Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, resacón en el Sónar

Hay otra manera de ver y vivir el Sónar. Un Sónar donde el protagonismo lo tienen pandillas de vigoréxicos, políticos que inventaron el techno, contorsionistas que enseñan almejas y hordas de fiesteros. Es el Sónar al que fue Modernillos de Mierda.

Destripad un sapo venenoso vivo, volcad sus vísceras sobre la partida de nacimiento de Lana del Rey –los escritos dicen que, en la era glacial, el zombi de un cordero rabioso la alumbró en la cabaña de Baba Yaga y que desde entonces mora nuestro mundo– e intentad descifrar el mensaje que os deparan las palpitantes entrañas del anfibio en combinación con la efigie de la diva del caucho. Profanad con la lanza de Longinos las bolsas petrolíferas que tiene J.J. Santos bajo las cuencas oculares, regad con la sangre un póster antiguo de Laurent Garnier –cuando su flequillo destilaba más cantidades de aceite capilar que Nacho Vegas en una mala semana– y veréis la respuesta a vuestros anhelos en los caprichosos dibujos del líquido de las ojeras del periodista colchonero sobre el semblante del pinchadiscos. Son muchos los métodos ocultistas que vosotros, practicantes de la fiesta y del dedo untado en cristal, tenéis a vuestra disposición para recapitular esas peripecias psicodélicas que, por culpa de una masa cerebral más horadada que la piedra pómez, os resulta del todo imposible revivir a golpe de mnemotecnia, que no memotecnia.

"El archivo de fotos de la BlackBerrym no engaña, muestra tus miserias politoxicómanas en primer plano, sin filtros"

He estado ahí, creedme, sigo ahí de hecho, y por eso he descubierto que no hay mejor método de adivinación ‘sonaresca’ en retrospectiva que recurrir a las fotografías acumuladas como fichas de Tetris en la BlackBerry. No es un método druídico, lo sé, tampoco agradable, pero resulta infalible una vez has conseguido encajar todas las instantáneas, darles un sentido y, a partir de ahí, como en los créditos de “Resacón En Las Vegas”, reconstruir los pasajes más oscuros que tu cerebro ha decidido borrar fulminantemente en tus pocas hora de sueño. Lo sé, la memoria selectiva es un recurso de formateado imprescindible para que, al levantarte e intentar recordar tus movimientos, no te acabes seccionando los párpados con una cuchilla de afeitar y te tumbes en la playa de la Mar Bella en plena canícula, hasta que los globos oculares revienten como palomitas en el microondas y las masajistas chinas recojan tus pedazos para alimentar a su prole.

Pero, ah, nuestra materia gris no puede luchar contra la dictadura del Smartphone, un aparato vil que juega a contrapelo de la cordura y nos muestra, en toda su lobreguez, escenas olvidadas de tortura extrema, misas negras oficiadas por plátanos humanos, potorros abiertos de par en par, hordas enloquecidas de vigoréxicos sin camiseta, inglesas en bañador a las cinco de la madrugada, plumíferos con túnicas y coronas florales en la cabeza, tipos peinados como Son Goku y escenas aberrantes de autos de choque y cocaína. Ni memoria selectiva ni leches. El archivo de fotos de la BlackBerry no engaña, muestra tus miserias politoxicómanas en primer plano, sin filtros, y desafía directamente a la madre naturaleza, que desde que el ser humano se droga, baila al ritmo del tam-tam y hace gilipolleces humillantes, ha sabido proveer a nuestro cerebro con la maravillosa capacidad de hacernos olvidar toda esa mierda al día siguiente y pelillos a la mar, que hoy tenemos paella en casa de los suegros.

De acuerdo, repasar esas fotos, en lugar de hacer lo que cualquier tipo con dos dedos de frente haría, es decir, borrarlas clavando la uña en el sensor del Smartphone hasta sangrar, con los ojos grapados o cosidos a mano, repasar ese horror, decía, puede resultar un ejercicio de inmersión en las Montañas de la Locura, un suicidio mental sólo comparable a ver cientos de veces consecutivas el anuncio de homoerótico de Just For Men protagonizado por Luis Figo y lo que parecen dos esclavos metrosexuales. Miedo, inquietud, escalofríos, castañeo dental e incluso amagos de pedete en el calzón: mucho, mucho acojone, para qué mentir.

Pero Modernillos de Mierda no llegó a la Tierra desde el espacio profundo para saltar a la comba con los niños y proponer a Rosa León como nueva presidenta de los Estados Unidos de América. MDM no da tregua: se alimenta del castigo, del pus y del escarnio barato. Los festivales avivan el fuego de MDM y mantienen a raya, nunca mejor dicho, a la hueste de Belial. Y si para que vosotros tengáis vuestra ración hay que mostrar las llagas y lanzarles vinagre a propulsión, siempre habrá kamikazes como yo dispuestos a someterse a la disciplina lacerante de esta religión, un credo forjado sobre los cadáveres de miles de tabiques nasales, neuronas abatidas y sistemas nerviosos hechos fosfatina por culpa de los opiáceos y golosinas afines. MDM exige sufrimiento y autohumillación. Y dada la poca lucidez con la que he intentado desandar mis pasos por los páramos del cristal, el yeyo y la hierba el fin de semana pasado, he tenido que doblegarme al rigor de esta columna y recomponer mis peripecias con todas las fotografías snuff que figuran en mi BlackBerry… a riesgo de acabar en el estado comatoso irreversible de Paco Buyo o Bebe.

1. Industrias cárnicas: la ‘barbecue’ technoide

La primera foto muestra una de las imágenes más recurrentes del Sónar de Día. Tipos sin camiseta, inflados a base de Cortexiphan y pavo relleno de clembuterol, curtidos en gimnasios gáyeres, poseedores de unos pectorales en los que se podrían partir piñones y cocinar fabadas, cubiertos de unos tatuajes tan horteras que desearías disponer de varios metros de papel de lija rociado con saliva de Pete Doherty para borrarlos. Esos tipos daban miedo, socios, tuve que vérmelas con esa marea de testosterona. Hablo de una grupetta de primates vigoréxicos que se pasearon por las instalaciones sin camiseta. Diablos, había por ahí un negro con una densidad tan grande de músculo galáctico en sus abdominales que todas las pastillas y gramos de su alrededor eran engullidos como la luz y la materia cercanas a un agujero negro masivo. Pues lo diré a cara de perro: los que van sin camiseta son unos cerdos. No tienen vergüenza. ¿Se creen que es agradable sentir sus cuerpos palpitantes y aceitosos piel con piel? Huelen mal. Están recubiertos de zumo de pocha. Viscosos. El tacto es muy desagradable. Sus sobacos escupen gas sarín.

"Huelen mal. Viscosos. Sus sobacos escupen gas sarín"

La organización debería adoptar medidas dictatoriales contra estos terroristas de la sudoración. Yo dispondría tipos armados con dardos tranquilizantes a modo de francotiradores en las cornisas del Macba. En cuanto apareciera algún homínido descamisado, sería tan fácil como abatirlo y, durante el letargo, ponerle una t-shirt del Sónar y enviarlo directamente al mueblé de Carmen de Mairena en el Raval, para que se le quitara de una vez por todas la tontería de lucir palmito en festivales veraniegos a costa del estómago de los demás. Si al tipo le quedaran ganas de volver el año que viene –dudoso, después de haber recibido el tratamiento de Mairena conocido como “el otro día me follé un vasco y me dejó el culo hecho un asco”–, os juro por la caspa de Squarepusher que el malhechor reconvertido se presentaría esta vez con burka, gabardina del Inspector Gadget, uniforme de húsar o traje Luis XVI, y hasta pediría permiso para sudar.

2. Cuando calienta el sol, aquí en la ra…

Lo cierto es que la llegada del calor convirtió la caldera del Macba en una de las barbacoas más lúbricas del año. Los amantes de la carne roja entraban ahí con tenedor, cuchillo y babero de calçotada. Chicas despampanantes vestidas como si se fueran a la piscina municipal a pasar la tarde. A cientos. En todos los flancos. Genero lechal del bueno y desnudo. Porque sí. Apretándose contra ti. Subiendo el valor de las acciones del churrasco a dentelladas. Le di gracias a Dios por alimentar tan abundantemente a las pirañas y, diablos, a pesar de los efluvios de la marihuana y a las ventiscas de cristal, mi cámara de BlackBerry no fue ajena al despiporre de estrógenos veinteñaeros. Se respiraba sexo en cada rincón, olía a chirla, a polla. El Sónar de Día puede revelarse muchas veces como un conato de película porno: las miradas no son inocentes, la carne se mueve a intervalos pulsátiles entre mares de sudor, las gafas de sol se empañan, hay tíos que parecen actores porno, seguramente algunos hasta lo son. En esta sauna tienes permiso para tocar y hay permiso par ser tocado mas de la cuenta; algo tiene ese ambiente con regusto a follada en la piscina que me encanta y no puede reproducir otro festival. Ahí el Sónar siempre me gana.

Lo que veo en estas Polaroids de viejo verde es que hay menos inglesas (e ingleses, claro) que el año pasado y un notable incremento de la colonia franco-belga, una facción con una preocupante tendencia a revindicar un look a medio camino entre la costra y la modernez rural, y con una incomprensible afición por pasearse descalza por el Macba, para sentir las pedorretas de la madre Tierra en los juanetes, digo yo. Soy un fiero detractor de las chanclas, pero entiendo perfectamente que el público las lleve en un evento como el Sónar. Faltaría más. Lo que encuentro indigesto es que la gente vaya por ahí con los quesos al aire rebozados de mierda, colillas y trozos de pastilla. ¡Hasta los hobbits se pondrían alpargatas para transitar por ese terreno, joder!

Y es que el calor hace que la gente adopte actitudes simiescas que ponen en peligro la integridad cerebral del prójimo. La foto que encuentro ahora en mi BlackBerry muestra un felpudo en todo su esplendor. Tal cual. Un potorro. Bien abierto y aireado. Los recuerdos llegan en tromba. Viernes, seis de la tarde: me dirijo al show de Flying Lotus acompañado de algún que otro miembro de esta santa web. Súbitamente, una chica poseída por los efluvios estivales y lo que parecía una ingesta sin coto de píldoras de la risa, se tumba en el suelo, eleva las piernas dejando que su vestido microscópico ceda y las abre como si le fuera la vida en ello. Nosotros intentamos encajarnos de nuevo la mandíbula, pero ella sigue lo suyo, con el chumino al viento, y las ancas en uve, haciendo crujir los isquiotibiales como si fueran crocanti, dejando que la masa de su peludo conejo supere la resistencia de la braguita para mostrar los adentros de su almeja a todos los que pasan por ahí, tipos de gatillo rápido que no dudan en inmortalizar tan romántica estampa, y seguramente enviarla al cabo de unos segundos a todo Dios… Quién sabe, a lo mejor el ‘bacalati’ de aquella despendolada recorrió medio mundo y causó furor en Japón en menos tiempo del que la interfecta tardó en cerrar las piernas. Me gustaría pensar que fue así.

3. Kimera Nakachian, bananas y fulanas

Einstein lo predijo antes de que la ciencia pudiera dar por buena su teoría, pero ahora hemos sido capaces de verificar sus ensoñaciones: los canis existen, no son una invención masona, son un segmento de población real, tangible, que también tiene su representación en el Sónar. No podemos negarlo, los había, pero en ningún momento pudieron oscurecer ese espíritu carnavalesco que caracteriza al festival.

Algo tiene el Sónar que empuja a mucha gente a disfrazarse. Supongo que los códigos de la música electrónica y el MDMA de beluga hacen mucho más laxo el sentido del ridículo del personal. Creo que el Sónar no sería lo mismo sin estos despliegues de freakismo. Y ahí estaba mi BlackBerry, trufada ahora de instantáneas más propias del backstage de un concierto de Hawkwind en Eurodisney que de un festival de música electrónica.

Hace unos años, un amigo, presa de un cóctel de drogas de lo más enternecedor, se presentó al Sónar de Día vestido de Superman. Capa, botas, triángulo en el pecho, slips rojos, gramo de kryptonita de la Zona Franca. Todo. Y no se disfrazó dentro. Accedió desde fuera de esa guisa. Nadie le puso problemas para entrar. Mientras gritaba “¡Superman quiere drogas y le gusta el Sónar!” a viva voz, la gente le daba palmaditas en el hombro, llovían pétalos, las televisiones querían tenerle en prime time, era el amo del cotarro. La imprevisibilidad se lleva bien con este evento. Por eso, se aplaude la presencia de seres entrañables como Banana Man, un marciano embutido en un asfixiante traje de plátano que por lo visto va a todos los festivales enfundado en su amarillo caparazón de potasio, o Son Goku, un morador de las arenas solitario que va peinado con cucuruchos y, según me dijeron algunos espías, es un clásico de la escena de Barcelona.

"Lo que más me marcó la atención fue la propagación vírica del look Fulana del Rey, un fenómeno que despuntó en Primavera Sound y ha alcanzado ya visos de plaga"

Supongo que la sala de maquillaje de Sephora contribuyó a que la psicodelia se desencadenara y la ventisca lisérgica en el patio de butacas enviara los mejores peinados al traste. La revelación es dura y hay que digerirla con tiento: Kimera Nakachian ha vuelto. Con más fuerza que nunca. Y todo gracias a los maquillajes faciales ochenteros que mostraban en sus jetos incontables guiris; dibujos new age, estrellitas, pequeños ponys, nubes y toda suerte de pinturas llamativas y recargados en la cara, con un nivel de radiación kitsch tan alto que sólo Tito Jackson sería capaz de manipularlas sin perder el pelo y desarrollar un tumor cerebral del tamaño de una sandía. El trabajo de los maquilladores merece un sobresueldo jugoso: las colas eran quilométricas, las chicas se volvieron majaras con el comeback de Kimera e hicieron trabajar duro a los pobres chavales. De todos modos, más allá de revivir por unos segundos el mítico secuestro de Melody, lo que más me marcó la atención, especialmente el viernes por la noche, fue la propagación vírica del look Fulana del Rey, un fenómeno que despuntó en Primavera Sound y ha alcanzado ya visos de plaga. ¿En qué consiste? Muy sencillo, en atrevidas chavalas que en un intento por emular a Lana se quedan en Fulana, esto es: una versión de carretera de Castelldefels de la estrella del pop que solo tendría cabida en el casting de “Con El Gramo Al Aire” o en “Quién Quiere Casarse Con Mi Pijo”.

4. Ara no toca!

Dicen algunos que el bodegón más inolvidable fue el de Richie Hawtin –y su tupé inspirado en José Oneto– pinchando en la Boqueria, catedral de viandas, delicatessen y jamón negro importado de Sierra Leona. No voy a ponerme ahora en contra del canadiense, pero ni siquiera aquella idílica fotografía puede rivalizar con el que para muchos fue, con holgada diferencia, el guest starring más sonado del Sónar, valga la redundancia. La suya fue la foto más requerida. Y la tengo. Los clubbers que estaban cerca de él comenzaron a sangrar por la nariz y a hablar en élfico en menos que canta un Gallagher. Cuando levantó la mano para saludar, se vieron varias explosiones de cabeza, al más puro estilo “Scanners”. La primera tos que salió de su garganta hizo que las agujas del DJ saltaran y desbrochó los sujetadores de todas las chicas de primera fila. La pistola de Frank Drebin se dobló como si fuera de plastilina. El mayordomo asiático del Inspector Clouseau atravesó la pared del backstage con una patada voladora de karate. Por Dios bendito, el de la tuba de The Roots se orinó encima y preguntó por su madre. El nombre es Jordi. Jordi Pujol i Soley para vosotros.

El Hombre llegó, vio y venció. Porque Jordi Pujol es Dios. Jordi Pujol inventó el techno con Juan Atkins y Tierno Galván, y el tipo se asomó al Sónar de Día como uno más. Humildemente. Algunos quisieron acariciarle la chepa. Un tipo intentó moverle un brazo como si se tratara de un gato chino de la suerte. Otros se atrevieron a hacerse una foto con él, como si fuera Nicolas Jaar o Nina Kraviz. Si los fiesteros no pueden ir a Pujol, que Pujol venga a los fiesteros. Y así fue. La presencia del virrey causó sensación, el hombre que consiguió que Aznar hablara catalán, enfrentado a un tsunami de tetas, pezones, shorts, tipos sin camiseta, mandíbulas en fase supernova, vasos de cerveza voladores, axilas radioactivas y pupilas densas como la brea. Ahí estaba Kuato, firme como el sargento Highway, a punto de soltar aquello de “He bebido más cerveza, he meado más sangre, he echado más polvos y he chafado más huevos que todos vosotros juntos”, presto y dispuesto a sacar pecho ante la muchachada, y me dio por emocionarme, coño, por entonar “Els Segadors” por lo bajini (ajustándolo al temblor technoide que petaba en aquel momento) y dedicarle una lágrima patriótica al mejor beatmaker que ha dado la política catalana en toda su historia. “¿Quién coño es ese?”, me preguntó un inglés ante aquel alboroto. “Vete a tomar por culo”, le contesté entre pucheros.

5. La Noche Más Oscura

Me costó lo mío sobrellevar las tardes sin recurrir en exceso a los estupefacientes, de modo que por la noche decidí poner a prueba el botiquín con la diligencia que exige una ocasión de semejante índole. Comprenderá el lector que las horas nocturnas del Sónar discurran en mi cerebro como interferencias repletas de perturbadores flashes, descargas terroríficas muy en la línea del vídeo asesino de “The Ring”. Encontrarte amigos peligrosos en este festival puede acabar con tus huesos en la mugre más absoluta. Pastillas cruzan tu línea de visión como OVNIS enloquecidos. Los cubatas permutan sus posiciones como los vasos de un trilero. Alguien saca gramos de detrás de tu oreja. Las partículas de MDMA polinizan coronillas, pecheras, botellas de agua y todo lo que se les pone por delante. Porros se acercan y se van para no volver. La noche de Sónar es siempre brumosa, ajetreada, en esa maraña de cuerpos deformes y tinieblas, resulta difícil focalizar las pupilas en algo que tenga formas discernibles para la intuición humana. Me llevo sensaciones y alguna satisfacción. El perfume constante de la marihuana, los cadáveres agolpados en las gradas laterales, las banderas de España que ondearon algunos patriotas dopados durante los conciertos, las tías que iban en bañador fosforescente de una pieza con calentadores –parecían prostitutas ochenteras que dan clases de aerobic en sus ratos libres–, la secta de sacerdotisas y efebos con túnicas blancas y florecillas en la cabeza –el periodista Jaime Casas fue testigo–, y el desmentido categórico de los rumores malintencionados que decían que Lana del rey calza un prominente trabuco entre las piernas: un agente encubierto me hizo el trabajo sucio y se dedicó a sacar fotos de la entrepierna de Lana desde primerísima fila, fotos que me envió obedientemente a mi central de datos jamarosos. No se aprecian desniveles sospechosos. Todo en orden…

Son las 2:20 de la madrugada del lunes, Josep Pedrerol está discutiendo con José Luis Carazo en la televisión, el camión de la basura ha desencadenado un infierno bajo mi balcón, España ha ganado a Croacia de milagro y sorprendentemente sigo vivito y coleando al otro lado del infierno. Así que este último aliento, antes de meterme en la cama con el podcast de “Milenio 3”, va por vosotros, joder, por los que tuvisteis que soportar mi ciego y el de mi amigo Lechu en la sesión de Fatboy Slim, por los que os poníais finos de pie al lado de los autos de choque en posiciones inverosímiles (el ser humano nunca deja de sorprenderme), por los que os pasasteis la noche rebozando el dedo índice en bolsitas de azúcar moreno, por los tipos que no se dieron cuenta de que las camisas hawaianas apestan, por la buenorra morena del punto de información del Sónar de Día, por los que os tirasteis toda la tarde del sábado durmiendo en el césped artificial de Macba a pesar de los pisotones, las lluvias de cerveza y los golpes de recogedor que las mujeres de la limpieza os soltaban en la frente… Sois unos valientes.

Octavio Aceves está lanzando las cartas del tarot en la Sexta Tres.

Es hora de morir.

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