Columnas

Mujeres de ida y vuelta: Nico

Este verano se cumplen 25 años de la muerte de Nico, una de las figuras más fascinantes que surgió de la Factory de Andy Warhol, y este es nuestro tributo a una de las mujeres fundamentales del pop

Christa Päffgen jugó al despiste y al hermetismo con su biografía, pero en su carrera en solitario optó por una honestidad brutal que en su momento muchos no entendieron pero que a día de hoy sigue influyendo una poderosa fascinación entre artistas de todo tipo. El último homenaje lo recibía a finales de pasado año de la mano de X-TG.

Hay quien conoce y reverencia a la Nico modelo. Otros, por el contrario, se quedan con su faceta de acompañante de la Velvet Underground en el primer disco del grupo (una colaboración impuesta por Andy Warhol y que el resto de la Velvet aceptó a regañadientes). Pero hay otra Nico, menos conocida y celebrada, que se opuso al encasillamiento y que renunció a los oropeles, a la fama fácil y hasta a su famosa belleza teutónica: una Nico que no dejó más que seis álbumes, pero que en conjunto suman un legado vanguardista que nada tiene que envidiar al de la propia Velvet y que, desde luego, le hacen trascender el estatus de mero icono.

La opacidad de Nico con respecto a su vida hace difícil perfilar hasta la fecha y lugar de nacimiento de Christa Päffgen (su verdadero nombre): aunque muchos biógrafos sitúan ese momento en Colonia (1938), también se baraja que hubiera nacido en Budapest cinco años más tarde. Sabemos también que su padre murió cuando ella era una niña, y de nuevo, dependiendo de a qué versión nos atengamos, su padre fue ejecutado por los nazis o falleció en combate. Pocos datos hay veraces, salvo que era de ascendencia hispano-yugoslava y que pasó buena parte de la Segunda Guerra Mundial refugiada en Lowenau con sus abuelos. Esos años de incertidumbre, miedo y hambre dejaron una impronta en Christa y que se dejarían ver no sólo en su obra, sino también en una alergia a cualquier tipo de compromiso (su hijo con Alain Delon, Ari, creció en Francia y fue finalmente adoptado por los padres del primero ante la desidia de sus progenitores) y una vida nómada que inició en su adolescencia y que la llevó a vivir en distintos países: es entonces cuando Christa se transforma en Nico.

Nico empezó a trabajar como modelo en la antigua RFA –de nuevo, según qué versión de la historia nos creamos, la habrían descubierto paseando por Berlín o trabajando en el mostrador de los grandes almacenes KaDeWe– y de ahí dio el salto a París, donde conoció al fotógrafo Herbert Tobias y de quien Christa tomó la idea de cambiar de nombre: Nikos se llamaba el ex del fotógrafo. A partir de ese momento, compagina su trabajo en la moda y la publicidad (en España apareció en un anuncio de jerez) con unos pasos titubeantes en el mundo de la música y del cine. De esta época data “I'm Not Saying”, producida por Andrew Loog Oldham (productor de los Rolling Stones) y que seguía esa tradición de los sesenta de grabar a mujeres de aspecto ye-yé con canciones ligeras, muy en la línea de Françoise Hardy o Marianne Faithfull. La cosa no fue a más.

Su carrera en el cine también fue fugaz: su papel más relevante es el de “La Dolce Vita” de Fellini, donde aparece brevemente interpretándose a sí misma. Su papel no deja de ser anecdótico, pero le dio más proyección y sirvió para que Andy Warhol, a quien conoció en Londres, se fijara en ella y decidiera llamarla.

Los siguientes pasos musicales de Nico están bien documentados y son los que le han dado más fama: Warhol impuso a la Velvet Underground su presencia en el estudio en funciones de vocalista y el grupo no sólo se mostró reticente, sino que la tesitura en que ella debía cantar se convirtió en objeto de disputas (Nico se negaba a cantar en el tono dulce que los demás esperaban de ella). Ni siquiera la aceptaron como a un miembro de pleno derecho, y ahí está ese “The Velvet Underground & Nico” marcando fronteras, convirtiendo a Nico en un apéndice que terminaría por desprenderse del resto de música.

"Para “The Marble Index” compuso sus propias canciones y se presentó al mundo teñida de negro e intencionalmente desmejorada"

En 1967, se editó “Chelsea Girl”, su primer álbum en solitario y en el que aún se intuye a la Nico que cantaba con la Velvet y que no terminaba de romper con su pasado (el título es una clara alusión a una de las películas más célebres de Andy Warhol y en él colaboran John Cale, Lou Reed y Sterling Morrison, entre otros). El verdadero salto sin red llegó en 1969 con “The Marble Index”, el álbum que marca un antes y un después en su carrera y del que John Cale dijo que “el suicidio no vende”: tras años sometiéndose a dictados ajenos, la indómita Nico decidió tomar las riendas de su carrera y empieza a hacer lo que le daba la real gana. Para “The Marble Index”, ella compuso sus propias canciones (fue Jim Morrison, a quien Nico consideraba su “hermano espiritual”, quien le animó a escribir música) y se presentó al mundo teñida de negro e intencionalmente desmejorada. Esa imagen no sólo coincidía con su particular descenso a los infiernos, sino con un rechazo frontal a que se le considerase una cara bonita, una tendencia vital que se radicalizó con los años. Paul Morrissey (cineasta y ayudante de Andy Warhol) recuerda al respecto que ella pensaba que “ser guapa era una desgracia. En aquellos tiempos ser modelo no era algo artístico”. Pero la portada de “The Marble Index” era también un fiel reflejo de su música: atonalidad, canciones que entroncaban con la tradición del “lied” del siglo XIX, vanguardia y una voz grave, sobria, que a veces podían cortar como el hielo y con un marcado acento alemán, cuando no cantadas directamente en lengua germánica. Incluso “Nibelungen”, no incluida originalmente, está inspirada en las mismas sagas que en las que su momento se inspiró Wagner para el ciclo del Anillo. Esas referencias (y reivindicación) de la cultura alemana, una estética que muchos han tildado de aria, las declaraciones de algunos conocidos sobre su rechazo a judíos y negros y que cantara sin pudor “Deustchland Über Alles” (himno prohibido en Alemania desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y que dedicó al líder de la RAF Andreas Baader) vendrían a dar razones de peso a quienes la han condenado por filo-nazi, pero si nos atenemos a los hechos (basta con mirar a las personas de las que se rodeó toda su vida), al hermetismo de Nico e incluso a su gusto por la provocación y su desprecio por lo convencional, es difícil saber si estaba jugando de nuevo a arrojar sombras sobre su biografía y romper con esa imagen de perfección de sus comienzos o si realmente comulgaba con la ideología del nazismo. Obsesionada con que los Panteras Negras, se le tenía en una lista negra por haberle dicho a una de sus activistas que ella no sabía lo que era sufrir; más tarde se autoexilió de Estados Unidos en la década de los 70, y de ahí nacería unos años más tarde el álbum “Drama of Exile”.

Si “The Marble Index” parecía un canto “suicida” y abismal, su continuación, “Desertshore”, aunque igualmente sobrio, tiene algo más de luz, melodías más convencionales y más de una referencia a esa maternidad precipitada que no pudo o sencillamente no supo asumir. Parte de ese cambio se debe a los arreglos de John Cale, amigo fiel de Nico y que da a “Desertshore” el aire que le falta a su opresivo predecesor. Pese a todo, el disco no logró grandes ventas y Nico seguía siendo una figura casi marginal, que alternaba sus apariciones en películas francesas de arte y ensayo con conciertos y recitales cada vez más lúgubres (su adicción a la heroína era difícil de ocultar y en sus apariciones solía acentuar su deterioro físico con ropajes negros holgados y poco favorecedores).

En 1974 publicó “The End”, un álbum menor en comparación con los anteriores (carece de la innovación de “The Marble Index” y de los asideros melódicos de “Desertshore”), pero que se considera el cierre de una trilogía y que destaca por el ya mencionado himno alemán dedicado a Andreas Baader y por la versión que hace de la canción homónima de The Doors, que en la voz de Nico se transforma en una inquietante marcha fúnebre despojada de cualquier atisbo de lirismo. Su obra posterior no tiene la relevancia de los álbumes anteriores, pero aún hoy son grandes ejemplos de inconformismo y búsqueda de nuevas formas de expresión.

"Incluso en vida ya era fuente de inspiración para artistas como Patti Smith, Siouxsie Sioux o Marianne Faithfull"

Un accidente de bicicleta en Ibiza terminaba con la vida de Nico en 1988 y hasta su muerte pareció querer jugar a las mentiras y medias verdades que tan bien cultivó en vida: se le diagnosticó una insolación, aunque un examen posterior reveló hemorragias cerebrales producidas por una caída de la bicicleta (causada a su vez por un infarto). 25 años después de su muerte, Nico sigue siendo una cara bonita para unos, la voz femenina del disco de debut de la Velvet Underground para otros, pero para muchos, además de una de las últimas bohemias, es un ejemplo de libertad creativa absoluta. Incluso en vida ya era fuente de inspiración para artistas como Patti Smith, Siouxsie Sioux o Marianne Faithfull. Su obra se reedita continuamente (la mejor reedición hasta la fecha es “The Frozen Borderline”, que reúne “The Marble Index”, “Desertshore” y grabaciones inéditas) y ha sido incluso reinterpretada, como esa revisión que X-TG (o sea, Throbbing Gristle sin Genesis P-Orridge) hicieron de “Desertshore” y en la que participaron Marc Almond, Antony Hegarty y Sasha Grey, entre otros. Nico probablemente se divertiría descubriendo que, pese a la cantidad de biógrafos que tiene, ningún documental o libro ha sido capaz de despejar todas las incógnitas que ella cultivó en vida. Lo que tal vez sí le sorprendería es descubrir la influencia de esa discografía escasa con la que nunca logró el éxito ni el reconocimiento (eran muchos quienes iban a ver a Nico por puro morbo, no atraídos por su música), pero que defendió pese a todo y hasta el final.

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