Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, las vacaciones para modernos

¿Eres moderno? ¿Te vas de vacaciones? Claro que sí. Y no te vas precisamente a un pueblo de la costa a comer paella y tomar el sol. Te vas a destinos exóticos, del tercer mundo, para hacerte el cool. Aquí desgranamos cómo son las vacaciones hipsters.

Intro: viajar es una mierda

Viajar. Hacer la maleta a las 4 de la madrugada totalmente borracho. Buscar un taxi que nunca llega con la peor resaca que se recuerda desde que los primeros aminoácidos hicieron acto de presencia en la Tierra. Llegar al aeropuerto sudado como El Cigala en una mala noche. Arrastrar patéticamente los bártulos con la lengua amarilla, las axilas incubando una nueva peste negra, las ingles fabricando manteca. Comprobar que la cola de facturación parece una escena con 2.000 extras de “La Lista de Schindler”. Encajar las oleadas de halitosis de la trabajadora de Iberia. Mirarle las tetas y pensar: “por fin una alegría”. Apartar a codazos a niños, mujeres de la limpieza, guiris borderline, grupos de amigas que vuelven a Manchester con algún que otro embarazo inesperado made in Salou. Cagarte en todo lo que se mueve… y sólo son las siete de la mañana.

Llega la desparasitación en Treblinka. Los viajantes cadavéricos nos agolpamos a la sombra de un arco siniestro. La espera se alarga. Llantos de un bebé enfermo. Tos pustulosa en las últimas filas. Nos ordenan que nos desnudemos y pongamos nuestra ropa en un cubilete amarillento. Un Guardia Civil me observa atento, esperando un tic, alguna perla de sudor que me delate, como si en mi bolsa hubiera seis kilos de heroína, el Códice Calixtino y la polla disecada de Espartaco Santoni. Las ratas pasamos por debajo del arco y suena una extraña música que vuelve definitivamente locos a los que hasta ese momento luchaban para no perder la cordura. Los guardias ríen como Carlos Ferrando, con los ojos inyectados en sangre. Recogemos nuestras pertenencias como si un mono babuino nos hubiera violado con un Minipimer. A mis pies yace un señor calvo en posición fetal. Llora y se da puñetazos en la sien. Una niña pregunta por su madre. No miro atrás. Salgo corriendo hacia la puerta de embarque. Quizás debería comprar un sándwich de atún negruzco a precio de codorniz a las finas hierbas, pagar lo que me cuesta un alquiler por un zumo de naranja aguado y proveerme de una especial AARG de la revista Cuore. Si hay que ir, se va. Vaya si se va.

"Así es, viajar es una mierda. Pero, como siempre, los modernos no se han enterado de que lo mejor es quedarse en casa y ver las Olimpiadas"

Espera agónica sentado delante de la puerta de embarque. Hipnosis post digestión. Carmen Alcayde en un televisor sin volumen haciendo ver que no se ha percatado de la erección caballar de Joaquín Prat Junior. Miradas obsesivas al azafato gay de Iberia esperando que anuncie de una vez el embarque. Padres de familia, butaneros, conductores de autobús que flotan por la estancia con bermudas lovecraftianas, sandalias de velcro con suela todoterreno, riñoneras que te devuelven la mirada, iPods, iPads, iPhones, gorras de Ferrari, camisetas Panama Jack. Padres de familia, butaneros y conductores de autobús que, pese a haber cargado las maletas con toda suerte de objetos inservibles y haberse vestido como corresponsales de guerra en pleno conflicto sirio, no tienen la menor idea de que en el equipaje de sus respectivas mujeres palpitan efectivos y rugosos consoladores de dos puntas.

Y cuando piensas en eso, y por fin has encontrado cierta paz, el azafato gay anuncia que la fiesta ha comenzado y los ñus galopan enfurecidos hacia la puerta con el billete entre los dientes, lanzando bebés al aire, esquivando granadas, pisando cráneos de abuelos decrépitos sorprendidos por la estampida. Entonces, después del aquelarre, no hay túnel de gusano que valga: hoy toca un autobús recién llegado del infierno que te deja en la escalerilla del avión con la sensación de haberte enjuagado la boca con diarrea de wookiee. Así es, viajar es una mierda. Pero, como siempre, los modernos no se han enterado de que lo mejor es quedarse en casa y ver las Olimpiadas.

1. La vuelta al mundo en 80 hipsters

"El simio palpita con fuerza en nuestros adentros cuando llega el verano"

Son tiempos oscuros para el viaje mainstream en Hipsterlandia. Sabed que los modernos también hacen vacaciones, por muy vulgar que les parezca el término. Razones no les faltan a los muy ladinos para recelar de ellas. Las vacaciones son un horror kurtziano, una barra libre de chupitos de lefa y sangre donde todo está permitido. La horterada definitiva. El simio palpita con fuerza en nuestros adentros cuando llega el verano. Follamos como conejos. Bebemos como cosacos. Vestimos como rumanos. Damos mucha pena. De todos modos, el estío escrotal es siempre una buena oportunidad para salir del país e ir de compras a otro sitio. En este sentido, el moderno de los 90s era un ser bastante pragmático que volaba a Nueva York, se engordaba cinco quilos cortesía de Sbarro y Puglia y volvía a casa cargado de CDs, DVDs, pornografía, zapatillas, ropa, cómics, y toda suerte de pillaje inencontrable en la huerta española.

Había en esos desplazamientos algo más que la simple pulsión de epatar al personal, eran viajes cargados de excitación consumista y fiebre acumulativa que el bendito freak disfrutaba en soledad. Ahora las cosas han cambiado. El cambio de rasante espiritual que ha definido el espíritu viajero del hipster en los últimos años ha sido dramático: el moderno actual quiere sandalia. Quiere desórdenes intestinales. Quiere arte indígena. Quiere fotos con niños de la calle. Quiere cafeterías islandesas. Y lo peor de todo: el hijoputa quiere explicarlo.

Londres apesta a loción italiana. París está lleno de gallegos borrachos. Nueva York parece Chueca. Roma es para gordos. A Cancún va a ir tu puta madre. No le habléis a un moderno de viajes típicos, porque os dedicará el mismo gesto de terror con el que contemplamos a los retrasados de “Geordie Shore” en Mallorca. Cuando el tema de conversación es el clásico “bueno, y ¿dónde dices que vas de vacaciones?”, con el moderno habrá que subir las apuestas. Si le comunicas tan campante que te vas con tu novia a Menorca a follar todo el santo día o que tu destino es La Habana y llevas 120 condones en la maleta, habrás metido la pata. Para él, viajar es un acto trascendental, casi chamánico; una experiencia que tiene que marcarle la vida, reconciliarle con el ser humano y hacerle sentir las ventosidades de la Madre Tierra en el mismísimo perineo. ¿Turismo sexual? ¿Shopping? ¿Resorts? Basura previsible, trips mainstream que, comparados con una road movie en bicicleta por la campiña islandesa, saben a tan poco que hasta deberías sentirte culpable.

2. El moderno que vino del frío

Y es que la garra del hipster que sufre ansia nórdica es caprichosa. Cuando llega agosto, el humanoide medio occidental busca asueto en lugares paradisíacos con playa o se escapa al monte aprovechando los parabienes del calor estival. No obstante, el moderno se rebela contra los instintos primarios del dominguero y opta por poner pies en polvorosa hasta llegar donde Dios perdió la zapatilla, nunca la encontró y encima se peló de frío. Al hipster le pirra Escandinavia. Especialmente Islandia y Dinamarca. En su mente, unas vacaciones deberían ser una película de Wes Anderson con banda sonora de Sigur Rós y muchos momentos estilo “Los Amantes del Círculo Polar”, pero con géiseres, fiordos y conciertos de folk a la lumbre del fuego. Es una pena que la mayoría de las veces la peli de Wes Anderson con banda sonora de Sigur Rós termine siendo un episodio de “Doctor en Alaska” sin Rob Morrow y con música de Emir Kusturika.

Hay algo en estos países que atraen al moderno: sus grupos de música rara, sus hipsters nórdicos, su cine arty, el rollo autista nerd, el puntazo que da explicar que te has largado a Islandia mientras tus amigos hablan de los Sanfermines. Lo cierto es que, el moderno no renuncia a la bohemia guarrindonga de Copenhague y arde en deseos de pisar Reikiavik, a ver si encuentra un tampón usado de Björk. Suecia en cambio, le ha sido arrebatada al modernillo por la ofensiva mainstream, en una victoria que todavía se celebra con sirvientas tetudas y barriles de hidromiel en los bosques de los jotuns. Por culpa de Stieg Larsson, uno de los otrora destinos favoritos del hipster se ha corrompido, se ha convertido en pasto turístico. Estocolmo ya no mola, y al moderno le escuece cosa mala la jugarreta del extinto escritor de la trilogía “Millennium”. Joder, ni siquiera puede desearle que la espiche.

3. A mil y un lugar

Javier Gurruchaga ya lo advertía en el hit más emotivo de La Orquesta Mondragón: “viaje con nosotros a mil y un lugar, viaje con nosotros si quiere gozar, y disfrute de todo al pasar, y disfrute, de las mil y una historias que les vamos a contar”. Sin saberlo, y acompañado del enanito Popocho, el showman de las vascongadas ejercía de oráculo ya en los 80s y nos adelantaba el advenimiento de las vacaciones modernillas en países estrambóticos.

El hipster exótico está muy fuerte en el hit parade de los modernos viajeros. Su mensaje ha calado hondo. Nada de ciudades, nada de asfalto, nada de caucásicos, nada de caspa occidental, de lo que se trata es de visitar países remotos, culturas lejanas, hay que vender la idea de que la gente debería seguirte en tus viajes al trasero del mundo (a mil y un lugar) porque tus viajes son mejores que el sexo interrracial (si quiere gozar). Meterse en un arrozal vietnamita a fotografiar niños desdentados te permite volver a tu ciudad con una libreta repleta de experiencias espirituales al límite que enseguida ensombrecerán las mejores anécdotas de tus amigos. En menos que canta un Gallagher, tus peripecias con la diarrea y las serpientes de río serán los temas centrales de la conversación (las mil y una historias que les vamos a contar).

"Siempre podrá decir que es mejor que tú y que sus experiencias vitales en un estercolero vietnamita le han cambiado la vida"

En esta tesitura aventurera, el moderno se torna más hipster homeless que nunca, hasta adoptar la apariencia de un mochilero con tez de hollín, barba cultivada a trasquilones, mochila North Face, pantalones de tela y unas robustas y apestosas sandalias en las que irá recogiendo con tesón toda la mierda, basura, cristales y alacranes de los caminos tercermundistas que transite. Laos, Birmania, Camboya, yo qué sé, el moderno querrá llenarse de sanguijuelas en la jungla, comer fideos con sopa rancia y gato marinado en los poblados más andrajosos, sacar su cámara vintage y fotografiar la esencia de aquella amable gente que seguramente se está cagando en sus muertos. Se trata de reencontrarse con su yo más primitivo, supongo. Querrá vivir un life changer de cojones, y de no ser así, él ya se encargará de montarse su propia película estilo Ken Loach para autoconvencerse.

Esa superioridad espiritual que proporciona un viaje a en furgoneta por la Tailandia rural frente a una visita a Forbidden Planet de Londres, previa comilona en Burger King, es lo que pone cachondísimo al modernillo. Siempre podrá decir que es mejor que tú y que sus experiencias vitales en un estercolero vietnamita le han cambiado la vida. A menos que te inventes un viaje imaginario a Cochinchina y jures por la papada de Terelu que has comido saltamontes, testículos de perro y cucarachas o has salvado de la muerte a dos infantes desnutridos, de nada servirá tu contraofensiva de anécdotas veraniegas en la refriega.

4. Efebos y croatas

Efebos tunecinos. Es lo que se lleva entre los modernos gáyeres. Atrás ha quedado la caza de marineritos en islas griegas o la pesca artesanal del camarón inglés en aguas baleares, GHB mediante. El exotismo y la tez nubia son la respuesta modernilla al pragmatismo del que suele hacer gala el sector mainstream del palomar cojo. No nos engañemos, para pillar buena morcilla basta con un simple peregrinaje a Mikonos, donde, por cuatro perras gordas, uno se tira todo el santo día haciendo aerobic en la playa del hotel rodeado de italianos depilados y juguetones. Pero los gays modernos no quieren formar parte de esta rueda perversa de tópicos. No quieren aerobic. No quieren playa. No quieren italianos juguetones. Para ellos el reto es rebuscar en culturas lejanas a lo Paul Bowles o Juan Goytisolo, hurgar en el exotismo, calzar chilaba si es preciso, todo por conseguir la suave caricia de ese preciado y exótico trofeo conocido como efebo tunecino.

Hábil táctica la de camuflar la vulgar pulsión del apareamiento bajo una espesa capa de pretextos culturales hechos a medida del paladar moderno. Viajar a Túnez no es lo mismo que viajar a Sitges. Túnez te da un mullido colchón de margen para desviar la atención y barrer disimuladamente bajo la alfombra el auténtico objetivo del dichoso periplo al quinto pino magrebí. Efebos. Efebos tunecinos. Efebos exóticos. Efebos con babuchas que usan Rimmel. Efebos que vienen a tu habitación en alfombra voladora y te recitan “Las Mil y Una Noches” mientras te quitan la túnica con los piececitos untados en aceite.

"Croacia, uno de esos países en los que, en verano, se folla con la misma naturalidad con que se bebe agua"

Pero el modernillo heterosexual tampoco se salva de la quema. Este subgénero es el que más me llama la atención, pues consigue hacernos creer que sus cacerías lúbricas son exploraciones culturales de moda entre la parroquia progre. El caso más chocante lo tenemos en Croacia, uno de esos países en los que, en verano, se folla con la misma naturalidad con que se bebe agua. El gran Pep Guardiola decidió visitar Dubrovnik para desconectar, y la parroquia de modernillos sátiros disfrazados de culturetas vieron una oportunidad perfecta para, a la estela del filósofo alopécico de Santpedor, adoptar dicha ciudad como su centro de operaciones encubiertas durante el verano.

Queda muy bien pasearse por la Joya del Adriático con la mano bajo el mentón y rictus de interés, pedirle a la ciudad que te cuente sus secretos pegando la oreja a la piedra, pero lo que realmente busca el modernillo en Dubrovnik es su zona costera, parrillas de carne fresca, arena y salitre en las que se cocinan cuerpos femeninos de órdago, chulazos con prepucios que parecen manzanas, adolescentes empastilladas con ganas de comer zanahoria, veinteañeros ansiosos por profanar extranjeras con gafas de pasta. En Croacia se fornica lo que no está escrito y el moderno más avispado lo sabe. Fijaos en su cara mientras recorre el casco antiguo de la ciudad: el muy bastardo solo piensa en despelotarse y acudir a la llamada de San Potorro a la playa más próxima, en cuanto haga, eso sí, las fotos profundas de rigor que luego enseñará a sus iguales cuando vuelva.

5. Williamsburg y Panoramabar: hispters y drogotas

En el asunto de las vacaciones, el moderno cultureta, tan en boga hoy en día, todavía tiene que luchar contra el moderno urbanita, un espécimen que no renuncia a destinos civilizados y quiere comer con cuchillo, tenedor y agua salubre. Es un modernillo que no tiene los arrestos suficientes para pillar una gastroenteritis en Indochina y se rinde a destinos previsibles, viajes a Berlín, Nueva York o, si me apuran, Londres. El trabajo es arduo, pues hay que buscar rutas originales, salidas nocturnas a fiestas cool, conciertos indies y un sinfín de actividades y visitas que tiñan con los colores hipsters lo que no deja de ser otra forma de turismo a cara de perro. En la Gran Manzana, por ejemplo, es obligado pasarse todo el santo día deambulando por Brooklyn y no olvidarse de visitar el barrio de Williamsburg, el enclave hipster estadounidense por excelencia. Allí encontrarán tipos con gorros de lana y bici oxidada, más cabellos grasientos que en un comedor social, tejanos pitillo doblados por encima del tobillo y, lo más apreciado por los celebrity spotters, en Williamsburg tendrán la posibilidad de encontrarse con caras conocidas del panorama indie-yanqui-fashion-indigente. Quién sabe, a lo mejor el tipo que se tiró un pedo a tu lado en aquella cafetería folkie, en pleno brunch macrobiótico, era miembro de Grizzly Bear.

"Viajar a Berlín para un moderno es pasar por las brasas ardientes de la entrada de Berghain, hacer esa cola germana con cara de póquer y rezar para que los androides le concedan la carta de inmigración a un paraíso de ketamina"

Berlín, por otra parte, es el destino del moderno drogota. En la ciudad alemana se vive ese ambiente sofisticado e impregnado de sudor de MDMA que tanto atrae al modernillo technoide. Pero hay algo más importante, una prueba aterradora: el acojonante y acongojante desafío de superar a los estrictos seguratas que custodian la entrada de Berghain / Panoramabar. Legendarios por sus decisiones insondables a la hora de seleccionar a los elegidos, los gorilas de este codiciadísimo club son un reto que el modernillo deberá superar como si fuera un rito iniciático al más puro estilo “Un Hombre Llamado Caballo”. Conozco gente que nunca ha entrado, gente a la que le ha costado varios años conseguirlo (el Doctor Electroshock sin ir más lejos afirmó haber dedicado un lustro a tamaña empresa) y tipos que se han presentado allí por primera vez y han recibido el beneplácito instantáneo de los custodios. Hay psiques destrozadas por culpa de esos hijos de perra. Conozco gente traumatizada porque nunca ha accedido al Shamballa del estupefaciente berlinés por culpa de esa puerta inescrutable, una tómbola asesina de toma pasti y moja. Así pues, viajar a Berlín para un moderno es pasar por las brasas ardientes de la entrada de Berghain, hacer esa cola germana y perfectamente geométrica con cara de póquer, y rezar para que los androides le concedan la carta de inmigración a un paraíso de ketamina, minimal y folladas en el lavabo, del que, vive Dios, dará buena cuenta a su tribu cuando haya vuelto al hogar.

Visto lo visto, y llegados a este punto del delirio, me encuentro delante del ordenador una mañana de calor beduino en Barcelona: recién levantado, tecleando en calzoncillos, legañoso y halitósico, con los dientes rechinando mientras lucho para entregar a tiempo este texto. El equipo de España de hockey hierba hace el ridículo ante Australia y la conclusión a la que llego, después de esta Vuelta al Mundo en 80 Hipsters, es que viajar es una mierda, pero la gente sigue haciéndolo. Los modernos hasta lo han convertido en un signo de identidad, un escaparate perfecto para afianzar su aversión al mainstream y a los tópicos. Para ser más ellos. Atrás quedan los veraneos normales, las piscinas y las paellas en la playa, porque en realidad los modernillos nunca hacen vacaciones de sí mismos. Ni siquiera en agosto.

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