Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, los modernos más exagerados

Modernillos de Mierda, o sea, Óscar Broc, ha estado dirigiendo sus misiles contra estereotipos y tendencias. Pero ya basta: ahora hay que apuntar a los modernos particulares, contra los hipsters canónicos. He aquí una lista de 10 modernillos que dan especial repelús, de Antony a Skrillex.

Ha sido un trabajo arduo, proceloso, interminable, semanas enteras dedicadas a esta inmensa basura, pero al final lo he conseguido. Horas y horas de encuestas entre periodistas musicales, escritores, DJs y otros camorristas de la picaresca que viven del cuento por deporte. Cientos de horas dedicadas a forjar una lista canónica para las generaciones venideras de practicantes del odio. Finalmente, Modernillos De Mierda ha conseguido destilar una relación con los diez ejemplares modernillos más odiados, después de recabar fobias entre numerosos pensadores ilustres de la cultura trash. Necesitábamos saber quiénes son los cabestros del hispterismo que merecen una buena sesión de banderillas, estocada y puntilla. En este ruedo no hay piedad, pero sí nobleza. La misma que nos permite torear a los morlacos de las mejores ganaderías hipsters describiendo bellos movimientos en la arena, sin olvidarnos, eso nunca, de que hay que destripar al bichejo hasta que no tenga fuerzas ni para tirarse un pedo.

Por cierto, como MDM no es una fuente de rabia gratuita (risas enlatadas), también he optado por elaborar mi podio olímpico personal, con los tres modernillos patrios que mejor me caen: el oro, la plata y el bronce del coolness ibérico. Viva España.

El paredón de los modernillos: los 10 más irritantes

1. Antony Hegarty: sin censura

Nació de un huevo. Por eso resulta imposible determinar a qué género y especie pertenece. Nadie sabe qué es Antony Hegarty, lo único que está claro es que su estética, una mezcla de plañidera gaditana, travesti gótica y ama de llaves de Vincent Price, ha seducido a la modernidad con la fuerza de una flatulencia bovina. Hegarty es la hija de la familia Addams, pero en versión trans y en una edad adulta castigada por la acción de la indigencia y las bolsas de patatas. Cristina Almeida zombie.

El suyo es un look situado en la fina línea que separa la repugnancia de la adhesión más incondicional. Pero lo que seguramente ha hecho de este humanoide un icono para modernillos es su voz mairenesca. Una voz que hemos oído en infinidad de anuncios emotivos y hasta en esa película infame que Isabel Coixet rodó en Japón y cuyo nombre ni me molesto en buscar en Internet, como podéis ver. Antony no tiene buena pinta, la verdad. Quizás por culpa de una alimentación cimentada en el cubilete de pollo y la botella de Pepsi de dos litros, tiene la apariencia un ser enfermizo, dejado, gelatinoso, amarillento, cono olor a pis rancio y fritanga axilar. Pero de nada sirven las elucubraciones banales cuando hablamos de él. Sólo sé una cosa: para recuperar la salud, Antony haría bien en viajar a Sevilla y pedir consejo al único hermano que se le conoce. Le llaman Falete.

2. Dan Deacon: jur, jur

Nacido y criado en Chiquitistán, Dan Deacon enseguida mostró interés por el estilo agresivo del celebérrimo Krispín Klander, una masa adiposa dada a la extravagancia cromática y al modo de vida plumífero más extremo. Desde las barricadas, el bueno de Deacon observaba las evoluciones del campeón chiquitistaní con una bolsa de basura llena de Panteras Rosas en la mano, y por las noches soñaba con ser como él, o mejor dicho, soñaba con eternizar la estética Dennis Roussos meets Teletubbies tan característica del tonel afeminado que Pepe Navarro lanzó a la fama en tierras españolas.

La inspiración klanderiana es evidente. Ahí está ese cuerpo viscoso coronado por unas gafas de cajera septuagenaria, unas llamativas lupas a medio camino entre el barroquismo de Rappel y el look secretaria de los Cazafantasmas. Ahí están esas camisetas estroboscópicas capaces de seccionar yugulares de corderos con sus destellos fosforescentes. Ahí están esos tonos edredón tan Mayra Gómez Kemp, esa cabeza rapada describiendo un óvalo casi perfecto de seborrea, esos jerseys tejidos con lana de cien llamas sacrificadas sobre un póster de Elton John disfrazado de pollito.

"Algo en su look me lleva a pensar que no se toma demasiado en serio a sí mismo"

Dan Deacon es un homenaje cárnico al hipster mantecoso. Es el hipster simpaticón, un tipo al que le perdonamos todas sus extravagancias porque tiene un je ne sais quoi que te obliga a adorarle con la misma intensidad con que aborreces sus pintas. Está en el límite que separa la rabia de la compasión grasienta, el bacón de la panceta, la mariconada –con perdón– del gag. Porque si Deacon no fuera un gag en sí mismo, si no pareciera adicto a las tallas extra grandes de Humana, con toda seguridad nos parecería una moderna americana de las de toda la vida, con su barba mal cortada, sus gafotas, su gorro de lana, sus zapatillas ponzoñosas y sus camisetas de dinosaurios.

No voy a negar que a Deacon sabe mal vilipendiarle, no sé por qué. Algo en su look me lleva a pensar que no se toma demasiado en serio a sí mismo. Se le ve íntegro al mastuerzo. No hagáis ruido y observadle desde los arbustos; miradle, cediendo su silla a los impedidos en El Pollo Campero, compartiendo una porción de su shawarma con las palomas, haciendo acopio de litros y litros de sudor post concierto en garrafas industriales para cuando haya escasez de agua en el mundo. Buena persona no. Gran.

3. Ryan McGinley: pechito con pechito

A muchos fotógrafos modernillos se les ve el plumero, que no la pluma, aunque también. Al socio Ryn McGinley le hemos cogido la matrícula desde que vimos sus primeras fotos. Vaya, que cuando un tipo se dedica en cuesco y alma a inmortalizar adolescentes en pelota picada correteando por el bosque, jugueteando en bolas con animales salvajes o dando saltitos por bucólicos campos de espigo cachete con cachete, te está diciendo en la cara cuáles son sus debilidades. ¡Y encima le pagan, familia! McGingley no es un caso único, de hecho el universo modernillo está infestado de supuestos fotógrafos que lo único que hacen es ponerse las botas en materia cárnica y cobrar. Quién no corre vuela, maricón el último, y todas esas cosas.

Efebos tatuados con peinado garçon y el vello púbico al aire. El culo de lo que parece una niña de piel lechosa, lleno de granos reventados y surcado por una cola de nutria. Adolescentes saltando en cuevas como Dios les trajo al mundo. Hurón blanco metiendo el hocico en el recto de un púber. Tetuda veinteañera con un ojo morado en el desierto encendiendo un pitillo. Jovenzuelo remojándose en una cascada mostrando un culo ensangrentado vete tú a saber por qué rigores. Es como si Terry Richardson, Roman Polanski y Boy George se hubieran fundido en un solo ser y de esa alquimia hubiera salido el bueno de Ryan, con su cara de no haber roto un plato. Porque platos no sé, pero otras cosas seguro que las ha dejado hechas añicos.

4. Skrillex: niño del Brasil

A Skrillex le diría que se comprara chicles de menta para disimular la fetidez de su aliento, que dejara de cortarse el pelo en un peluquero manco y que me explicara el truco gracias al cual un tipo con apariencia de gilipollas se convierte en el no va más de la garrulada moderna. Sinceramente, el cantante de Niños del Brasil ya iba con estas pintas cuando el bueno de Skrillex se comía su primer moco, es decir, a los jóvenes nacionales el susto no nos ha venido de nuevo.

5. Dov Charney: el diablo viste de American Apparel

He aquí un pícaro que ha conseguido forrarse vendiendo a precios desorbitados toneladas de ropa interior de mercadillo, calcetines de zorra ochentera, camisetas marca-pezones y toda suerte de complementos hipsters que no pasarían el corte de calidad ni en el armario de Bebe. Un tipo que convierte trapitos de segunda en el culmen de la modernidad guarra y viste a toda una generación de veinteañeros adictos al pegamento merece ser ajusticiado por el brazo fuerte de esta Inquisición llamada MDM. Póstrate y siente la presión de nuestros nardos en tu nuca, Dov, pues el reinado de American Apparel pronto pasará a la historia y tendrás que reciclarte como telefonista del Venca.

Basta con ver al pimpollo, parece sacado de una escena eliminada de “Boogie Nights”. Sus bigotes de camionero setentero, sus gafas estilo Roy Scheider en “Tiburón”, su modernidad garrula, peluda y con olor a colonia Andros… Hostia santa, el colega es un peligro. Y aunque hay que agradecerle profundamente esas campañas publicitarias con adolescentes espatarrados que parecen sacados del harén de Larry Clark, aunque hay que aplaudir esas fotos de crías en bragas, calentadores y ‘toto’ al viento, al viejo Dov le ha llegado su San Martín. Porque los modernos de ahora también serán padres. Y vive Dios que no dejarán que sus retoños caigan en el mismo error y se vistan como yonquis anoréxicos alérgicos al champú. Soplan nuevos vientos en las costas hipsters: es la hora de C&A.

6. Zooey Deschanel: yo Zooey de la Mutua

Ya estoy harto de esta chica, así de claro. La jamelga se ha hecho con el monopolio de la moderna graciosa, finolis, con un punto hasta infantil. Zooey es una mujercita que vive en un mundo aterrador de vestiditos, ukeleles, zapatos planos, grupos de folk indie, clips infantiles en el pelo, etc. La Deschanel tiene un grave problema: las dosis de rabia que produce oscurece por completo su innegable sex appeal. Pero yo tengo la solución al problema. Zooey, si intentaras parecerte menos a la Virgen María del Sacro Hipster, siguieras los pasos de la gran Chloë Sevigny y te dedicaras a rodar escenas de felaciones rabo en boca, otro Vincent Gallo cantaría.

7. David Delfín y Bimba Bosé: vaya par de dos

Aunque su apellido apele a un mamífero acuático inofensivo a la par que campechano, David Delfín es cosa seria, pues presenta de forma concentrada todos los elementos que definen al modisto moderno instalado en los Madriles. El malagueño ya no es un simple diseñador de ropa, hace tiempo que trascendió dicha función para revelarse como el referente/catalizador/llámalo como quieras de esa generación de modernos de mediana edad que todavía sueñan con el advenimiento de una Segunda Movida: digamos que ya es parte integrante del folklore de la gente in de Madrid. Sus desfiles se han convertido en misas gáyeres que arrastran en masa a la modernité más mohosa de la capital. Qué tiempos aquellos en los que las modelos recorrían la pasarela con una reluciente soga en el pellejo y su apellido animalesco levantaba ampollas. Ahora, el delfín se ha convertido en boquerón; es el tópico por excelencia, un ejemplo clarísimo del moderno que dejó de serlo hace tiempo pero sigue ejerciendo, aunque sea a trompicones, tarde y mal, muy mal.

Pero lo más grave no es que Delfín vaya camino de convertirse en la Doña Croqueta de la modernidad madrileña –con permiso de Bibi Andersen–, lo peor es que siempre que se asoma por el reality “Alaska y Mario” o le vemos en alguna zarandaja de la noche capitalina, a su vera se detecta con una figura que produce desasosiego y horror, una vulcaniana de mirada abisal a la que por poco no bautizan con el nombre de un pan de molde.

"Bimba es una versión evolucionada del ser humano llegada de un futuro ignoto. Un futuro en el que no hay cejas"

Admito que a Bimba Bosé no he conseguido cogerle el tranquillo. No comprendo su juego. Me sorprende que la costra moderna la considere el no va más. Si estuviéramos en el 96 os diría que sí, que los andróginos antipáticos son los nuevos jueves, pero estamos en el 2012 y algo me sugiere que por ahí no van los tiros. Y es que tampoco ayuda su actitud de perdonavidas, algo muy común, por otra parte, entre la raza modernilla. Para mí, Bimba es una versión evolucionada del ser humano llegada de un futuro ignoto. Un futuro en el que no hay cejas, la gente se peina con colisionadores de partículas y la humanidad se reproduce vía esporas, USB o fibra óptica. Qué queréis que os diga, no me impresiona su rollo, de hecho, la única vez que sentí electricidad en el vello de la nuca al verla fue cuando en los 80 salió por la tele con una extraña falda, chaqueta torera, coleta y abanico. Cantaba un tema titulado “Amante Bandido”.

8. Miranda Makaroff: sin embargo, te quiero

¿La Alexa Chung española? ¿La Charlotte Free de nuestro país? ¿La It Girl dels Països Catalans? Ni idea, amigos, lo único que sé es que la chica quiere convertirse en la moderna total y a fe de Dior que lo está consiguiendo. Pincha, diseña ropa, dibuja garabatos, escribe en su blog, sale en el programa Gente, aparece en todos los saraos moderniquis, en Google Images tiene más fotos que Mahatma Gandhi, marca tendencia (o lo intenta a toda costa), posa para las fotos con esa actitud entre insolente y juvenil que parece espontánea pero se intuye más estudiada que la gestualida de Pep ‘Pacino’ Guardiola.

La chica quiere llevarse todo el pastel de la Nación Modernilla y no soy yo nadie para culparla. Bravo. Adelante. Que aproveche el tirón. Eso sí, acabará quemándose, es la ley del hype. Aunque cuándo uno está convencido de que es el Leonardo Da Vinci del moderneo español poco puede hacerse por advertirle del trompazo. La dulce Makaroff está embalada y va camino de pasar de moderna de libro a folklórica 2.0, algo muy común en los animales supuestamente cool de nuestra escena. Son personajes que durante unos años están pinchando o exponiendo sus obras hasta en el estanco del Corte Inglés, figuras polifacéticas que se engorilan y acaparan, y luego se desvanecen del escenario repentinamente para nunca volver. En serio, amigos, me preocupo por ella, no quiero que a la chica le pase eso; diantre, sería una pena perder de vista un bombonazo de semejante categoría…. Miranda, qué demonios, en el fondo creo que me pones. Me ha costado dos párrafos de gilipolleces decirlo.

9. Los modernillos de Loewe: jóvenes aunque sobradamente retrasados

A principios del 2012 aconteció en nuestras tierras un fenómeno que sólo podrían explicar el doctor Cabrera, J.J. Benítez y Enrique de Vicente, después de chupar el lomo de un sapo venenoso. Loewe lanzó una campaña espantosa en la que veíamos a un grupúsculo de modernillos madrileños dar la pena más absoluta, famosetes de medio pelo en la flor de la vida haciendo gala no solo de su estatus, sino de un ralentí mental más profundo que el de Paco Buyo. El tema es que los criajos adinerados se lucieron con sus reflexiones de puñetazo y despertaron el odio más visceral de los españoles. El dichoso spot, seguramente rodado por un humano con el cerebro trasplantado de un okapi, no sólo dinamitó las pocas posibilidades que había de que compráramos algún producto Loewe, también hundió en la miseria a los pobres diablos que accedieron a aparecer en él, pensando que se convertirían en la versión española de “Gossip Girl” (al final se quedaron en una fotocopia pija de “Al Salir De Clase”, personitas). María Forqué, Lorena Prain, Josep Xorto, Carlos Sáez, María Rosenfeldt, a todos os pregunto: ¿valió la pena proclamaros monguers oficiales del Reino ante vuestros conciudadanos por un par de bolsos gratis? Diossss, sabía que diríais que sí.

10. Terry Richardson: El follógrafo

Terry, por favor, ¿podrías dejar de follarte a las modelos que fotografías? Que ya tenemos una edad. No te veo con la fuerza de antaño, ya sabes que entre tú y yo siempre ha habido sinceridad absoluta. Por tanto, la milonga de que eres fotógrafo de rockeros yonquis, adolescentes cachondas y maniquíes farloperas ya no tiene sentido. Ya has mojado lo suficiente. Dale un descanso a tu minga, Terry, cuelga de una vez esa mierda de cámara que gastas, siéntate al lado del fuego, ondea la copa de brandy y piensa en los nietos que podrías haber tenido y no tienes. Deja que las nuevas generaciones de fotógrafos modernillos cojan el testigo y se cepillen a todas las incautas e incautos que se crucen en su objetivo. Retírate a tiempo, golosón. Pa-ta-taaaaaaa.

Bonus track: Devendra Banhart, sistema Llongueras

Se rumorea que Devendra Banhart viene de una realidad paralela en la que los humanos se frotan el cuero cabelludo con melaza y tienen por costumbre aderezar su aliento con ajo crudo, ratafía y tabaco de mascar cada mañana. Un mundo extraño en el que a los hombres les crece musgo por barba y las duchas solo vierten leche caducada sobre los escasos usuarios que se atreven a encenderlas.

Banhart encarna a la perfección una tipología de hipster extendida como la gripe entre esos modernos que sufren erecciones pezoneras cada vez que un pordiosero coge una guitarra acústica, se rasca la axila y se pone a aullar como un wookie con trastorno bipolar. Estéticamente es un tópico con sistema nervioso, es el arquetipo del folk singer underground que se resiste a claudicar antes las convenciones de la pulcritud estética más elemental. Se deja melenas enredadas que podrían surtir de aceite a las fábricas de Carbonell durante décadas; calza barba estilo Robinson Crusoe con nidos de golondrinas en su interior; usa camisetas gastadas, Raybans de colores, chaquetas de lana robadas de un Primark navajo y unos odiosos gorritos de lana estratégicamente ladeados que enternecen sobremanera a los hipsters.

Es algo tan anodino y tan visto que no sólo produce rechazo por las evidentes carencias de salubridad e higiene, sino por lo cansino de la estampa. El look Devendra ya no impresiona. Hay Devendras en cada esquina. En cada festival. En los Foster’s Hollywood. De hecho, cada vez que veo fotos del interfecto pienso en los yogis de la India profunda y me entran ganas de dejarme las uñas de los pies largas como cuchillos, ponerme unos pañales de tela blanca, fumarme un canuto del tamaño de un brazo de gitano y nadar Ganges adentro hasta que se me aparezca el balón Wilson flotando y un trasatlántico me rescate… Bah, para qué engañaros más, la cruda realidad es que odio al tipo porque se ha pasado por la piedra a Natalie Portman. Y lo mejor (lo peor) es que ella ha vivido (olido) para contarlo.

Podio de modernillos patrios: delicias ibéricas

1. Eduard Punset: ¿Cocoon? ¡Cocool!

Que no os confunda el castañeo de sus dentaduras postizas. No les pidáis que os echen azúcar al cortado con cucharilla o acabaréis con la pechera espolvoreada de nieve a causa de los temblores. Se duermen a media frase, de acuerdo. Adoran a Jordi Hurtado como si fuera el mismísimo Dios Carnero, nadie lo pone en duda. Pero cuidado, mucho cuidado. Los yayos no son lo que parecen. El mundo de los abueletes no está ni mucho menos exento de hispters. La Tercera Edad tiene también a sus próceres del coolness y si hay que señalar al líder espiritual de este contubernio senil todos los punteros láser dejarán de enfocar el acné de Cristiano Ronaldo para posarse al unísono en la esponja natural que reposa sobre la cocorota de Eduard Punset.

Punset es el HIPSTER. La madre de la madre del cordero. No sirve de nada ponerse gallito con él, cualquier intento de derrocar al kraken de la neurología patria será abortado por una descarga eléctrica de escarola capilar que, de propina, carbonizará al insurrecto. Porque Punset trasciende la modernez, mejor dicho, la engulle como si ésta fuera el espacio-tiempo en los dominios de un agujero negro masivo: la desgarra, hace fideos con ella y cuando ya se ha cansado, la enrolla en un Smoking XXL y se la fuma mientras le envía whatsapps con fotos de tías en pelotas a Michio Kaku.

"Lo cierto es que Punset tiene un influjo infeccioso, una inimitable capacidad para enamorar a modernos y paletos por igual"

Porque eones antes de que los modernos intentaran colocar anglicismos de nueva generación en su discurso, Punset ya hablaba en inglés con acento catalán y se traducía a sí mismo en castellano, con acento catalán otra vez, en una espiral endogámica de superposición de voces, idiomas y acentos que todavía hoy vuelve loco/loca a Genesis P.Orridge. Dicen que el ex Throbbing Gristle se puso tetas después de ver un capítulo de “ Redes”, y seguramente se construirá una reluciente vagina, si es que no lo ha hecho ya, cuando vea al comunicador científico anunciar pan de molde industrial rodeado de mozas en edad de merecer.

Lo cierto es que Punset tiene un influjo infeccioso, una inimitable capacidad para enamorar a modernos y paletos por igual. A unos les seduce su aspecto, especialmente los tallarines de arroz pasados por el wok que el divulgador hace pasar por cabello. También los hay que se sienten hipnotizados por sus movimientos de tai chi, esos dos minutos de reloj que se toma entre que descuelga el interfono y pregunta: “¿quién va?”. Y no son pocos los que le adoran por su contribución a la normalización de la figura del profesor chiflado. Quién sabe lo que le aporta esa paz adictiva, quizás el sosiego de haber vivido en persona las primeras películas de Manuel Alexandre, o el haber estado presente en la firma del Concilio de Trento.

Pero el encanto hipsteriano del viejo Punset va más allá de su aspecto, de sus siestas de tres horas o de su parsimonia zen. Lo que convierte a este viejecito en el gurú de la modernidad bien entendida es que, mientras los hipsters de medio pelo pierden el tiempo filosofando sobre macrobiótica y socialismo u organizando encuentros literario-musicales con intercambio de vinilos, Punset escribe libros enteros diciéndonos que somos un puto cerebro con patas, que Dios es química y que cuando la espichemos, adiós muy buenas. Que dejemos de hacer el gilipollas, vamos. Si eso no es punk, si eso no es modernidad a cara de perro, que baje Pete Doherty y lo vea… Ah no, que todavía no ha muerto (Doherty, digo).

2. Falete: Björkzilla

Falso secuestro en las calles de Sevilla, novio chungo con pelo engominado de apodo “Caballito De Mar”, protagonista de un reality en una academia de conducción con menos share que la misa de La 2, montaje burdo con un ex Míster Málaga que tuvo que hacerse pasar por sarasa… Rafael Ojeda Rojas es Dios. Mientras los modernillos de medio pelo encumbran erróneamente a su fratello estadounidense, Antony Hagerty, aquí en España tenemos a la moderna trans original, el molde primigenio, un cruce de John Candy e Isabel Pantoja que se dedica al flamenco y la copla, pero consigue que un género anquilosado y otrora reservado a folklóricas velludas llegue y guste a un público joven, cyber, cultureta, gafapasta, punk, rocker…

No descubro nada cuando digo que Falete es la aberración más deliciosa que ha dado la modernité hispalense. Es un rara avis que deja a la altura del betún a todos los hipsters fantoches que se disfrazan alegremente por estos mundos de Dios. Nada comprable a Falete, un verdadero falo al vibrador, pura vanguardia, la esencia de la escarpia modernilla. Porque cuando creíamos que era imposible superar el listón estético impuesto por el cetáceo cantarín, el propio Falete lanza su mejor disco hasta la fecha, el seminal –nunca mejor dicho– “Sin Censura”, y se nos presenta en la portada disfrazado de Björk con reminiscencias japonesas. Devoción. Admiración. Fanatismo es lo que siento. Porque Rafael Ojeda no es un avanzado a su tiempo, se come el tiempo a bocados con un barril de salmorejo para bajarlo.

3. Dani Alves: cosas de casa

Cuando salió de la canícula sevillana y llegó a la cosmopolita Barcelona parecía un clon de Javi, el escupe fuegos tatuado de “Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo”. Era una estética de difícil digestión para el paladar modernillo de una ciudad en la que, no lo olvidemos, un trilero del diseño como Mariscal se forró indecentemente con sus garabatos caninos. Alves estaba contra las cuerdas. En Sevilla, sus pintas podían pasar por las de una celebrity de la vieja Hispalis, pero Barcino es inclemente con el look sureño. Cadenas que parecían cobras de pedrería cani, pendientes que congregaban a miles de urracas deseosas de hincarle el pico a esas alhajas cegadoras; gafas de sol gigantes estilo Nacho Vidal; gorra de tela chunga con la visera tan doblada que podría sustituir al techo de un reloj de cuco; rizos efecto mojado lamiendo el umbral de su frente y un mullet indomable en la base del pescuezo… Barcelona no dejaría pasar semejante afrenta, y ¿sabéis qué hizo el bueno de Dani? En lugar de claudicar ante las exigencias de los modernos catalufos les pagó con su misma moneda. ¿Queréis un Alves cosmopolita? Pues recoged la pastilla de jabón del suelo, porque esto va a doler.

"A Daniel Urkel solo le falta sacar un acordeón, tocar una polka y llamar grandullón a Tito Vilanova"

Y vaya si ha dolido. El nuevo Alves es una caja de sorpresas envenenada, una crítica andante al modernillo, y por eso adoramos su actitud de protesta, su forma de dinamitar el Hipesteriato barcelonés desde dentro. ¿Acaso no habéis degustado la ironía del lateral brasileño cuando se presenta en la Zona Mixta del Camp Nou con una gorra New Era de lado, americana slim fit, mochila en la espalda y gafas de rapper de los 80 sin graduar que parecen ventanas? Alves no va de Kanye West, joder, ¿es que nadie lo ve? El tipo está invocando a Steve Urkel para reírse en nuestra cara, como Rafa Mora. De hecho, alguna vez hasta ha lanzado algún que otro guiño al look de Johta, esa radiografía de un ser humano desnutrido que un buen día se presentó a Gran Hermano con el look del Príncipe de Bel-Air, versión Coslada. Y mientras la modernidad del establishment catalán cree haber convertido a otro infiel, a Daniel Urkel solo le falta sacar un acordeón, tocar una polka y llamar grandullón a Tito Vilanova. Me río del hipster de la Condal, me río de su estulticia y me reiré aún más cuando Alves descubra el pastel, vuelva a los ropajes de su etapa Del Nido y, ante los llantos del moderno culé traicionado, pregunte aquello de “¿he sido yo?”.

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