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Modernillos de mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, los bebés-mascota

Modernillos de mierda. Hoy, los bebés-mascota

Ahora que los bigotudos han dejado de enviar paquetes bomba a la redacción de PlayGround, ahora que se ha acabado el contratar gitanas para que le echen mal de ojo a este humilde escriba kamikaze, es el momento de volver a agitar el charco y hacer que los renacuajos salten como si fueran camarones vivos en una sartén. La cosa puede acabar mal, lo sé. Pero no temáis, yo mismo me encargaré de enviar mechones de mi canosa melena a todos los que, una vez leída esta invectiva contra los papis modernillos, deseen dedicarme el más sincero de sus vudúes (Lisa Bonet y gallina degollada incluidas). Porque si por una tira de pelusa mal podada la casta cool casi desempolva el Enola Gay para convertir MDM en la nueva Hiroshima, no sé lo que ocurrirá ahora, que entramos en asuntos de consanguinidad.

Ahhhhh, petirrojos incorregibles, no se me agite la pajarería: los que no quieran ver el otro lado del abismo por miedo a encolerizarse tienen suficiente con dejar de leer esta columna y dedicarse a otros menesteres, como disparar a los transeúntes con una escopeta de balines desde el balcón, algo muy de estas fechas. Pero el trabajo sucio tiene que hacerse aquí y ahora. Y servidor ya se ha calzado los guantes negros de goma, el delantal de carnicero y la careta de piel humana. Eso sí, que quede claro que, ante todo, esta segunda entrega de Modernillos De Mierda es un grito de ayuda, un clamor en defensa de esos pobres infantes que, sin haberlo pedido, sin tener ninguna culpa por haber sido traídos en este mundo, se ven abocados a vivir al son de los antojos surrealistas de sus progenitores hipster. Y es que una cosa es dejarse un bigote estrepitoso bajo la napia, y otra es tener un hijo para tratarlo como si fuera un perro salchicha, un muñeco de Mr. Potato o, lo que es peor, un rosado banco de pruebas con el que encontrar nuevas acepciones al concepto de frivolidad.

No vamos ahora a convertirnos en el defensor del menor, ni ganas. Los niños son humanoides ruidosos, irritantes y extremadamente molestos; Critters malévolos que siempre se salen con la suya recurriendo al clásico grito del tocino degollado, una frecuencia sonora insoportable para el espécimen adulto. Cuántos chavalines me habrán jodido una buena comida en mi restaurante favorito. Legión. No me gustan los criajos, así de sencillo, pero algo va mal en el universo modernillo cuando en este sprint taquicárdico hacia el podio de mis fobias, son los padres, y no su semilla, quienes alcanzan primero la meta sin necesidad de recurrir a la foto-finish del gilipollismo. Al grano: vale ya con los nombrecitos originales, leñe, ¡¡que no estáis bautizando a un mono tití o a un lemur, por Dios bendito!!

Dime cómo se llama tu hijo y te diré quién eres

Se conoce que los modernos tienen descendencia, claro que sí. Y los primeros nietos del Sónar, el actual público de ese invento maravilloso llamado SónarKids (para que luego digan que no me gusta nada de la modernez), se han visto abocados a una existencia complicada. Los padres les han convertido en una extensión de sus filias hipster, vaya que sí, los tratan poco menos que como mascotas. De hecho, no han tenido ningún pudor a la hora jugar con uno de los ítems más preciados y valiosos para un niño, un elemento que determinará su bienestar y salud mental en sus años mozos: el nombre. La ecuación es fácil: no eres padre moderno si tu hijo no tiene un nombre raro del cagarse. Al enésimo cachorro de los Beckham no le llamaron como un bolso de puro milagro –eso sí, a cambio le ha caído nada menos que Harper Seven–; el hijo de Nicolas Cage responde al apelativo kryptoniano de Kal-El (admito que es el único que me gusta); Gary Oldman tuvo en sus brazos a Gulliver; Ashlee Simpson encuentra gracioso hundirle la vida a su nenito bautizándole como Bronx Mogwli; el pesado de Jason Lee decide ponerle Pilot Inspektor a su retoño y el gobierno americano, incomprensiblemente, no pone la cara del bigotudo de “Me Llamo Earl” en una baraja de póquer militar y emite una orden busca y captura contra él.

Joder, le puedes llamar a tu hijo American Apparel o Gatorade, si te da la gana, y el mundo sigue girando, ajeno a los crímenes contra la humanidad que estás cometiendo en aras del trendsetterismo. Pues sí, los actores más guays de Hollywood, los dichosos músicos de rock, la hipsteriada, todos ellos vuelven a tener la culpa de que el virus se haya liberado entre la población cool y de que la lista de niños invitados al SonarKids parezca escrita al alimón por Hunter S. Thompson y un klingon. El moderno es frívolo, lo sabemos desde que el hombre tiene uso de razón, pero esto ya es pasarse. ¿Es necesario obligar a una pobre criatura a cargar con las pesadas cadenas del coolness por puro egoísmo de modernillo?

El nombre de la cosa

Lo cierto es que se observa una tendencia sonrojante por parte de los padres a redimensionar el papel de sus lobatos, convertidos ahora en pequeñas vallas publicitarias al servicio del ego de sus progenitores. Si hace un tiempo lo viejos enrollados hicieron mella en incontables chavales tratándoles como si fueran adultos (lo peor que le puedes hacer a un crío es cambiarle los cómics de superhéroes por libros de Eduardo Mendoza), ahora toca nadar hacia el otro extremo de la piscina. El crío se convierte así en una pieza más de ese inventario postmoderno del que suelen echar mano los Hipsters Unidos de América para definirse ante el vulgo. Se impone la frivolité gratuita y a granel. En un afán absurdo por no quedarse atrás, los modernillos arrastran en su particular locura a unos pobres mequetrefes que, cuando tengan que ir a la escuela, deberán superar el obstáculo añadido de llamarse Dolce & Gabbana Suárez, Pynchon Manuel o Mazinger Duñó. No digo que volvamos a los Anacletos, Pancracios, Eustaquios y Joaquines, pero de ahí a ponerle a un bebé el nombre de una marca de zapatos hay un océano… radiactivo.

Es aberrante ver cómo un niño se convierte en poco menos que una mascota. Porque los modernos no sólo quieren reafirmarse y diferenciarse del resto en esta competición en pos del nombre más chulo, también hurgan en la herida cuando se trata de comprar ropa a su descendencia. Da penita ver a los retoños convertidos en muñecos de exposición a los que puedes vestir y peinar como te sale del pepino. Que si gomina y crestita por aquí. Que ahora le pongo un fular David Delfín y una falda-pantalón. Que si le hinco unas Rayban aunque el chaval se vaya dando hostias contra todos los semáforos. Que ahora voy al festival de música de turno y lo paseo disfrazado, como si fuera un trofeo, para exhibirlo antes mis amiguetes cool, por mucho que el niño esté contando los minutos para volver a casa y jugar con los muñecos Star Wars de Kenner.

Modernillos, haced caso a este despojo que os habla, entrad en razón. Dejad a vuestros renacuajos tranquilos, vestidles como visten los retoños normales, no les hagáis peinados asimétricos ni les tiñáis el pelo, ¿de acuerdo? Si ellos de mayores quieren ser de la familia Cool ya se ocuparán de sacarse el carnet de socio, pero al menos dadles la oportunidad de tomar esa decisión. Y sobre todo, ponedles un nombre que no les obligue a ir al psiquiatra antes de los diez años. Al fin y al cabo, si lo que buscáis es exclusividad, si queréis estar por delante del resto, estáis perdiendo el tiempo. Porque no sois los primeros en bautizar a sus hijos con combinaciones imposibles. Hace eones, los Mike Sorrentinos españoles ya lo hicieron, y diría que con resultados mucho más contundentes. Kevin Costner de Jesús… Aquellos fueron buenos tiempos, ¿verdad?

Contra el bigote

¿Qué fue lo hipster?

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