Columnas

“Moonrise Kingdom”, la última genialidad de Wes Anderson

El director norteamericano ofrece su cinta más enternecedora, sobre la nostalgia y la infancia

Llega este viernes a la cartelera la última película de Wes Anderson, “Moonrise Kingdom”, la más completa y profunda de sus obras, con ecos de la nouvelle vague en una exploración de los mecanismos de la nostalgia y el amor. Una maravilla total.

“Moonrise Kingdom” empieza con una casa dentro de una casa. En medio de un plano que parece un cuadro (como lo parecen todos los planos de las películas de Wes Anderson), en una de las estancias del hogar de los Bishop, descansa una casa de muñecas, o la maqueta de la casa de la familia, o simplemente una casa de juguete. La elección de esa imagen para dar comienzo a la sesión no es caprichosa, pues no hay nada caprichoso en “Moonrise Kingdom”: no hay detalle en esta película, y mira que de eso hay millones, que no responda a algo profundo o lo refleje o sintetice. En lo nuevo de Wes Anderson, un pendiente hecho con un anzuelo y un escarabajo es el impulso de un acto de rebeldía, de la decisión precoz de independizarse y decidir por uno mismo. Y así hasta el infinito. Un millón de detalles y otro millón de ideas y de emociones. Esa casa, tal vez de cartón, en medio de la estancia tampoco es un detalle sin importancia. Es una pista valiosísima, para mí una de las claves del filme, y no es la primera vez que su autor la utiliza.

Los hermanos Richie y Margot Tenenbaum tenían una tienda de campaña en la habitación, un refugio interior para aislarse del mundo sin desaparecer del todo. En ese hogar triangular y con las paredes de plástico, los protagonistas de “Los Tenenbaums: Una Familia De Genios” (2001) escondían las memorias de un pasado infantil, más bien preadolescente, en el que todo era más fácil, en el que todo parecía posible. En “Moonrise Kingdom”, la película más adulta de Anderson pese a la edad de la pareja protagonista, dos chavales de 12 años, vuelve a haber una casa dentro de una casa. Y esa imagen encierra otra vez la misma idea: la necesidad de regresar al pasado, de volver a la casa de juguete, de cambiar nuestro complicado mundo por una versión similar pero reducida y manejable del mismo. La película funciona, en ese sentido, como una fantasía adulta, como un cuento escapista de emociones encontradas –es alegre y triste, luminoso y oscuro– en el que localizar la sospecha (confirmada en la única conversación larga que mantienen los adultos de “Moonrise Kingdom”, una escena de camas separadas interpretada por Bill Murray y Frances McDormand) de que todo nos iría mucho mejor si hubiésemos empezado a arriesgar, a quejarnos y, en definitiva, a vivir mucho antes.

Sin ánimo de catalogar la emoción

“Moonrise Kingdom” sublima, de algún modo, un tema clave de la obra de Anderson: las emociones como algo que no tiene edad. Igual que en “Harold Y Maude” (1971) de Hal Ashby, título de cabecera del cineasta, en los filmes del autor de “The Life Aquatic” (2004) hay niños que sienten y actúan como adultos, y adultos que sienten y actúan como niños. Porque hay niños maduros, adultos infantiles o simples supervivientes que tiran adelante como pueden. En sus películas, las emociones no están ni encorsetadas ni catalogadas, por eso conmueven tanto. Por eso ni siquiera una puesta en escena abrumadora nos aleja de los personajes y la historia, por eso están tan increíblemente vivas.

Situada en Nueva Inglaterra el verano de 1965, “Moonrise Kingdom” deletrea la huida romántica de Sam (Jared Gilman), un scout huérfano e incomprendido, y la bella Suzy (Kara Hayward), una Margot Tenenbaum preadolescente, una Lolita con el físico de una precoz Anna Karina y más curiosidad, conflictos interiores y ganas de experimentar que un adulto. Varía la edad de los protagonistas, pero se repiten los temas clave de la filmografía de Anderson: personajes inadaptados (me encanta que jamás confunda la inadaptación con el friquismo), la idea de la aventura, de la odisea como mecanismo de escape, la busca en los libros, en las canciones, en los objetos bonitos de alivios circunstanciales… ¡Cómo es esa imagen de Suzy agarrada al tocadiscos portátil! ¡Cómo son sus zapatos de domingo! ¡Cómo son sus lecturas en voz alta de libros –si puede ser, cuenta ella, con personajes femeninos fuertes, con heroínas en las que encontrarse– que hasta entonces sólo había leído a solas y en silencio!

"Mejor no hacer mucho spoiler porque es realmente única y preciosa..."

Anderson también reincide en otras constantes de su filmografía y, como siempre, avanza en su búsqueda de nuevas inspiraciones que adopta desde el más profundo respeto y adapta a su universo sin caer en el burdo homenaje (es, junto a Quentin Tarantino, quien mejor lo hace). El director de “Rushmore” (1998), que vive a caballo entre Nueva York y París, contaba hace poco que la influencia del cine y la atmósfera europeos iba a ser evidente en su próxima película, de la que todavía se sabe poco. Ese estigma ya está en “Moonrise Kingdom”, donde la iconografía scout, un universo lleno de tiendas de campaña, insignias y navajas multiusos, convive sin estridencias con los gestos de la nouvelle vague. El romanticismo afrancesado, no exento de su reverso trágico pese a la juventud de los actores, brilla en una escena en la que suena Françoise Hardy. Mejor no hacer mucho spoiler porque es realmente única y preciosa, pero es importante citarla porque es uno de los momentos que confirman que no hay edad para las películas de Anderson.

Esa escena, un baile en la playa que un amigo comparó con acierto con el baile de Martin Sheen y Sissy Spacek en “Malas Tierras” (1973) de Terrence Malick (a fin de cuentas, “Moonrise Kingdom” es en gran medida una versión pop, con aire de cuento y puntualmente cómica de ese drama juvenil, hasta de “Los Amantes De La Noche” de Nicholas Ray), habla del amor adolescente, de la búsqueda precoz de vías de escape, de las ganas de probar cosas nuevas y flirtear con un mundo adulto. Pero, envuelta en la iconografía inconfundible de Anderson (un escenario, esta vez exterior, colorista, perfectamente ordenado y coreografiado, repleto de detalles y de objetos vintage, esta vez más que nunca) y botón de muestra del sabido buen gusto del autor poniendo canciones, esa escena también tiene el poso del recuerdo nostálgico que el adulto vivió. O deseó haber vivido como primer paso para ser medianamente feliz. Una maravilla, vamos.

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