Columnas

Música y activismo: de la canción protesta a Occupy Wall Street

El arte ha sido siempre uno de los vehículos favoritos para luchar contra el sistema desde tiempos inmemoriales. ¿Pero quiénes, y cómo, protestan ahora? Miramos a Occupy Wall Street en busca de respuestas.

¿Qué papel político juega la música en este mundo de revueltas? La canción protesta es un hecho del pasado: en el presente, como demuestra el movimiento Occupy Wall Street, importa el compromiso personal. Músicos que luchan como ciudadanos, con la gente, sin buscar medallas.

¡Ah, música y protestas! De qué forma está grabada a fuego en el imaginario colectivo la idea de un tipo con guitarra buscando respuestas en el viento... ¿Pero ahora? ¿De qué va la cosa? ¿Dónde está el cantautor inconformista o el joven con imperdibles cantando a la anarquía? ¿Los hay? Y si los hay, ¿pueden hacer algo por cambiar el sistema? Vayamos aún más lejos: ¿es un deber del artista el hacerse eco de los problemas de la sociedad? A lo mejor es ésa, y no otra, la madre de todas las preguntas. Aparentemente, no es su deber ni su vocación. Basta con echar un vistazo a la música que se hace ahora: salvo algún despistado que canta proclamas ingenuas o calcadas de otras que ya pasaron, la mayoría de los grupos siguen a lo suyo. O puede que directamente hayan optado por el escapismo. Entonces, ¿qué pintan aquí los músicos? Sencillo: han cambiado los escenarios por la calle, pero siguen protestando, independientemente de que se trate de representantes de la vanguardia musical o de cantantes mainstream que copan titulares.

Los artistas siempre han tenido un gran poder amplificador, independientemente de que quisieran o no usar esa prerrogativa: ver a un líder de opinión apoyando una causa genera debate o, cuando menos, logra llamar la atención de personas que normalmente permanecerían ajenas a según qué causas. Daphne Carr, creadora de Occupy Musicians, lo tiene bien claro: “hay varias formas de activismo musical. Hay un activismo que consiste en escribir una gran canción que inspira a la gente a la acción o a la empatía. Y hay otro que consiste en tocar en cualquier espacio, ya sea en una protesta o en cualquier otro sitio en el que la gente se esté manifestando. Los dos son necesarios para crear un movimiento fuerte”.

La novedad, hoy, es que el activismo musical parece concentrarse, al menos en la mayoría de los casos, en el segundo tipo. La prueba está en Occupy Wall Street, donde se han dado cita desde megaestrellas aparentemente apolíticas como Katy Perry a artistas independientes como Peaking Lights. A todos les une algo: su compromiso con ese movimiento que lucha por los derechos del 99%. La cuadratura del círculo es, sin duda, el videoclip de Jay-Z y Kanye West, que pese a petenecer a ese 1% contra el que se centran todas las protestas del mundo, se hace eco de las revueltas globales. Habrá quien los acuse de oportunistas (pese a que Kanye ya se dejó caer por Zucotti Park junto a Russell Simmons hace meses), sin embargo parece que algo está cambiando. Pero antes, un poco de historia.

Hace poco se celebraba el centenario del nacimiento Woody Guthrie, erigido en uno de los mayores representantes de la lucha contra el poder a través de la música y cuya célebre guitarra (con ese “this machine kills fascists” escrito en la caja de resonancia) ha pasado a la historia de la iconografía pop. El de Guthrie, por supuesto, no es el único ni el primer caso de músico luchando con su voz como única arma contra el poder: el verdadero boom de la canción protesta tuvo lugar en los 60s de la mano de figuras como Dylan o Joan Baez. En los 70s la música se volvió más agresiva y combativa, y aunque los Sex Pistols tuvieran su origen en ese hábil empresario que era Malcolm McLaren, el mensaje caló hondo entre toda una generación abocada al fracaso por culpa de la política neoliberal de Margaret Thatcher. En los 80s, pese a que el mainstream estaba dominado por grupos aficionados a la laca y el oropel, el espíritu punk y DIY seguían vivos gracias al hardcore y el hip hop libraba su batalla particular contra el racismo y la exclusión social. Y llegaron los 90s, con una filosofía nihilista no exenta de cinismo y tan desencantada con la política que directamente se refugió en causas como el feminismo (con las riot grrrls a la cabeza) y la ecología.

"Ya no se trata de quejarse a través de las canciones porque muchos músicos, en realidad, no aspiran a hacer canción protesta, sino simplemente a poder seguir haciendo"

¿Y ahora? ¿Dónde estamos? Confieso que durante mucho tiempo me he preguntado dónde se escondía el punk de la década pasada. Pero mi error era justo ése, el de buscar un nuevo punk. Ya no se trata de quejarse a través de las canciones, entre otras cosas porque ni basta, ni es suficiente y porque muchos músicos, en realidad, no aspiran a hacer canción protesta, sino simplemente a poder seguir haciendo. Seamos realistas: “Like A Rolling Stone” de Dylan puede que convulsionara el mundo del folk al incorporar una guitarra eléctrica, pero políticamente no cambió nada. Como tampoco lo hizo la irreverente versión de la Marsellesa a cargo de Gainsbourg, por mucho revuelo que provocara. Ahí está, en los anales de la historia... más anecdótica.

En un mundo regido por complejos y opacos intereses económicos de corporaciones especuladoras, un músico poco puede hacer escribiendo una canción protesta. Pero salir a la calle, movilizar a la gente y despertar conciencias adormiladas... ¡ah, esa es otra historia! Al poder, ya se sabe, le gusta la gente callada y obediente. Y ahora las calles no sólo están llenas, sino que la gente incluso acampa en ellas, como sucedió el año pasado en Zucotti Park. Lo que vino después ya lo sabemos: extensión de las campamentos por todo el país, protestas diarias, enfrentamientos con la policía, posterior levantamiento de la acampada, manifestaciones que no cesan y un flujo continuo de información que se vale (de nuevo la paradoja) de las grandes redes sociales que gestiona y posee ese 1% contra el que se protesta mediante tuits y enlaces compartidos en Facebook.

Pero en Occupy Wall Street (OWS en adelante) sucedió algo más: Daphne Carr, autora de “Pretty Hate Machine” (un libro dedicado al disco de Nine Inch Nails) y músico que estuvo en Zucotti Park aquellos días en que la plaza cambió oficiosamente su nombre a Liberty Square, decidió poner en marcha una lista a la que a día de hoy se han unido más de 4.000 músicos de todo tipo y pelaje: “la idea tras Occupy Musicians”, explica Carr, “es tener una muestra global y visible de solidaridad de los músicos. Esperábamos que esta lista inspirase conexiones entre los músicos para ocupar otras acampadas y grupos de justicia social”.

"Se han mezclado con la gente, no han recibido ningún trato de favor y cuando han hablado con los medios ha sido casi siempre a posteriori y con la intención de explicar lo que pasaba allí"

La lista de Carr no pasó desapercibida, y entre quienes la han suscrito se encuentran Lou Reed, Four Tet, Peaking Lights, Laurie Anderson, Zach de la Rocha, Trent Reznor y Lee Ranaldo. El propio Ranaldo nos explicaba en una entrevista los motivos por los que se unió: “Mi rol no es más que el de añadir mi nombre a la lista y apoyarlo. A veces nos comunicamos, pero creo que es importante que la gente, sobre todos quienes tienen algún tipo de proyección pública, se muestre, como diciendo ‘éste es el lado de la línea en el que estoy y estoy apoyando esto y espero que esto y lo que piden se respete’”. Ranaldo no sólo se ha limitado a estampar su firma: además estuvo haciendo grabaciones de campo en OWS que después ha utilizado en sus directos y en su último trabajo, “Between The Times And Tides” (Matador, 2012).

Ranaldo no es el único miembro de Sonic Youth que se ha dejado caer por Zucotti Park: Kim Gordon y Thurston Moore anduvieron por allí junto a su hija, quien acudió a las manifestaciones contra el 1%. También se acercaron a la plaza Patti Smith, Lupe Fiasco (uno de los raperos más comprometidos con la causa), Trent Reznor, Amanda Palmer, Zach de la Rocha y Tom Morello, quien tocó, por cierto, “This Land Is Your Land” de Woody Guthrie. Hay algo que ha caracterizado todas estas visitas, y es que se han mezclado con la gente, no han recibido ningún trato de favor y cuando han hablado con los medios ha sido casi siempre a posteriori, como en el caso de Russell Simmons, y con la firme intención de explicar lo que pasaba allí. Lupe Fiasco dio incluso una entrevista a Al Jazeera en la que expresaba las inquietudes de los acampados y las conversaciones que había tenido allí: el protagonista no era él, era la gente. Y como con los demás, la música, cuando entraba en escena, lo hacía sólo de forma anecdótica.

"Ya no se trata de cantar en un escenario ni de robar el protagonismo a la causa, sino de unirse a ella como ciudadano"

En sus casos, la música no ha sido un vehículo ni un fin: simplemente han acudido allí como uno más, aunque su presencia haya servido para dar a conocer unas protestas que para muchos sólo quedan legitimadas cuando se les unen líderes de opinión. En un movimiento que se caracteriza por su horizontalidad, han sabido jugar su rol en un contexto absolutamente novedoso: ya no se trata de cantar en un escenario antes de que el cabecilla de turno dé un speech ni de robar el protagonismo a la causa, sino de unirse a ella como ciudadano. Las protestas siguen en la calle (en los últimos días hay manifestaciones casi diarias en Estados Unidos, aunque los medios, una vez más, las ninguneen), y muchos de los músicos que hicieron acto de presencia los primeros días han pasado a un discreto segundo plano: apenas se sabe de ellos, salvo cuando muestran su apoyo en las redes sociales o se les pregunta por el tema. Parece que el título de la obra del colectivo Wu Ming hubiera sido visionario: “esta revolución no tiene rostro”.

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