Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, la plaga Pinterest

¿No estás en Pinterest? Entonces no estás a la última, no eres nadie, no eres moderno. Esta red social, un enorme fotolog al servicio de la vanidad más desmesurada, centrar hoy las iras de Modernillos de Mierda, la bestia que desayuna hipsters cada día.

Las muñecas victorianas comienzan a llorar sangre. Madera que cruje. Ventanales pulsátiles. Una ráfaga de viento extingue la llama del candil. Aprisa, atrancad los pórticos. Sabéis que ahí fuera, en lo salvaje, se mueve con sigilo una aberración, una deformidad monstruosa arrancada del vientre de una vaca bicéfala. Es un aliento fétido el que mana de sus entrañas, un apetito lobuno el que surge de su estómago. Hay sarro y sangre entre sus dientes. Vísceras de modernos se pudren en su boca. MDM, le llaman los zíngaros. MDM, le llaman los quirománticos. MDM, la misma abominación que ha enviado al infierno a Wes Anderson, a los ciclistas bigotudos, a los fotógrafos de moda y a todos los símbolos religiosos que figuran en las Sagradas Escrituras del Hipster. Atrancad esos pórticos, no me hagáis repetirlo, el vástago del Lucero del Alba vuelve a aullar y a recorrer los bosques dejando un rastro de babas y ponzoña en los arbustos.

"El moderno no ha tenido piedad del ciberespacio. Ha inundado las redes sociales con el pus más doloroso y pestífero: el culto a uno mismo llevado al paroxismo"

Modernillos de Mierda no es una visión agradable. Es angustia y delirio. Es odio visceral sin límites hacia el moderno y hacia uno mismo. En el fondo todos llevamos un hipster dentro, servidor el primero, y este acto de flagelación y autocanibalismo sólo puede entenderse como la misión redentora de un pecador bajo mandato divino. Las voces cada vez martillean con más insistencia las sienes del que esto firma. En esta ocasión ni siquiera el láudano ha conseguido acallarlas. MDM ha clamado justicia con la tensa inquina que precede la matanza. De nada ha servido cerrar las puertas con candado, bloquear las ventanas con tablones y frotar con eneldo las paredes. La bestia ha husmeado mi pavor desde la espesura. Ha aprovechado esa grieta de debilidad en mi psique para poseerme. Es ella ahora quien habla, quien teclea, quien os interpela.

Se veía venir. El aprovechamiento indigno de las redes sociales por parte de la modernidad no podía obviarse. Hemos alcanzado un punto de no retorno. Lo que antes era una herramienta para comunicarte con una telaraña de amigos y airear partes de tu intimidad a tus conocidos, se ha convertido en una parábola paquidérmica del mito de Narciso que deja las cabriolas egocéntricas de Cristiano Ronaldo por esos campos de Dios –palmadas robustas en su muslo porcino después de aniquilar al portero de Osasuna– en demostraciones de humildad que conmoverían al Miguel Bosé de “El Número Uno”.

El moderno no ha tenido piedad del ciberespacio. Ha inundado las redes sociales con el pus más doloroso y pestífero: el culto a uno mismo llevado al paroxismo; el encumbramiento gratuito y vergonzante del ego; el hacerte pajas simiescas pensando en ti; el desear que durante unos minutos la comunidad musulmana deje de apuntar a la Meca y dirija sus plegarias a la foto de tu jeto. Seguramente Twitter, dada su idiosincrasia e inmediatez, es el flanco que menos ha acusado la acción del modernillo. Gracias al Señor, esta iglesia de la frase corta y el hashtag ha sabido ahuyentar a las manadas de hipsters como la verdura a Falete. La sobrealimentación del ego encuentra en plataformas más visuales y de capacidad ilimitada su tatami más favorable. Facebook era hasta ahora la opción menos mala para lucir coolness y creerse alguien, pero no encarnaba la fórmula perfecta. Algo faltaba en esa cuadra para que el moderno pudiera reivindicarse como Dios manda. El patio era demasiado vulgar y contravenía uno de los mandamientos fundamentales de su credo: ‘Sólo te gustará lo que no le guste a los demás’. Facebook huele a populacho, a grupos de amigas colgando fotos del viaje de fin de curso a Budapest; hay niños ahí fuera que cuelgan fotos en su página entre capítulo y capítulo de Bob Esponja mientras devoran el Dokyo de las seis; por Dios santo, mi madre tiene Facebook. Al hipster no le gusta sentirse parte de algo tan grande y ramplón, interactuar con gente cutre, él es un salmón velludo que nada a contracorriente a lomos de una bicicleta de paseo. Digo yo que habrá que ahumarle los humos, valga la redundancia.

Facebook ya no tiene los requisitos mínimos que exige el caché de los discípulos de “Donnie Darko”. En el cerebro del modernillo colisionan dos pulsiones contradictorias que no son fáciles de soportar en un abrevadero tan concurrido por mediocres: aversión al mainstream vs. necesidad imperiosa de regar el ego y concitar el mayor número de miradas en estado de asombro. Pam. Pues para eso nos hemos inventado Pinterest, para adormecer ese choque de cargas eléctricas y tranquilizar la conciencia de la casta cool. Por fin un rincón para avispados, pícaros, listillos, trend setters, bohemios modernos y niñas indies de Portland que ponen morritos y enseñan ventresca. Es una jungla enorme, en crecimiento imparable, pero posee un factor selectivo, un filtro indetectable que funciona, un cedazo moderniqui definitivo. Algo hay aquí metido, y lo mejor es que en estos pastos no hay sitio para fans de Bob Esponja o criajas que cuelgan las fotos de su viaje de fin de curso. Tampoco para mi señora madre. Hay pedigrí. Hete aquí una piscina para que el hipster pueda nadar libre de sentimiento de culpa y mostrarse en todo su esplendor antidepilatorio. Pinterest es ahora mismo la respuesta a ese ‘¡una solución quiero!’ que desde hace tiempo se escucha en los mentideros virtuales del coolness.

"El moderno tiene que llegar antes que la manada, para poder remarcar, a viva voz, el patetismo de las masas tardías que se suman a la moda con delay."

Estamos ante el súmmum de la adoración a ese becerro de oro que es el ego del moderno. El propio nombre del invento ya deja claro de antemano que su contenido interesa. Pinterest. ¿Lo sentís? Pinterest. Mmmm. Pinterest, coño. Es lo mismo que escuchar un susurro subliminal en el oído interno, un mantra que te avisa y no es traidor: ‘Si no tienes tu cuenta, no eres nadie, ergo: no interesas’. Pinterest. Yo también quiero mi trozo de pastel Pinterest. Yo también quiero tener un reclinatorio virtual en el que rezarme a mí mismo. Por eso me he hecho una cuenta deprisa y corriendo, sin demora. Sobrinos en la escuela esperando a que les recoja, cama sin hacer, 78 llamadas perdidas, “Sálvame” ha terminando, el repartidor de Domino’s ha dejado la pizza en la puerta, el mundo que enmarca la pantalla del ordenador se ha desintegrado.

La premura es vital en estos tiempos de asimilación de modas a grandes velocidades por parte del vulgo. Hay que estar el primero. El moderno tiene que llegar antes que la manada, para poder remarcar, a viva voz, el patetismo de las masas tardías que se suman a la moda con delay. ‘Yo descubrí Pinterest antes que vosotros. Llegáis tarde y mal a mis dominios. Esto antes era cool y lo habéis estropeado todo’. Ya sabéis, todas esas mierdas. Pinterest está petando, el crecimiento vertiginoso de esta plataforma da fe de su poder de seducción. Un gran Fotolog con aires sofisticados y puntos de interés muy simples pero efectivos, una idea sencilla de la que rascar millones, una parida genial y malintencionada que hinca las fauces en el punto débil del ser humano: su vanidad. Todos la tenemos, todos la cultivamos, pero en el caso de un modernillo cuando se habla de vanidad se habla de droga dura intravenosa. Y Pinterest ahora mismo es su principal camello. Pero cuidado, que nadie se deje llevar por la inflación exponencial que está experimentando este universo hacia el mainstream. Los modernos han colonizado un sector propio, se han hecho fuertes en su isla y han clavado bandera en su Principado particular. Siseos y susurros recorren los bajos de las lámparas de gas. Los espíritus ya hablan de un submundo escondido en este nuevo zigurat fotográfico que tanto furor esta causando: le llaman Hipsterest.

A fe que era necesario parasitar a tutiplén un espacio completamente diseñado para los desatinos narcisistas de la gente cool. Un álbum de fotos gigantesco, selectivamente viral y accesible a primera vista para que el resto de los mortales contemplen al susodicho rebozándose en su propia gloria, poniendo caritas de alelado, posando a golpe de espasmos afectados. Potorros poblados, braguitas de los 80s, tipos de aspecto cochambroso leyendo novelas gráficas de Daniel Clowes en la playa con los quesos al aire, peinados garçon, gafas de pasta (y pastón) sin graduar, miraditas de leñazo en el mentón, los estilismos más absurdos han estallado como un globo lleno de sangre sobre fondo blanco. Esto es un álbum de fotos infinito convertido en red social masiva. La hoguera de las cavidades. Un zoo en el que los modernos lo dan absolutamente todo porque de algún modo saben que juegan en casa. Se gustan, los muy cabrones.

Hipsterest es la plataforma definitiva del culto a la vanidad, un Valhalla hecho a medida para que la modernez cuelgue sus polaroids más atrevidas y lleve sus pulsiones narcisistas al mismísimo cielo: tipos semidesnudos haciendo equilibrios en un triciclo, tontainas mirando al infinito y luciendo gafotas, gorra de camionero, pantalones de vagabundo y botas embarradas. Concursos de quiero ganarme una buena hostia vistiéndome como un esquizofrénico y demostrando al personal que estoy por encima de códigos cromáticos y convenciones estéticas…

Se nos ha ido de la manos, diantre. Pero ojo, porque este afán exhibicionista de la gente cool también ha reportado beneficios a los voyeurs, pajilleros y depredadores de carnaza. Se conoce en los círculos más profesionales de los buscadores de cacho que entre las féminas modernas existe la sana costumbre de mostrar curvas, palmito, tatuajes y lencería, y colgar tan inocentes instantáneas en Pinterest para solaz de los que gustan de macerar la manola a fuego lento. Dios bendiga, pues, a la plaga de barbas y camisetas roídas, pues gracias a ellas podemos reclinarnos en el sofá y disfrutar de las pocas, aunque no por eso ingratas, mieles de esta orgía de egos. Incontables hienas se agazapan en las dunas, con el índice palpitando en el mouse y todo un universo de zambomba compulsiva por delante. Para qué negarlo, si para ver a estas deliciosas bellezas post-púberes en todo su esplendor mujeril hay que pagar el peaje y tragar con las ansias de notoriedad del modernillo de su novio, así sea. No hay hipster que por bien no venga.

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