Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, modernos en la universidad

Septiembre. Vuelven las clases. Vuelve la universidad. La universidad: de templo del saber y el conocimiento a una moderna Sodoma de sexo, drogas y humos subidos. Los hipsters también están en las aulas, amigos, y hemos venido a desenmascararlos en Modernillos de Mierda.

1. El aula de las locas

Ahhhh, la universidad. La juventud. La chispa. La gotita de simiente en los calzones cada mañana. Todo es más fácil cuando eres un mastuerzo bisoño dispuesto a salir del cascarón. La biología es benévola contigo, cachorro. No tienes que hacer maratones telequinéticas para que se te levante el mástil, como el profesor Charles Xavier. No tienes que respirar para dentro para esconder las lorzas, como Terelu Campos. No tienes que recurrir a un balón de oxígeno para llegar al tercer casquete, como Roberto Cavalli. Válgame Dios, no tienes ni que preocuparte por el sustento, pues tus progenitores se encargan de meter billetitos frescos en la cuenta, como Rosauro Varo.

Pero estos otrora templos de sabiduría son ahora baños turcos, fiestas de la espuma, icebergs de MDMA, lefa y flujo donde se impone una sola Ley: mojar. Lo que debería ser una época de cultivo intelectual exhaustivo y descubrimiento de la vida adulta, se ha convertido en una especie de carrera contrarreloj para ver quién fuma más porros, quién rompe más condones, quién vomita más alto y quién se depila mejor las cejas. El efecto “Hombres, Mujeres y Viceversa” está haciendo mella en nuestra cantera de futuro, más preocupada por la perforación que por la educación. No es un panorama halagüeño el que tenemos delante; solo nos falta tirar de la cadena para decirle adiós al mundo. Y que los salivazos de Jorge D’Alessandro desintegren mi flequillo aquí y ahora si los causantes de semejante entropía moral no son esos seres abominables e hinchados de hormonas que responden al apelativo de “universitarios”.

El universitario común, esto es, el que va a fiestas de Telecos con el manubrio entre las manos y el hígado sumergido en alcohol metílico, es un carnívoro temible; una orca famélica con restos de chochamen e hilillos de tampón entre los dientes. No hay mamífero acuático en edad de merecer al que no trate de hincar los caninos. Puro instinto hedonista, libre de interferencias culturales que vayan más allá de leer el Twitter de Esperanza Gracia y la contraportada del Sport. Esencia garrula en estado virginal y exenta de las cortinas de humo que tanto gusta de utilizar del espécimen moderno, las mismas que le hacen ridículo a ojos del cazador experto en la detección de hipsters.

Sepan los profanos en la materia que las ínfulas exclusivistas del moderniqui adulto afectan también a los polluelos en su más tierna mocedad. Ser cool ya no es patrimonio del gafapasta curtido; los equipos inferiores ya cuentan en sus filas con pequeños Cristianos Ronaldos de la modernidad que, como el luso depresivo, piden a gritos la admiración y los focos. Y lo hacen con la falta de sutileza y los excedentes de arrogancia típicos de su edad. En las aulas de las facultades surge el germen y se cultiva con esmero el embrión del movimiento. Hay víctimas demasiado fáciles de seducir. El contubernio modernillo-masónico tiene sus raíces más firmes en estas lides, en la huerta juvenil, donde siempre es fácil hipnotizar a algún repollo impresionable, necesitado de protagonismo y exclusividad. Porque si hay algo más dañino, parasitario y tóxico para la sociedad de bien que un universitario común, eso es el universitario modernillo.

2. El universitario MDM: dulce pajarraca de juventud

El estudiante average es un animalejo previsible y cristalino, un ser que se embute en polos Franklin Marshall y lleva pulseras amarillas Nike. Sus pulsiones son más básicas que las de una marsopa: comer, beber, drogarse, follar, no perderse los deportes de Cuatro y jugar al FIFA 2013 hasta las tantas. Pero al alumno moderno no hay por donde pillarlo. Es un ser que vive en la confusión más absoluta, un alma torturada por su desapego a las costumbres de la masa; un outsider que, curiosamente, necesita de esa masa a la que aborrece para reafirmar su filosofía de vida. Porque sin compañeros grisáceos que te cataloguen como el moderno del lugar, sin churris a las que impresionar con una novela de Jonathan Ames y un disco de TV On The Radio, por mucho que rechaces pertenecer a cualquier categorización y no te consideres un moderno, ¿qué sentido tendría vestir y comportarte como híbrido de Bon Iver y Josie? Imagine el lector semejante galimatías en el ya de por sí horadada masa cerebral del susodicho: “Shutter Island” parece una película de Pixar al lado de semejante paranoia.

Es fácil distinguir al universitario modernillo. Sus compañeros acartonan a base de estucado seminal el dossier Vecinitas de la revista FHM, pero el hipster cadete está por encima de la bajeza pajillera, y se pasea por el campus con revistas de tendencias y algún libro de Ben Brooks bajo la axila. Para que se enteren esos cretinos. Lo cierto es que la ganadería bajuna no tiene necesidad alguna de disfrazarse para ir a tomar apuntes, pero al estudiante moderno le aqueja una necesidad irrefrenable de presentarse a clase vestido como un fantoche: perilla quevedesca, sombrero ridículo, lupas redondas años 40, zapatos de taquígrafo, pantalones de pinza, ya sabéis...

Hay un episodio memorable de la serie “Friends” en el que retrocedemos en el tiempo para encontrarnos con un Chandler y un Ross modernillos en plena época universitaria. Chandler viste una americana que haría crecer un tercer ojo en la frente de Xavier Sala i Martín, una camiseta con una guitarra pixelada y un peinado extremo; Ross luce una permanente atroz, una cazadora azul eléctrico estilo Spike Jonze y un bigote pornográfico. La imagen de ambos fantoches resume perfectamente hasta qué punto puede un moderno lechal caer en el más espantoso de los ridículos estéticos sólo para llamar la atención y concitar las miraditas de las chicas, pues siempre hay pichonas que se interesan por los tipos “especiales”. Acabemos ya con esto, señores del gobierno, Urban Outfitters está haciendo mucho daño a la universidad patria y no parece que a José Ignacio Wert le importe un soberano carajo que ciertos inadaptados se presenten a un centro de estudio y recogimiento como si vivieran en una reserva neo-hippy de Sagaró o fueran extras fumados de una película de Michael Gondry. Creo que este punzante videoclip (ver más abajo) capta con un realismo atroz, casi doloroso, lo que deben aguantar los universitarios “normales”, que suficiente calvario tiene ya con sus estudios, como para encajar también las pamplinas de hipsters, modernillos y similares, seres que se juntan en conciliábulo en el campus como clanes hienas patrocinados por Ray-Ban.

"Los modernos universitarios de los 90, entre los que me incluyo, lo teníamos más fácil, pues el volumen de odio que despertábamos era mucho menor que el de curiosidad"

A un modernillo universitario también se le puede identificar por su medio de transporte. Sus amigos cogen el autobús o el ciclomotor para irse a casa, pero el moderno púber, poderosamente influenciado por el ecologismo hipster, prefiere montarse en un tablón ovalado provisto de ruedas y dar brincos por la ciudad, atropellando abuelas, sorteando parquímetros, atrapando deposiciones de perro en el chasis oxidado de su longboard.

Pero los niveles de inquina se disparan cual termómetro en las enaguas de Azealia Banks cuando en la ecuación entran los gustos literarios. ¿Un profesor seboso ordena una lectura obligatoria? Que nadie lo dude, mientras el resto de la clase aceptará sin chistar la misión, el modernillo universitario tendrá que actuar e imponer sus lecturas alternativas y sus opciones intelectuales como las que realmente molan. El zagal, dios le bendiga, no sólo cree que está por encima de los gustos de sus compañeros, ¡está convencido de que incluso puede dar lecciones de cultura a sus propios mentores! Una broma de mal gusto que muchos confunden con actitud, pero, ahhh, Belial, los schnauzers que hemos olisqueado el recto a cientos de farsantes asociamos, en menos que canta un gayer, este comportamiento al inconfundible síndrome MDM.

Porque el universitario cool, lego todavía en cuestiones de la modernidad, ansioso y precipitado a la hora enarbolar su condición de tío guay, eyaculador precoz donde los haya, resulta ser un objetivo demasiado llamativo para la máscara con visión calorífica de los Predators abonados a esta columna. A diferencia del moderno ejercitado, que sabe concentrar los focos con la discreción del hipster curtido en mil batallas, al cachorro universitario se le ve demasiado el plumero, llama más la atención que un travesti negro vestido de oficial nazi en un Bar Mitzvah. Y tal inexperiencia y arrojo le hacen todavía más vulnerable a la mofa en tiempos de intransigencia con el engañabobos de la modernidad. Los modernos universitarios de los 90, entre los que me incluyo, lo teníamos más fácil, pues el volumen de odio que despertábamos era mucho menor que el de curiosidad. La gente nos consideraba tipos raros y sucios que se drogaban y escuchaban música para yonquis, pero nos observaba con la simpatía con la que saludas a un suricato en el zoo. Y aunque había ciertos núcleos de aborrecimiento puro y duro, la convivencia era armoniosa.

Pero ahora mismo, los universitarios comunes no están para monsergas, ya saben de qué va el paripé de la mariposilla moderna. Te han calado, chico. Porque donde antes había cierta admiración y un punto de curiosidad por conocer los gustos del moderno, ahora tan sólo encontramos la ternura, la incredulidad y la conmiseración que le dedicamos en su día a la Bruja Araceli, a Tristranbraker y a esa médium, cuyo nombre no recuerdo, que espantaba los malos espíritus a base de eructos. Conclusión, en la universidad, el moderno de los 90 es ahora el Paco Porras del siglo XXI.

3. Facultades MDM: Modernas a la carrera

La pregunta que cabe hacerse ahora, después de semejante delirio, es: ¿existen carreras modernillas? Y la respuesta sería otra pregunta retórica: ¿el indestructible tabique nasal de Andrés Calamaro fue forjado por elfos oscuros en las fraguas de Farlopindur? Pues claro que hay carreras para modernas, leñe, de hecho hay dos facultades que se nutren abundantemente de gafas de pasta, grasa capilar, barbas frondosas, bicicletas comunistas y skateboards que parecen trampolines. El universitario común es una especie que abunda en lo que podríamos denominar carreras mainstream, es decir las que te dan pasta. Ingeniería, derecho, económicas… Difícilmente veréis a un pimpollo con gorrito de fieltro, lupas gigantes y tejanos pitillo tomando notas en la facultad de Física o en la de Medicina. Pero he comprobado que hay dos flancos educativos donde los fascios del coolness han clavado la bandera y se han hecho fuertes: Bellas Artes y Comunicación Audiovisual.

En Bellas Artes se respira un neo hipismo estilo “Portlandia” que encoge perineos burgueses. Me muevo por esos pasillos y, con permiso de los otrora ‘cumbayás’ y ahora ‘perroflautas’, aprecio que la raza predominante es una suerte de hipster españolizado no apto para enemigos de los pies sucios y las bolsas de tela. Ahí está, con ropa agujereada, sandalias de cuero zarrapastrosas, gafotas de quilo, camiseta con frase ingeniosa o guiño a los 80, vello facial a espuertas, bolsita de tabaco Pueblo y tupper ware con ensalada de garbanzos ecológicos. Bellas Artes huele a reciclaje, a tofu, a pies, a chona y a porro. Es el Pandemonio del hipster ibérico, el lugar de peregrinaje de la costra moderna más protestataria y arisca, el lago azul de unos modernos que, como era de esperar, necesitan explayarse en carreras de trasfondo artístico o creativo. Ya sabemos que el talento del hipster no entiende de horarios, disciplina nemotécnica y otras veleidades del estudio mecánico. Dejadles que pinten, diseñen y esculpan, que el resto de la población estudiantil se encargará del trabajo sucio.

En el otro extremo, allí donde los modernos proceden de familias adineradas y llevan gafas Tom Ford, encontramos en letras de neón pulsátil el rótulo de Comunicación Audiovisual. En dicha facultad me topo con un perfil que poco tiene en común con el hipster de Bellas Artes, más allá de su ansia por observar desde una atalaya los gustos y apetencias del vulgo (y si es posible mearse sobre él desde las alturas). Los modernillos de Comunicación no tienen el halo campestre de sus colegas pintores, no son amigos de la chancla roñosa, su casta apunta a una clase social superior, vaya, que proceden de familias bien, visten con ropa cool, pero cara, y no son muy dados al disfraz excesivo, aunque siempre cuentan con algún elemento en su atuendo que les distingue como estudiantes de dicha carrera. Recuerdo que en mis tiempos de mocerío universitario era pan comido adivinar qué alumnos pertenecían a Comunicación y cuáles no. Dios, era más fácil distinguirles entre la masa que acertar el color de piel de Emmanuel Amunike o Carolina Sobe en un iglú.

A diferencia del hipster de Bellas Artes, el cineasta wannabe no se rebela contra el sistema fumando tomillo, evitando la depilación y hablando en sueños con Naomi Klein: lo suyo es observar a los estudiantes de otras carreras como si fueran cagarros de mastín en un cucurucho. Los aires de superioridad, en su caso, exceden lo límites de la decencia y se tornan en motivo hasta de carcajada. Muchas veces, el modernillo de Comunicación, el que fantasea con ser la nueva Bibiana Ballbé o mataría por ser guionista del Terrat, se cree tan adelantado y tan en posesión de la vanguardia cultural, que termina convirtiéndose en una autoparodia involuntaria con patas. Y todos sabemos que las autoparodias involuntarias son las más descacharrantes e histéricas.

4. Conclusión: Erasmus pocos y parió la abuela

Si pudiéramos exhumar el cadáver de Erasmo de Rotterdam –o lo que quede de él–, inyectarle el suero fosforescente del doctor Herbert West en el recto y preguntarle a su putrefacto cuerpo recién resucitado: “Eh, viejales, ¿cómo se siente, usted?”, tenga por seguro el lector que el despojo emitiría un gruñido escalofriante, un lamento gutural que haría llorar sangría al Ecce Homo de Borja y bailar crunk a la señora Cecilia. Cualquier experto en necrosis sabe que tanto el estado de la tráquea del zombi, comparable a un cacho de cecina maloliente, como la desintegración de su mandíbula, lengua y cuerdas vocales, harían imposible que el pensador redivivo pudiera articular palabra. Sin embargo, bastaría ese quejido de ultratumba con aromas de estomatitis milenaria, al más puro estilo M. Valdemar, para que entendiéramos su mensaje. El viejo Erasmo está cabreado. Mucho. Y el hijo de puta quiere cortar cabezas.

La razón de tamaño enojo es obvia. Cuando has pasado a la historia por darle nuevos bríos al pensamiento moderno, te han proclamado prócer del espíritu humanista y los perros callejeros de Rotterdam no osan soltar una gota de orín en tu estatua, demonios, la verdad es que sabe mal que casi cinco siglos después de espicharla se haya mancillado tu nombre con tanta saña; además, jode cosa fina que para más inri la juventud del siglo XXI tenga los santos cojones de vincular tu heráldica a las drogas baratas, los comas etílicos, los embarazos no deseados, las verrugas genitales, la concupiscencia simiesca y el culto a las más bajas, bajísimas, pasiones. Una suerte de colonialismo adolescente (Inglaterra y España sueles ser las tierras más castigadas) a pequeña escala que, aunque no pone en peligro las tradiciones y buenas costumbres de los lugareños, se presenta como una aterradora forma de rendir culto salvaje al lado más primitivo del ser humano.

"El cerebro del universitario modernillo es una marmita rebosante de ambiciones contradictorias, humos subidos, ganas de dar la nota y egoísmo camuflado"

Que el hipster púber utiliza los valores más elementales de la higiene moral como manteca fría para aliviar fístulas y aftas, es una verdad tan palmaria como que en la sintonía de “Farmacia de Guardia” se oía la voz de Concha Cuetos pronunciando la fecha exacta de la muerte de Carlos Larrañaga. No hay discusión posible al respecto, aunque él intente hacernos creer lo contrario. El cerebro del universitario modernillo es una marmita rebosante de ambiciones contradictorias, humos subidos, ganas de dar la nota y egoísmo camuflado. Si, eso he dicho: egoísmo camuflado. Una treta que adquiere pleno significado cuando entra en juego una de las tomaduras de pelo más escandalosas que ha parido el hombre desde las pulseras Power Balance: la dichosa beca Erasmus, una oportunidad única para viajar al extranjero y aprender idiomas que el 90 % de los universitarios contemplan como una estancia en Sodoma con todos los gastos pagados.

Lo más recalcitrante de todo este tinglado no es el timo Erasmus en sí mismo, no es que la mayoría de los beneficiados con dicha beca se dediquen a reventar el país que les acoge a base de cogorzas vikingas, esnifadas pantagruélicas, polvos sudorosos en váteres postnucleares y otras lindezas propias del arrojo veinteañero. Lo que más escuece es que el universitario moderno intente convencer a sus congéneres de que está por encima de tentaciones monescas –como buen ser evolucionado que es– y entiende la opción Erasmus como una oportunidad para enriquecer su acerbo cultural, visitar cafés literarios beatniks, intercambiar reflexiones con estudiantes extranjeros, ir a ciclos de cine de autor, mejorar ese inglés tan necesario y pasear por las calles de la ciudad con las manos en los bolsillos y sonrisa socarrona, chutando hojas resecas y tirando piedras al río desde algún puente. ¡Basta ya! Todos sabemos que cuando nadie le ve, como diría Alejandro Sanz, el hipster premiado con una beca Erasmus se dedica a comerse más pastillas que Shaun Ryder, a follar con todas las borrachas del pueblo sin protección, a ir a conciertos día sí día también, a fumar más hierba que George Michael y a cepillarse a más tíos en lavabos de hombres que… vaya, George Michael otra vez.

No hablo con desconocimiento de causa, yo mismo fui un adolescente modernillo ávido de nuevas experiencias y me fue concedida una beca Erasmus en Inglaterra durante mis estudios de traducción. Acudí a clase un día y me pasé tres meses entregado a la noble causa de las drogas de diseño, el folleteo y el consumo desaforado de cerveza, mientras mis padres me imaginaban, orgullosos, impresionando a los profesores nativos. Me levantaba a las 12 cada día, una noche casi me matan en Brixton, mi estado habitual era la embriaguez y recorrí los peores tugurios de la puta ciudad en compañía de un tipo del Bierzo que casi encuentra la muerte después de preguntarle a unos pakis por qué utilizaban lentillas azules y placas de metal en la suela del zapato. Ese fue mi Erasmus.

Joan Laporta tenía tanta razón. ¡Al loro! ¡Que no os embauquen! La farsa de los universitarios modernillos con esta beca mancillada es la demostración más diáfana de que bajo esa miradita de displicencia, esas formas abúlicas, esas gafas sin graduar, ese peinado garçon y esa camisa hawaiana se esconde un tipo como tú, como yo, un tipo del pueblo llano que, aunque diga que no, y se reconozca en otro estado de conciencia, fornica con la primera jamelga beoda que se le ofrece, esnifa coca cortada con laxante, fuma costo apaleado, come en el McDonalds y se hace pajas con Extremetube. Como todo hijo de vecino. Y es que no hay asidero posible al que aferrarse en un mundo –el del modernillo universitario nacional– en el que Alexa Chung se convierte por arte de magia en Alexa Chunga. Tracatrá chinpón, amigos… tracatrá chinpón.

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