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Modernillos De Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, bailando con lágrimas en los ojos en el Sónar

‘Twearking’, psycho-killers al volante, extranjeros cocidos, guerras a codo partido en las barras para proveerse de cebada, geeks inquietantes con agenda oculta, feromonas y desnudez manifiesta: el Sónar también es territorio abonado a momentos de modernez inesperados. Y lo vimos todo.

Eh, zagalas, me siento generoso, hete aquí un consejo gratis: no bailéis un “Express Yourself” en las narices de Diplo si albergáis en el canalillo de vuestras ubres un gramo de speed, pues se conoce que el frenético contoneo de la dichosa coreografía agita las domingas como si fueran flanes de gelatina, y el tembleque mamario, ayudado por esa zorra llamada gravedad, puede enviar la bolsita de droga canal arriba hasta expulsarla a la atmósfera. No es agradable perder un pollo de polvos mágicos por semejante descuido. Una chica de la industria, cuyo nombre no voy a revelar, sufrió un extravío de estupefacientes tal que así; juro por la minifalda de la negra de AlunaGeorge que la anécdota es verídica. Ni corta ni perezosa, la valquiria española le regaló al mismísimo Diplo una danza “Express Yourself” en su cara, un twerk muy loco haciendo el pino con el peramen en caída libre y una bolsita de speed en el sostén. Fue una epifanía; la pistolera le mostró lo que es bueno al célebre productor contorsionándose cual lagartija colgada de la cola, pero durante el proceso sus cocos no pudieron contener el escurridizo gramo, que salió disparado y se perdió para siempre en la inmensidad de Barcelona. ¿Quién sabe dónde estará el delicioso speed? ¿Acaso Diplo detectó su caída y, lejos de avisar a la pobre chica, decidió esperar pacientemente a que pusiera pies en polvorosa por aquello de “mejor me lo meto yo que ella”? ¿Podría ser que Neil Tennant lo llevara dentro del cucurucho –me refiero al capirote con el que sale al escenario, malpensados– y no lo supiera? Pfff, no descarto que Skrillex lo tuviera encajado entre los dientes como si fuera un p’aluego, de ahí su aliento raticida. La pregunta es puta, ¿sacrificarías un gramo de mandanga de calidad solo para darte el gustazo de agitar tus lozanas carnes delante de tu ídolo? Sin embargo, la respuesta es sencilla: un gramo de speed cuesta 20 euros; un “Express Yourself” delante de Diplo no tiene precio.

"En el Village se mascaba el sexo, tenías que sacudirte los hombros de feromonas"

Es una de esas anécdotas johnwaterescas que solo pueden ocurrir en el contexto del Sónar, uno de los festivales que más se presta a escenas aberrantes y excesos imposibles. Imposibles en todos los sentidos, especialmente para pajilleros, vírgenes a los 40, obsesos sexuales, viciosos, voyeurs, pervertidos y adictos al porno, es decir para un 97 % de la población masculina. Tenga en cuenta el lector que la horda venía de un Primavera Sound antártico en el que solo los más enzarpados y beodos tenían arrestos para airear carne. Infinidad de bolsas escrotales sufrieron un duro revés, el dolor de huevos se impuso con una fuerza devastadora entre la cofradía de la manola. Aunque fue un festival memorable en lo musical, la libido no encontró asideros en el Fòrum, los huevos se preñaron de lefa y, diablos, al llegar a casa resultaba imposible extraer algún recuerdo decente del disco duro de las pajas para macerar una buena sesión de onanismo a cara de perro. Pues bien, resulta que después de aquel coitus interruptus, me acerqué a una explanada de césped artificial castigada por un sol de espagueti western, Napalm que derretía cocorotas, carbonizaba las narices hasta licuar los mocos de farlopa, enrojecía caretos como si fueran anos de mandril y, ahhhhh, obligaba al mocerío a desnudarse con la misma despreocupación que los clientes de La Ballena Alegre.

1. Village People

Lo mejor es que en el Sónar difícilmente encontrarás cincuentones acabados con la panza al aire, slip marrón y sandalias de goma. No hay abuelas con el pelo lila y bañador de una pieza arremangado por debajo de las tetas. No es “Con El Culo Al Aire”. La desnudez de la parroquia es agradecida y melocotonera, la calidad del material está más que contrastada. Diablos, hacía muchos años que no presenciaba un despelote tan radical y aprovechable en el Village. Nalgas femeninas al aire recubiertas de película de sudor; torsos masculinos sudorosos a la intemperie; glándulas mamarias de todas formas, tamaños y colores pidiendo a gritos desparramarse sobre la calva más cercana; tabletas cultivadas con esmero en el gimnasio gay más caro de la ciudad; inglesas repantigadas en el suelo con el toto medio salido… Era fácil perderse en esa masa cárnica, dejarse embriagar por el furor nudista y olvidar que en el escenario estaba tocando tu grupo favorito. Música de ascensor para ambientar un Jardín del Edén con miles de Adanes y Evas que hace tiempo dejaron de comer manzanas para pasarse al MDMA. En el Village se mascaba el sexo, tenías que sacudirte los hombros de feromonas, en la cerveza flotaban estrógenos, nació un carnero de tres cabezas de nombre Testosterona. El paraíso.

"Sobre el césped artificial se desplegaron asombrosas estrategias que el obseso sexual ha ido cultivando y perfeccionando con el paso de las generaciones"

La zonas del Village más castigadas por el sol cobraban la apariencia de Isla Fantasía y se convertían en los pastos más frecuentados por la facción pajillera, que vibraba como un diapasón después de un pedo de Gerard Depardieu. Allí hubo gente que se puso las botas. Geeks sacando cientos de sneaky pics de tías buenas en bikini, husmeos de nuca y pequeños contactos culo-paquete en el fragor de los conciertos, espionaje industrial de bajos haciendo ver que tienes que agacharte para coger el tabaco de la bolsa… Jesús bendito, qué espectáculo tan conmovedor, sobre el césped artificial se desplegaron asombrosas estrategias que el obseso sexual ha ido cultivando y perfeccionando con el paso de las generaciones. Las británicas buenorras ya se han ido, pero sus tetorras y culos se han quedado para siempre en Barcelona, inmortalizados en los iPhones de incontables pervertidos.

Pero si alguien concitó el mayor número de flashes ese fue un hombre. Hombretón. Recio. Prieto. Oscuro. Un mastuerzo de ébano de identidad desconocida al que decidí bautizar como Ussain Colt. Ussain por su parecido con el corredor jamaicano. Colt porque llevaba un Colt 44 entre las piernas. En resumen, el negrazo causó sensación, básicamente porque era un empotrador nato que no creía en la dictadura de la ropa, tenía unos pectorales tersos y oscuros como el café y –la clave de todo– tan solo iba protegido con un short marrón incapaz de mantener a raya el monstruoso cipote que le palpitaba en el musculoso bajo vientre. Unos pantaloncitos ridículos. Microscópicos. Solo eso. Por no llevar, no llevaba ni calzado. Era el Black Tarzán, un semental dispuesto a fecundar a todas y cada una de las mujeres heterosexuales –lesbianas también, qué demonios– que osaran tan siquiera mirarle los gemelos de granito, las abdominales Rafa Mora o, evidentemente, el calabacín mutante que se movía cual anguila prehistórica en su zona escrotal. Ussain Colt lo petó. Lo petó todo.

"Se coció en este Sónar un desapego al calzado muy preocupante de cara a futuras ediciones"

Tengo que felicitar a la organización por el nuevo emplazamiento del Sónar de Día. En el anterior Village el sucísimo trabajo de este martillo pilón llamado MDM era infinitamente más costoso. Un detalle que la entidad octopoide Modernillos de Mierda agradecerá hasta el fin de los tiempos. Lo cierto es que nuevo Village es tan grande y es tan rematadamente cojonudo que puedes disfrutar del espectáculo vacuno sin estrecheces, con calma, sin codazos, sin tipos depilados restregando sus pezones en tus gafas; el único precio que hay que pagar son algunos corrillos de gente que decide desparramarse en el suelo aprovechando la amplitud o algún incauto durmiendo la mona mientras el sol le convierte la piel en Fritos Barbacoa. Los corrillos, por cierto, derivan en un fenómeno curioso, una variante del botellón que denomino pastillón, esto es: corros de tipos sentados en el suelo en estado de embriaguez pirulera que intentaban arreglar el mundo mientras se sucedían los conciertos, como si en el escenario estuviera Tortell Poltrona cantando swing y todo aquello les importara un carajo. Cogí un cariño inexplicable por los fieles al pastillón. No necesitan ir a los pakis a comprar ginebra barata: en el bolsillo pequeño del tejano tienen todo lo que necesitan.

De todos modos, hay algo que deberían cortar de raíz los miembros de seguridad. Hablo las montañas de zapatillas fétidas y sandalias chungas que había repartidas por el césped y estuve tentado de purificar en más de una ocasión con cal viva. Y es que se coció en este Sónar un desapego al calzado muy preocupante de cara a futuras ediciones, pues a menos que Superman remiende el agujero en la capa de ozono, las temperaturas irán en aumento, se extenderá esta maloliente moda y más gente se despojará de sus zapatillas para caminar libre sobre ese césped salpicado de cerveza, fluidos y detritos de pasti. La visión no era agradable, si las hawaianas ya me parecen un atentado a la salud pública, imaginaos un ejército de piscineros mostrando las deformidades del pie con absoluta impunidad, levantando los quesos mientras bailan y mostrando plantas con una tempura de mierda negruzca y hedionda que repelería a un coprófago. Uñeros, callos, helomas interdigitales, ojos de pollo, durezas, dedos malformados, los pies son horrendos, antiestéticos, sobre todo cuando llevan horas y horas sudando y acumulando residuos de alta toxicidad. Vi a tipos realmente orgullosos de sus gruyeres, guarros que se sentaban y aprovechaban para tocárselos, ajenos al caldo microbiano y la mugre que en ellos palpitaba. No, no y no. Mal. El calzado es intocable, coño. El Sónar no es una piscina de pueblo o una convención de bosquimanos. Nada en contra del despelote de rodillas para arriba, Dios me libre, pero ver tanto tipo descalzo me produjo mareos, reflujo y ganas de contratar a una avioneta para que cada dos horas rociara el Village con Peusek.

"Lo llamo el short Julián Muñoz, y es un pantalón cortísimo, a menudo tejano, que las chicas se hincan hasta lo más hondo de sus entrañas"

En el Sónar hay tías buenas en bolas, negros de noble manubrio, modernos de clase business, guiris civilizados, claro que sí, pero, oídme bien, también hay garrulismo y piojismo; es un hecho. La música electrónica siempre se ha prestado al aglutinamiento de costras, liendres y sobaqueras selváticas, pero con el auge del EDM más rectal juraría se ha acentuado todavía más el look crustie-rave de porqueriza antiglobalización. Tuve que esquivar rastas en movimiento que se me clavaban en las mejillas como zarzas envenenadas; hubo momentos en que fue necesario cerrar los ojos y contar hasta 100 para que los tipos con pañuelo en la cabeza y sandalias en estado de putrefacción desparecieran de mi vista; ¡cuidado, recluta, axila velluda a las 10. Fire in the hole! Había zonas del Village que por momentos parecían una fiesta de estramonio en Formentera, unos pocos puntos negros en los que la cerveza sabía a Pachuli, el pelo se te engrasaba sí o sí, te crecía el vello público y la caspa se tornaba speed guarrindongo.

Por lo demás, los rigores del calor convirtieron el Sónar en un desfile de atuendos minimalistas, camisetas de tirantes, bermudas y sandalias. Indumentaria de piscina, de camping en Cubelles. No había cojones de lucir plumaje y ponerse galas modernas, porque el golpe de calor se podía masticar, y mejor no pasarse de listo que irse en camilla con una deshidratación de aúpa. Las chicas pusieron en juego todo su ingenio para reducir los shorts a pequeños trapitos que dejasen escapar sus nalgas, como quien no quiere la cosa. Y lo consiguieron. El vestidito veraniego tuvo presencia, imposible negarlo, pero el espectáculo estaba en esas minúsculas piezas de ropa, especialmente en una nueva modalidad de short que se ha propagado como un cuesco en un ascensor. Lo llamo el short Julián Muñoz, y es un pantalón cortísimo, a menudo tejano, que las chicas se hincan hasta lo más hondo de sus entrañas, llevando la cintura de la prenda mucho más arriba del ombligo, acercándose peligrosamente a la sobaquera. No soy muy fan del short Julián Muñoz, pero el impacto que ha causado es incuestionable: conté cientos por metro cuadrado, alguien tenía que hacer el trabajo sucio de mirar culos.

En el Sónar no se puede hablar de territorio hipster. La barba victoriana no se estila en exceso, solo me topé barbas de tamaño estándar y conté muchas menos de las que esperaba. Lo cierto es que, mientras en el Primavera se puede perfilar un patrón estético medio más o menos acotado, en el Sónar la variedad de la biosfera es tal que aquello parece una versión raver del planeta Pandora. Guiris tostados, crusties de manual, chonis, geeks, nerds, modernos de alto standing, papás con hijos, ewoks, CHRISTEENE, niños del minimal, informáticos, raperos; diablos, el Único hipster que vi fue Sébastien Tellier, a quien podría haber confundido perfectamente con un homeless del Raval si el Sónar de Día siguiera celebrándose en el centro de la ciudad.

No detecté demasiados disfraces, y eso que pensaba que el brote del Primavera contagiaría al Sónar. Cuando te has drogado con algún estimulante y hace un calor de cojones, la más recomendable no es precisamente calzarte un traje de oso panda. Aún así, por la noche me topé con dos guiris disfrazados de conejo, embutidos en sendos monos peludos y asfixiantes, disfrutando de sus cinco minutos de fama con los pastilleros que se hacían fotos con ellos. También vi al único gipstar català que me he topado en este Sónar, un chaval sanote y simpático, barbudo por supuesto, que lucía un gorro de cowboy con una bandera independentista. Y en el Village, cuando las ranas ya iban con cantimplora, me topé con un zombi homeless leproso que parecía no haberse duchado desde la muerte de Kennedy. Llevaba un bolso de mujer, gastaba un maquillaje similar al del Joker de Heath Ledger y el jodido no sólo daba auténtico miedo, también tenía toda la pinta de oler a entrañas de manatí. Creí ver en su maraña capilar dos suricatos asomando el hocico y varios escarabajos peloteros recolectando bolitas de seborrea. Cuando señalé al engendro de ultratumba, mis acompañantes me hicieron saber que estaba hablando de CHRISTEENE, una “cantante” mutante que actuó en el Sónar y al parecer estuvo lanzando rollos de papel de váter y escupiendo al público. Ahora maldigo mi mala suerte, en lugar de encontrarme con la famosa de verdad, Dita Von Teese, el azar me regaló un encuentro con un híbrido de Antony Hegarty, Terele Pávez y una Amparo Moreno muerta viviente.

"En el Sónar temblaron más culos que en la cinta anticelulítica del DIR Diagonal"

Hubo lo que mi adorada Mónica Franco llama springbreakerismo. Mucha jonvezuela extranjera desvergonzada y desbocada en busca nabo español, playa y droguitas. Mucho adolescente cachondo suelto por el corral al borde del colapso etílico. Pero también hubo abundancia de twerk. En el Sónar temblaron más culos que en la cinta anticelulítica del DIR Diagonal. Hubo épicas exhibiciones de este baile de San Vito de alto riesgo diarreico. Como sabréis el twerk es una danza en boga que practican las féminas y que consiste en abrir las piernas y sostenerse de pie en posición de grapa, con las rodillas flexionadas. Seguidamente, la twerkera procede a agitar la zona de glúteos y potorro como si tuviera un torturador norcoreano detrás inflándola a electrodos. La carne tiembla cosa fina, el culo se mueve a velocidad de crucero, la rabadilla se comporta como un electrón y está en dos sitios a la vez. Todo muy bonito, pero cuidado, porque la posición es altamente favorecedora no sólo para twerkear sino también para defecar de pie –nuestros ancestros fueron los primeros en hacer twerk, muchos hacían de cuerpo en dicha posición en el bosque–. De modo que si la bailonga ha ingerido una cena de comida basura y ha recurrido el viejo MDMA para fabricarse el postre, es muy posible que facilite la evacuación fecal merced a un twerk frenético y sin apenas darse cuenta, ayudada por los efectos laxantes de la droga, decore el dancefloor con un lluvia de diarrea de la que no podrá escapar jamás. Recordad: always poop before twerk.

2. Hackers ocultistas, niños con auriculares, “Taxi Driver”, maniquí articulado

El sábado, después de cruzar la lóbrega sala de los hackers, repleta de geeks que se encorvaban sobre extraños aparatos steampunk, se mesaban la barba y hablaban en lo que parecía un viejo dialecto druídico, me topé con una escena perturbadora. Me pareció ver que dentro de una ambulancia que lanzaba chillidos terribles por el recinto cubierto había un tipo pinchando. Por unos segundos pensé que el afterglow de las drogas del viernes estaba jugando con mi cerebro, pero no, estaba bien, sano, descansado. Aquello estaba pasando, y sabéis qué, no me pregunté por qué. Sencillamente seguí mi camino hasta el Village para encontrarme con el equipo de PlayGround. En este santo festival, muchas veces no tienes que mirar atrás, hay que andar y andar, mejor no jugar con fuerzas que van más allá de tu comprensión. Fue entonces, cuando las cosas comenzaron a caer en picado. Un nido de hackers dispuestos a hacerse con el control de La Tierra y un tío enloquecido pinchando en un ambulancia desbocada no podían ser de ningún modo buenos presagios.

Y es que en el Sónar corres el riesgo de encontrarte con amigos que, en plena euforia, te rocían con drogas. Tú no quieres, pero ellos te las hincan en la mano, te abren las mandíbulas como si fueras un caimán para llenarte el gaznate de pastillas, te introducen una gota de GHB en la copa cuando te estás rascando un golondrino. Es un fenómeno más común de lo que creemos y es imposible hacerles entender a los bárbaros que no quieres, de modo que acabas claudicando por presión pastillera y cuando te han drogado desaparecen para nunca volver. Hacedme caso, huid de esa espiral porque una vez estás dentro todo va indefectiblemente a peor.

"Me llamó la atención la proliferación de críos con auriculares antirruido. Qué debería pensar un niño de 4 años viendo esas imágenes surrealistas con el volumen a cero"

Además, la visión del ejercito Walking Dead en el Village del último día no es la más adecuada para disfrutar de un globo calmoso. Sufres. Sufres mucho. Porque ves a algunos cadáveres andantes que llevan tres días sin dormir, apestan a Alcanfor rancio y se están cociendo bajo un sol abrasador durante horas sin ingerir líquido, sudando polonio, cultivando el melanoma del siglo. Sufres porque ves a ingleses que han convertido su epidermis en una pasta rojiza de alto contenido radioactivo sobre la que se pueden hacer unas magníficas gambas de Palamós a la plancha. Y sufres por los puretas, que los había y muchos, con rictus abrumado ante el vigor juvenil y la desnudez de los cachorros, huyendo del sol como vampiros.

Se ha destacado la presencia de público maduro, tampoco creo que sea algo tan importante, es de pura lógica. Lo que sí me llamó la atención fue la proliferación de críos con auriculares antirruido. Juro que vi a varios de ellos acompañados de sus padres, serpenteando entre crusties que bailaban enloquecidos, alemanes sin camiseta haciendo palmas con las chanclas en la mano, y grupitos de locas modernas histéricas con la actuación de Chromatics. La visión tenía algo de enternecedor, pero también algo de terrible. Qué debería pensar un niño de 4 años, aislado del ruido, viendo esas imágenes surrealistas con el volumen a cero. Yo me acojonaría vivo, pero curiosamente no detecté caras de espanto entre la chiquillada con auriculares aislantes, un nueva variante de la fauna Sónar que con toda seguridad aumentará en número en próximas ediciones. Habrá que poner un tobogán, una piscina inflable y a Fofito pinchando la banda sonora de Willy Fogg en la Zona Pro del Village.

Fue una tarde dura, Dios lo sabe, el Village es una fiesta con todas las de la Ley, el buen rollo, el espacio, la cercanía de los escenarios, el magnífico sonido, los huecos de las primeras filas, todo eso te libera de agobios y te permite concentrarte en el alpiste y las birras dobles –una táctica que adoro, pedir dos vasos de cerveza, siempre es mejor beberse la segunda caliente que romperle los dientes a un francés en la barra para comprar otra cuando terminas la primera–. Afirmo que, no exento de cierta euforia, me apliqué con dedicación a la concupiscencia y a la embriaguez, una combinación letal cuando se acaba la función y tienes la misión de encontrar un restaurante de precios ajustados y comida decente donde sacar el vientre de pena antes de acometer la última noche. La calle Lleida era territorio nuevo y muchos no estábamos familiarizados con el entorno. De ahí que nos metiéramos en un agujero inmundo donde tuvimos que ingerir los peores gin-tonics que he probado en mi vida. Tuve la osadía de meterme entre pecho y espalda una croqueta de supuesto pollo y todavía hoy cada vez que eructo siento el abrazo aceitoso de esa basura en el gaznate. Fue el preludio negro de una de esas anécdotas, que como el “Express Yourself” con gramo de speed desaparecido, sólo pueden ocurrir en el contexto del Sónar.

El tema es que casi nos apalizan. Así de sencillo. Un taxista enloquecido, atiborrado de estupefacientes y ultraviolento por poco nos da una tunda. Otro consejo gratis: si salís del Village y os resulta imposible encontrar taxi, no lo hagáis ningún comentario subido de tono a los conductores que no os quieran coger. Os puede tocar el Travis Bickle desencajado por la farlopa que casi nos mata a mí, a un DJ barcelonés y a varios miembros de la familia PlayGround. Y todo por decirle que era un rancio. El comentario no pareció gustarle al tipo, que frenó el coche en medio de la carretera, se bajó a toda velocidad y se dirigió a nosotros corriendo y gritando como si un Critter le estuviera devorando el ano. Quería matarnos y darnos una paliza. Por suerte, Sergio del Amo sacó el poder de Santa Coloma de sus entrañas y armado con la energía de las croquetas de pollo radioactivas consiguió calmar al taxista cocainómano con la inestimable ayuda de un yonqui que pasaba por allí e iba con unos calentitos guantes de cuero en plena ola de calor africano. Paramos el tráfico con el numerito, los transeúntes no daban crédito, pensé que nos partían la cara, nos fue de un pelo, y sentí que después de seis horas seguidas de desenfreno en el Village, aquel era el auténtico broche de oro del último día, pasara lo que pasara por la noche.

Después de una reyerta callejera con un taxista desquiciado que llevaba días desayunando perico, después de ser salvados por un yonqui con guantes de cuero delante del Village, y con todo el garrafón palpitando en las venas, comprenderéis que a uno no le apetecía en exceso ir a un concierto de Pet Shop Boys, sólo tenía ganas de ver a Motörhead o a Gwar. De todos modos, finalmente, después de ser casi atropellados por una ciclista, conseguimos llegar al recinto de noche, y ver esos trajes de gnomo espacial de los Pet Shop Boys, esos bailarines con cabeza de toro, ese maniquí articulado creado por Lucas Arts que hacen pasar por Chris Lowe. Muy bonitos los láseres y la voz nasal de Tennant, cada vez más cerca al timbre Blas de Barrio Sésamo.

Fue un viernes movido y un sábado asesino. Después del concierto con láseres de los Pecho Gay volví a casa desencajado, apestando a sudor tóxico, con las articulaciones hechas fosfatina y la satisfacción del deber cumplido. Pero sobre todo, compadeciendo a los que se quedaron hasta el final y tuvieron que volver a casa enclaustrados en un vagón de ferrocatas con olor a pedo y sobaco a las ocho de la mañana de un calurosísimo domingo. Estoy roto, pero me siento bien: el nuevo Village se ha convertido en una pecera de infinitas posibilidades, pero el Sónar por sí mismo es siempre un torbellino de vivencias decadentes, Polaroids dantescas, perdición al límite y desenfreno a todos los niveles. Un mar de éxtasis que se agita entre espasmos lascivos y en el que adoro bañarme, ahora más que nunca. Aunque sólo sea por lucir este moreno paleta que tanto bien me ha hecho.

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