Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, en The Brandery con el Doctor Electroshock

El salón de moda The Brandery aconteció este fin de semana en Barcelona, sembrado de lolitas que van de modelos y modernos que van de cool, y allí enviamos a Óscar Broc para radiografiar el evento. Lástima que se cruzara en su camino el Doctor Electroshock.

Acercaos al fuego. Empieza a hacer frío, los ojos de las lechuzas ya inundan las copas de las secuoyas, que parecen monstruosos y siniestros árboles de Navidad. Hace rato que han callado las cigarras. Es la hora ¿Le oís respirando en vuestra nuca? Dejad lo que estáis haciendo, parad de manosear las ubres de vuestras prometidas: tengo una historia que contaros antes de que os adentréis en la noche y os hagáis hombres. No sintáis recelo. Soy demasiado viejo para gritar, mis cuerdas vocales ya no son lo que eran. Acercaos os digo, que no es mi agrado desojar efebos; tan solo quiero hablaros de una leyenda, un eco, una sombra. Un hombre, dicen algunos; un invunche nacido de la magia negra chilote, dicen otros. Lo cierto es que son muy pocos los que han sobrevivido a los discos de Farlango y al rito fiestero de los Keta-Zetas creyendo que el ente al que me refiero es una invención, una fábula terrorífica para asustar a los infantes y a Nacho Polo.

Le llaman Doctor Electroshock y existe, es de carne y hueso, catalán juraría –aunque con un chisporroteo castizo en su castellano que desubica a los curiosos, amén de un manejo de la lengua española digno de Javier Algarra o Andrea Fabra–. No me invento nada, no sería tan bueno como la realidad. Aunque os cueste creerlo, nuestros caminos se cruzaron durante una noche agónica de viernes en The Brandery, feria de costureros modernos a la que me enviaron para escribir la malévola e infecciosa prosa que aquí leéis y con la que suelo financiar el tren de vida de mis dealers y las pizzas masa pan con extra de mozzarella, pepperoni y cebolla de Domino’s.

Os aseguro que hay que temer al Doctor cosa mala, hay que desconfiar de su maldita estampa, pues cuando la oscuridad cae y la luna llena se asemeja a un reluciente gramo de perico, sale de su madriguera –algunos la sitúan en la Cueva de los Tayos, otros bajo la faja de contención factor 2 millones de Beth Ditto– y caza. Vaya si caza. No lo hace por necesidad, no seáis ilusos, ¿en serio creéis que necesita comer? Lleva años alimentándose de fármacos tuneados y anestesia para dragones de Komodo. No sabe los que es masticar, digerir, respirar. Lo hace por placer. Le gusta saborear el colocón del prójimo: sólo eso.

"Enviarme a The Brandery fue una temeridad. Un error. Poco me puede importar menos que los flequillos ondulados de los cool hunters"

Lo que parecía que iba ser una noche plácida en Montjuïc, superado el ajetreo y el sopor de la feria diurna, se convirtió en un remolino de estupefacientes que arrastró consigo a todos los desgraciados que cometieron el crasísimo error de acercarse al Doctor Electroshock. Enviarme a The Brandery fue una temeridad. Un error. Poco me puede importar menos que los flequillos ondulados de los cool hunters, el dentífrico nuclear de Custo o los costillares en formación de xilófono de las escuálidas modelos. El mundo de la moda, ahora más que nunca, me parece una alucinación paranoide más digna de un potentísimo psicofármaco en fase experimental que de los terribles mojitos que servían en una de las barras del lóbrego recinto durante los conciertos.

Porque fue en los conciertos donde cometí el segundo error, ni más ni menos que aguantarle la mirada al Doctor Electroshock y aceptar batirme en duelo con él, después de que me cruzara la cara con una bolsa de MDMA a modo de guante blanco. Entré en su juego impelido por una fuerza inexplicable, la debacle podía mascarse como un espeso chicle de petróleo, las apuestas estaban en todo lo alto, de modo que me obligué a engullir el mojito como si no hubiera mañana, no sin antes escuchar una confesión inquietante de labios del doctor: a las 21h. de la noche al bueno de Electroshock ya le había dado por cenar anestesia para perros en polvo. Nada serio, unos tientos inocentes, según él. Un hombre de principios, eso sí, a los conciertos hay que ir duchado, cagado, cenado y enketaminado, como un señorito.

Todavía estoy buscando en los osarios druídicos de Puertourraco y en las manchas de menstruación de Sarah Fergusson las razones por las que los conciertos nocturnos, a todas luces lo mejor de todo el tinglado, parecían zonas en cuarentena azotadas por la peste negra. El viernes la cosa no fue excesivamente catastrófica. La Casa Azul y The Human League mantuvieron medio aforo lleno, pero aquello no era el circo anfetamínico que me esperaba encontrar y para cuya asimilación me había llenado el bolsillo pequeño de los Levi´s con estimulantes de toda índole. Nah. Ni siquiera había modernillos. ¿Dónde se había metido la pajarería que durante la tarde había llenado el recinto? ¿Dónde se escondía ese ejército de urracas, radiografías humanas, vampiros, lagartijas antropomórficas y pollinos deformes que pululaba por los desfiles? Poco tiempo tuve de hacerme más preguntas, el Doctor Electroshock tenía otros planes muy distintos a la divagación porrera para este periodista suicida y su entourage.

2. “James Murphy está en el XIX”

Cuando sales de un bar a las tres de la madrugada con una botella de agua Font Vella de 20 centilitros llena de ginebra y tónica, y una sonrisa de oreja a oreja, es que algo se ha torcido en las horas anteriores. El XIX, templo del gin-tonic barcelonés ubicado en una antigua vaquería, fue la parada que siguió a un The Brandery nocturno tenebroso, decepcionante. No por la música. La programación de los conciertos era impecable, el line up de ambas noches, para relamerse, pero el ruedo se asemejaba más a la oscura ceremonia de una secta en lo alto de las montañas barcelonesas que a un show para modernas varias. Tinieblas, zonas en penumbra, sombras neorrealistas proyectadas en las paredes de hormigón átono, vacíos turbadores, personajes extraños ejecutando danzas simiescas, puretas drogados… la cosa no era halagüeña. Hay que decir también que la corista cincuentona con pinta de prima de Roseanne Barr y el look Matrix del cantante de The Human League tampoco ayudaron a superar aquello.

"Seguramente lo que nos llevó allí fue el ansia irrefrenable de hacer todo lo que estuviera en nuestras manos para amargarle la noche al pobre tipo"

De hecho, lo mejor de la noche en las alturas de la ciudad fueron unos shorts estampados con la bandera americana, cuya foto conservo como fondo de pantalla en mi Black Berry como su fuera un Tiziano original. Afortunadamente, al salir de allí, justo cuando las drogas comenzaban a hacer efecto y el Doctor Electroshock remontaba su particular Pisuerga de psicotrópicos a dentelladas ketaminosas, alguien sopló a uno de mis acompañantes que James Murphy (LCD Soundsystem) estaba engullendo gin-tonics en el XIX, lo que condujo al rebaño en tromba al punto de reunión. ¿Objetivo? Quién sabe, los caminos del druggie, como los de Dios, son inescrutables; seguramente lo que nos llevó allí fue el ansia irrefrenable de hacer todo lo que estuviera en nuestras manos para amargarle la noche al pobre tipo. El Doctor le tenía ganas, no me lo dijo, pero se lo veía en los ojos, en el iris enrojecido como el los cuernos del mismísimo diablo. Murmuraba. Gruñía. Yo sabía que quería devorar el hígado de Murphy y acompañarlo con una buena copa de Hendrick’s con pepino. Pepino cercenado con machete y en rodaja gorda, al estilo ensalada andaluza. Electroshock nunca ha sido de loncha fina, creedme.

Lo cierto es que llegamos al local y nos adentramos a codazos, intentando capturar un poco de aire puro de la parte superior de una atmósfera cargada de vahos etílicos y vapor axilar. El taconeo obsesivo del Doctor persiguiéndonos como los espectros de familiares muertos que tanto se avienen con Anne Germain. Pero este espectro era de los malos, después de una ingesta indecente de ginebra y quinina, y de espiar como dos stalkers que se mean en la cama al bueno de James Murphy, el viejo Electroshock, el Jaime de Mora y Aragón de la famacopea de los bajos Pirineos, desplegó uno de sus trucos más ancestrales, y empezó a voltear entre los feligreses un misterioso vaso que se asemejaba a un recipiente lleno de Coca-cola. Viniendo de donde venía aquel brebaje mezclado por el mismísimo Belial, no hacía falta saber qué clase de inmundicia flotaba en el lodo negruzco que algunos ilusos confundían con un cubata. Inocentes carneros que, de saber que era el Doctor quien les tendía el veneno, habrían escupido el líquido como si fuera el café de un avión y habrían puesto pies en polvorosa en dirección al hospital más próximo.

Beber del vaso del Doctor Electroshock es dar un salto de fe. Es introducirse en el cuerpo una mezcla imposible de drogas diluidas cuyos efectos solo han sido testeados en laboratorios neonazis clandestinos. Es adentrarse en lo desconocido y más allá. Seguramente sorbí aquella brea, sería inútil negarlo, quizás por eso cuando el Doctor decidió joderle la vida a James Murphy y me cedió su smartphone para hacer la foto de rigor, lo único que conseguimos después de tres minutos de patéticos esfuerzos, fue un miserable vídeo de apenas un par segundos en el que sólo se detectan sombras y las baldosas del suelo. No conseguimos disparar una solo foto. Obviamente, en cuanto Murphy vio que se enfrentaba a dos tipos dopados hasta el bisoñé y que costaría Dios y ayuda que los julais sacaran una instantánea de un rudimentario móvil que operaban como si fuera tecnología alienígena, el bueno de Murphy, decía, abrió la puerta y adiós muy buenas. Si se pensaba que el Doctor no iba a seguirle hasta los dominios del Nitsa Club armado con una bolsa de MDMA y acompañado de sus cachorros, es que no vio el capitulo de Barrio Sésamo en el que se hablaba de la perseverancia del invunche: el doctor ya estaba pisándole los talones.

La imagen todavía me persigue. En mitad del Paralelo al Doctor le dio por abrir el zurrón de cristal y repartir las hostias entre los feligreses como si aquello fuera la misa del gallo yonqui. La escena fue grotesca, y me recordó a cuando una vieja enajenada decide sacar puñados de pan seco para alimentar a las palomas, mientras las sucias aves se arremolinan sobre las migajas a cientos. Cambiad la abuela senil por Electroshock, las migajas por una droga marrón con un sabor que haría vomitar a Gerard Depardieu y las palomas por los desgraciados que olieron la sangre y veréis el horror sin filtro alguno. En plena calle. Delante de un cajero. Con las cámaras parpadeando, convirtiendo a los miembros de la horda en celebridades en la comisaría más cercana.

No obstante debemos estar agradecidos al Doctor Electroshock, no por lo que nos dio, sino por lo que nos dejó, ya que, después de acceder al backstage de la sala, dada su condición de estrella del rock, obtuvo el documento más escalofriante de la noche. En él podemos apreciar a James Murphy tras los platos, desenfundado un vinilo con excedente de polvo al que le aplica un sistema sorprendente de limpiado: una concienzuda eliminación de las impurezas del plástico a base de lengüetazos concéntricos al amparo de un altavoz. Por suerte, otros menesteres que me mantuvieron ocupado y lejos del influjo del Doctor, me permitieron escapar de su campo de visión, y escabullirme a casa, no sin antes mirar atrás, mientras el taxi se alejaba a toda velocidad mitigando mis llantos desconsolados y el castañeo de mis dientes con el rugido del motor.

El sábado por la tarde me esperaba… Ah sí, The Brandery otra vez.

3. The Brandery, segundo intento

El efecto de fascinación que ejerce el Doctor Electroshock dejó los días posteriores al acabose del viernes en simples paseos por campos de amapolas. Si me lo peguntáis, salvo los conciertos, la feria de día y los desfiles me parecieron un soberano aburrimiento. En la música, bien La Casa Azul, bastante bien; The Human League, muy bien; de La Mala Rodríguez sólo los cincos segundos que vi, pues llegué tarde después de cenar un hummus cojonudo, y soberbio DJ 2D2, aunque tuviera que lidiar con cuatro gatos mal contados y un grupúsculo de mentecatos en primera fila que no paraban de dar la brasa.

De todos modos, durante la sesión del DJ barcelonés detecté algunas cosas que me impactaron. Lo más llamativo fue ver en la pista de baile lo que a ojo desnudo se asemejaba a un ejemplar clásico de homeless patrio con tendencias alcohólicas. Camisa sucia estampada en una cloaca, barba con panceta hasta la pechera, cabellos esculpidos con la mejor seborrea del mercado, piel cetrina de tanta mugre enquistada y estado de conciencia de 8,1 en la escala de Ritcher. Lo mejor es que el tipo bailaba una mezcolanza de pasos que iban desde los saltos de Vanilla Ice pasando por los giros de pierna en el aire de Michael Jackson y hasta las piruetas aberrantes del Víctor Ullate más desbocado. No pude evitar preguntarme cómo aquel indigente piojoso y drogado cual rata pudo colarse en tan magno evento. ¿Acaso estábamos ante el modernillo definitivo? ¿El único en su especie que, después de haber agotado todos los recursos estéticos posibles para epatar, ha llevado el cool hunting a extremos radicales? Creo que los que ahí estuvimos fuimos unos afortunados, pues observamos en estado de libertad al primer ejemplar de un nuevo eslabón evolutivo en la historia de esta especie: el modernillo homeless. Un modernillo que superado el horizonte final de la chuminada estética, opta por cruzar el umbral que separa el placer del dolor, se peina bajo un puente, come restos de pollo de la basura y utiliza tetra briks de Don Simón como perfume antes de sacarse la acreditación de prensa.

Pero habrá que decir algo del The Brandery, llamémosle diurno. En mi puta vida había presenciado un desfile de moda, y la verdad es que o mis expectativas estaban demasiado altas o la televisión no solo engorda, sino que hace milagros. Aburrido, corto, sin freaks a destacar, aguado como la cerveza libanesa, me quedé en tal estado borderline que tuve que acomodar la fritura de neuronas a diversiones más espurias, como la sala de máquinas poligonera que se montaron con unas motos los amigos de Superdry –por un momento volví a la extinta sala del Novedades, rodeado de quinquis que me robaban las zapatillas–, los tejanos flotantes de Diesel, el futbolín que yacía en un rincón olvidado, las Barbies enclaustradas en vitrinas y la deliciosa –y concurrida– barra de mojitos que había en un flanco. Nunca está de más un buen chute de ron y azúcar para hacer más llevadera la visita y soportar la abrumadora ubicuidad de Miranda Macarrón, una de esas artistas polifacéticas que ora te hacen un vestido, ora se ponen a pinchar y cuya sesión el domingo a las 19h de la tarde decidí perderme en favor de la final España-Grecia del Europeo Sub-19 y de un obligatorio y merecido paseo por Cannabislandia desde los pliegues de mi sofá. Además, tenía la etapa con final en alto del Tour.

4. La hora de las lolitas

"No son modelos, quieren serlo. No son mayores de edad, quieren serlo. No son farloperas, lo serán aunque no quieran."

Si algo pude entender de aquella entropía, durante mis paseos dominicales por The Brandery, es que las lolitas de pasarela son una realidad. No son modelos, quieren serlo. No son mayores de edad, quieren serlo. No son farloperas, lo serán aunque no quieran. No han desarrollados mamas… pero cogerán un taxi en dirección al cirujano plástico en cuanto acaben de soplar las velas de su 18º cumpleaños. Si para aparentar 26 años cuando en realidad tu DNI dice que tienes la edad de Jaimito hay que comer dos yogures al día en edad de crecimiento, hay que peinarse como si no hubiera mañana, hay que hacerle morritos a los fotógrafos, hay que calzarse unos tacones de palmo y jugar a ser adultas, Dios sabe que las lolitas de pasarela irán a por eso y a por más. Nada las detiene. Son implacables. Y malas. Como la tiña. He visto a ejemplares tan vengativos y peligrosos –se conoce que practicar el arte de la inanición a edades tempranas produce más mala leche que una vaquería de Fukushima– que no dudarían un segundo en cometer la peor de las atrocidades contra el prójimo cuando lo que está en juego es su carrocería; adolescentes recauchutadas que, en pleno frenesí bilioso producido por un brote de acné o una floración de bozo, serían capaces de estrangular con alambre de pinchos al perro lazarillo de la vecina invidente y obligar a la pobre mujer a devorar los sesos de su fiel cánido solo por rabia y despecho gratuito.

He llegado a mi mesa un informe elaborado por el Doctor Electroshock, siempre abonado a la paranoia y la conspiración a causa del abuso de estupefacientes, donde se da por hecho que la hermandad secreta de la CPW (Cofradía del Pedófilo y el Viejo Verde) hizo uso de todos sus mecanismos y alertó a sus células marroquíes más activas –ahhh, Rabat, ese paraíso lleno de vejetes corruptos y yayos ansiosos por probar filete fresco de morito– para enviar de incógnito a los desfiles a sus mejores agentes. Tipos entrenados en los fascios di combatimento del SPJ (Sagrada Pepitilla Juvenil), animales de la emboscada teen instruidos en la disciplina del moonwalking por Pai Mei y Jacko en persona, sigilosos ninjas de la perversión que llegaron a Barcelona en un barco llamado Buque de Feria y, armados con los minicámaras de espionaje más sofisticadas, se hicieron fuertes en los ángulos muertos del Brandery para operar sin intromisión y enviar a su centro de datos en Laos uno de los álbumes de sneaky pics y sneaky videos de lolitas de pasarela más completos de la historia del guarreo baboso. Los vi. Sé que estaban allí. Y por un momento pensé que Hank Moody tiene razón cuando dice que Dios nos odia a todos. Aunque parece que los modernillos todavía no se han enterado.

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