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My Bloody Valentine: guía para principiantes (y no tan principiantes)

El grupo irlandés logró convertirse en un nombre de referencia dentro de la historia de la música gracias a “Loveless”. Repasamos su trayectoria en vísperas de su actuación dentro del Primavera Sound

Cuando comenzaron su carrera eran un grupo más, tal vez algo mejores que la media, pero en absoluto tenían la magnitud de ahora. Todo cambió en 1991 con la edición de “Loveless”: no fue ningún éxito de ventas y casi termina con su sello (Creation Records), pero aquel álbum marcó un antes y un después en el indie, trascendió el shoegaze y convirtió al grupo en leyenda.

La historia de My Bloody Valentine comienza como la de tantos grupos anglosajones: un par de adolescentes muertos del asco en una ciudad lluviosa y en la que poco se puede hacer si eres menor de edad salvo montar un grupo. Eso es exactamente lo que hicieron Liam Ó Maonlaí, Colm Ó Cíosóig y Kevin Shields, que se reunieron para hacer música como The Complex cuando aún estaban en edad adolescente. Era aquella una banda que no tendría la menor relevancia si no fuera por dos detalles: ese trío sería el germen de My Bloody Valentine, y fue por entonces cuando Kevin Shields comenzó a usar la que sería una de sus señas de identidad técnicas, el brazo de trémolo. Tras poco más de un año, el grupo se separó y Ó Cíosóig y Shields, junto a David Conway, montaron un nuevo grupo al que llamaron My Bloody Valentine en honor a la cinta de terror de George Mihalka. El primer disco de esta nueva formación llegaba cuatro años más tarde, después de varios cambios de ciudad, la incorporación de Tina Durkin en los teclados y varios conciertos en los que llegaron a telonear a R.E.M. Sin embargo, “This is Your Bloody Valentine” (1985) pasó sin pena ni gloria.

Tras aquel primer disco, el grupo sufrió una nueva transformación: se fue Dunkin y entró una pieza nueva, Debbie Googe, cuyo bajo se convertiría en un elemento clave a la hora de dar con el particular muro de sonido del grupo, aunque aún quedaría un paso decisivo para que la banda creciera: en 1987, Conway dejó MBV y se incorporó Bilinda Butcher. Antes de que llegara Butcher, ninguno de los tres EPs publicados – “Geek!” (1985), “The New Record by My Bloody Valentine” (1986), y “Sunny Sundae Smile” (1987)– les había reportado grandes satisfacciones. Con la que sería la formación definitiva (Shields, Ó Cíosóig, Googe y Butcher) grabaron dos nuevos EPs en 1987, “Strawberry Wine” y “Ecstasy”. Para entonces había pasado casi un lustro y el grupo ni obtenía beneficios económicos relevantes ni demasiada atención por parte de nadie, pero gracias a “Ecstasy” lograron colarse en las listas de venta de música independiente del Reino Unido (alcanzó un discreto duodécimo puesto) y empezaron a asomar algunas de las características del grupo, como la distorsión y el perfeccionismo de Kevin Shields. Pero aún se estaba formando el que sería su sonido definitivo, y buena prueba de la escasa relevancia de esos EPs, incluso para el grupo, está en que ni uno de ellos aparece en la recopilación de trabajos cortos que publicaron el pasado año, que se centra, en cambio, en el material editado entre 1988 y 1991.

Cualquier otra banda habría arrojado la toalla a esas alturas: una sucesión de EPs que pasaban sin pena ni gloria, varios cambios de sello y de formación y una aparente crisis de identidad (del punk que gastaba Shields en sus comienzos a ese sonido ligeramente parecido a The Jesus & Mary Chain de los últimos trabajos) habría colmado la paciencia de más de uno, pero o bien la de Shields era infinita o su concepción del tiempo (definitivamente muy diferente a la del común de los mortales, como se verá más adelante) le permitió sobrellevar todos los problemas y lograr que el grupo no perdiera la fe (las espantadas de los primeros miembros de My Bloody Valentine sin duda son reveladoras). Pero en 1988, por fin, ven la luz al final del túnel y empiezan a crecer a todos los niveles.

Los EPs “Isn't Anything” y “Feed Me With Your Kiss” , publicados en 1998 por Creation Records, reportaron al grupo buenas críticas y les abrieron las puertas para grabar, por fin, su primer largo formato, “Isn't Anything”. Ese primer álbum sienta las bases del shoegaze (género que toma su nombre de la costumbre de mirar al suelo mientras se toca, tanto por timidez como por controlar los pedales de efectos): un muro de sonido creado a base de distorsión y ruido, el característico trémolo, la repetición de acordes y la voz de Bilinda Butcher dando una cierta sensación de irrealidad, por más que aún haya ramalazos de punk ( “Feed Me With Your Kiss”, “Suesfine”). Grabado sólo en dos semanas y a costa de robar horas al sueño, el álbum no sólo logró una buena recepción, sino que permitió al grupo que Creation Records les diera luz verde para grabar la que sería su obra más relevante.

De “Loveless” (1991) hasta se han escrito libros, literalmente (como el de Mike McGonigal para la colección 33 1/3), no en vano se dice que el álbum arruinó a Creation (Shields lo niega de forma contundente en el libro de McGonigal), además de propiciar el cese del grupo y prácticamente dinamitar las barreras del sonido: lo de regalar tapones a la entrada de sus conciertos no es ninguna boutade. Quien los haya visto en directo sabe que My Bloody Valentine no sólo son capaces de destrozar tímpanos (incluso con tapones el pitido post-concierto dura horas), sino de hacer vibrar el cuerpo entero. Sus conciertos trascienden lo meramente musical y se convierte en una experiencia física y catártica (por algo son uno de los platos fuertes del Primavera Sound). Sólo la grabación del disco fue una auténtica odisea: Creation creía que la grabación no llevaría más de una semana, pero finalmente se alargó dos años en los que el My Bloody Valentine llegaron a pisar casi una veintena de estudios. En los créditos del disco Shields quiso listar a todos los que habían trabajado en cada uno de ellos, “incluso si lo único que hacían era preparar el té”, en una muestra más de su perfeccionismo. Pese a que esos créditos incluyen a 16 personas, todo el peso de la grabación y mezcla posterior recayó en el propio Shields, que sólo quiso confió en Alan Moulder a la hora de colocar los micros sobre los amplificadores, lo que sin duda contribuyó a la potencia de “Loveless” (que dicho sea de paso, es un disco para escuchar bien alto). Pero quien llevó todo el peso de la grabación fue Shields en persona, que no sólo incorporó el trémolo a la paleta de texturas del álbum, sino también el ruido rosa (consistente en hacer sonar a la vez todas las frecuencias con una de ellas ligeramente más alta), el ocultar las letras bajo capas de ruido y la privación de sueño como forma de desconexión de la realidad (la composición hipnagógica, dicho sea de paso, vuelve a estar en un punto álgido). Esos dos años encerrados en el estudio pasaron factura al grupo: para cuando terminaron de grabar no sólo estaban arruinados, sino que el desgaste era considerable. Pese a que la crítica lo encumbró de forma unánime, Creation no logró recuperar todo el dinero invertido. Aunque My Bloody Valentine ficharon por Island Records y grabaron alguna que otra canción, no volvieron a publicar un solo álbum y cada uno de los miembros siguió sus carreras al margen del grupo.

Y en 2007, de repente, todo empieza otra vez: Shields dice que han retomado las grabaciones que comenzaron tras “Loveless” y se embarcan en una gira. Pasan los años, y el famoso “disco de regreso” de My Bloody Valentine parece que nunca va a llegar. No creerse las declaraciones de Shields o preguntarse qué entiende él por “falta poco” se convierte en el pasatiempo favorito de fans y periodistas musicales. Hasta las declaraciones de Debbie Googe a finales de 2012 confirmando que el disco está prácticamente terminado se toman con cierto escepticismo pese a las esperanzas: parece que la cosa va en serio, pero lo único que está claro es que resulta más fácil verles en directo que escuchar nuevo material, por más que Shields insistiera en que saldría a finales de año. Y de repente, en pleno fin de semana y por sorpresa, “m v b”se convertía en una realidad en pleno mes de febrero. Fue tal el interés en el nuevo disco del grupo que la página web se colapsó durante horas. Ahí estaba el esperado regreso: autoeditado, con una portada un tanto apocalíptica (fotografías fragmentadas de edificios, manos colgando) y un sonido por el que no han pasado los años. Algunos se sintieron defraudados, pero no estamos en 1991, los oídos no llegan “vírgenes” como llegaron al “Loveless”, y sin embargo, siguen teniendo una fuerza que ya quisieran muchos de esos cachorros del shoegaze que pese a su corta edad se aferran a un sonido que sólo pueden aspirar a plagiar, pero difícilmente a superar.

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