Columnas

“Nadie se imagina a Patrick Bateman tomando MDMA”, un relato de Vanity Dust

Sexo, drogas y after-hours en el ciclo Ficción Rara, de la mano del escritor más destroyer de esa Barcelona que sólo vive de noche

El misterioso Vanity Dust, uno de los máximos valedores de la nueva literatura canalla, nos acerca al mundo sórdido de los pajareos, los afters y el consumo violento de drogas, con la consabida dosis de sexo y bohemia thrash. Un relato para el ciclo Ficción Rara del que Bret Easton Ellis estaría orgulloso.

[ Vanity Dust (1986) es un enigmático personaje que vive entre Internet y las mejores raves del planeta. Junto a su colega Riot Über Alles acaba de publicar una novelita titulada “Lady Grecia” (Aristas Martínez, 2013). Artículos suyos han aparecido también en las revistas y fanzines más guarros.]

Sale solo a la calle del recital de poesía con la cabeza en coma y tras haber acribillado a susurros lascivos y manoseado con impertinencia a una mexicana de veinte años en una esquina del bar. La chica hablaba también francés e iba maquillada en su justa medida y era bajita y mostraba cierta predisposición sexual engañosa. La cosa no ha fructificado en nada, y antes de que la mexicana y sus amigas feas se revelasen en contra del crapulismo de V éste se ha largado a fumar a la calle. Total, nunca ha entendido la poesía, y menos después de su primera PlayStation. Suerte que el baño de mierda del garito —típico váter mediocre Roca, con las paredes pintadas de colores para disimular las humedades, llenas de grafities de mierda y pegatinas asquerosas con direcciones web pretendidamente ingeniosas y tipografías absurdas— tenía un apoya clenchas decente. No hace frío en la calle, es enero en Barcelona. Birras a un euro, compra dos para invitar a un indigente que anda tirado delante de una tienda prohipster cerrada. En la tienda venden ropa a peso. Mola la experiencia de comprar ropa a peso, como si se tratase de cabezas de cordero en el mercado . Parece muy barata, pero cada tipo de ropa tiene un precio por kilo diferente, así que te la meten doblada. El que la lleva tiene barba dejada, tatuajes, y es un gafapastas extreme. Ante tamaño crimen, con permiso del indigente brasileño, Vanity mea en la puerta de la tienducha y deja un rastro digno de un enfermo de bufeta.

—A dónde vamos ahora, necesito un espacio en el que bailar. Pero es demasiado pronto, joder. V le mete una doble calada al cigarro, como si no hubiese fumado en todo el día. Hacía 20 minutos que no fumaba.

—Pues no sé, a mí me apetece escuchar música en alguna casa. De estos temas de Spotify tan locos. Ya sabes—, responde Bret, que ha salido del garito y anda ya liando un cigarro. Lleva su gabardina negra y una bufanda mal puesta en el cuello, que le hace parecer un cisne en decadencia. Vanity sigue fumando fuerte.

—Entonces podemos ir a mí casa. ¿Cuántos poetas on fire somos? Eso sí, nada de poesía en mi casa. Hablaremos de cómo defraudar al fisco. Tema mucho más necesario. Y de cómo acosar a las dependientas de Starbucks.

—Pues somos como 20 —aparece Ch, un colega de Vanity de cuando estos jugaban al fútbol y bebían con petaca en el vestuario antes de los partidos, con 15 años.

—¿Te ha gustado el recital, Ch?—Vanity se muestra preocupado por el estado de la cuestión.

—Bueno, había algunos pivones. ¿Qué se sabe de la mexicana?

—Ni idea. He intentado llevarla al baño pero se ha rallado —Vanity miente, no lo ha intentado, y menos tras el empujón de ella cuando ha intentado meterle mano por detrás y acariciar su tanga de Victoria's Secret.

—20 poetas está bien. En peores plazas hemos toreado. Como voy borracho, voy a ir en moto. Siempre hay un control al lado de la Estación de Francia. Ya conozco a los polis. Una vez me hice una clencha en el maletero de su coche, estos Seat León de mierda que llevan todos. Es ridículo pensar que a nadie se le haya ocurrido todavía que una de las obligaciones que impuso Alemania antes de la crisis —bastante antes— al comprar SEAT fue obligar a todo el puto estado a comprar coches de polis SEAT. Vanity se despide como saludando con una capa inexistente y se pira a pillar la moto casi dando tumbos y con la birra en la mano. Silba a dos tías guiris con aspecto nórdico, saca un boli y una libreta y escribe “soy muy fan de veros montar vuestros muebles desnudas”. Es un homenaje a Ch. Ch se ha tirado como a treinta suecas en los últimos dos años. Es su especialidad. Y su momento de felicidad máxima fue cuando se pasó toda la noche cepillándose a una chorba de un pueblo del norte y, al levantarse por la mañana, apestando a alcohol y a coño-salmón, se la encontró aplicadísima en el comedor, únicamente en bragas, montando un mueble de IKEA que todavía andaba ahí desde vete tú a saber. Acabó de montar el mueble y Ch la echó de casa.

V llega el primero a su casa, triste por no haber encontrado el control de alcoholemia, y aprovecha para sacudirse el prepucio en el baño y se prepara una clencha en un libro de su compañero de piso, El Filósofo. Un libro sobre filosofía de la ciencia que, según piensa V, habla todo el rato de movidas absurdas de una serie de expertos que parasitan el sistema educativo. Los filósofos son gente aburrida. No se drogan, son vegetarianos, y se la pelan con vídeos de fatty girl sucking black cock. No hay peor mal gusto, vaya que no.

La gente va llegando a la choza. Como la mayoría de tías tienen novio o son feas —¿Dónde se han metido los pivones? —dice V en voz alta sin darse cuenta de que al lado tiene una gorda rara que lleva pantalones acampanados y unas Camper. Con el fin de solucionar antes la falta de tías buenas, llama a su amiga Anne. Su amiga se pira a Londres en cuestión de horas, vendrá dispuesta a no dormir. Anne dice que pilla la bici y se baja a la Barceloneta, tras quedar convencida del todo al saber que Vanity le dará droga. También llama a F, un DJ famoso por pinchar a 600 rpm. Es decir, nadie puede seguir su ritmo, cosa que convierte sus sesiones en una auténtica penitencia. Llegan los dos sobre las 2 de la noche.

A esa hora Vanity habla de su nueva novela. Tema que no le interesa a nadie, ni a él mismo. Entabla una charla con una tipa que no está nada mal, como pija a lo Cristiano Ronaldo. Su novio anda por ahí. Vanity le pregunta que a qué se dedica.

—Pues ahora estudio empresariales. Pero quiero estudiar cosas de moda. Como para ser coolhunter —se acaricia el pelo ondulado y se pone una crema brillante en los labios que saca del bolso, dando a entender que es una chica que siempre hace muchas cosas a la vez para estar on fire.

—Coolhunter, ¿eh?—V cierra los ojos, meditando, dándole al mindfulness. Se mantiene en silencio mientras lía un cigarro y se regodea en aumentar la expectativa de su talento en la materia mientras piensa en alguna chorrada que contar.

—¿Pero te gusta la poesía?

—Bueno, sí, jeje. Pero no leo mucho, ya tú sabes. Jiji.

—Pues así no vamos bien. Tú debes chupármela. Digo, leer. Tienes que leer mucho rato cada día cosas de publicidad y sociología. Y a Joyce claro, pero del tirón, no como la mayoría de la gente, que se lo toma a la ligera, como Sombras de Gay. ¿Sabes?

—Sí. No sé. Me estás liando un poco con tantas referencias. jeje —parece nerviosa. V en su salsa.

—Son las drogas y mi enfermedad mental. Cuando las junto se montan una rave de cojones, disculpa.

—Ah, uh. No pasa nada. Mi abuelo murió de Alzheimer—quizás es el comentario más absurdo que le han hecho a V en las últimas 24 horas.

—Lo siento, de veras. ¿Cuántos años tenía?

—95.

—Coño, ya le tocaba al colega, ¿no? Hay mucho petao que aguanta como si eso tuviese algún sentido. Qué horror tener abuelo pasados los 20 años.

—¿Cómo dices?—La chica, por primera vez, parece ofendida, o que no sabe muy bien qué está pasando. No sabemos qué expresión de cara tiene, pero sí que su tono de voz se pone aflautado y posh-molesto.

—Nada, las drogas y la enfermedad.

Llaman a la puerta, abre uno de los invitados al ver que ningún titular del contrato de la casa piensa mover un dedo —V ha olvidado de que está esperando a un pivón—. Anne hace una entrada triunfal al comedor, emulando a una bailarina. Lleva una falda como de executive pero de cuero negro y una camiseta blanca con un motivo bizarro de colores chillones. Tacones massive y, total, un resultado que pone bastante cerdo a Vanity. También a su compañero de piso, El Filósofo, que intenta abalanzarse sobre ella corriendo desde la cocina, pillando al mismo tiempo con una maniobra que parece ensayada un libro de la estantería y gritándole en la oreja:

—¡¿Sabías que las estructuras de poder tienden a perpetuarse a sí mismas a costa de sacrificar los propios ideales sobre los que se han fundado?! Eh, ¿lo sabes? ¿Soy molón? ¡¡¿Follamos?!! Pero Vanity ya le está besando la mano a Anne de rodillas, como poseído por su finura y el color púrpura delirante de sus uñas. Y ella se ríe, da un chillido algo estridente e inclina la cabeza hacia atrás mientras se carcajea cada vez que V mete la cabeza entre sus piernas y aúlla como un lobo. La chica coolhunter no sabe qué hacer. Pero todos nosotros lo sabemos, debería tomar nota de cómo viste Anne y llamar mañana a una agencia para vender su imagen. También sabemos que no lo hará, porque se ha quedado rallada con que tiene que ‘leer más’. Es una de las frases que la gente que todavía tiene eso llamado ‘sentimiento de culpa’ —tan siglo XX, tan poco útil para las personas pero tan necesario para las empresas que venden sobredosis de culpa— suele imponerse cuando lleva cinco años sin abrir un libro.

Entre la llegada-show de Anne, F que ya anda pinchando desde su iPhone a 600 rpm y la merca, Vanity recuerda que lleva toda la semana escribiendo haikus a las 3 de la mañana, inspirado gracias las gárgaras con vodka que le recomendó una prostituta rusa de 34 años y tetas operadas —esos detalles narrativos de gran relevancia, que ayudan al lector a imaginarse con las características esenciales a un personaje secundario que, sin embargo, podría dar lugar a un buen Spin Off porno tipo ‘Putas rusas, haikus, gárgaras con vodka y tetas de silicona’. Brutal, ¿no?—. Saca un cuaderno Moleskine pero hecho en China que se llama MolesChina —no confundir con un gag fácil, los chinos se toman este tipo de nombres muy, muy en serio, igual que a los gatos que mueven el brazo todo el rato—, y lee en voz alta:

Anne vaya ciego

llevo a cuestas tol rato

monte de nieve

Anne se sienta al lado de V una vez la futura epicfailhunter ha desaparecido en busca del siempre infalible novio-de-toda-la-vida© que la tiene sobrevalorada y le aguanta todas las chapas y alguna que otra infidelidad que ella nunca confiesa y que él prefiere no querer saber, aunque le inquieta, extrañamente, cuando camina solo por la calle y mira a las tías y ellas le atraviesan con la mirada, pero no de intensidad, sino porque miran a lo lejos, como si él fuese transparente—. Y cruza las piernas en modo repelente y mueve las pestañas exageradamente mientras mira distraídamente aquí y allá y aprieta los labios y sonríe, como una marquesa cachonda que sale de casa a las 5 —de la madrugada— a hurtadillas para ir a una rave en una buhardilla.

La gente se ha repartido por la casa. Hay unas diez personas en el comedor. Y el resto, pues dos chorbas sobando en la cama de V y un tío y una tía haciéndose clenchas desnudos en el baño de V. Y el compañero de piso de V enseñándole libros en su habitación a una tía en mini falda que bosteza sin disimular. Tras enseñarle la teoría de la justicia y la igualdad o algo parecido de un tal Rawls, y leerle todos los pies de página hasta el número ochenta, viendo que la cosa se le está yendo de las manos, el compañero de piso de V corta por lo sano:

—Bueno, espero que te haya hecho mejor persona lo que te he leído. Y que sepas que voy sin gayumbos.

—Podría follar contigo, pero solo si tienes merca. No soporto follar sin ir drogada.

—Yo no tomo drogas por principios —El compañero de piso de V vuelve a guardar el libro en su sitio, y al agacharse para hacerle hueco se le ve la raja del culo. Efectivamente, no lleva gayumbos. Se levanta, se cruza de brazos y desarrolla su convicción— Me mantengo sano, aunque tenga esta barriga de cervecero incipiente, no es lo que parece. Es como el Buda feliz, tiene un poco de barriga porque ahí se encuentra su chakra central. No quiero que niños colombianos mueran por mis vicios occidentales y decadentes.

La chica ya se ha ido, dejándole con la palabra en la boca. Pobre chica, todo el mundo va ciego y le toca aguantar al único intelectual sin merca.

Mientras tanto, en el comedor, el ciego de V alcanza ese punto en el que se hace incómodo hablar con él. Corta constantemente a sus interlocutores. A veces balbucea y otras aúlla, y no para de soltar ¡TOMA TEMAZO! ¡HELL YEAH! a cada nuevo tema de su lista de Spotify. Sus mandíbulas se mueven más que el Costa Concordia en su tremendo EpicFail y, mientras tanto, Anne saca de su bolsillo un pollo de M y le mete una chupada. La tradición, no escrita pero concienzudamente aplicada, dice que Anne y V siempre se morrean cuando uno de los dos toma M. Suele ser ella la que toma M, porque Vanity siempre tira de mercas que en los centros de desintoxicación llaman ‘excitantes’, o algo así, y tienen razón. Cuando V va de coca también se enrollaría con cualquier pivón que se cruzase, pero el efecto entre saliva con M no es el mismo que de saliva con coca. No es, como diría él, tan jodidamente agrio y morboso. Eso sí, V afirma que no hay nada como irle metiendo a la coca entre polvo y polvo, tumbado en la con la chica en cuestión en la cama hasta pasadas las diez de la mañana. Sería ridículo meterle al M mientras se va follando. ¿Parar, sacar la bolsita, y chupar el dedo? Tampoco es que sea desagradable, pero en estos temas manda Patrick Bateman. Nadie se imagina a Patrick Bateman metiéndose M. Y ese es el canon de la merca y el sexo, vigente desde los ochenta, y del que V se declara un firme continuista.

La casa está del revés. La nevera, abierta y pitando. Alguien echando la pota en el recipiente de la ropa sucia (encima de las sábanas del compañero de piso de V). En la cama de V siguen sobando, en el baño parece que se escuchan golpes y azotes.

—¡Dime que te gusta que te muerda los pezones y luego lea a Baudelaire! ¡Zorra!

—¡Oh sí! Vamos, ¡dilata mi ano! ¡Haz que brote de mí un verso que todo el mundo pueda recordar!

—Joder, qué mal rollo me acabas de dar, tía. ¿Que brote de tu culo?

Hay gente que ya se ha ido. De entre ellos, la chica epicfailhunter y su chorbo. La chica mañana quiere ir a las 10 de la mañana a La Central del Raval a comprar las recomendaciones de V. Mentira, no sabe qué es La Central del Raval, así que buscará en la Casa del Libro o El Corte Inglés. A ver si tiene suerte.

V necesita follar. V necesita más drogas. V quiere morrearse con Anne y su M. Alguien está mirando su correo en el iMac.

—¿En serio que esta chica es groupie tuya? ¿Esta que tiene las tetas tan grandes en la foto que te manda?

—Es su hermana. La groupie no me manda fotos.

—¿Y no será un tío?

—No es mi problema, ¿no te molan las fotos de esta tía?

V agarra del brazo a Anne y simula que baila un tango-techno con ella, dándole un empujón a la mesita auxiliar y tirando un cenicero por el suelo y vaciando el agua de la planta de bambú. El compañero de piso de V está ya bastante nervioso. Las posibilidades de follar son casi nulas, como siempre en su caso, así que opta por sugerir a V que se vaya a dar un paseo urbano con su amiga Anne, a meditar un rato acerca de su pasión lisérgica.

A V le brillan los ojos. Acaba de tener una idea. Agarra a Anne del brazo, y esta apenas ha podido guardar el M en el bolsillo que V ya la está sacando por la puerta y metiéndola en el ascensor.

—¿Estás en contra de los multimillonarios que se forran con el petróleo? —le pregunta V mientras marca el botón del último piso y mete una llave en el ascensor.

—Ganar dinero siempre está bien, y el petróleo es muy necesario. Y me gusta cómo huele en las gasolineras. Incluso te diría que alguna vez he robado en una gasolinera. Pero no mucha cosa, unas galletas y unos condones — Anne se masajea las tetas mientras habla. #wtf.

—Pues, mi muy querida Anne, ha llegado el momento de poder participar de esta riqueza petrolífera. Vamos a visitar el piso del capo de Barcelona en este tema.

Anne chilla y pica de manos como una niña pequeña a la que están a punto de hacer un regalo. El ascensor se detiene. Al abrirse las puertas, no están en el rellano del piso, están en el medio de un comedor. Con la llave, el ascensor lleva directamente a una choza. Un sofá en L, unas vistas sobre el puerto, una barra de bar de madera esmaltada muy kitsch y una alfombra de tigre disecado.

—Dale las gracias a Repsol, Exxon y BP por este after en casa del vecino más amable de todo el edificio. —V siempre hace amigos por interés. En este caso, V ha tenido que redactar una biografía falsa sobre el famoso saudí, alabando sus cualidades como Gran Patrón del Petróleo, también conocido como Gran PP. A cambio, ha obtenido el uso y disfrute de la pedazo de choza de 300m2 con terraza al estilo oriental —fanalillos dorados, torchas, algún que otro bidón de gasolina pintado con motivos árabes—.

Anne se lanza sobre la moqueta de tigre y araña al aire, mirando a V, y V, antes que nada, mantiene su firme ritual. Se dirige a una enorme estantería con decenas de copias. Saca una de ellas al azar. Es la foto de un tipo con bigote, siete mujeres detrás, varias condecoraciones en la chaqueta, oscuro de piel, y un bidón de gasolina.

‘Gran Patrón del Petróleo. Una vida’. Autor: VD. «Un depósito lleno de sabiduría». The New Dubai Times

Vanity saca la cartera, sus respectivas tarjetas de crédito, su bolsita blanca, coloca bien el libro encima de una eterna mesa de cristal. Barcelona y su pésimo skyline marítimo quedan ahí abajo, sin nada que ofrecer. Mira a través del ventanal gigante mientras Anne se acerca hacia él en modo tigresa, arrastrándose por el suelo. Da entre grima y morbo. Dos clenchas encima del ‘Gran PP. Una vida’. Cuando ya están viajando por las fosas nasales de Anne y V, y V cata las tetas de Anne con cierta solera, un estruendo emerge de la puerta de entrada, del ascensor.

—Perdonad... ehm, V, ¿Puedo usar tus auriculares Sennheiser para escuchar sonidos de la naturaleza? Tipo una ballena o un río fluyendo. Estoy en unos días románticos, a lo Goethe. Ya me entiendes, es que el sonido de la naturaleza, es necesario, a veces, ¿no? —Sí, en efecto, El Filósofo at his best.

—Claro que sí, querido compañero. De hecho, yo aquí ando en la selva, con mi tigresa, va un poco ciega, y eso significa vulnerabilidad y esposas. Es una pena que seas vegetariano. Nos vemos luego, si eso. No me esperes despierto.

—GRRRRRRRR —Anne sigue a lo suyo.

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