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Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, el olor corporal

Modernillos de Mierda  Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, el olor corporal

Por Óscar Broc

Cutis barnizados con sebo, barbas nevadas de caspa, crines que rezuman aceite, copos de piel muerta posándose suavemente sobre la chaqueta, gingivitis avanzada… No nos engañemos, a nadie le gusta convivir con la suciedad corporal de los demás. Por muy feo que suene, la mera visión de un indigente sembrado de piojos y perfumado con su propio orín suele provocar espanto en el 99,9% de la población cuerda. Creo que muy pocos se atreverían a discutir que la ducha no es una penitencia, es un regalo de la civilización; una bendición de la tecnología que nos permite interactuar con nuestros congéneres sin atentar contra su olfato. La vida en sociedad no es una barra libre en la que cada uno puede hacer lo que le plazca, hay que asumir un pacto tácito de cohabitación en el que adecentarse cada mañana y mantener unas constantes mínimas de higiene son condiciones innegociables. Los que prefieran oler a perro mojado y pasear sus axilas mohosas por el mundo, adelante, no tengo ningún problema, pero que lo hagan en modo cenobita, es decir en el bosque, el desierto, la estepa mongola u otros lugares deshabitados donde sólo la fauna animal autóctona sufra las consecuencias.

Esta defensa del jabón no es gratuita. Desde hace unos años, la gráfica de modernos con aversión al agua ha aumentado estrepitosamente. El look porcino se ha propagado entre la casta cool como si fuera una nueva mutación de la Gripe A, y uno tiene la alarmante sensación de que esta veneración hacia los gérmenes y la pústula no decrecerá en un futuro próximo. A estas alturas de la pantomima, nadie duda de que la mayor aspiración del modernillo es ser diferente al vulgo. El problema no es que el pobre diablo sienta en sus carnes la pulsión de apartarse de la masa, lo grave es que necesite llamar la atención de la masa para dar sentido a su existencia. Nosotros, simples peones en este juego, le convertimos en lo que es. Ying, yang y todas esas cosas. La interacción del moderno con la gente cutre –es decir, el resto del mundo, nosotros– es un elemento fundamental. Sentirse superior, recibir esa oleada de satisfacción que supone la incomprensión e incluso el odio de los otros: he ahí el chute de ego que le mantiene con vida. A un tipo con pudor jamás se le ocurriría dejarse un bigote de actor porno de los 70. A él sí. Un tipo con sentido común no le llamaría Modeselektor a su hijo. Él sí. Y así, pim pam, hasta alcanzar el horizonte de sucesos de este agujero negro: la ducha.

En su afán por contravenir los mandamientos de la lógica y traspasar límites que la gente “normal” no tiene necesidad de rebasar, muchos modernillos le han encontrado cierto gusto a no asearse. Les cuesta más meterse en la bañera que a los gatos. Es el statement definitivo contra el mainstream. Nada puede superar a un pelo asqueroso, una barba homeless llena de migas, una camiseta rota y unas ingles mantecosas. Volvemos a la era hippie, y tanto, pero con minimal en lugar de Joan Baez y ketamina en lugar de LSD. No menciono el minimal por deporte, nada de eso. Si hay un sector que tiene gran parte de culpa de esta oleada de roña cool, ese es el núcleo duro de los productores, DJs y público de la Generación Pajareo. De ahí procede el denominado “look fashion indigente”. Una tendencia consistente en combinar la inmundicia con la ropa cool. Ronchas faciales, cabello planchado a base de linimento seborreico y ojeras de quilo por un lado; americanas de 600 euros, zapatillas de edición limitada y fular Marc Jacobs por el otro. La cultura del pelotazo –pelotazo entendido como colocón– ha acomodado sus circunstancias a su estilismo. Ya que vamos a estar tres días en casa de fulano esnifando hasta los ácaros del sofá y la ducha no es una opción, lo más cómodo es aceptar que somos unos puercos. Tanto es así que le vamos a echar un par de huevos –sucios– al asunto y hasta vamos a convertirlo en algo que mole. Rebuscado, pero efectivo: cualquier excusa es buena para no desempolvar el Sanex.

Lo cierto es que he recorrido incontables clubs de este mundo, me he drogado como el que más y han sido muchísimas las ocasiones en que me las he tenido que ver con ejemplares peligrosos para la salud pública: tipos delgaduchos con cara de haberse fumado un petardo de ántrax, ropa amarillenta y desgarrada y, lo más molesto, un tufo corporal rancio, un aroma pestilente forjado a base de sudor acumulado y secreciones tóxicas pegadas a la camiseta. Pestazo a coca, hongos plantares, aliento de porro, axilas de ventolera nuclear, pinta de estar más enfermo que el perro de los Simpson, dentadura roída por el MDMA, diablos, ¿cómo hemos llegado a esta degeneración? ¿Por qué solo veo modelos sucios como la tiña en las revistas de tendencias? ¿Desde cuándo el champú es peor que el aceite de colza?

Ser un guarro cotiza, sí, pero sólo en los círculos guays. En otras palabras, el clásico gordo que se tira todo el día jugando a “Gears Of War”, con clapas en el cuero cabelludo, granos de pus en la nariz y restos de Cheetos en la pechera es un berraco, pero cuidado, porque si escuchas a Matías Aguayo, vas a performances y tienes amigos diseñadores, tu suciedad y pestilencia ya no es tan sucia y pestilente. Qué fácil es atacar a los perroflautas, ¿no? A ellos se les puede tildar de puercos, sin filtro, pero Dios nos libre de llamarle eso al DJ francés o alemán de turno que huele como Gerard Depardieu. Joder, si eres como Joaquin Phoenix en “I’m Still Here” la cosa tiene hasta encanto. Quién entienda este doble rasero higiénico, que me lo explique.

Ya hemos olvidado el grunge, ¿verdad, socios? Qué tiempos aquellos. Eran los 90 y el peinado tóxico de Kurt Cobain ejerció poderosa influencia entre innumerables jovenzuelos como yo. Camisas de franela rotas, ropa de segunda mano llena de lamparones, pelo largo con baldosas de caspa a la vista, sobacos infectos, granos en la cara de comer mierda constantemente, barba descuidada, look harapiento a rabiar… Recuerdo perfectamente que ibas por el mundo apestando como una rata de Bangladesh, te duchabas cada tres días, tu cabeza era una fábrica de mierda abierta las 24 horas… Y no pasaba nada. Necesité que pasara un tiempo para sopesar en su justa medida aquella orgía de microbios y pestilencia sobaquera. Produce vergüenza. Repulsión. No puedes dejar de preguntarte: “¿Cómo es posible que me tirara tres años hediendo como las entrañas de un tauntaun? Vaya julai apestoso estaba hecho”.

Supongo que el transcurrir de los años dictará la misma sentencia con todos los modernillos que ahora sacan a pasear chinches y ladillas por estos clubs de Dios, pensándose que no nos afectan sus emanaciones, convencidos incluso de que el resto del mundo debería darles las gracias por su aspecto de pordiosero. Nadarán contracorriente, imitarán con tino el estilismo de Apparat, mostrarán sus quistes infectados con orgullo, serán el colmo del coolness, aunque nos atufen vivos a todos y luzcan esa deliciosa piorrea que el consumo de estimulantes les ha dado. Dios les bendiga, es su vida, es su roña. Eso sí, permitidme decir una cosa: serán unos modernos, pero necesitan a toda costa que alguien les adecente con una manguera antidisturbios. Como John Rambo en “Acorralado”. ¿Os habéis dado cuenta de la cantidad de gente que no se lava para parecer cool? ¿No estáis hartos de que el olor corporal sea un signo de distinción guay? Nosotros también: en nuestro panfleto anti-hipster, hoy, atacamos a esos cerdos que no se duchan.

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