Columnas

Modernillos de mierda 3

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, contra el bigote

Modernillos de mierda

Huelo modernillos. Sssssh. No hagáis ruido. ¿Podéis oír sus desagradables susurros allí donde no llega la luz del quinqué? Claro que sí. Entornad los ojos, ¿les veis? Hechos un ovillo en un rincón, las manitas juntas, royendo un pedazo de queso amarillento envuelto en una foto de Terry Richardson. Son como leprechauns malévolos. Se reirán de la camisa de cuadros que lleváis, dirán que la colonia Marc Jacobs huele como la diarrea de un caniche enfermo en vuestra piel de perdedor, os preguntarán por qué os cortáis el pelo en una barbería y ridiculizarán vuestras monturas al aire por ser so ten minutes ago… Y cuando todavía os preguntéis qué demonios os ha golpeado, saldrán de su escondite y os darán el toque de gracia con ese look “yonqui cool” tan American Apparel, su fular Heidi Slimane y la discografía de La Roux y Junior Boys bajo el brazo.

Tranquilidad, coged mi mano, jilguerillos, ya pasó, no es dejéis embargar por la rabia. M&M, Modernillos de Mierda, está aquí para hacer justicia. Es hora de poner a la modernez en su sitio, es hora de que cada flequillo aguante su vela, es hora de que, para variar, alguien se ría de ellos y sus obsesiones. En esta columna lo haremos, vaya si lo haremos. Nos quedaremos dagustísimo y, lo más importante, nos partiremos la caja también, aunque sea un poquito, de nosotros. Porque, admitámoslo de una vez, ¿quién no ha caído, aunque solo sea durante un breve espacio de tiempo, en las garras del coolness? ¿Quién no ha fantaseado con ser el ilustrador asexuado de moda? ¿Quién no ha deseado en alguna ocasión salir en las fotos de Vice con el rimmel corrido y un rulo en la tocha? Sin embargo, la pregunta que nos ocupa hoy es esta: ¿Quién no se ha dejado alguna vez el bigote irónico durante el afeitado matutino, para erradicarlo como alma que lleva el diablo a los cinco segundos de vida?

En principio, lucir una mata bajo la nariz no está prohibido ni perjudica la salud. De hecho, ha habido grandes defensores de este hábil reciclaje de la pelambrera facial. Stalin sin bigote tendría menos autoridad que Papá Pitufo. José María Íñigo perdería el aspecto de morsa al borde del infarto estomacal sin las tupidísimas cerdas que penden de sus fosas. Joder, Tom Selleck parece gay sin mostacho, ¿de acuerdo? El bigote tiene sentido si necesitas reafirmar tu personalidad de algún modo y, sobre todo, si pretendes darle más trascendencia a una jeta con la que se ha cebado el azar. Estoy seguro de que Nietzsche no se dejó crecer un frondoso hurón sobre el labio superior porque sí: el tipo no se comía un soberano rosco y el bozo le daba cierto margen de maniobrabilidad con las pericas. ¿Acaso pensáis que Adolf Hitler llevaba ese manchurrón por gusto? Al parecer, en las discotecas leather del Berlín de la época llevar el bigotillo en forma de estampita era señal de que estabas disponible y te gustaba duro.

En resumen, y para el que todavía no lo sepa, el bigote no lo inventaron los amigos de Mario Vaquerizo. Ha estado ahí siempre, ha ejercido una función específica, ha tenido un significado y, desde tiempos inmemoriales, ha servido a la humanidad. Nadie nos había preparado para que cuatro directores de revistas de tendencias y un par de diseñadores aburridos cogieran este ítem sagrado y lo banalizaran hasta convertirlo en lo que se conoce como bigote irónico, seguramente una de las demostraciones de gilipollismo más anonadantes que se han visto en la escena en siglos. Y es que básicamente, los hipsters mostachudos buscan la sensación de rechazo. Saben que el bozo les queda como el culo, que la gente les toma, no tanto como adalides de la moda, sino como imbéciles. Que dan auténtica pena y rabia, vamos, pero ahí están, alehop, llevándolo orgullosos para nuestro horror. ¿Por qué? Pues será porque es el súmmum del “ir de guays” entre la modern family actual, digo yo. Además, diría que no sólo es una forma de rizar el rizo de la memez, pues bien podría contemplarse como una prueba de fuego para saber si realmente mereces ser moderno, como las brutales palizas de iniciación de los Latin Kings: ¿eres lo suficientemente cool como para llevar una mierda de bigote que hará que hasta las abuelitas te arreen con el bolso? ¿Tienes huevos? No entiendo tamaña complicación, tampoco hace falta que se dejen ese ridículo hilillo peludo para que la gente les diga que son unos timoratos. Mientras sigan pensando que su vida es una película de Wes Anderson, habrá más que suficiente para que les odiemos. Moraleja: no es necesario comer ajo para tener halitosis.

Sea absurdo o no, lo cierto es que la proliferación del bigote entre la clase moderna ha sido fulgurante y vírica. En cuestión de dos o tres años, todos los festivales de música independiente se ha llenado de morritos lanudos que parecen sacados de una película porno gay de los 70. No nos engañemos, el ser humano es un animal gregario, por mucho que se pasee por The Brandery vestido como una mona o vaya a conciertos exclusivos de Javiera Mena. Pero lo más grave no es eso, lo mas grave es que la moda de marras ha trascendido la cerradísima masonería del coolness y se ha propagado incluso entre los wannabes, los modernos de pega y la gente de a pie: el bigote ya no es irónico. Ya no es patrimonio de ilustradores, DJs, diseñadores y fotógrafos yonqui-fashion. Ahora está en la tele, lo calzan colaboradores gays de la prensa rosa, humoristas de La Sexta, cocineros de fusión, adolescentes en el Sónar, publicistas… No tenían suficiente con joderse su propia existencia, que también tenían que joder la de la gente normal.

Así pues, la plegaria que se impone es obvia. Modernillos, afeitaos ese bigote irónico a la voz de ya, os lo dice un amigo. Creéis estar varios años por delante de la raza humana con esa línea esmirriada de vello casposo sobre el labio, pero no es así. Sencillamente producís vergüenza ajena y nos transportáis a tiempos pasados de porno ochentero –Ron Jeremy– y seborrea ibérica –Agustín González–. Razones de peso, creo yo, para pediros que eliminéis tan aberrante bozo en seco y con machete, porque eso no es bigote ni es nada. Dejad el mostacho para los que realmente lo necesitan y saben llevarlo, como Saddam Hussein, antes de que lo colgaran cual chistorra, o José María Aznar, que supo quitárselo antes de que lo convirtierais en moda. De hecho, si tan de vuelta estáis de todo, haced lo mismo que el eximio Groucho Marx: coged un rotulador y pintaos un lustroso rectángulo negro bajo la nariz. El mundo saldría ganando.

¿Qué fue ‘lo hipster’? Dimes y diretes sobre la modernidad y la ironía.

Terry Richardson El bigote de Terry Richardson

Charles ChaplinCharles Chaplin Charles Chaplin Nietzsche

José María ÍñigoJosé María Íñigo

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