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Modernillos De Mierda

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Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, el Primavera Sound y la tormenta que no fue.

Óscar Broc

03 Junio 2014 10:33

La tormenta que no fue. Un cielo victoriano surcado por nubes titánicas la tarde-noche de un sábado agotador. Épica desatada. Las constelaciones titilando al ritmo de los graves… Primavera Sound me la sigue poniendo durísima, aunque cada vez salgo más diezmado de la aventura. Esta es la crónica a pie de campo de un soldado que nunca le dice que no al deber. El mejor festival del mundo recibiendo a la peor persona del mundo. No apto para menores de 38 años.

Ilustraciones de Olivier Cramm

La llepadeta

Españoles, la coca ha muerto. Como sus víctimas de sobredosis, ha caído fulminada, presa de un ataque al corazón severísimo. Está ahí, ¡en el suelo, joder!, ¿no la veis? La coca retorciéndose espasmódicamente; la coca tosiendo sangre; la coca se nos va, doctor Benway. Y es que han cambiado las tornas. Los críos no inhalan, solo chupan. Así, con el dedito. Si todavía no os habéis percatado del cambio de mandato en La República Dependiente del Estupefaciente, grabad estas palabras en el quicio de vuestra puerta con una daga albaceteña: la diosa Farlopiña ya no pinta nada en el mejor festival del mundo.

Cierto es que las condiciones climatológicas no contribuyeron a que los adeptos desenfundaran el polvo. Y los váteres nunca fueron la respuesta. El fatuñero de festival se revuelve con suma incomodad en las estrecheces de los lavabos químicos. De hecho, contra lo que dicta la lógica, el consumidor ducho no gusta de buscar cobijo en la sordidez de las letrinas; el sibarita de la cleca rehúye las fosas sépticas por una cuestión de principios y/o morbo, pues vive como una epifanía el cosquilleo perineal que le produce la excitación de esnifar a la intemperie, escondido tras un matojo, a la vera de un cactus. No obstante, ante los falsos augurios de Apocalipsis climático —los putos hombres del tiempo nos metieron el miedo en el cuerpo, un rayo les parta en dos—, los gramos se mostraron tímidos, no erupcionaron y apenas vertieron su gravilla estimulante al exterior. Los mismos pollos que años atrás ondeaban al viento como castañuelas, esos gramazos relucientes que tintineaban como címbalos new age entre los dedos de los felices melómanos, devinieron en el PS 2014 en la nota exótica, una pequeña e imperceptible distorsión en un cosmos infinito de cristal.

No había narices, nunca mejor dicho, de volcar la nieve sobre una billetera y arriesgarse a perderla en el horizonte por mor de una ventolera inopinada. Quién sabe, a lo mejor te comiste sin saberlo una de estas espirales flotantes de perico que las ráfagas de mistral arrebataban a sus dueños para inseminar las napias de los demás, en uno de los actos más democráticos y altruistas que se han visto nunca en el mundo de la cocaína. Pero la realidad es que el farlopero es un ser individualista que aborrece compartir (y por supuesto desperdiciar) su preciado maná: ante la posibilidad de que la harina mágica acabara en tocha ajena o alimentara a los marrajos del litoral barcelonés por capricho de Eolo, el fan de la tiza prefirió salvar los muebles, apostar por roca ganadora e integrarse en la colonia de termitas ojipláticas que se pasaron el festival royendo disciplinadamente guijarros de MDMA como si fueran madera seca.

Por suerte, el Primavera 2014 será recordado por mi parte por el descubrimiento de lo que llamo el consumidor maduro. Que yo sepa, el público de este festival es humano y envejece con el paso del tiempo. Las nuevas generaciones, pues, se mezclan con veteranos de guerra con más cicatrices que los pezones de Pamela Anderson. Tenemos, por ejemplo, a grupos de Mari Pepas, es decir solteronas en grupo que rebasan los cuarenta pero siguen siendo indies y se niegan a acabar en el Imperator beodas y desparramadas en una butaca de ante rojo. Y también tenemos a los grupos de consumidores maduros, los que me interesan. Se trata de cuadrillas —generalmente masculinas, rara vez mixtas— de tipos curtidos en esto de meterse que ya no están para hostias. Sus drogas son siempre refinadas y de gran calidad, y suelen ser administradas por un miembro del grupo bendecido con la sensatez que se encarga de racionar las dosis y alternar los distintos tipos de droga con el tacto y la templanza del que se ha comido muchos ataques de ansiedad por culpa de un speed barato. Ahora rayita de esto. Ahora cuartito de esto antes de la birra. Ahora toca porro. Tsst, ¡ahora esto no!. Ahí está, jefe como pocos. Treinta y tantos, paciente, sereno, el consumidor maduro ya está aquí y ha venido a darte una lección: se habrá metido tanto como tú chaval, habrá llegado más tarde a casa que tú chaval, ¿y sabes qué?, el domingo por la mañana fresquísimo en el parque recogiendo la caca del perro y comprándole un Cornetto al sobrino, chaval.

"Las piedras marrones que media Barcelona engulló el fin de semana parecían obra de Walter White. Y le dio al festival un revestimiento de felicidad irresistible"

A lo que iba. Escuchad mi voz cavernosa: este año, en el Primavera Sound se ha proclamado definitivamente la Era de la Llepadeta. ¿Qué es el término catalán llepadeta? Quizás, la traducción más cercana sería la chupadita, describe un movimiento asombrosamente fluido —intuitivo en los casos de fiesteros más consumados— gracias al cual el portador de la rocalla extasiante introduce con sigilo felino el índice en una bolsa minúscula. No es cosa de dos días dominar los tempos. Se necesita la gracilidad de un bailarín afeminado de la Academia Vangova para hincar en el gramo el dedito convenientemente humedecido, girarlo un par de veces con el noble objetivo de rebañar una buena costra de Eme e introducírselo en la boca sin que la acción levante las sospechas de los festivaleros circundantes.

Pero el crápula que escribe estas líneas es una comadreja resabiada y sabe detectar las llepadetes hasta de reojo. Juro por el jersey de los Raiders que escondía las turgencias de la guitarrista de Haim que en todos los puntos cardinales del Fòrum se percibía el trajín digital de las hordas del MDMA. Habría sido una descortesía por mi parte no dar cuenta de dicho fenómeno, de modo que en un acto de solidaridad que me sigue sobrecogiendo, concluí que había que unirse a la ola de amor puro vía directa, esto es: llepadeta mediante. Y tan puro fue el amor, pero tan puro, que la noche del viernes me encontré en primera fila del Boiler Room gritándole a Ángel Molina que quería un hijo suyo, mientras mi pupila izquierda seguía las psicodélicas proyecciones de aquella burbuja diseñada para intensificar el ciegarral y mi mandíbula se abría y cerraba en intervalos de 30 segundos como una trampa para osos. La noche del sábado, bueno, tendría que hacer una sesión de hipnosis para recordarla, y el doctor Fassman está muerto.

El cristal zafiro del año pasado ya es historia. No es que lo echáramos de menos. Las piedras marrones que media Barcelona engulló el fin de semana parecían obra de Walter White. Aquella mierda era realmente poderosa e intensa. Corta, de acuerdo; exigía cierta constancia en la ejecución de llepadetes para mantenerse ahí. Pero funcionó. Y le dio al festival un revestimiento de felicidad irresistible, intensificado, eso sí, por un cielo monstruosamente bello que se cernía sobre los escenarios, a punto de engullirnos y llevársenos a todos al diablo… pero no. Fue un vértigo casi sexual que se estuvo ahí, tensando pepitillas. hasta la última noche. Para entendernos: la imagen final de “Un Tipo Serio” justo antes de los créditos. Llamadme sentimental, será que me hago viejo, pero me dejé embriagar por la mística de los elementos en la tarde-noche del Fòrum. Como telón de fondo, la luna convertida en una gran pupila blanca, velando por sus soldados, perlándoles los ojos, iluminándoles el camino… La Era de la Llepadeta, señores.

El normcore con sangre entra

Sí, llovió. Todos lo sabemos. Pero sobrevivimos, ¿no? Muchos acabaron calados hasta la, ejem, nariz y tuvieron que abastecerse de ropa de abrigo seca en los tenderetes para no volver a casa con dos pulmonías y un tifus de propina. Lo cierto es que el aguacero prácticamente no afectó al discurrir del festival, pero hizo añicos las ilusiones del hipster, bajándole los humos a it girls y modernos mariposones, desmantelando a lo bruto los complejos outfits que la parroquia modernilla estuvo preparando minuciosamente la semana anterior con la precisión y dedicación de un miniaturista. Qué regocijo verles sufrir. Cuánto placer extraje de esos ceños fruncidos por culpa un jersey sport comprado a toda prisa en el tenderete de camisetas, de un anorak de pobre del Dectahlon.

"Jamás se había visto tamaño tsunami de normalidad sport en los pastos del PS. Los abrigos Quechua destronaron a American Apparel"

Lo que ya se conoce como el modelito del Primavera quedó reducido a cenizas porque a Dios le apeteció orinar durante un rato sobre las coronillas de todos nosotros. Me consta que existen muchos energúmenos que dedican horas a confeccionar los atuendos de cada día de festival. Los hay que ponen muchas más ilusión en sus trapitos que en los horarios de las actuaciones. Imagino el doloroso bofetón que supuso para ellos tener que embutirse en la mediocridad de la ropa de abrigo improvisada: el postureo sodomizado con violencia por la ira del trueno viquingo. Ser uno más en el Primavera Sound es jodido, especialmente cuando Mario Picazo te pone un revólver en la sien y te dice que el Katrina está entrando por la Diagonal espoleado por los Cuatro Jinetes del Apocalipsis y el cantante de Immortal. Los mejores peinados al traste. Melenas rizadas por la humedad como pelos de coño venezolanos. Graníticos tupés convertidos en tortillas poco hechas por las precipitaciones. Dolor. Mucho dolor.

Lo que en otras ediciones parecía un episodio de Quién Quiere Casarse con mi Hipster, este año adquirió un tono totalmente opuesto. Imagina al estilista de Jerry Seinfeld encadenado en la entrada del recinto, con un miliciano salvadoreño chaladísimo acreditado por la organización, poniéndole un cuchillo en el globo ocular y obligándole a vestir a todos y cada uno de los asistentes al festival: solo así te harás una idea aproximada de la deflagración normcore que el terrorismo climático desató en los mismos intestinos del Fòrum.

Fue un normcore a hierro, fascista, nadie osó rechistar el dictado de los elementos. Por momentos el festival se convirtió en una convención de senderismo. Jamás se había visto tamaño tsunami de normalidad sport en los pastos del PS. Los abrigos Quechua destronaron a American Apparel. Los charcos negruzcos tiñeron de hollín las Vans y perneras del personal, que parecía venir de pisar fetos putrefactos. Los chubasqueros chungos de repartidor de Sapri colorearon el patio de butacas. Estratos y estratos de tela gris y monótona. Hoodies átonos. ¡Bufandas por Dios! Vi a Ramón García con su capa. A Leandro de Borbón y su chaqué. A George Costanza y sus jumpers de lana con camisa por dentro. Hubo gritos, claro que sí. Mis aullidos de alegría perdiéndose como pastis en la lluvia.

Un segundo… Antes he dicho que nadie se atrevió a chistar a los elementos. Miento. Hubo rebeldes que, embravecidos por la ingesta de sustancias y el gota a gota de cerveza, optaron por pasearse en pleno tifón como si estuvieran en el camping La Ballena Alegre. Allí había tipos giradísimos que se enfrentaban al chaparrón a lo loco, es decir con bermudas y camiseta, algunos a pecho descubierto, lo juro, totalmente ajenos a la amenaza de la neumonía que ahora mismo está matándoles. Con un barniz impenetrable de alcohol rancio y éxtasis de la Zona Franca protegiéndoles la piel de las inclemencias, dichos inadaptados sembraron el pánico en los minutos de monzón con sus desafiantes atuendos playeros. Todo mi respeto para esos valientes que durante el concierto pasadísimo por agua de John Grant chillaban semidesnudos por la gravilla reblandecida y encharcada, mientras el resto de la humanidad languidecía aterida por el frío y la lluvia bajo toneladas de chubasqueros, abrigos, paraguas y aburridos jerseys.

Dios Nuestro Señor dispuso que no habría piedad para el postureo en el Primavera y así fue. Los zombies del normcore se arrastraron por el lodo, pero eso no significa que no hubiera momentos para rendir culto al yo. El stand de Eastpack era un espectáculo hipnótico, como ver duendecillos jugando al badminton en las areolas Raquel Mosquera. Los ideólogos de aquel rincón son unos genios, pues colocaron ahí un caramelo demasiado sabroso para la modernité: un fotomatón. Digamos que aquello se convirtió en una suerte de photocall no oficial por el que desfiló con disciplina castrense toda la fauna molona del evento. Colas de modernos aquejados por el síndrome de abstinencia normcore, esperando a darse un pequeño chute notoriedad al acogedor calorcito de los flashes en uno de los stands que, claro está, lo petó más fuerte.

"Juraría que también vi a Aldo Comas y por un momento fantaseé con acercarme a él y pedirle el número de teléfono del novio de María Forqué, de profesión faquir y creativo. Seguro que son amigos."

El indie rapper también tuvo tiempo de florecer entre tanta calamidad. ¿Cómo? ¡No conocéis al indie rapper! Dejad que os hable de él. El indie rapper es un indie blanco que no escucha hip-hop pero actúa como un rapper cuando va a con ciertos de rap en festivales. Lo pude comprobar en mis carnes durante la actuación faraónica de Kendrick Lamar. Hablo de tipos que podrían pasar por fans de The XX. Aunque tienen el aspecto de un teclista de Manchester, travisten su gestualidad en una exhibición de bipolaridad asombrosa, y por arte de magia se mueven como si hubieran nacido en Compton. Gestos estridentes con los dedos, boca torcida de perro rabioso, rapeados imaginarios al aire, saltos bounce con la mano derecha emulando una pistola. Hay un je ne se quoi en la asimetría galopante que separa su expresión corporal nigga de su aspecto Graham Coxon que me vuelve loco: rezo por el día que al indie rapper se le crucen los cables y empiece a bailar como 50 Cent y disparar con los dedos en un concierto de Los Planetas.

Por cierto, quizás se trata de una apreciación distorsionada por los excesos, pero no dejé de encontrarme por el festival a tipos disfrazados de mujer. Todos británicos, además. Había uno que hasta iba escoltado por un pequeño ejército de marineritos a los que Jean Paul Gaultier prestaría gustoso su túnel del Cadí. Juraría que también vi a Aldo Comas, que iba sin zorro en la grupa, y por un momento fantaseé con acercarme a él y pedirle el número de teléfono del novio de María Forqué, de profesión faquir y creativo. Seguro que son amigos. Fueron los disfraces más llamativos, Aldo Comas incluido, aunque en la zona VIP contemplé el futuro de los complementos capilares. Un mastuerzo valenciano se ganó mi cariño más absoluto al ponerse un gorrito de jockey. Hípica, sí. Una piececita delicada y ridículamente pequeña. Desconcertante. Vanguardista. No se quitó aquella maravilla en toda la noche. Dicen que de camino a la sesión de clausura de DJ Coco, el jinete ché corría raudo al escenario Ray-Ban cabalgando un pura sangre imaginario.

Memorabilia lisérgica

"Un estallido de estrógeno fresco con aroma a bronceador barato que atraía a depredadores en las últimas hechizados por el rastro cobrizo de la sangre spring breaker"

Seguramente, en su particular tránsito hacia la gloria, el del gorrito de hípica tropezó con uno de los objetos más omnipresentes del festival. Me refiero a unos orbes harto enojosos que a lo lejos parecían huevas de architeuthis, pero al acercarse a tu posición, flotando en la ventisca, se tornaban balones hinchables transparentes. ¿Quién estaba repartiendo pelotas de playa a los peregrinos que se dirigían al recinto? Tuve que arrebatar una de esas misteriosas esferas traslúcidas a un grupo de ingleses borrachos que jugaban con ella al fútbol, para leer como es debido las inscripciones que la adornaban. Catalans want to vote. 9N. Sudor frío. Balones de playa hinchables de propaganda pro referéndum. Independentism goes Nivea. Y las drogas todavía no habían empezado a hacer efecto.

No fueron los únicos objetos que captaron mi atención. Hay dos ítems a destacar en este festival que a más de uno le salvaron la vida: los tapones para los oídos y los cargadores para móvil. Los primeros podían adquirirse en unas máquinas dispensadoras que ocasionaron más de un quebradero de cabeza a los cerebros más horadados. Y es que fueron muchos los que confundieron las máquinas de tapones con máquinas de condones. Estoy convencido de que algún tajado llevó las apuestas a otro nivel, se negó a aceptar la realidad, decidió que los tapones eran un prototipo futurista de preservativo y se los introdujo por la uretra a ver qué tal. Creo que también vi a alguno con los tapones en la nariz: medidas cautelares.

En cuanto a los cargadores portátiles de móvil —Dios los bendiga, bla, bla, bla—, debo admitir que me dediqué con dedicación de pervertido a observar desde lejos el espectáculo que desde uno de los stands de Plug Go daban sus turgentes, prietísimas, níveas y saltarinas dependientas. Aquello sí que eran baterías cargadas, joder. Un grupo de amazonas púberes enfervorizadas bailaban como locas en el interior del tenderete con música dance a todo volumen. Una discoteca chalada, un estallido de estrógeno fresco con aroma a bronceador barato que atraía a escualos de toda suerte, depredadores en las últimas hechizados por el rastro cobrizo de la sangre spring breaker y las coreografías incansables de las veinteañeras del stand —estuvieron toda la noche dándole al Twist—. Lo mas delirante del cuadro es que el show de las cachorrillas de Plug Go tenía lugar en una superficie de baldosado inestable, lo que ocasionó el constante tropezar de los pazguatos que no sabían babear y caminar al mismo tiempo.

Terror en la cañada II

La gente de la cañada ha evolucionado. Modernillos de Mierda no habla gratis y cuando avisó de la existencia de estos engendros inhumanos en el especial Primavera Sound del año pasado hablaba muy en serio. Los que se han preocupado de escudriñar los márgenes silvestres del festival, esos montículos sombríos sembrados de cañas, humedad y compresas usadas, habrán detectado a los miembros de esta tribu. Para los que todavía no lo sepan, la gente de la cañada es una sociedad silvestre formada por una subraza de pastilleros colgados que llevan ya dos años viviendo en los bosques del Fòrum, pues todavía no ha encontrado o no han querido encontrar la salida del festival. En este tiempo, lo salvajes de la cañada han aprendido a adaptarse a su entorno, no solo mimetizándose con los arbustos como camaleones para robar gramos y paquetes de tabaco a los de los incautos que se alejan del camino, sino ejercitando sus habilidades acrobáticas para desplazarse a lugares donde antes no llegaban. Sí, son más listos, y sí, los tienen más grandes.

"La gente de la cañada debe ser neutralizada de una vez. Aprende. Se adapta. Nos pierde el respeto. Y tiene hambre de estupefacientes"

Ahora la novedad aterra. La gente de la cañada ya no se esconde en los claroscuros de la jungla. La gente de la cañada escala los muros del festival, ¡y se deja ver! No miento. Seguro que te encontraste con algún bosquimano encaramándose cual mono tití a los muros embaldosados que se elevan varios metros en dirección los niveles superiores de la ladera. Introducían sus deditos evolucionados en las pequeñas ranuras que hay entre baldosa y baldosa, y subían y subían hasta arriba del todo ante el estupor de los festivaleros, que les reían las gracias sin saber que aquellas alimañas caerían sobre ellos desde las alturas para arrebatarles el frankfurt, la china de costo o la novia, como los monos de Gibraltar.

La gente de la cañada debe ser neutralizada de una vez. Insisto, su exhibicionismo escalador no es más que la muestra de que evoluciona a velocidad de vértigo. Aprende. Se adapta. Nos pierde el respeto. Y tiene hambre de estupefacientes. Cada vez más. Solo un barrido con napalm certificará la extinción de estos pigmeos drogotas. Si no les paramos los pies, en cuestión de meses dichas criaturas habrán aprendido a fusionar los átomos del aceite de caña con los remanentes radiactivos de farlopa y cristal recopilados a lo largo de los años, y recibirán a los asistentes al Primavera Sound 2015 con rifles de gravitones, dagas antimateria, cañones de plasma y un clon de Arán Aznar con rayos láser en las tetas.

Fiebre del sábado noche (y del domingo por la mañana)

Las piernas me tiemblan como espigas sometidas a la ventosidad enfurecida de un kraken. Parezco Gandhi. No me defeco encima de milagro. Gracias a Dios todavía tengo control sobre mi esfínter. Por ahora, es el único músculo que no me toma por el pito del sereno. Espero recuperar el mando del resto de mi cuerpo con el paso de los días. Las secuelas del sábado noche han sido demoledoras. Escribo estas líneas a las 2:54 de la madrugada del lunes al martes y me siento com si Dios se hubiera cagado en mi cabeza. Carambolas, idas y venidas, zona VIP, encuentros con farmacias andantes, capoeira en las primeras filas de Caetano Meloso, vacíos de memoria a lo “Memento”. Han pasado cosas tan extrañas que harían sollozar como una niña con paperas a Iker Jiménez. Todavía me pregunto por qué un secreta cacheó en el festival al promotor musical, socio del bar Entresol y empresario de éxito de Barcelona Jordi Sancho, un pobre diablo que la única droga que llevaba encima era un paquete de Smint. “Aquí huele a marihuana, huele, huele. ¿Llevas marihuana chaval?”, le decía el intrépido agente. Todavía me sacudo la perplejidad cuando recuerdo las carreras de tipos en silla de ruedas que tuvieron lugar en el descampado del escenario Heineken, un “Fast & Furious” de tullidos en toda regla. Todavía busco al dueño del muñeco hinchable de Bob Esponja para decirle que me jodió varios conciertos y preguntarle cómo diablos se las apañaba para estar en todas partes, el muy hijo de puta.

Estoy ante un puzzle aturdidor en forma de flashes en espiral del que intento juntar las piezas sin éxito. Si alguien me vio el sábado entre las 3 y las 6 de la madrugada agradecería que me dijera qué demonios hacía, con cuántos travestis iba y cuántas manchas de sangre llevaba en la camiseta. Si alguien sabe por qué amanecí en casa con una careta de DJ Coco entre las sábanas será gratificado por cualquier información que arroje una luz al misterio. Seguidamente esto será lo único serio que escriba en este texto, pero no puedo desplomarme en la cama sin dar antes las gracias al Primavera Sound y al tipo que me llevó a casa el sábado, si es que alguien me llevó a casa. Buenas noches. Hora de abdicar.

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