Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipsters por entregas. Hoy, las películas hipsters

El pentáculo de Modernillos de Mierda sigue dibujado en las baldosas. Hay tipos ahí fuera que han intentado aplastar la mosca cojonera, claro que sí. Hipsters de toda procedencia se han calzado sus mejores túnicas y han degollado sus reptiles de compañía favoritos, sólo para conseguir que los Hados de la modernidad les sean propicios y terminen con la miserable vida del que esto firma (atropello de autobús o aplastamiento por caída de piano mediante). No ha funcionado. MDM es un poder que va más allá de conjuros para amateurs y trucos baratos de quiromancia. MDM es una espada justiciera que recorta flequillos putrefactos, rasura barbas tiñosas, convierte tejanos skinny en shorts como los de Lemmy y cercena las testas de los infieles que lo merecen, como si fueran cabezas de langostino desparramadas en tromba sobre el frío cemento de la Feria de Abril.

Por eso, ni siquiera el más oscuro conciliábulo de la modernidad podrá mitigar los lamentos de ultratumba que surgen de esta cripta. Porque mientras siga habiendo treintañeros con jerseys de esquiar, gafas de pasta marrón de 500 gramos, bicicleta oxidada y aspecto de homeless, mientras siga habiendo canciones de Bon Iver y Fleet Foxes o películas de Wes Anderson o Michel Gondry, los párrafos de este panfleto bilioso permanecerán grabados con sangre y ponzoña en las alturas de este monte Sinaí virtual. Imborrables. Protegidos por la misma Ley Divina a la que apelaban los caballeros cristianos en el fragor de la batalla contra la morería.

Si en anteriores entregas la Mano Derecha del Destino ya estuvo de nuestro lado, ahora más que nunca vamos a necesitar de la contundencia del Señor, pues el objetivo es ambicioso y despertará la cólera de Belial: el cine hipster sometido a los rigores del paredón de MDM. ¿ “Los Fusilamientos del Tres de Mayo”? Un episodio de “Queer As Folk” al lado del horror que se cierne sobre estas líneas. Porque esta vez la fondue de mala hostia está consagrada a un solo objetivo: desenmascarar el contubernio hipster que amenaza al séptimo arte y no tiene reparos en encumbrar a flipados de la vida a la categoría de directores “de culto”. Sí, sí, “de culto”, palabras muy gruesas para definir un estilo que el tiempo, ese juez insobornable que da y quita razones –como aseguraba José María García–, pondrá debidamente en su sitio.

Días de hipster

Evidentemente, un director hipster no es hipster porque le da la gana. Es hipster porque así lo decide esa inteligencia artificial colectiva llamada Modernillos. Qué culpa tendrá el pobre tipo de que una generación de extravagantes rebecos urbanos, conectados entre sí por un misterioso éter de ñoñería extrema, considere sus películas la panacea con cebolla y, es más, las adopte como la expresión cinematográfica definitiva de su filosofía de vida. A lo mejor a algunos les gusta el cortijo, pero seguramente poca gracia hará a muchos de estos cineastas verse varados en semejante charco y ser plato de cuatro pícaros que se pasan el día fumando porros, comiendo fideos con soja y bebiendo café.

Gustar a la gente cool tiene más inconvenientes que ventajas, para qué engañarnos. La dictadura del hipster no es ninguna tontería. Cuando a un director se le permite formar parte del club de los elegidos, sólo los juicios del burladero modernillo tendrán validez a la hora de sopesar las bondades y desperfectos de sus películas. Dios te libre, andrajoso y patético peatón, de ensuciar tu dentadura con opiniones sobre la última de Spike Jonze. Sería como comerse un arroz con sepia en su tinta y sonreír al patio de butacas sin cepillarse la piñata.

Si te la juegas y abres la boca, las alarmas dispararán el orgullo del moderno, que enseguida mostrará una actitud paternalista contigo, acaso se permitirá el lujo de soltarte suaves cachetes en los carrillos e intentará demostrarte, por todos los medios, que ese terreno es el suyo y tú no pintas nada. Comentario despectivo a tus gustos más pedestres por aquí –Clint Eastwood es un vejestorio paranoico, Spielberg un judío sentimentaloide, etcétera–, lluvia de datos sobre la vida y milagros del director hipster al que has mentado por allá: esa superioridad irritante, en definitiva, tras la que se ampara la fauna guay; esa obcecación casi instintiva por hacerte saber que tus gustos son una pérdida de tiempo y el bando de los listillos no para de tocar hueso con cada nueva peli que descubre.

En cierto modo, la rapiña recelosa con todo aquello que se avenga a la estética hipster y el rechazo sistemático a lo que queda fuera de su círculo de sal hace que muchos cinéfilos sin patente de corso, servidor entre ellos, desarrollen una soriasis harto agresiva cada vez que alguno de los paladines cinematográficos de la movida cool decide amamantar a su camada con la misma leche enriquecida a base de gilipollismo. Y no por razones puramente cinematográficas. Simplemente como alergia a la tontería hipster. ¿Por qué me tengo que sentir como un cretino delante de un tipo que se sabe de memoria “Donnie Darko” y “The Life Aquatic”, pero no se ha dignado a ver una película de Sergio Leone o James Gray en su vida? Chaval, quédate con tus peliculitas y tus directores raritos, sigue pensando que has descubierto el cine, y atento, que no he terminado: antes de soltar tus diatribas de sabelotodo, intenta limpiarte los restos de kebab de la barba. Y no hace falta que grites, que toda la cola te está oyendo, pesado.

Pero estoy divagando. Lo único que consigue el hipster, como ocurre con Woody Allen o Bruce Springsteen y su parroquia de lametraserillos más acérrimos, es que odiemos a cineastas que en otro contexto nos gustarían, esto es, que les tengamos inquina solo por el cretinismo de sus fieles. ¿Hasta qué punto puede resultar rentable para un director nadar en la brea de la modernidad y no salir de ella? De acuerdo, para su ego es una bendición tener a una retahíla de iluminados que se mojan los calzones cada vez que se extrae un moco. Eso sí, para su proyección de futuro puede ser una trampa mortal rendirse a la complacencia de la costra Sundance. Un mal negocio esto de caer bien al moderno. Vamos a personalizar: Wes Anderson me gusta, he visto todas sus películas, en realidad casi todas me han parecido buenas, pero la instrumentalización de su cine como arma de reafirmación hipster me produce tal escozor que soy incapaz de seguir su filmografía sin sentir al mismo tiempo un odio irracional y rabioso. Absolutamente gratuito, por supuesto, pero del todo inevitable. Instinto animal.

Qué grande es el hipster

El hipster vive en un estado permanente de lisergia autoinducida. Cualquier psiquiatra certificaría este diagnóstico hecho a ojo por el que esto firma. Pasar las horas de vigilia en este estado mental bobalicón ha destruido por completo los neuroconductores del modernillo, cuyo cerebro reptiliano pide a gritos más de lo mismo, más de lo mismo, más de lo mismo. Los gustos del hipster no tienen secreto. Lo primero que buscará en una película, pues, será la extravagancia, la extrañeza, el colorido imposible. Hace tiempo que Wes Anderson se ha visto atrapado en este perverso círculo de retroalimentación: su público le pide personajes peculiares y antihéroes que parecen pasearse por este mundo en una frecuencia de onda distinta al resto de los mortales. Y el grueso de su curriculum se ha visto atrapado en este loop.

Distanciamiento de la realidad, nostalgia de la inocencia perdida, incapacidad de asumir las responsabilidades de la vida adulta en sociedad, cara de gilipuertas: música para los oídos del hipster, pues es éste un humanoide diferente que se siente conmovido por la fragilidad casi existencialista de los personajes de, pongamos, Sofia Coppola. El hipster se relame las comisuras de los labios y siente calambres en el perineo cada vez que aparece Kirsten Dunst como alma en pena y cara de alpargata, o cuando Bill Murray y Scarlett Johansson le dedican un pucherito y se asombran ante la futilidad de la vida bajo los bucólicos neones de Tokio. Qué reconfortante es sentirse mejor y distinto al resto de la sociedad porque sí, y encontrar en la gran pantalla a pimpollos cortados por tu mismo patrón. Son los márgenes que recorren las chicas de “Ghost World”, encarnando quizás la facción más asocial del público modernillo, o la criaja resabida de “Juno” con esa cancioncita folk exasperante bajo el sobaco: el resto de la humanidad no existe para ellos, están otra onda, sólo ellos saben vivir con ese punto de amargura y el joie de vivre freakie tan característicos del oriundo de Hipsterland.

El modernillo también exigirá ver sus películas favoritas salpicadas con sus objetos de consumo favoritos. Imprescindible enchufar a la película la música independiente más molona del momento. Diablos, si hay que meterle música shoegaze a una película sobre María Antonieta se hace y punto. Los videojuegos y los cómics suelen ser también elementos abundantes en la tabla periódica del cine hipster. “Scott Pilgrim Contra el Mundo” podría muy bien responder a las necesidades del modernillo geek: banda de rock, estética de videoconsola, freakismo exacerbado, Michael Cera con camisetas estrechísimas y labio leporino…

En cierto modo, el cine hipster es infantiloide por definición. Evasivo. Normal que realidad y fantasía se mezclen con resultados dispares, como se vio en la magnífica “Donde Viven Los Monstruos” de Spike Jonze, y en esa boñiga indignante titulada “La Ciencia Del Sueño” de Michel Gondry –me pregunto quién fue el infeliz que decidió financiar semejante castaña–. El hipster cinéfilo no sólo gusta de dejar volar la imaginación, también es un animal romántico, pero a su rollo. Siempre con la extravagancia y el distanciamiento por montera. En su lista de ídolos cinematográficos no hay sitio para la crudeza emocional. Cuando se trata de amor, hay que apelar al ensimismamiento de personajes que viven las relaciones desde una atalaya feérica rayana en lo ridículo: sacarosa Indie en estado purísimo, para entendernos.

Amores sui generis como el de “¡Olvídate De Mí!” de Michel Gondry. Comedias románticas culturetas como “(500) Días Juntos”, de Marc Webb. Parejas jóvenes, metidas en su mundo, modernas a rabiar, dadas a la espontaneidad del momento, que visten vintage, van a conciertos de música indie, adoran los silencios y contemplan el sexo como algo muy complementario. Y todos conocemos sobradamente las caras de estos personajes. Porque la dictadura hipster tiene incidencia incluso en los castings. Michael Cera, Zooey Deschanel, Joseph Gordon-Levitt, Vincent Gallo, Kirsten Dunst (y Kristen Stewart), Chloë Sevigny, en fin, los de siempre, haciendo lo de siempre para los de siempre. No habrá paz para los malvados. Y no habrá descanso para MDM. Me dicen agentes de incógnito que Miyazaki también es hipster. ¡Por los calvos de Risto!, seguid velando armas, mantened caliente el filo de la espada, hermanos: la cruzada no ha hecho más que comenzar.

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