Columnas

“In The Mood For Love”, un relato de Carlota Moseguí

La joven escritora barcelonesa se suma al ciclo Ficción Rara de este mes de abril con un relato de amor sin límites ni barreras sociales a caballo entre dos continentes

En el quinto relato del ciclo Ficción Rara, que nos ocupará durante lo que queda de abril, nos encontramos con Carlota Moseguí, una joven escritora (y crítica literaria) de Barcelona que compagina su pasión por las letras con los estudios de Humanidades. En esta historia nos acerca a una intensa y extraordinaria relación de amor que comienza en París y culmina en Boston.

[ Carlota Moseguí (1991) compagina sus estudios de Humanidades con su labor como crítica: escribe regularmente para H Magazine y para su blog “The girl you lost to cocaine” en El Sindicato. Además, algunos fragmentos de su ficción han aparecido en revistas como Eñe y Tenían veinte años y estaban locos. ]

I. Perdurabilidad del recuerdo

Mi amiga Anaïs Laroux me entregó las llaves de nuestro apartamento en la Place d’Italie el tres de marzo de dos mil diez. Anaïs llevaba viviendo conmigo seis meses en París, según ella el tiempo suficiente para conocer a fondo cualquier ciudad y sus queridos habitantes. La que a partir de ahora se convertiría en mi ex compañera de piso francesa se negó a permanecer los cuatro meses más que faltaban para terminar el contrato, dejándome sin sus cuatrocientos euros de alquiler que debía pagar en los próximos catorce días.

Tres semanas antes de la separación Anaïs y yo montamos una fiesta en casa. En mitad de la noche llegaron Jean Paul y una mujer de belleza exótica. De entrada pensamos que era la acompañante de Jean Paul aunque a ninguno de nosotros se nos ocurrió comprobar tal suposición. La desconocida se llamaba Chelsea Sanders, era una azafata divorciada que desde pequeña había vivido en uno de los barrios más pobres de Boston. La joven tardó menos de una hora en contarnos la dramática historia de su vida, sin duda la trama era lo bastante trágica para seducir a cada uno de los asistentes, no obstante yo no me creí ni una sola palabra salida de su apetecible boca. No es que sus desgracias resultaran inverosímiles, más bien me parecía absurdo ese ímpetu por contar su miserable existencia, pero lo peor llegó dos horas después tras descubrir que Anaïs se había encerrado con ella en su habitación emitiendo unos gemidos que me eran muy familiares.

Desde esa noche la relación entre Anaïs y Chelsea se hizo demasiado cercana. A medida que pasaban los días empecé a odiarla con todas mis fuerzas, quería que cada parte de su ridículo ser desapareciera para que Anaïs y yo pudiésemos recuperar aquello que nos había arrebatado. No soportaba sus llantos, las cenas con velas, las riñas por teléfono y sobre todo el olor de Anaïs en su piel bronceada. Mi envidia se alimentaba con más ejemplos de escenas acarameladas o numeritos con cuchillos en la cocina. A la tercera semana, Anaïs preparó una exquisita cena para ella y para mí. La ausencia de Chelsea aquella velada indicaba que algo iba mal, temía que ese risotto con setas y parmesano acompañado de un buen blanco seco era señal de que Anaïs había notado mis celos, y su intención era pararme los pies antes de que nuestra amistad se viese afectada. Pero mi intuición falló, Anaïs y Chelsea habían alquilado un apartamento en Boston. Entre llantos le supliqué que no se fuera, mi egoísmo se camufló con advertencias respecto a Chelsea Sanders, no me importaba en absoluto la felicidad de mi amiga, tan sólo quería retenerla en mi vida para siempre.

Transcurrieron dos largos años de silencio entre nosotras, la elipsis no hacía más que incrementar mi deseo de volver a verla, sin embargo hice un gran esfuerzo por convertirme en una persona distinta a la que Anaïs Laroux había conocido. Regresé a Barcelona y me instalé en un apartamento modesto en Gracia, allí trabajaba de fotógrafa freelance para distintas revistas bien pagadas de la ciudad. Mi suerte cambió al vigesimocuarto mes cuando recibí un mail de mi querida antigua amiga. A pesar de mi desconcierto respondí con gran amabilidad y cierta prudencia. A los dos primeros mensajes se sumó una larga cadena de correos sinceros que concluyeron con una espontánea invitación de Anaïs a su hogar. Anaïs seguía en Boston, pero no con Chelsea, ahora vivía en la casa de su novio Jeremy. No dudé de mi respuesta, acepté el ofrecimiento de inmediato y compré un billete de ida a Boston para el mes siguiente.

Llegué a Boston una ardiente noche de julio. En el aeropuerto, Anaïs y yo nos fundimos en un cálido abrazo que duró más de treinta segundos. Descubrí algunas finas lágrimas derramadas sobre sus mejillas pero no hice ningún comentario al respecto. Sentí un dolor punzante cuando nuestros cuerpos volvieron a tocarse después de tantos años, definitivamente había sido poco sensato reencontrarme con Anaïs. De madrugada mi amiga me hizo una breve ruta por el barrio para que me familiarizase con el nombre de las calles y las estaciones de metro más cercanas. Anaïs y Jeremy vivían en Saint Gregory Street, en la típica casa blanca con jardín y bandera americana en el porche. Dorchester era una zona habitada sólo por negros y gente de origen irlandés. En realidad era uno de los barrios con más delincuencia, violaciones y asesinatos de Boston, cosa que no me emocionó en absoluto.

Estaba ansiosa por conocer a Jeremy. Anaïs me había relatado tantas maravillas de él en sus extensos correos que era materialmente imposible que existiera. Según la francesa, Jeremy era un reconocido abogado licenciado con excelentes calificaciones en Harvard, amante de los buenos vinos, la fotografía y el cine de autor. Anaïs me aseguró que congeniaríamos enseguida dadas nuestras aficiones compartidas. Su inquietante belleza irlandesa fue lo que más me cautivó al verle. Era un hombre altísimo, rubio, de ojos turquesa cristalinos, vestido con un traje que indicaba un considerable poder adquisitivo.

A la mañana siguiente Anaïs se tomó el día libre para enseñarme los encantos de Boston. Cogimos el metro en Ashmont Station y bajamos en Arlington, estuvimos andando varias horas por el centro hasta que al mediodía compramos unos bocadillos y nos sentamos a comer junto al lago en los jardines del Boston Common. Anaïs aprovechó esos minutos de paz en el césped para sincerarse conmigo, me pidió perdón por haberse ido del piso dejándome sola con deudas. Puesto que Anaïs había dado el primer paso, yo también me disculpé por haberme comportado como una cría celosa con Chelsea. Anaïs dijo que eso ya no importaba. Nunca más quería que nombrásemos a Chelsea. Más tarde la anfitriona tenía que realizar unos encargos, cosa que me permitió explorar la ciudad por mi cuenta. Esa noche Anaïs me pidió que no comprara el billete de vuelta aún, quería que me quedase unas semanas más. Al no tener demasiados asuntos pendientes en Barcelona accedí encantada.

II. Deseando amar

Fue en mi penúltimo día en la ciudad cuando vi a una solitaria Chelsea Sanders reflejada en un cristal de una cafetería en la esquina de Newbury Street con Gloucester Street. Se había quitado el rubio postizo y lucía su pelo natural, un caoba rojizo. Chelsea me reconoció enseguida y me hizo un gesto para que entrase. Su deferencia conmigo me cogió por sorpresa, creía que no iba a saludarme dado que no se despidió de mi cuando se marcharon a Boston, sin embargo ahí estábamos ahora, probablemente a punto de mantener la conversación que nunca habíamos tenido.

– ¿Qué te trae por Boston?

– Para qué te voy a engañar, he venido a visitar a Anaïs.

– Qué bien – respondió con total indiferencia–. Sólo quiero saber una cosa, ¿Jeremy habla de mí alguna vez?

–¿Cómo?

– No te hagas la tonta, lo sabes perfectamente.

– En serio, no entiendo nada.

–¿No te contaron lo que pasó?– preguntó esta vez desdibujando su perfecta sonrisa.

– No –contesté no muy segura del efecto que tendrían mis palabras–. Anaïs no habla de ti y desconozco el tipo de relación que existe entre Jeremy y tú.

– Jeremy es mi hermano.

– Dios. ¿Cómo ocurrió?

– Muy sencillo. Le presenté a mi hermano y me dejó por él.

– Joder, lo siento mucho – dije para suavizar el sarcasmo hostil de Chelsea.

– Pensarás que estoy loca, pero cuando lo descubrí fui a nuestro piso y quemé toda su ropa. ¿Qué iba a hacer? ¡Mi novia me había dejado por mi hermano!

– Yo hubiese hecho lo mismo.

– Lo sé. Tú tiraste todo lo que había en el piso de Paris cuando Anaïs se fue, ¿verdad?

– No. Me fui a vivir a Barcelona.

– Tendrías que haberlo hecho. Anaïs se portó como una auténtica gilipollas contigo.

Comprobar que Chelsea compartía la misma visión de la situación fue alentador, en su momento pensé que había sido Chelsea quien había pervertido a Anaïs poniéndola en mi contra, pero ahora que sabía que la actitud de Anaïs no estuvo condicionada por mi interlocutora no pude evitar sentir un terrible rencor.

–¿Hasta cuándo estarás en Boston?

– Mañana es mi último día. He estado dos semanas pero siento que todavía me queda mucho por ver.

–¿Por qué no lo alargas un poco más?

– Creo que ya he abusado demasiado de la hospitalidad de Anaïs y Jeremy.

–¡Vente a mi casa! – exclamó entusiasmada.

–¿Tienes otra habitación para mí?

– No, dormirás conmigo en mi cama – contestó dejando entrever una atípica mirada seductora.

–¿Es una proposición indecente?

– Puede.

Chelsea me dijo que me pasara mañana a las once para dejar mis cosas y me dio una dirección en Jamaica Plain. Tardé en recuperarme del exceso de información que me había dado, por no hablar de su poca elegante indiscreción. Ahora mi preocupación se centraba en Anaïs y Jeremy, no sabía cómo reaccionarían al enterarse de mi acercamiento con Chelsea. Intenté encontrar las palabras adecuadas para dulcificar la situación pero lógicamente no les gustó la idea. Me relataron todo tipo de anécdotas para advertirme de lo trastornada que estaba esa mujer. Sin embargo no llegaron a influir en la decisión que había tomado.

A las once menos cuarto cogí un autobús que me arrastró por la peligrosa Jamaica Plain. No es que me hiciese mucha gracia vivir en el barrio latino de Boston pero al menos si me atracaban me entenderían cuando les suplicara que me perdonasen la vida en mi idioma. Chelsea estaba esperándome delante de su casa, justo al lado de mi parada en South Street. Chelsea dejó mi maleta en el dormitorio y me enseñó un par de bikinis. El plan de esa calurosa mañana consistía en vencer las altas temperaturas con una escapada a la pequeña playa de Old Harbor. Estuvimos toda la tarde tumbadas en la arena con una botella de tequila. Nada más llegar a casa, Chelsea me metió en la cama y me desnudó. Recuerdo vagamente el transcurso de aquella semana, sólo sé que había mucho alcohol y largas horas de sexo. De vez en cuando Jeremy conversaba conmigo, me parecía un tanto raro, no obstante supuse que el auténtico motivo de las llamadas era averiguar el estado de Chelsea. Ella admitió que ya había pasado página y estaba dispuesta a quedar con la pareja para poner fin a esa situación tan absurda. La única que seguía firme en su postura era Anaïs, pero con el tiempo consiguió admitir su culpa y vencer la vergüenza. Desde ese momento empezamos a salir los cuatro dos o tres veces por semana.

A principios de agosto Chelsea se marchó unos días a Nueva York. El mismo día que partió, Jeremy me llamó por teléfono y me pidió que le acompañara a la Filmoteca a ver algo de Wong Kar-Wai. Jeremy tenía un juicio muy importante dentro de quince días y padecía tal ansiedad que no podía concentrarse, además estaba muy aburrido porque Anaïs se había ido de viaje de negocios. Tras aceptar su propuesta me di cuenta de que era la primera vez que quedaba a solas con el novio de mi amiga, situación que me turbaba levemente. Después de ver la película Jeremy me invitó a cenar a un restaurante cantonés de Chinatown. Me recomendó un exquisito wantán de gambas que devoré con cierta rapidez. Una vez terminado el festín, Jeremy me sobornó con dos botellas de Chardonnay que aguardaban en su casa, deseosas de ser descorchadas. Dado mi axioma de nunca decir no al vino asentí sin reservas. Más tarde, en casa de mis amigos, reparé en que ésta no era la misma sin la vitalidad de Anaïs, asimismo era descomedido emborracharme con Jeremy sin Anaïs y Chelsea. Por desgracia el alcohol empezó a hacer efecto a gran velocidad y mi incipiente desconcierto fue atenuándose. Con el vino en el estómago y la voz seductora de los vinilos de Connie Francis adulando nuestros oídos, pronto acabamos besándonos en el sofá. Nada nos detuvo. No había ni una sola pizca de ética dispuesta a irrumpir aquella noche.

A la mañana siguiente, después de que mi mente resacosa analizara los acontecimientos con lentitud, pensé que tanto Jeremy como yo coincidíamos en que ese suceso no sería más que un hecho aislado, su amor y mi amistad por Anaïs estaba por encima de cualquier arrebato excedido. Sin embargo Jeremy confesó que no quería dejar escapar la oportunidad de volver a estar conmigo, pues desde que aparecí en su vida mi presencia trascendía toda realidad, cual fruto prohibido. Añadió que mi conducta ingenua, desconocedora de tal atracción, era lo que más incrementaba sus deseos de cometer una infidelidad, y ahora que todo había salido a la luz sólo podía esperar que nuestros designios concordaran. Al no ser así, Jeremy me procuró algo de tiempo para que recapacitara, y con tal de persuadirme me invitó a pasar los días que faltaban para que llegasen nuestras parejas a su segunda residencia en Martha’s Vineyard. Fue imposible rechazar la invitación, Martha’s Vineyard se consideraba Los Hamptons de Boston. Lamentablemente mi debilidad por codearme con la gente adinerada de Massachusetts pudo más que mi aprecio por Anaïs. El sentido común y la poca integridad que me quedaba desaparecieron al bajar del ferri en Cape Cod.

Tras regresar del edén de Martha’s Vineyard empezamos a vernos de forma regular. Las dobles citas eran más divertidas que nuestros encuentros en camas de cincuenta dólares. Cuando quedábamos los cuatro competíamos a ver quién era más sensual con su pareja, por supuesto yo disponía de una gran ventaja dada la fogosidad de Chelsea. Después, si los celos resultaban insufribles, terminábamos el juego follando en el baño mientras Anaïs y Chelsea esperaban en la mesa del restaurante o en el salón.

Con el paso de los meses nuestra pasión desbocada devino una relación más pura. Intenté encubrir mi interés por Jeremy, me creí capaz de simular que no sentía nada por él porque no quería aceptar que me estaba enamorando. En ningún momento confundí el amor con la lujuria, todo lo contrario: se trataba de una perfección de los sentimientos. Jeremy se encontraba en una situación parecida, pero a diferencia de mí no tenía la misma lucha interna. Él reconocía su amor, no dudaba en manifestarlo constantemente, sin embargo la devoción era tan extrema que no se atrevía a dar el paso de dejar a Anaïs, pues temía que nuestra pasión menguara si algún día llegábamos a estar juntos. Nos aterraba una vida trivial, la monotonía de la rutina, la progresiva desaparición del amor. La codicia por perseverar en ese ensueño nos hizo renunciar a lo más simple: fuimos capaces de sacrificar nuestra unión para no perder el deseo de amar. Prometimos que nunca seríamos como nuestras parejas, que nunca dejaríamos de sentir a pesar de la distancia.

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