.

Entre los primeros deberían encontrarse aquellos que se emocionan con programas como “La Voz” y compran un disco al año. Entre los segundos deberían estar los lectores de Pitchfork.


Pero con Adele parece que todos están de acuerdo. Los primeros se han armado de pañuelos y han corrido a convertir a 25 en el disco más vendido de la historia en su primera semana. Los segundos han visto como Pitchfork le ponía un notable al disco y calificaba When We Were Young como Best New Track.

¿No deberíamos sospechar de esta unanimidad? ¿No nos estaremos pasando de poptimistas?

Aquellos que critican “la mierda de pop reciclado que suena en la radio” parecen obviar que ella también es un producto. Un producto que utiliza instrumentación orgánica en vez de producción electrónica y que canta baladas tristes en vez de vigorizantes. Pero un producto, al fin y al cabo.


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No hay nada malo en eso, por supuesto.

Pero las reacciones que ha suscitado 25 y que provoca Adele en general, da a pie a una reflexión sobre la manera en que percibimos lo “bueno” y lo “auténtico”.

Si algo tiene el nuevo disco de Adele es que es el triunfo absoluto de la forma por encima de la sustancia. Justamente aquello que tanto se critica del resto del pop actual.

¿Pero entonces por qué resulta tan fácil criticar a Rihanna o Taylor Swift y tan difícil meterse con Adele?

Es algo que incluso parece preguntarse ella misma.


No en público, claro.

La canción número siete de 25 es River Lea. El río al que alude el título nace en Luton y entrando en Londres por el este, pasando por Tottenham, el barrio en el que Adele se crió. En la letra parece atribuir a las aguas polucionadas del río los sentimientos tóxicos que corren por su interior. Probablemente sea la mejor canción del disco. Y no es casual. Es cuando Adele se pone íntima y personal que su mirada adquiere verdadera dimensión.

I'm scared to death if I let you in that you'll see I'm just a fake (Estoy aterrada de que si te dejo pasar verás que solo soy un fraude), canta en el primer verso.

Para bien o para mal, la canción parece destinada a ser premonitoria.

Si se adhiere a la misma fórmula disco tras disco, su temor acabará haciéndose realidad. Si, en cambio, River Lea la señal de que en futuro podrá explorar su yo más allá de la sensiblería impostada, quizá podrá seguir haciendo canciones a la altura de su voz.



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