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Murió con las botas puestas: un homenaje a Jesús Franco

Fallecido a principios de esta semana, Jess Franco deja un hueco insustituible en el cine español. Pionero del terror de serie B, el erotismo softcore y la casquería con encanto, merece un recuerdo sentido. Ahí va.

Con la muerte de Jesús Franco no sólo se va el único autor español junto a Luis Buñuel con stand propio en los videoclubs de East Village neoyorquino, sino que desaparece uno de los directores más apasionados de la historia del cine.

Cuando al director de cine Jesús Franco le preguntaban el porqué de tanto pseudónimo, en concreto, una lista que va desde el clásico de Jess Frank a todo un quinteto de jazz desaparecido, como Cliford Brown, Daniel White, etc., él contestaba sin pestañear que “ir por ahí en el mundo diciendo que eras Jesucristo y el Caudillo en un sólo nombre era un poco demasiado, ¿no crees?”. Y dejaba claro de un plumazo dos cosas. La primera que era un cachondo mental y la segunda que, como diría su fan confeso Quentin Tarantino, era un auténtico cabronazo contador de historias. Así fue cómo se ganó a toda una generación de músicos, cortometrajistas y críticos de cine a mediados de los años 90 y se convirtió en el tío Jess. Como si, de repente, descubriéramos todos que teníamos un tío excéntrico que hacía películas de Fumanchú, era amigo de Orson Wells, Klaus Kinsky y Roger Corman y había conseguido tener una filmografía con un número incierto de más de 200 títulos, incluyendo clásicos internacionales como “The Awful Dr. Orloff” aka “Gritos en la Noche” (1962), “Necronomicon” aka “Succubus” (1967), “99 Women” (1968), “Venus in Furs” (1969) y “Dracula vs. Frankenstein” (1972).

Gritos en la noche, la primera película de terror española:

"Si había algo que Jesús Franco no podía soportar era el cine con mensaje, por eso prefería el término cinéfago al de cinéfilo"

Ciertamente, la peripecia vital de Jesús Franco Manera podría funcionar como un biopic apócrifo del propio Tarantino. Nacido en el seno de una familia burguesa que incluía filósofos, pintores, escritores y demás “respetables” oficios de la cultura, consiguió evadirse de la grisácea época franquista rumbo a París, como él mismo decía, “con una trompeta como único equipaje”. Antes había terminado Derecho, estudiado música en el Conservatorio de Madrid y atendido a las clases de la mítica Escuela de Cine madrileña donde conoció a Luis G. Berlanga, y después a Marco Ferreri, Fernando Fernán Gómez, Miguel Mihura, entre otros.

Pero si había algo que Jesús Franco no podía soportar en esta vida era el cine con mensaje o con “message”, como decía él, era como si Fred Astaire en vez de cantar y bailar saliera a dar una lección de química aplicada. Un desastre, vaya. Por eso prefería el término cinéfago al de cinéfilo, que básicamente se diferencian en que el primero tiende a tragarse todo lo que le echen con tal de que se juegue con la ironía exploited y el otro es un tiquismiquis pedante que se sabe de memoria el color de las corbatas de Cary Grant, tipo Garci y sus eternas tertulias. Sin embargo, la obra de Jesús Franco, antes de caer en las garras de un género que él mismo inventó llamado “horror-melodramatic-sado-erotic”, produjo brillantes thrillers como “La Muerte Silba un Blues” (1964) que llamaron la atención de Orson Wells hasta el punto de contratarle como director de segunda unidad en la película que rodó en España “Campanadas a Medianoche” (1965).

Pero quizá la época más prolífica y brillante de su cine fueron los finales de sesenta y principios de los setenta dentro franquicias internacionales como Fumanchú, el peligro amarillo encarnado en una sola persona, como escribió Sax Rohmer, con Christopher Lee, en las que no dudaba en convertir el Parque Güell en la guarida del malvado asiático o mezclar imágenes en blanco y negro procedentes de otras películas. También marcó en aquellos años las bases de un tipo de inquietante soft-core conceptual que se nutría de la belleza melancólica de su musa Soledad Miranda –fallecida en un trágico accidente de coche– en películas como “Vampyros Lesbos” o “She Kill in Ecstasy”, ambas rodadas en 1971. Fue en aquellos años cuando su alma de francotirador irredento lo llevó a la factoría de American Internacional de Roger Corman y aprendió de él a nunca perder dinero haciendo películas, ya que esa era la única forma de realizar la siguiente. En los ochenta su cine fue languideciendo porque, según él, Pilar Miró fomentó de manera oficial el cine de “paleto lento” que consistía en situar a un paleto en la lontananza y no cambiar el plano hasta que llegara al frente de la cámara.

En cambio los noventa fueron los años de rehabilitación en su madre patria después de décadas de ninguneo. La película “Killer Barbies” (1996) fue la mejor excusa para ponerse en contacto con aquello que siempre le gustó –la santísima trinidad de sangre, sexo y guitarreos– y supo rodearse de un grupo de gente que compartía su amor por el fantaterror como Manuel Romo, Pedro Tembury o Carlos Subterfuge. Entonces le decía a todo el mundo que quisiera escuchar que Santiago Segura era el nuevo Fernando Fernán Gómez y Sexy Sadie los nuevos Moody Blues. Poco importa ahora si se equivocaba o no, lo importante es que este hizo todo siempre con la misma pasión incansable. Esa que hizo que estrenara su última película “Al Pereira vs Alligator Ladies” poco días antes de morir. Como el viejo general Custer, murió con las botas puestas.

Trailer de Kárate a muerte en Torremolinos de Pedro Tembury con la impagable participación de Jesús Franco como Miyagi.

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