Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, fin de ciclo, o la muerte de lo moderno, y la consiguiente muerte de esta columna

Se acabó. Ante la imparable avalancha del moderneo en todos los frentes, de las gafas de CR7 a la publicidad de El Corte Inglés, de las alusiones en Punto Pelota a los speeches de Màxim Huerta, Modernillos de Mierda arroja la toalla. Los hipsters han vencido, han derrotado a su bestia. Lo hipster está por todas partes, han ganado la partida, y ya no hay fuerzas para seguir. MDM está tan cansado, tan… Es hora de morir.

Ilustración de Josh Holinaty

Esferas azuladas de fuego fatuo en lo más inhóspito de la foresta inguinal de Grimes. David Bowie vuelve a sucumbir a la rebeldía de su esfínter y expele un pedete con forma de esvástica apenas distinguible en la inmensidad marrón de sus bragas-faja Princesa. Dos autómatas durmientes de la sociedad Thule se activan después de 80 años de letargo, decapitan a Jorge Javier Vázquez y sustituyen su abundante pescuezo por la cabeza cortada de San Juan Bautista. El injerto comienza a pronunciar advertencias apocalípticas en atlante y a repetir a modo de mantra su rima favorita de Delafé y Las Flores Azules: “viajar en trenes, la colonia Denenes, leer un libro que me quepa en el bolsillo, bajar piñones, comer macarrones”. El plano material se resquebraja. La corteza terrestre cruje cual cáscara de nuez sometida al apretón vaginal de Conchita, la poligrafista de Tele5. Algo inmenso aúlla en las profundidades abisales del colon de Fernando Arrabal. La entropía gafapasta alcanza sus estertores. El tiempo se acelera. Miley Cyrus se frota el parrús con una bola de demolición. Muere lo hipster. Fallece Modernillos De Mierda. Escuchad al espectro de Jim Morrison, ginetas famélicas: this is the end.

La guerra contra la gilipollez modernilla se libra desde antes de que Paul Weller se convirtiera en la Duquesa de Alba mod. El octópodo lovecraftiano interdimensional conocido como Modernillos De Mierda arroja la toalla y dice hasta aquí hemos llegado. El estilete anti-hipster por antonomasia, mermado por el desgaste de la contienda y el avance incontenible del hipsterismo en los dominios del mainstream, sufre espasmos que quebrarían mundos, galaxias e incluso la voz de Gallo Claudio del cantante de Manos de Topo. Han sido muchos años, muchas batallas y muchas sensibilidades heridas. Han sido muchos comentarios virulentos de miles de lectores disparados a bocajarro sobre este escriba, un simple recadero de la Bestia que ha aceptado gustoso acaparar el odio de diseñadores mariposones, escritores pop, DJs vinilistas, veganos, ciclistas peludos, amantes de Berlín y otras criaturas del Averno, con tal de esparcir la palabra de una entidad primigenia que es pura maldad anti-hipster, puro odio irracional contra la modernité. La disciplina de MDM es la disciplina del acero, es la mano de las pajas de Marco Banderas, pero a veces no basta con empuñar una espada de fuego y hacerle una lavativa concienzuda al tontaina del longboard con ella. A veces, simplemente se pierde.

1. El Hipster ha muerto, ¡viva el hipster global!

"Ahora, el hipster original está en una encrucijada: seguir vistiendo como un esquizofrénico, a riesgo de que le confundan con un recién llegado o reinventarse"

Españoles, el hipster ha muerto. Y mucha cautela: esta aseveración encierra una ilusoria connotación de triunfo, sería un error dejarse llevar por el gozo. El fallecimiento del hipsterismo es nuestra derrota, pues no ha desaparecido, antes al contrario, se ha convertido en moneda de cambio, en algo tan común como el Sunny Delight. Ha sido un óbito por popularización, y eso es jodido. A las personas con dos pedos de frente este movimiento neo-hippie-pulgoso-de diseño nos horrorizaba. Nuestra intención era erradicar el foco, aplastar la insurrección, no que ésta se propagara hasta dejar de ser algo exótico y minoritario; nadie nos preparó para que las gafas de pasta, la barba, las camisetas rotas, los tatuajes masónicos, los brunchs con huevo poché y el postureo 80s se convirtieran en el flan nuestro de cada día. Ahora, el hipster original está en una encrucijada: seguir vistiendo como un esquizofrénico, a riesgo de que le confundan con un recién llegado, uno más que se apunta a la moda, como Dani Alves, o cambiar radicalmente las bases de su credo y reinventarse para huir de la masificación de su estética, esto es, dejar de ser hipster para ser otra cosa: ultrahipster, neohipster, mariquita darks, punk tirolés, budista bass, yo qué sé… El paquete bomba le ha estallado en las manos, pues invocar lo hipster ahora ya no es cosa de cuatro modernos con ganas locas de diferenciarse del pelotón, es una cuestión de inercia, como ir a un concierto de ese cadáver viviente que dice ser Sixto Rodríguez, hacer running y leer Murakami al mismo tiempo o atropellar transeúntes con una bicicleta fixed que, pese a no tener frenos, cuesta más que un pura sangre árabe. Hipster es ahora un blockbuster, no una peli independiente. Wes Anderson se ha arrancado la careta y resulta que se llama Michel Bay.

Sorprende que una imbecilidad titánica como el hipsterismo se haya filtrado en la cultura de masas tan en tromba, irrigando abundantemente la mente-colmena del mainstream, pues lo hipster se nos reveló como el bastardeo más bajo en la escala genética de la ridiculez modernilla. La ironía de tres al cuarto, la preocupación malsana por el estatus, la veneración constante del ego, la superficialidad impostada, el desesperante conformismo, los juguetitos de los 80, la adicción al iPhone, las selfies de Instagram, los cafés ecológicos… La verdad es que poniéndolo así, uno se da cuenta de por qué ha calado tan hondo en la plebe algo que comenzó como la majadería de unos iluminados que ofrecerían las almas de sus madres a las huestes de Barbatos sólo para entrar en la redacción de Vice.

Adoptar la moda hipster es algo totalmente indoloro, porque se trata de una de las subculturas más inocuas que han surgido en los últimos años. Resulta hasta simpático lo de ponerse una gafotas sin lente, hacerse trenzas en la barba y colgar fotos de comida vietnamita en Instagram. A nadie le produce conflicto alguno unirse a esta tendencia. Para el imitador es como un juego, porque el hipster se toma la vida como un juego. ¿Acaso cundió en la masa, por ejemplo, la estética gangsta rap de finales de los 80? No recuerdo a Romário o a Thomas Christiansen disfrazados de Eazy- E o Ice Cube. Hacía falta tenerlos muy gordos para vestirse como unos tipos que situaban a la mujer a la altura del agujero de un Donut, se jactaban de disparar a panolis en su barrio antes del desayuno y glorificaban el tráfico de drogas como un trabajo digno. Con otros movimientos juveniles se mascaba el miedo y la intimidación, todos sabíamos que jamás se convertirían en una marca blanca, pero todo el mundo se atreve con la parida hipster. Tunear tu look al estilo hipster no encierra peligro, es prístino, familiar, divertido, un anuncio de Ikea, hasta tiene un punto de ironía y desdramatización; te convierte en el “modas” de la pandi y te granjea cinco minutos de fama en la cena de empresa. Mola y te ríes (y se ríen de ti, aunque tú no lo sepas) un montón.

El parásito psíquico interdimensional conocido como Hipster ha jugado sus cartas hábilmente. En lugar de desgastarse en el choque, ha optado por rebajar su concentración y diluirse en las vastísimas aguas del mainstream. Cuando te adhieres a la conciencia de la masa con tanta hondura y te conviertes en un océano nada puede derrotarte. Lo hipster ya no es un capricho de una docena de niños de papá con materia fecal en el cerebro y mucho tiempo libre; ahora es patrimonio de la humanidad, un tsunami más grande que el papadón preach de Paquirrín. Tal y como están las cosas, Modernillos de Mierda se tendría que llamar Mainstreams de Mierda. Hemos topado con el Muro de “Juego De Tronos” y allí, en lo más alto, un Tyrion barbudo con un mini skate bajo el brazo y camiseta de Bat For Lashes se acaba de sacar el garbancito para regar nuestras coronillas con un humeante hilillo de orín chaparro: hasta aquí hemos llegado.

2. Hipster goes international

Han sido muchas las causas que han facilitado la invasión del pus modernillo en todas las cavidades de la cultura popular internacional. Hay un hobbit por ahí que, cuando se despoja de las orejas protésicas, se depila el vello de los pies y se convierte en la celebrity conocida como Elijah Wood, se torna un ser que rivaliza sobremanera con las ensoñaciones más rocambolescas de J.R.R Tolkien. Ahí lo tenéis, un hipster de tomo y gnomo convertido en uno de los actores mejor pagados de la industria cinematográfica mundial. Un peinado de nerd de manual, barbita mal cuidada, camisa de cuadros abrochada hasta la nuez con corbatita poppie, tejanos pitillo doblados, zapatillas retro y, oh, lo mejor de todo, el actor chaparro se las da de DJ. Pero no es un DJ cualquiera, Elijah es un DJ de vinilos de los 60, que mola un huevo y parte del otro. Y aunque a muchos les caiga simpática la criaturita, la verdad es la que sigue: Frodo es un ejemplo ilustrativo, amén de uno de los responsables directos, de la mainstreamización del hipster vía Hollywood: jamás tendría que haberse puesto el disfraz de Elijah Wood, joder, con lo a gustito que estaba en La Comarca con sus colegas en miniatura y los ojos enrojecidos por el consumo abusivo de hoja de Niggle. ¡Culpable!

"Kate Moss, Robert Pattison y una retahíla interminable de fantoches del show business han conseguido llevar el look hipster a la estratosfera mainstream"

Y qué decir de Coachella. Aunque muchos crean que este aquelarre masivo de modernas top es un festival de música, lo cierto es que el cartel no es más que un elemento de distracción. De un tiempo a esta parte, el evento se ha convertido en la pasarela definitiva de la moda hipster, un escaparate del que nos llegan copiosos documentos gráficos llenos de peña muy extraña con coronas de flores, gafas de sol extravagantes, vestiditos primaverales, sombreros bohemios y botas grunge. De primeras, el aspecto del ganado nos parecería una broma de mal gusto, pero Coachella se ha encargado de buscar un certificado de garantía infalible de alcance mundial para avalar su infeccioso look: actores y modelos.

Hay que odiar a esta gentuza, no hay nada más deleznable que un actor, o una modelo, pero por alguna razón incomprensible su poder es tan grande que los trapitos que nos parecen ridículos en percha anónima resultan de lo más apetitoso cuando los calzan ellos. Y Coachella ha sido su patio de recreo. Desde allí, Kate Moss, Robert Pattison y una retahíla interminable de fantoches del show business han conseguido llevar el look hipster a la estratosfera mainstream. Coachella ha sido un vehículo rapidísimo para la inoculación del virus. Y la memez de los VIPS que se dan codazos para estar ahí y salir en la foto ha sido una baza valiosísima en la silenciosa transformación de un look tan vomitivo y minoritario como el del hipster hippioso en el uniforme oficial, globalizado y único de todo festivalero que se precie de aquí a Tegucigalpa. Muchas gracias.

Por cierto, ¿qué ocurre cuando sales en “Los Simpson”? Que ya lo has conseguido todo en este mundo. Que eres más conocido que Elton John. Pues en el séptimo episodio de la temporada 24, titulado “The Day The Earth Stood Cool”, Matt Groening y sus secuaces le dedicaron un capitulo entero al fenómeno hipster. ¿Queréis nueva serie generacional? Pues resulta que la HBO emite un documental por entregas sobre insoportable levedad de la hembra hipster que se llama “Girls”. El invento se ha convertido en el libro de consulta emocional de millones de veinteañeras que sueñan con ser Lena Dunham, pero con el cuerpo de una Suicide Girl.

Esperad, que hay más. El magnate Rupert Murdoch tiene una epifanía mientras dos tailandesas desnudas le hacen la manicura y lanza una revelación al universo: le mola el rollo hipster, tanto, que el tipo decide comprar acciones de Vice, haciendo temblar los empastes de los modernos que hasta ese momento la consideraban el Corán del coolness. Lo más parecido en España sería ver a Emilio Botín agenciándose el 5% del Rockdelux y diciendo que ya le pueden guardar sitio en palco VIP del Primavera Sound. Y sin tiempo a recuperar la respiración, nos giramos y ese gran amigo del ego hipster, la plataforma de microbloggin Tumblr, se da de morros con el capitalismo más voraz. Tan sencillo como que Yahoo pone sobre la mesa 850 millones de euros y el sancta sanctorum virtual de los modernillos se convierte en la casa de putas más cara de la Red.

Están por todas partes, la Invasión de los Ultrahipsters hace tiempo que ha comenzado. Por Dios bendito, hay jugadores de baloncesto de la NBA que cobran millones de dólares por lanzar un cuesco a la atmósfera y resulta que visten como Steve Urkel. El mundo ha caído. Europa también se ha rendido. Berlín es una cafetería ecológica con wi-fi de 892 kilómetros cuadrados. París ya no huele a baguette y shawarma; ahora apesta a seitan y huevos Benedict. En Copenhague se hacen piras de máquinas de afeitar. Helsinki parece un anuncio de la MTV. Los tipos disfrazados de centurión que tanto maravillan a los turistas en Roma hacen trucos de skate y beben mate.

Nos hemos dejado cegar por el camino fácil, la mofa contra el hipster. Mientras dedicábamos nuestros esfuerzos al escarnio de sus soldados, el parásito se ha adherido silenciosamente a la glándula pituitaria de Occidente, haciéndose demasiado grande para el punto de mira de Modernillos de Mierda. Y para ello, se ha valido de una fuerza más descomunal que las nuevas lorzas de esa impersonator de Adele que dice ser Belén Esteban. La invocación de Instagram ha sido el truco de hechicería definitivo en la batalla del hipster contra MDM.

3. Instagram is the devil

Si se llamara Instagramo tendría hasta su gracia, pues podría confundirse con una empresa de reparto de cocaína a domicilio. Pero se llama Instagram y la mera pronunciación de su nombre hace que los pastores alemanes ladren enloquecidos. El tsunami hipster se ha canalizado a través de esta plataforma fotográfica, una parabólica que ha enviado el culto al ego hipster a los receptores cerebrales de millones y millones de usuarios. Las fotos a platos de comida, las autofotos poniendo cara de gilipollas, las selfies de ascensor, los cielos victorianos, las composiciones artísticas de rincones desenfocados, pensad que todo lo que hacéis ahora en este álbum de fotos universal ya lo hicieron los hipsters antes que vosotros. Instagram os lo ha metido en la corriente sanguínea sin que notaseis el pinchazo.

4. España ya es hipster

Como cabía esperar, España también ha caído como buen país de pollinos y zopencos que es. Duele ver cómo lo hipster ha horadado el otrora indeleble espíritu nacional de palillo y premolares de oro. Podría haber llamado a Amando de Miguel, mi sociólogo favorito, y preguntarle las causas de la debacle española, pero sólo recibe llamadas por telégrafo y tengo un iPhone, de modo que he dejado que Modernillos de Mierda me hable desde el espacio profundo para desentrañar el enigma de la España hipster.

5. La tercera vía: el gipstar català

Incluso Barcelona, el reducto nacional que ha resistido con más tesón al gregarismo borreguil del resto de España, ha besado el tatami. Resulta difícil echar la vista atrás sin sentir nostalgia por el estallido cumba catalanista que arrastró esa gran verbena de porrón y sardinada llamada rock català. El tiempo, ese juez supremo que da y quita razones, ha vuelto a dictar sentencia. En los bellos 90, los referentes juveniles catalanes eran Sopa de Cabra, Bars, Umpa-pah, Sangtraït, Els Pets, Whiskyn’s Collons, grupos nauseabundos, sin duda, pero incorruptibles en su inmovilismo, anclados en el rock de los 70-80 y blindados hasta las pestañas contra modas foráneas. Era un movimiento 100% autóctono, purísimo, con sabor a calçot, escudella i cap i pota. Un movimiento de outfits autogestionados a base de pulseras de cuero, greñas cortadas en casa, camisetas de manga larga JBP, mucho costo y tejanos pitillo. Gerard Quintana era nuestro sex symbol. ¿Y sabéis qué? El bueno de Geri no bailaba acid house, no se dejaba el flequillo de Ian Brown, más bien parecía el monitor enrollado de una agrupación excursionista de la Noguera Pallaresa más profunda. Y eso le hacía entrañable. Pues bien, incluso Quintana, uno de los tótems más incorruptibles del rock català original, decidió un buen día pasarse al synth-pop y volverse un moderno. Os remito a este videoclip y os pido por el amor de Dios, que al mínimo síntoma de incomodidad le deis al pause, podría ser que a partir del minuto uno os despedacéis la cara con un rallador de nabos.

"El gipstar català considera a Pep Guardiola el Cormac McCarthy de la franja mediterránea"

Esa encomiable resistencia, ejemplificada en el frontman gerundense, ha devenido en servilismo hipster. La aparición y propagación vírica del gipstar català post quintanazo ha sido un puntapié en la nuez de MDM; ni las espardenyes más viejas del lugar habrían augurado una bajada de barretina de tamaña magnitud. Ahora, el moderno catalán, otrora incorruptible y fiel a los preceptos cumbayá, se ha hipsterizado cosa fina. Se trata de un hipster adaptado al entorno y un pelín más local, de acuerdo. Con algunos rasgos diferenciales, por supuesto, incluso con algo más de conciencia política que el ejemplar medio, pero en esencia es más de lo mismo. El gipstar català gasta bigotito o intenta dejarse barba Manel (un felpudo facial consistente, tupido y estratégicamente descuidado); lleva un tote bag eterno con poso de tabaco de liar en el fondo; considera a Pep Guardiola el Cormac McCarthy de la franja mediterránea; utiliza gafas de pasta (y de pastón); bebe Mortiz Epidor; se mata por ir al festival de Sitges y al In-Edit; hace el vermú con disciplina castrense y lo muestra una y otra vez en sus redes sociales; organiza flea markets; deja el colchón acartonado a base de poluciones lácticas las noches previas al Primavera Sound. Etcétera.

El gipstar català ha florecido junto a nueva escena de músicos que se han dejado corromper por el folk granjero, el pop gafapasta y toda suerte de recursos 100% hipsters: son grupos que ora escriben letras crípticas, ora ensalzan la cotidianidad más sonrojante; ora sacan un disco desnudo de guitarra y lamentos, ora experimentan con la electrónica y los muros de sintetizadores. Van de raritos y eso ha calado hondo en el gipstar català, que se ha crecido y por fin puede ejercer de moderno sin la mácula del bisoño provincianismo de sus antecesores. El modernillo catalán ahora es cosmopolita a rabiar, pero ha perdido los rasgos más valiosos de su identidad en favor de los lugares comunes hipsteristas. Ha sido uno de los últimos bastiones infectados y un ejemplo que no supimos interpretar como alarmante: la caída del cumba català es uno de los cimas más visibles de la victoria hipster en la batalla contra Modernillos De Mierda. Y a todo esto, los chicos de Manel, los yernos gipstars que toda madre querría para su pubilla, amasando una fortuna.

6. El Corte Hipster

Ahí va. Sin rodeos. El Corte Inglés va y se saca de la manga una campaña fortísima para promocionar una nueva marca de ropa. No es una marca cualquiera. Se llama Hominem y es una línea hipster. Así, como suena. No he esnifado sales de baño, lo prometo. El cuento de terror está basado en hechos reales y sigue en este link.

7. Borja Thyssen te lo pinta

Borja Thyssen lo ha hecho. Bueno, mejor dicho, no lo ha hecho. Afeitarse, digo. Imagino la cadena de acontecimientos. El hijo de Tita Cerveza desayuna un bol de Count Chocula en su villa barcelonesa y hojea una revista de tendencias madrileña. Juega con sus zapatillas de cashmere. ¿Qué es esto? Borja ha abierto la publicación por un reportaje fotográfico repleto de modelos afeminados con alfombras faciales kilométricas. De primeras cree que se trata de un desplegable sobre las mariquitas malas en la comunidad Amish, pero enseguida se percata de que aquello va en serio y descubre que las barbas bíblicas son lo más.

Hace cinco años, le dices a Borja que se deje barba de náufrago y uno de sus guardaespaldas te arranca los dedos de la mano, para luego introducírtelos uno a uno, anillos incluidos, por el ojal. Pero ahora no, porque lo hipster ya forma parte del flujo mainstream y lo que antes se veía como algo residual y antiestético –de ahí que los hipsters de verdad lucieran orgullosos su cerdeo en los comienzos de toda esta pamplina–, ahora es lo más rematadamente cool del puto universo y, copón de Dios, el bueno de Borja quiere su trozo de pastel.

De modo que el retoño de Tita se pasea por fiestas de alto copete, exposiciones pictóricas y fiestas en yates, armado con una barba infinita, tupida como el lomo de Fújur y en cuyas profundidades podrías camuflar un extintor. Resulta increíble que el look Valle-Inclán de hipster radical haya alcanzado los más altos estratos de la sociedad pudiente. La alta cuna se rinde también al desaliño cool, y cuando eso pasa, cuando lo hipster cala tan arriba, ya no hay nada que hacer. Gillette será lo mejor para el hombre, pero no para Borja Thyssen. ¡Culpable!

8. Joaquín Reyes te lo pinta

Sé que esto me costará caro, pero comienzo a estar harto del humor hipster de la escuela Chanante. Los modernos han glorificado las ocurrencias de su ideólogo, Joaquín Reyes, con el mismo fervor con que los yihadistas de Woody Allen le ríen hasta las pérdidas de orina al director judío. Con el humorista albaceteño me pasa lo mismo que con Allen o Bruce Springsteen: sus fans son insoportables, tanto que consiguen que aborrezca a sus ídolos de forma irracional. Para sus fieles, todo lo que hace Reyes está por encima del bien, del mal y de Juan Adriansens; el mundo se para cada vez que se anuncia un nuevo programa y, claro, la crítica negativa no existe. El humor hipster made by Reyes hace tiempo que no es una anomalía consumible en en petit comité, pues ya ha sido adoptado por toda la juventud molona de nuestro país como el antídoto al supuesto cutrerío de José Mota y similares. Y ha creado escuela, quizás demasiada: 1 de cada 3 nuevos humoristas españoles son fotocopias chanantes de baja calidad.

"El programa liderado por Joaquín Reyes es un desfile de tópicos modernillos hábilmente alicatado para las entendederas del ciudadano medio español"

Me sabe mal, pero hay que cargar sobre los hombros de Reyes la responsabilidad de haber matado el humor íbero de pijama y orinal. Cuando habíamos encontrado nuestra voz a través de terroristas de la carcajada como Félix El Gato, Morancos, Manolo de Vega, Paco Aguilar o Pedro Reyes, el manchego se encargó de corromper los paladares de los cachorros nacionales con sus chistes surrealistas, sus referencias pop y sus caracterizaciones pueblerinas de celebridades. Todo lo que Miguel Caiceo y Jaimito Borromeo levantaron durante centurias cayó como un castillo de naipes ante la gangrena hipster de la horda chanante. Incluso un terreno tan hostil con el moderneo como los monólogos ha sido también ocupado por listillos que prefieren hablar de los dientes de porcelana del mono de Michael Jackson que de la comida de avión o el clásico Grasa versus Comida Vegetariana, como se había hecho toda la vida, coño.

Pero la estocada definitiva estaba por llegar. ¿Un late show hipster de manual en una cadena de televisión pública en pleno arreón pepero? No hay mayor prueba de que lo hipster ha infectado el mainstream español que el reciente estreno de “Torres Y Reyes” en La 2. El programa liderado por Joaquín Reyes es un desfile de tópicos modernillos hábilmente alicatado para las entendederas del ciudadano medio español. Referencias constantes a las redes sociales, grupitos raros tocando en directo de fondo, movimientos de cámara megaflipantes, trucos audiovisuales supuestamente futuristas, Enjuto Mojamuto, entrevistas “diferentes” pasadas por el filtro humorístico modernillo, vomitonas de referencias pop... España tiene un late hipster en antena la noche de los jueves y nadie se ha echado las manos a la cabeza. ¿Dónde demonios están José María Íñigo, Pepe Navarro o Xavier Sardà cuando se les necesita? ¡Culpable!

9. Màxim Huerta te lo pinta (y Cristiano también)

"Canis, pijos, gays, Froilán De todos Los Santos, ningún púber quiere quedarse sin sus gafas Terry Richardson"

Las gafas hipster estilo Alfredo Amestoy de Cristiano Ronaldo en la firma de su renovación no fueron las primeras en dar el salto a la cultura de masas cañí. Màxim Huerta, ínclito colaborador del programa de Ana Rosa Quintana, fue el primero en calzarse esos mamotretos de acero inoxidable. ¡Culpable! El autor de la obra maestra “Una Tienda En París”se nos presentó en horario matinal –ante una audiencia compuesta por jubilados, parados y griposos– de una guisa hipster tan y tan densa que cambió la composición molecular de los empastes de Ana Rosa hasta convertirlos en pedruscos de cuarzo. Esas gafas de Màxim Huerta, amén de un peinado garçon ondulado que acentuaba la presencia de sus lentes molonas, fueron un aviso muy serio en nuestra misma tez. La abuela Genara, los tullidos del bar Cholito, el colectivo de amas de casa de Barbate y millones de entidades físicas en las antípodas del moderneo entraron en contacto con el hipsterismo sin saberlo, a traición, y diablos, se empaparon de él. Asimilaron la presencia de esas gafas como quien absorbe las imágenes subliminales en los spots televisivos de 13TV. El parásito psíquico interdimensional conocido como Hipster penetró la mente de la masa española sin que ésta se percatara, utilizando a Màxim Huerta como avanzadilla. Unos años después, llegó el Pearl Harbor hipster, el ataque definitivo. Cuando ya teníamos las gafas Amestoy incrustada en el cerebro reptiliano de la decrepitud española más mainstream, ¡kaboom!, Cristiano las vuelve a blandir para convertirlas definitivamente en objeto de deseo de la mocedad nacional: canis, pijos, gays, Froilán De todos Los Santos, ningún púber quiere quedarse sin sus gafas Terry Richardson. La guerra se ha perdido en todos los flancos; hipster ya es un término universal del que se habla en Cuore, “El Día Del Señor” y “Punto Pelota”. Putadoncio de los gordos. ¡Culpable!

10. Reichenbach in black

Son las 2 de la madrugada, y estoy escribiendo estas líneas con “Policías En Acción” de fondo. Mi perro ronca. Modernillos De Mierda ha dejado de hablarme. Hipster es enfermedad, plaga, legión. La lucha ha terminado. Estoy tan, TAN cansado... Desconozco si aflorarán nuevas fuerzas del caos a las que combatir. El hipster ya no es un objetivo, porque está en todas partes, y esta columna necesita un nuevo enemigo. Qué nos deparará el futuro: ni puta idea. Pero si algún lumbreras decide volver a tocarnos los cojones, tened por seguro que las hojas del te y los grajos anunciarán la vuelta de MDM.

El rugido de las cataratas es cada vez más ensordecedor. Es la hora de cerrar el Macbook, parar de fumar hierba e hibernar. Ya llega. Reichenbach me engulle como una exhalación en una inmensa nube de espuma, pero tengo un segundo para pensar en los haters, sacar la mano del torrente y dedicarles una peineta estilo Ice-T antes de que se me lleven las aguas. Ha sido un placer.

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