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Modernillos de Mierda

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Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, la resurrección de las mascotas hipsters

Óscar Broc

10 Marzo 2014 10:41

La broma de las mascotas hipsters ha llegado demasiado lejos, lo hipster en general se ha desmadrado, y hace falta poner orden. Por eso, resucita Modernillos de Mierda para meter en vereda a mucho coleccionista de reptiles, arañas y gatetes. Basta ya.

Prólogo: “He vuelto”

Cueva de los Tayos, marzo de 2014. La selva de la cordillera del Cóndor envuelve a la expedición en un amnios de maleza mesozoica, mosquitos enloquecidos y un vapor húmedo e irrespirable que mana del sustrato, como las neblinas que exhalan las alcantarillas de Nueva York. Las botas, convertidas en una tempura costrosa de mierda y lodo, se hunden pesadamente en una alfombra marrón palpitante, estratificada en capas y capas de vegetación podrida. Aplasto el enésimo mosquito, dejando un minúsculo amasijo de alas, patas y vísceras machacadas en mi pescuezo. He llegado a la boca de la cueva, una caries laberíntica que horada la roca ancestral hasta alcanzar las mismísimas entrañas de Ecuador.

Los guías hovito han dejado de caminar hace varios minutos. Son una mancha borrosa cada vez más lejana a mis espaldas. La convocatoria es para un solo hombre. Así es como debe responder el Brazo Ejecutor a la llamada. Ningún indígena en su sano juicio accedería a la caverna, pues nunca más volvería a ver la luz.

Entro. Las paredes se sacuden el manto de murciélagos al ritmo de mi avance y muestran pinturas rituales en una sucesión secuencial insondable que recuerda a un cómic prehistórico.

Dibujos hechos con sangre reproducen con un realismo asombroso imágenes aberrantes de bestias mitológicas y objetos de poder de la modernité: Lena Dunham domesticando las pulgas de su sobaco; un bicicleta fixed con un pollón rugoso de cuero negro en lugar de sillín; un potorro selvático de American Apparel devorando con su maleza inguinal las fronteras de un escuetísimo tanga; Miranda Makaroff haciéndose fotos raras en la sección de sepias congeladas del Lidl; Pharrell con un gorro de la Policía Montada de Canadá; Aldo Comas con su bufanda de zorro a punto de ser eviscerado por una horda de bebés antropófagos en los premios Poya ante un público sediento de hemoglobina. El Jardín De Las Delicias pintado por Rob Zombie.

Sigo caminando. La antorcha no puede contener los vaivenes de la llama y proyecta sombras amenazantes hasta que alumbra el huevo. Un huevo del tamaño de un todoterreno. Un óvalo rugoso recubierto de musgo reseco y guano. El huevo se resquebraja, de su interior sale un clon de Paco de Lucía desnudo. Sin un solo pelo en el cuerpo. Coronilla salpicada de fragmentos de cáscara. Dentadura renovada. Aliento de Smint clorofila. Jambas empapadas de un gel viscoso que se deposita en torno a sus pies formando una charquito de mocos traslúcidos en el suelo. La Bestia suele resucitar celebridades recientemente fallecidas para enviar el mensaje. Se sabe desde tiempos inmemoriales que disfruta con estos juegos macabros. Yo esperaba a Philip Seymour Hoffman, pero se ha decantado por el guitarrista gaditano en un giro castizo impredecible. El clon se acerca dejando un rastro de hiel. Lleva algo en la mano. La pesadilla palpita entre sus dedos goteantes.

Desde la sangría que separa los infinitos universos de la Creación, el octópodo justiciero, el kraken cósmico, el mazo del gilipollismo hipster ha despertado. Se ha puesto manos a la obra nada más recobrar la conciencia y ha enviado a un facsímil de Paco de Lucía en un huevo interdimensional a este plano existencial, para que me entregue en mano un trozo de papel amarillento. En cuanto me lo da, el homúnculo se consume como un globo soltando todo el aire de golpe. Su pellejo perdiéndose a pedorreta limpia en la negrura de los Tayos.

Espero a que la cueva recobre su estado silente y examino el papel escrupulosamente doblado, de una calidad suprema, el tipo de papel que utilizaría Joseph Ratzinguer para enviarle una carta de amor a Liberace. La caligrafía es goyesca, barroca, curvilínea. Es caligrafía de mariquita muy pero que muy mala. Siento un frío perineal al leer su contenido. “HE VUELTO”, reza el papel. En el reverso, el remitente se ciñe a tres letras para identificarse. Me hinco de hinojos, aprieto los dientes hasta hacerlos rechinar, el esfínter va por libre. Un trueno sacude la bóveda celeste. Cientos de monos tití empiezan a gritar como niños retrasados en un matadero. Devuelvo la vista al papel para cerciorarme. Firmado: MDM.

1. Modernillos de Mierda repasa la actualidad

"Leo en SModa que criticar a los hipsters es hipster. Una especie de palíndromo mental enfermizo que me lleva a pensar que los que critican a los que critican a los hipsters no tardarán en ser tendencia"

Ahora que Prince ha dejado a la mitad de la población femenina adolescente de Saigón sin vello púbico para hacerse los injertos de afro que luce en la coronilla, ahora, justo ahora, es el momento de llorar como plañideras lo que no supisteis defender como buenos soldados. Modernillos De Mierda ha tenido que volver porque así lo exigían las costuras de la realidad, totalmente deshilachadas por culpa de la infección hipster que no habéis sabido contener. Porque así lo exigía una población agotada por la lucha y necesitada de un líder que sostuviera el mazo con una mano, el machete con la otra y soltara velocísimos jabs al contendiente con el mismísimo prepucio. Así, pum, pum, pum, por sorpresa. Es la forma de actuar de Modernillos de Mierda: a traición, sin avisar, dejándose el respeto en la guantera.

Gracias a la rápida intervención de Javier Calvo, leo en SModa de El País que criticar a los hipsters es hipster. Una especia de palíndromo mental enfermizo que me lleva a pensar que los que critican a los que critican a los hipsters no tardarán en ser tendencia y por tanto serán también hipsters en menos que canta un Vincent Gallo. Así pues, ¿quién crítica a los que critican a los que critican a los hipsters? Who watches the watchmen elevado al cuadrado? Una caracola mind fucker que nos conduce a un metahipsteriato gobernado por un loop insostenible. En serio, ¿que demonios ha pasado en la ausencia de está columna? ¿Nos hemos vuelto todos locos o qué? Es la hora de radicalizar posturas y hacer daño de verdad. La turbamulta hipster se ha confiado. ¿El grupo Prisa se alía con las barbas? Pues se hace saber que Modernillos De Mierda ha vuelto a la ciudad y la confusión se tornará riguroso orden en un nuevo régimen militar que disparará donde más duele. Una, dos y tres veces. Joder, vaciará todo el cargador si es preciso.

Abro el periódico y me percato de la magnitud de la hecatombe modernilla. La retirada de MDM del campo de batalla ha sido el clic que necesitaba la sinrazón hipster para inflar papo y abrir plumaje, sin miedo a recibir una bofetón de los de antes, con la mano abierta cual pai-pai. ¡David Delfín y Pelayo se separan! Vahídos, chillidos de dolor, los jilguerillos del moderneo capitalino se agitan como moléculas de leche en un microondas a toda pastilla (perdón por la metáfora láctico-seminal, ha venido sola, como un eructo. Lo del eructo tampoco es muy adecuado por lo de tragar, en fin, seguimos). Lena Dunham aparece en la alfombra roja de los Globos de Oro vestida por un daltónico y peinada por la estilista de Lina Morgan, y se produce una avalancha con dos muertos por asfixia después de que algunos curiosos la confundan con el zombi enloquecido de un manatí. ¡Por la barba de tres días de la Pantoja! Las selfies han evolucionado y ahora tenemos en Instagram invasión de braggies, belfies y la madre que las parió. WTF al cuadrado: Shakira y Rihanna fuman caliqueños como Sara Montiel y se palpan las nalgas como si se buscaran los atolones de celultitis en un videoclip sáfico. Nace una web que se titula Hipsters From Spain y resulta que no es una broma, que va muy en serio. “Her”. Un festival indie con Raphael como cabeza de cartel. David Bowie saca la dentadura postiza de un vaso rebosante de sangre de foca, se la encaja en la encía con Blu-Tack y grita por la ventana del geriátrico: ¡Escocia, no te vayas!

No sé por donde empezar. Hago el espejo añicos con el puño muy, muy cerrado. Le doy una tregua a mi cerebro y dejo que mi organismo licue la información para expulsarla a través de los poros en forma de sudor agrio.

Al tajo. Vuelvo a hundir la nariz en una maraña de noticias cada vez más descorazonadoras. Raquel Bollo cortándose las uñas de los pies en el AVE. Fantoches en ARCO comprando un cagarro en una urna de cristal. El barrio del Born convertido en la Jaula de las Locas Barbudas gracias al carnaval avanzado del 080 Barcelona Fashion Week. Urban Outfitters desembarcando en España… Y entonces todo se para. Y veo gallinas. Gallinas perdidas preguntando por papá. Gallinas extraviadas, desnutridas, rotas. Lanzando cocoricós de desesperación al viento. Muchas gallinas.

2. Mascotas en la Era Modernilla: todos somos Gallina

El titular sobrecoge. Manadas de pollos abandonadas por sus amos hipsters en las grandes metrópolis. Gallinas errabundas en la ciudad, cacareos de dolor, ¡Chickens and The City! El evento recuerda sobremanera a las hordas de caimanes que pululaban por las cloacas de Nueva York por culpa de cuatro tuercebotas que, espoleados por la nube de cocaína de los 80, quisieron impresionar a las visitas con sus lagartos Juanchos de estar por casa para luego arrojarlos por el váter.

Según el artículo, se ha puesto de moda entre los hipsters urbanos tener gallinas como mascota y de paso saborear sus deliciosos huevos ecológicos recién puestos. La parida ha tenido vigencia hasta que las pitas han dejado de verter huevos a la atmósfera y sus dueños tatuados han reparado en que es una jodienda mantener un ave terrestre de estas características a cambio de nada. Así que, en cuanto las estúpidas galliformes han dejado de producir y de ser la atracción de las cenitas con los amigos guays, los modernos han abandonado a sus fieles compañeras en centros de acogida gallináceos –los más bondadosos– o simplemente las han dejado la buena de Dios en las calles de su ciudad para que experimentaran el sueño americano en sus propias pechugas –los más despiadados–. Necedad y mezquindad fusionadas a la perfección en el enésimo despropósito modernillo. Good job, hipster.

La estulticia moderniqui ha alcanzado un grado de refinamiento mongoloide tan sumamente elevado que ya no sólo castiga a los humanos circundantes, que no es poco; desde hace cosa de dos años, unos seres desvalidos e inocentes se han convertido en objeto de las más retorcidas torturas por parte del tontaina de los piercings y el tupé. Moderno, presta atención: se llaman animales y esa cosa conocida como Ciencia dice que sí, que están vivos, tienen cerebro –seguramente más que tú– y padecen como cualquier homo sapiens. Aunque tamaña revelación te deje noqueado y tus sentidos se revelen ante lo inconcebible, lo que tú llamas mascota no es un juguete, una Tablet, una zapatilla edición limitada o un bolso de mano. Es lo mismo que tú: un amasijo de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno con patas.

"Es muy feo someter a un encierro agónico a animales que no están ni preparados para ser mascotas, ni acostumbrados a compartir existencia con humanos"

La trinchera de las mascotas era un bastión que consideraba inmunizado al napalm del moderno. Hasta ahora, compartíamos vida con nuestros fieles escuderos moviéndonos por motivos puramente sentimentales y motivaciones de lo más humildes: nunca se nos ocurrió considerar opciones más allá de pajarillos, chuchos, hamsters, tortugas de California y mininos. En la relación con nuestros amiguitos no existía el menor atisbo de interés o postureo. El amor por ellos era sincero y estaba preñado de modestia, pues no trascendía las fronteras de la normalidad. Tan sólo queríamos una vida plácida junto a nuestras fieles mascotas mainstream. No se nos pasaba por la cabeza rebasar lo límites imaginarios del sentido común mascotil y compartir tresillo con un dragón de Komodo, una tarántula urugaya o el bullicioso critter de compañía de Jabba el Hutt.

Es muy feo someter a un encierro agónico a animales que no están ni preparados para ser mascotas, ni acostumbrados a compartir existencia con humanos. Es más feo todavía blandirlos como excusa para ascender a toda prisa en la escala social modernilla. ¿Qué gracia tiene salir a la calle con un erizo? ¿Cuándo se convirtieron los tamaños de perro en tendencia? ¿Dónde está el hipster animalista cuando se le necesita? ¿Dónde está el moderno que compra latas de atún pescado con red anti delfines y va a protestas contra las corridas de toros? ¿Y las asociaciones de defensa de los animales? ¿Qué hace la PETA aparte de propiciar chistes de ojetes maltratados y juegos de palabras con una golosina en grano que explota en la boca?

El moderno ha conseguido algo meritorio. Por una parte nos ha hecho creer en su sensibilidad medioambiental y su amor por la naturaleza; por la otra, no tiene reparos en convertir animales inocentes en vallas publicitarias de su arrolladora personalidad y estilo. Me gustan los huevos ecológicos y no contribuyo al maltrato gallináceo de las grandes corporaciones hueveras; eso sí, en cuanto pare de poner, a tomar por culo el pajarraco.

Modernillos De Mierda va a golpear muy duro, los comentarios de indignación lloverán en tromba, porque voy a tocar a las mascotas de la gente que se cree guay. Será muchos los ofendidos, oh sí. Porque cuando digo tocar digo abusar, violar, aplastar. Clavar la daga hasta el fondo y retorcerla. Los animales no han hecho nada para ganarse el maltrato de la peña moderna. Un tritón no tiene por qué languidecer en una urna de cristal apestada a porro porque al DJ de moda de Madrid le gusta fardar de reptiles cuando sube pericas a casa. Hay que enterrar vivo al inventor de la fiebre de los gatetes. Los perros no son runners. Felinos sin pelo es de nazis. Es preciso mantener alejados a los modernos de los animales para que no se produzcan gallicidios como el que nos relata el Daily Mail. El postureo con animales no tiene perdón de Dios, por eso estamos juntos en esto, porque ahora más que nunca… ¡todos somos Gallina!

3. Mascotas absurdas: gasto inútil

La rata raver tiene la culpa. En los 90, las mascotas extravagantes eran patrimonio de una minoría de colgados asiduos a las raves, afters ilegales y otros ruedos prohibidos (y podridos) del techno. Por aquel entonces, y siempre a partir de alguna hora intempestiva, cuando la quijada iba por un lado y el cerebro por el otro, detectabas en la pista a algún hippy del minimal con tatuajes cyberpunk, cabello revuelto con mechas, gafas de sol futuristas y calzado de plataforma. El clásico deshecho sin oficio ni beneficio cuyo único modo de llamar la atención era ponerse a bailar con una rata domesticada recorriendo su deltoides y trapecio. La visión del roedor despertando el asombro de los clubbers era reveladora: aquel tipo al que le habrías facilitado la dirección de un buen estilista y una larga sesión de bofetones con guante de señora en ambos carrillos, se convertía durante unos minutos y contra pronóstico en el rey de la fiesta merced al postureo ratonil. Ahí está el germen. Sin saberlo, los crusties bakalas noventeros y sus ratas ravers se convirtieron en la avanzadilla de un delirio que ha cristalizado en los últimos tiempos. La mascota absurda había nacido, pero en con la espesa neblina de pastis y farlopa de la época -entono el mea culpa- no nos enteramos.

La esencia de tener una mascota, la que me explicaron a mí cuando la sensatez era un bien común y no un privilegio repartido en cuentagotas, es conseguir la compañía y amor de un animal capacitado para empatizar e interactuar con su amo, que haya un mínimo de reciprocidad en términos de cariño. Hasta hace poco, poseer un animal de compañía se ceñía a razones puramente afectivas, a la magia de crear un vínculo inquebrantable entre una bestia que jamás te traicionaría. Quizás es una ilusión, seguramente lo único que quieren los perros y gatos es que los alimentes, pero para hablar de mascota con pleno significado, debe producirse el espejismo de que existe un lazo entre humano y bicho.

"La mascota absurda es la anti-mascota. Es tener un mueble bonito en casa. Un mueble que casualmente respira, come y defeca."

Como cabía esperar, la modernité no lo ha pillado, o si lo ha pillado lo ha encontrado demasiado average, lo que ha generado una preocupante necrosis en la hasta ahora sana relación entre mascota y amo. Un vínculo afectivo más allá de lo racional, casi místico, se ha reducido en el mundo modernillo a una gélida relación persona-objeto de consumo. El bicho se suma al amplísimo catálogo de recursos del hispter para epatar al resto de la humanidad. Es un reclamo visual, poco más. La inteligencia del animal de compañía, algo sumamente apreciado por los que quieren un aliado que no responda a las carantoñas como si fuera un tostadora, ya no es lo más importante. Ni siquiera su adaptabilidad a la vida urbana es un factor decisivo. De hecho, para un moderno de pro, cuanto más estúpido, simple e inexpresivo sea el animal, mejor. Cuanto más desapego muestre hacia sus seres queridos, más reafirmado se sentirá su comprador. Cuánto más cuidados necesite para sobrevivir en un entorno que no le pertenece y más pasta cueste el tinglado, más reiremos todos.

La mascota absurda es una moda. Se lo das todo y ella no te da nada. De hecho, ni sabe que existes. Le importas un puto carajo. Al hipster se le ha quedado pequeño el formato perro-gato. Su afán por ser el tipo más cool del universo le ha llevado a forzar la naturaleza a su antojo, esclavizando en su casa a animales exóticos a los que el Universo no diseñó para compartir experiencias vitales con el hombre. La mascota absurda es la anti-mascota. Es tener un mueble bonito en casa. Un mueble que casualmente respira, come y defeca. El objeto molón que siempre enseñas a los amigos, y cuyas instantáneas cuelgas una y otra vez en Instagram. ¿Quién quiere fotos de labradores en la playa cuando puede tener muchos más likes con la imagen de una pitón zampándose una rata en el bidet?

4. Tattos, piercings y escamas: la noche de la iguana

"Cuando todos los modernos tatuados con piercings abandonen a sus reptiles y cobras en el parque más cercano para cambiarlos por el nuevo bicho de moda, apreciaremos el horror en toma panorámica"

Eres DJ, pronuncias la palabra tronco cada cinco minutos, llevas camiseta de tirantes negra para que se te vean todos los tatuajes del brazo cuando pinchas, te has puesto dos platos de postre en las orejas como piercings y te voy a decir más: seguro que tienes reptiles en casa. Se desconocen las causas por las que los lagartos causan tanto furor entre los modernos del house tribal, pero es un hecho que la gente tatuada, con peinados goth, clavos en la cara y gorra Huf se pirra por los bichos de sangre fría.

Por alguna razón, los modernos que van de esta guisa por la Tierra sienten la inexplicable necesidad de vincular su imagen a la de reptiles amenazantes y chungos. Quieren que su aura de chicos malos alcance un mayor grado de solidez merced a sus extrañas mascotas. Nada mejor para dejar flipada a la sociedad que decirle en la puta cara que mientras ella se conmueve con las volteretas de un fox terrier malcriado, los outsiders que viven la vida al límite de verdad se acuestan con pitones y culebras, y tiene mucho más estómago que el resto del mundo, pues se atreven a tocar y chupar a esos pequeños bastardos, auténticos cabrones que a la mínima posibilidad no dudarían en picarles y escapar por el sumidero.

No tengo nada contra las culebras, iguanas y similares, pero antes preferiría tener en casa una marsopa tetrapléjica o el cadáver embalsamado de Blas Piñar. El reptil es un ser profundamente imbécil, resulta imposible desarrollar el más mínimo afecto por él. Hablo de un pingajo verdoso, feo e inexpresivo que no sabe quién eres, ni tiene la más mínima intención de querer saberlo. Le das igual. Se la sudas exageradamente. De hecho, vete con cuidado si metes la mano donde no debes, porque el lagarto de turno puede lanzarte un bocado mortal y dejarte como herencia una preciosa infección necrótica. Por si fuera poco, su condición de animal exótico te obliga a enchufarlo en un terrario de cristal climatizado que cuesta más que un televisor de plasma.

¿Cuánto durará el idilio de los modernos con las lagartijas y ofidios? Durará lo que tarde algún DJ cantante de rap o actor indie en mostrar su colección de osos hormigueros paquistaníes u okapis con bigote daliniano. Cuando todos los modernos tatuados con piercings abandonen a sus reptiles y cobras en el parque más cercano para cambiarlos por el nuevo bicho de moda, apreciaremos el horror en toma panorámica. Mientras tanto, la common people seguirá odiando estas alimañas viscosas en todas sus variantes con una única salvedad, pues hay un bicho por el que siempre tendremos un respeto desmedido, el reptil patrio por antonomasia, una especie a preservar: la lagarta ibérica.

5. Monos: primos y primates

Dicen que el hombre viene del mono, así pues la extravagante y antinatural moda de tener primates en casa no resulta tan tan descabellada después de todo. De hecho, es un homenaje a nuestro yo más ancestral, una comunión con nuestro pasado genético, un “hola, amigo simio. Estamos juntos en esto, socio”… Una soberana gilipollez que después termina como todos sabemos: monito arrojado por la ventanilla del coche de camino del Baix Llobregat y colonia invasora de bonobos en Sant Feliu y cercanías al cabo de dos meses.

6. Hurones, erizos, ratas y alimañas: el hombre y la tierra

Se conoce que a los modernos de la rama antidepilatoria-antiglobalización-prolegalización del cannabis-salvemos Ibiza se pirran por los animales que más se ajustan a su higiene medieval. El perro desnutrido clásico ha cedido protagonismo a seres vivos muchísimo más nauseabundos. Es como si la facción sobaquera de los modernos naturistas necesitara despertar más y más repugne con sus animalejos a cada día que pasa. Para tal menester, el hipster costroso se tira el día tocando los bongos con dos hurones en la cabeza; se pone tarántulas en la frente a la hora del café; lleva ratas en el bolsillo de la camisa; se compran erizos enanos y no les da de comer después de media noche por si acaso. Se deja querer por la peor estirpe de la cadena mascotil: mustelas malolientes, bichos acostumbrados a la mugre, seres repulsivos, mamíferos de cloaca, cualquier animal que nuestro cerebro vincule a enfermedades campestres, aftas, pus, infecciones y pestazo tendrá un huequecito en el corazón del pobre diablo hipster. Que le aproveche el tifus.

7. Perros subatómicos: el tamaño importa

Cariño, he encogido a los perros. La miniaturización de animales ya es tendencia. Tanto es así, que los chuchos lamecoños, otrora máximo exponente de la pequeñez canina, son el actual equivalente a un gran danés. El moderno ya no quiere perros, quiere juguetes. De hecho en Occidente se conoce a estos bichitos como toy dogs; miniaturas imposibles que ponen en aprietos a la retina humana y son apreciadas no por su perrunidad, sino por sus dimensiones microscópicas. Los microcánidos son el culmen de la memez que infecta a las niñas pijas y a las locas modernas, personajes que redimensionan el concepto de superficialidad a cada nueva bocanada de aire y llevan a su can subatómico encima todo el santo día, a cualquier hora, a cualquier lugar por muy exótico y hostil que resulte para un pobre animal. Niñatas con sus chuchos en los reservados VIP de la discoteca, en la peluquería, en el nuevo lounge café del barrio hipster de moda. Luciéndolos como broches, como piezas de marroquinería. Perritos que jamás han pisado el suelo, que no saben caminar ni falta que les hace. Un insecto peludo con las patitas cada vez más atrofiadas, desafiando su propia genética y apuntando hacia un futuro muy cercano en el que toda la gente molona tendrá su Bobby microscópico: un ser con menos volumen que un dedal; sin patas, sin orejas, sin cola, medio ciego, una simple bolita de pelo para nuestra solapa que se alimentará de nuestra la piel muerta. Nos encaminamos a una aberración genética aterradora, la manipulación antinatural y encogimiento feroz de una especie. Y todo para que un ejército de pijas hipsters y mariquitas malas modernas puedan lucir su toy dog en el Primavera Sound sin que el bicho les moleste. Unos hijos de perra, o mejor dicho, de perrita.

8. Insectos y arácnidos: de lo last

Era de esperar. Como no hay huevos de incluirlos en la dieta del modernillo –hasta ellos tienen límites–, los insectos se están convirtiendo en la opción más radical para los hipsters avanzados que hace tiempo superaron la fase reptiles. Dominic Monaghan, el actor narigudo que interpretaba a Charlie en “Lost”, también conocido como Pippin de La Comarca, se ha convertido en uno de los principales exponentes de la moda insectil más al filo entre los modernos de Hollywood. No sólo tiene serpientes, también convive con alacranes rabiosos y una peligrosísima Viuda Negra –me gustaría ver si la sigue amando tanto el día que la araña decida darse un garbeo, se introduzca en su pantufla y lo envíe al hospital en estado catatónico picadura mediante–. Y lo más llamativo es que Monaghan ha llevado su delirio mascotil hasta extremos de repugne insostenibles, ya que el hobbit carga con una mantis llamada Gizmo en el bolsillo de la camisa para impresionar a sus colegas. Pues bien, se esta viendo entre la casta moderna más de lo last una clara tendencia a llevar insectos encima y compartir sofá con ellos. Si esto sigue así, la progresión es evidente. En cuanto la gente se canse de insectos grandes, llegará la moda de los ácaros: el portador deberá llevar un microscopio en la tote bag para que los amigos hipsters se diviertan viendo al bicho haciendo cabriolas en los pelos de su pechera.

9. Gatetes: BASTA

Hasta hace poco tenía en muy buena consideración al gato. Una mascota silenciosa, que se asea sola, caga diligentemente en un bol de arena e induce a la somnolencia a su dueño cada vez que se posa en su regazo… ¿Dónde hay que firmar? No obstante, por culpa de la fiebre de los gatetes y su propagación alarmante en blogs de modernos y otros feudos hispters de la Red, he terminado cogiendo manía a los felinos domésticos. Es un odio por saturación involuntaria, yo no quiero saber nada de los putos gatetes y sus fotos ocurrentes en Internet, pero me los trago con violencia, a la fuerza, cada maldito día, como una pastilla que no quieres engullir y te meten por el píloro dos celadores musculosos. Siempre gatetes, gatetes tocando el banjo, gatetes disfrazados de Batman, gatetes agresivos en manada comiéndose las entrañas del tipo que inventó lo de las fotos de gatetes: devorando su cerebro, reduciendo a su propio inventor a un amasijo de huesos roídos y eructando de felicidad. Qué demonios… Están dibujando pentáculos en el suelo con la sangre del tipo. Uno de ellos ha escrito de “The Jews Are The Men Thar Will Not Be Blamed For Nothing” en la pared. Algunos copulan sobre el cadáver de su inventor. Joder con los gatetes.

10. Cerdos mini: embutidos cool

Los modernos no tienen cojones. Son unos pussies de padre y señor mío. Si fueran intrépidos y quisieran dejarnos perplejos de verdad, no tendrían en el hogar entrañables cerditos valientes del tamaño de un panecillo de Viena. Los tocinos miniatura no impresionan; alguien debería enviar un comunicado a Hipsterlandia haciéndolo saber cuanto antes. Lo que nos dejaría realmente patidifusos es que tuvieran como mascota un gorrino auténtico, no un verraquito de bolsillo medio gilipollas. Y cuando digo gorrino auténtico, hablo de esos cerdos monstruosos y amenazantes que devoran a Mason Verger en “Hannibal”. Guarros de granja adultos. Hediondos. Doscientos kilos de embutido furioso astillando muebles, meando en el sofá, revolcándose en su propia cagada en la alfombra vintage, comiéndose los juguetes Bearbricks, dejando su mugre corporal y los restos de heces de sus pezuñas en el edredón recién lavado. Si los modernos tuvieran un cerdaco old school en sus casas como George Clooney, se ganarían nuestro respeto. Lo gorrinillos camboyanos no sirven ni para fabricar una secallona decente.

11. Perros runners: que corra Rita

El moderno no tiene suficiente con dar el santo coñazo corriendo solo por la ciudad, armado con gadgets y mamotretos futuristas como si fuera a la Matagalls. Resulta que también obliga a su perro a correr con él por el asfalto. Ha creado una nueva raza sin saberlo, el perro runner, para alimentar todavía más esa fantasía tan en boga que nos dice que cascarte 10 kilómetros en una metrópolis infestada de polución es un acto casi espiritual, y si vas con tu fiel perro cien veces mejor. Cada vez que veo a un chucho esclavizado a la vera de su amo, corriendo al límite, sacando el hígado por la nariz y muerto de cansancio, me sale urticaria. Cuando el hipster sube las apuestas y ata a su can a la bicicleta como si fuera un sidecar, desearía tener una pistola desintegradora que no dejara rastro del cadáver, sólo una bici humeante y un perrito sumamente agradecido por haberle puesto fin a su sufrimiento no sacrificándole a él, sino al animal de bellota de su amo. De nada, socio.

11. Gato acostado: matojo como mascota

American Apparel jugando ser Dios y creando una nueva especie animal de la nada. Se llama gato acostado y es un chumino que palpita, respira e incluso interacciona con su entorno. El toto matorral, cuya foresta no ha acusado la intervención del ser humano y no ha sido podada en eones, se ha independizado de su creadora; ya no forma parte de ella, sencillamente va con ella. La evolución le ha concedido vida propia y el saber popular le ha adjudicado una nomenclatura animal de lo más gráfica: gato acostado. Las modernas velludas –unas por convicciones feministas, otras por terror a la higiene– ya tienen un nuevo amigo con el que ir a la playa, jugar en%

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