Columnas

Modernillos De Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, lo que el viento se esnifó (en Primavera Sound)

En Primavera Sound hemos visto cosas que no creeríais: hipsters autóctonos catalanes como alternativa a la barba tupida rollo Doctor Bacterio, rocas de Eme más duras que el diamante, una juventud descarriada seducida por el sexo y la droga, modernillos que van de normales pero no lo son. Ha llegado el momento de Modernillos de Mierda.

1. Calor rojo

Sepa el lector, antes de sumergir sus juanetes y uñeros en los abismos más fríos de la decadencia humana, que en la era de los titanes, el dios Khol-O-Khón y su fiel siervo Jamäro enterraron en las fértiles tierras de lo que ahora se conoce como Fòrum de les Cultures su bien más preciado. Se trataba de un pedrusco color rubí de una dureza que ninguna otra gema –ni siquiera los carquinyolis de Santa Perpètua de la Moguda, ni el ojo de cristal de Fernando Trueba– ha podido igualar. Después de una visita exprés al mundo de ultratumba, previa inhalación de tres cubos de cola industrial en un club fetish serbio, Anne Germain y la Juanpe de Nancys Rubias advirtieron al ser humano de los peligros de la roca palpitante, una roca mística forjada por los mejores laboratorios holandeses que, según la vidente y el clon ibérico de Joey Ramone, debía permanecer enterrada en las entrañas de Madre Gaia ad aeternum, pues podría desatar una plaga de insania maxilar en la Tierra en caso de ser descubierta y mascada y/o inhalada por el hombre.

Millones de años después, la roca de Khol-O-Khón llamó al drogata como el Anillo Único llama a Gollum; ya se sabe que los seres inferiores, las deformidades y los despojos pastilleros son enormemente susceptibles de ser engatusados por el Mal, pues su cerebro es incapaz de efectuar más sinapsis que el perro de Amador Mohedano. El fiestero chungo, el mismo que luce surco de saliva reseca en las comisuras de los labios, temblor facial de 6,6 en la escala de Doherty, golondrinos axilares rellenos de farlopa y uñas con una corona solar de mugre y costo apaleado, es una alimaña fácilmente corruptible, un carroñero deseoso de horadarse los pocos molares que le quedan con la mandanga más nociva del planeta. Quizás por eso, la piedra roja ancestral, hasta entonces sesteante desde la Era de los Titanes, despertó y envió su convocatoria a los débiles de tabique nasal, ofreciéndose al hombre en toda su plenitud para ser ingerida, metabolizada y convertida en inmensas e inquietantes esferas negras, conocidas por los entendidos en la materia como pupilotes.

"Se vieron maxilares irse de paseo a Júpiter y volver al Fòrum en caída libre y con turbulencias"

Así fue como empezó todo. Corría por los meandros del Primavera Sound un MDMA color rubí que hizo añicos incontables quijadas y consiguió que más de un yonqui se hundiera las raíces de los dientes hasta la cavidad de los pómulos de tanto apretar. Roca dura. Inquebrantable. Diamantina. Peleona como ella sola. Se vieron maxilares irse de paseo a Júpiter y volver al Fòrum en caída libre y con turbulencias. Ahhhh, bendito cristal rojo, cuántas bocas pusiste en solfa, cuántas denteras causaste, qué forma tan bella de limar caninos a la vieja usanza. Lo juro por Pere Gimferrer: contemplé en esa batalla temblores bucales que de tan espasmódicos producían un efecto electrón, esto es: parecían estar en dos sitios al mismo tiempo. La piedra roja gustó. Gustó mucho. Su color era hipnótico. Su aroma, especiado. ¿Su consistencia? A prueba de Zippos. Sé de alguno que intento macharla con un simple chivato y un mechero, y vio el pedrusco estallar en millones de minúsculos asteroides psicotrópicos que se perdieron para siempre en la inmensidad del enfangado césped, como lágrimas en la lluvia.

El MDMA rojo no fue ninguna broma, reclutas. Esa basurita indestructible dejó importantes secuelas entre la comunidad guiri, acaso poco habituada a los estragos de la droja española, aunque eso sí, entregada por completo al noble arte de joder la vida al pobre melómano que se metía en el meollo con la peñita, con la sana intención de ver el concierto tranquilo. Tuve que verme en semejante campo de batalla, golpeado hasta la extenuación por milicias hostiles de turistas drogados, durante la actuación de Hot Chip. Ahí estaba yo, con el papo relleno de cerveza caliente, presto a disfrutar del show junto a una fotógrafa que vive en el Raval, un periodista musical adicto a los bufets giratorios regentados por chinos malvados y mi novia. Fue imposible ver una canción entera sin probar el codo de un francés empastillado en el píloro, la tetaza sudorosa de una inglesa pasada de Eme en el parietal, un pisotón asesino de esa chusma drogadísima que va moviéndose en manada entre la gente sin rumbo fijo, con la única intención de sembrar el caos a su paso, importunar al público y destrozar los conciertos a los humanoides con cerebro funcional que suelen quedarse en el mismo sitio y no molestan. Juro que vi a los mismos cretinos pasar tres veces por delante de nosotros en diferentes momentos del concierto. Seguro que la tontería de ir en fila haciendo el imbécil les resultaba divertida. Normal. No estaban habituados a esa roca roja y cabrona que solo un recio drogata español puede sobrellevar con dignidad, sin interferir en la vida de los demás. Pido que el año que viene los camellos guarden el maná escarlata para los mascachapas ibéricos más duchos y le vendan el polvo pica-pica de un Fresquito a los foráneos novatos que no saben dónde (ni qué) se meten.

"Ojos entrecerrados. Sonrisas de pato. Abrazos colectivos. Morreos entre hombres heterosexuales"

Sale el sol. Rocío en las enredaderas. Los pájaros pían. Diablos, son buenos tiempos para el MDMA. Los festivales no están hechos para la nieve. Los riesgos de darle al perico en los lavabos de un macroevento son inmensos; solo muñecas entrenadas durante centurias pueden dibujar rayas en las condiciones más adversas, pero el ciudadano medio tiene que encomendarse a Pablo Escobar cada vez que entra en un lavabo químico para que el polvo no se le humedezca en la tapa, mientras intenta una contorsión imposible con la única luz de un móvil sin apenas batería. ¿Esnifar a la intemperie? Allá tú, jabato, pero piensa que si no es el de seguridad, algún conocido que hasta ahora te tomaba por un tipo sano –jefe, profesor universitario, compañero de trabajo, Jesús Hermida, yo qué sé– acabará dándote unas palmaditas en el hombro para saludarte mientras estás ejercitando la napia sobre el césped con la pechera espolvoreada. Y eso debe de doler mucho.

De modo que la solución es una buena roca de MDMA. Metes el dedo en la papela y chupas o, si aprecias tu dentadura, diluyes el estupefaciente en la cerveza y listos. Abrefácil. Si me lo preguntan, diré que los druggies del festival se pasaron tres días bajo los efectos de la Muerte Roja del dios Khol-O-Khón. Maxilares inferiores moviéndose a la misma velocidad a la que aletea un colibrí. Ojos entrecerrados. Sonrisas de pato. Abrazos colectivos. Morreos entre hombres heterosexuales. Pendones con un vestidito de tirantes en plena ola de frío. Mi amigo del Bierzo, el mismo que asaltó a Cristina Rosenvinge el año pasado, llegando a las 8 de la mañana a casa feliz de la vida sin acordarse, seguramente, de que su suegra se había quedado a dormir para, entre otras cosas, cuidar de su bebé. Llevo tres días rezándole a Dios para que la señora no se topara con él junto a la cafetera. Mmm. A lo que iba: he visto muchos cocainómanos –en la vida real unos pocos, la mayoría en la tele– y todos sabemos que ese espíritu neohippie de amor desbocado, esa despreocupación casi naif, nada tiene que ver con la blanca, más bien responde a la acción implacable, embriagadora, balsámica de esa roca encarnada que hace que los cristales de “Breaking Bad” parezcan vulgares mocos resecos de manatí. Así fue cómo en el Primavera Sound muchos psiconautas volvieron a la Era de los Titanes, danzaron con el espíritu de Khol-O-Khón y algunos elegidos se despertaron con la marca de su siervo Jamäro en el cerito sexual. De ahí lo de domingo jamaroso. Pero dejemos de hablar de drogas, seguro que a día de hoy muchos todavía estaréis con la química del cerebro en modo pedorreta, llorando desconsolados con “Liberad A Willy”, de modo que pongámonos más profundos hasta que expulséis el veneno de vuestro organismo y vuestras entendederas vuelvan a funcionar. Ahora la cosa va en serio. En plan sociológico. Es la hora de rajar de los estilismos porque sí. Coged mi mano.

2. Meat is Murder

Pues aunque diga Morrissey lo de Meat is Murder, yo habría matado literalmente por un poco de carne. Y no hablo de los stands de comida –por cierto, magnífica la carpa japonesa de Bozu, una comilona de yakisoba, sushi y mochis me devolvió a la vida el sábado–, hablo de carne humana, femenina para ser más concreto. Hasta ahora el Primavera Sound había sido el florecer primaveral en su máxima expresión: tetas y nalgas se asomaban en todo su jugo por las rendijas de vestiditos y shorts, invitando a los machos cabríos a relinchar y relamerse. El calor barcelonés siempre había mimado al festival, pero este año una ola de frío, viento y humedad condujo a la concurrencia a taparse cosa fina, lo que derivó el viernes y especialmente el sábado en un desfile anticlimático de anoraks, bufandas, capuchas, pantalones largos, fajas, botas, ¡gorros de lana! No hubo tregua para el pajillero. Los escasos shorts que detecté eran poco más que un insulto para la casta empotradora, pues se veían complementados por tupidas medias negras y leggins oscuros que impedían determinar tanto la calidad de las cachas como la profundidad de las depilaciones brasileñas. Dramón gordo. Tanto que lo único que nos quedó para entretenernos fue la lluvia torrencial de tintes que se impusieron en las pelambreras de las modernas. Que me aspen si no ganaba el azul Miranda Makaroff, ese azul decolorado, rasposo, pitufero. Mi radar detectó también muchas melenas rosas. Un rosa de chicle pisoteado por cien yonquis salidos de un estercolero, pero rosa al fin y al cabo.

Lo cierto es que el frío es muy perro. Conserva en perfecto estado la farlopa, estira la piel y todas esa cosas, pero agarrota los impulsos sexuales de miles de veinteañeros ávidos de sexo con un simple resoplido, congela como una plaga bíblica la libido de todas las féminas en edad de merecer, hace que el coito en los arbustos sea una heroicidad. Aunque eso sí, el frío no impidió que en la zona Vip del escenario Heineken dos tipos, sabe Dios bajo los efectos de qué ayahuasca, se despojaran de su ropa y, ante la mirada atónita de los muchos presentes, se metieran en una especie de riachuelo artificial en bolas –uno de ellos con la minga al viento, según fuentes oficiales–. Y esa fue la única carne que se vio, amigos. Un espectáculo de una extraña y horrenda belleza del que he visto algunas fotos que harían vomitar a un escarabajo pelotero.

Pues eso, el frío es muy perro, decía. Y a muchos les jodió su colección de modelitos. Todos sabemos que el hipster y el moderno de manual, aunque se esfuercen en hacernos creer que se han puesto lo primero que han pillado, llevan semanas preparándose a conciencia los outfits para el Primavera. Es un ritual del que ningún moderno habla, sotto voce es quedarse corto, como si no existiera. Hay una inquietante omertà sobre este asunto, no se admite y punto, pero está ahí y todos y cada uno de los hipsters lo siguen rajatabla.. Ahhh, pues qué gran putada, para ellas sobre todo, comprobar que de nada había servido todo aquel esfuerzo, todo aquel gasto en vestiditos, gorros ochenteros, camisetas Wemoto. A la mierda, que diría Fernando Fernán-Gómez. Los dos últimos días hubo que desempolvar el abrigo y taparse el uniforme oficial: el factor biruji simplemente no se había contemplado. Pues a joderse.

"Si el crecimiento de barba sigue a este ritmo exponencial, puede ser que en el Primavera Sound del 2014 tengamos a treinta mil clones de ZZ Top mesándose la greña"

Quizás por eso, no pude evitar fijarme en un fenómeno sin duda incipiente que no dudo que irá a más: la figura del guiri chalado que se disfraza. Y hablo de disfraces elaborados, nada de medias tintas con gorras-polla estilo despedida de soltera. Los que vieron al Apicultor saben que no me refiero a un simple aficionado. Allí había un tipo con un disfraz digno de una superproducción de Hollywood, un traje de apicultor con todos su complementos, guantes, mono, fumigadora e incluso un casco protector que seguramente impedía ver a su dueño los conciertos y supongo que, para alivio de su novia, mantenía su nariz alejada de tentaciones. También dejó huella un simpático gordo que iba vestido de carnicero. El pobre diablo merece el reconocimiento de MDM, pues se trabajó un disfraz magistral con bata blanca de matadero, guantes y, atención al detalle de clase, collar de salchichas de plástico alrededor del cuello. Al menos no pasó tanto frío como el tipo que apareció en Solange con una falda escocesa; por unos momentos agradecí a Dios que le diera su merecido al julai, atrofiando sus testículos a golpe de frío, reduciéndolos a meras pasas sultanas con pelo que seguramente implosionaron por los gélidos vientos que golpeaban su desprotegido escroto. Por cierto, a los que iban con plumas de indio sioux y a buen seguro se creían la peña más molona del universo, alguien debería introducirles un supositorio de uranio por el recto para que no olvidaran el mensaje: “el año que viene dejad esa mierda en casa”.

Ya que hablamos de disfraces, debo advertir al personal de un asunto peliagudo: por momentos no sabía si en alguna carpa colocaban barbas postizas victorianas gratis o si de repente Hipsterlandia se había vuelto una comunidad de yoguis. Nunca el piojo había sido tan feliz. Y es que el hipster ha esperado al Primavera de este año para llevar la moda de la barba a otro nivel. Empezó con un ridículo bigote irónico, siguió con una barba estándar y esta temporada, el modernillo nos ha sorprendido con una mata de pelo facial al más puro estilo profesor Bacterio. Son barbas tupidas como el potorro de una modelo de Interviú del 79, gatos acostados, auténticos mapaches que parecen cobrar vida más allá del límite de la papada, llegando incluso en los casos más extremos a cubrir la pechera del peludo portador. Ahora que lleva barba hasta la Pantoja, era de esperar que el hipster se desmarcara del rebaño de la única forma posible, es decir, dejándose crecer una selva espesísima, hostil, sembrada de restos de comida recubiertos de moho en sus profundidades, habitada por liendres mutantes que en el 2015 eclosionarán, se convertirán en mantis gigantes de dos cabezas y devorarán a toda la humanidad menos a Nick Cave. Si el crecimiento de barba sigue a este ritmo exponencial, puede ser que en el Primavera Sound del 2014 tengamos a treinta mil clones de ZZ Top mesándose la greña con peines de jade. Recordad mis palabras.

Por cierto, ¿soy yo o se ha extendido entre el moderneo gay el look Màxim Huerta? Por alguna razón, las gafas de metal de los 80, el peinado de paje castrado hecho en Iranzo, la camisa de cuadros por dentro y la americana sport se vieron en ingentes cantidades: fue uno de los looks que más me llamaron la atención, amén de la chica hipster que se ha vestido con libro de instrucciones. Es muy fácil: gorro negro de los ochenta, cabello liso, gafotas gigantes de pasta negra, casaca verde oliva, unas Doc Martens, cara de “la vida es un agobio y la gente apesta” y labios muy, muy rojos. A puñados. Por todas partes. Eso sí, ni Màxim Huerta, ni las barbas de ocultista victoriano, ni la madre que nos parió a todo pudieron competir con la que para mí fue la revelación del festival, la aparición de un nuevo modernillo con denominación de origen: es la hora del gipstar català.

3. Gipstar català

Mientras Tame Impala concitaba a una fauna más bien andrajosa formada por hipsters con tatuajes raros, colgaos de toda la vida y la comunidad de psicodélicos –fácilmente reconocibles por sus greñas faltas de nutrientes, camisetas agujereadas y cara de flipe antológico–, en otro escenario, a la misma hora, tenía lugar un rito de iniciación, el albor de una nueva raza que está destinada a esparcirse bajo los Pirineos y cambiar por entero el universo modernillo. Manel tocaba ante una nutrida parroquia de fieles, una comunidad en la que hasta ahora no había reparado. Ingenuo de mí, pensaba que el hipsterismo era un movimiento globalizado. Pues no. En mi tierra, Cataluña, el culto a la nueva escena pop catalana ha producido una burbuja de jóvenes que han modelado las constantes hipsters hasta adaptarlas a su entorno y referencias locales.

El gipstar català es un hecho. Todavía está en pañales, la chiquillada tiene que madurar, pero es fácil adivinarle un futuro prometedor. El gipstar català tiende a llenar su ropero de jerseys de lana (generalmente de pico) en tonos marrones, tostados, cobrizos. Le gustan las camisas vintage y se las abrocha hasta el último botón. Las rebecas le pirran. Suele eludir las referencias infantilistas a las consolas y gadgets de los ochenta, aunque siempre tiene un minuto para conversar sobre el Barça o la causa palestina. Además, no le tiene miedo a las gafas de clase obrera, de hecho no son pocos los que gastan montura pequeña de metal o modelos discretos. Hete aquí una de las bondades que hacen del gipstar català una evolución más humilde y campechana que el molde internacional: es un hipster discreto, hormiguita, lo suyo no es el ruido, preferirá unas gafas espartanas a unas lupas Tom Ford del tamaño del Hubble. Fijaos en esos pantalones, hace siglos fueron de pana. Hay que admitir que el gipstar català cae en exceso en la dejadez, pero al mismo tiempo ha hecho de ello un estilo. Mucho pelo descuidado, mucha barba agreste, mucha ceja única, mucha sandalia guarra a la minima que le sudan los quesos, mucho tabaco de liar, mucha tote bag. Vamos por el buen camino pero hay que sofisticar esos detalles, hay que pulir flecos (y flequillos). En breve el gipstar català definirá por completo sus formas, aunque sus convicciones ya son firmes. Durante el concierto de Manel, el gipstar català dejo claro su compromiso político. En algunos sectores se oyeron gritos que pedían la independencia de Cataluña. Eso está bien, mientras que la mayor preocupación del hipster universal es encontrar un brunch con brotes de soja tibetana, para el gipstar català hay cosas más importantes que reivindicar.

"El cantante de Manel se parece a cualquier cosa menos a una estrella del rock"

Pero que nadie se asuste, el gipstar català es un moderno osito panda. Dan ganas de abrazarlo y hundir el mentón en su peluda barriguita. Es buen pavo. Se entiende con la gente llana. El cantante de Manel se parece a cualquier cosa menos a una estrella del rock. De hecho se le vio por el público del Primavera charlando con fans de forma distendida, como uno más, de tú a tú, como si estuviera en un bar de Sagaró viendo La Volta Ciclista a Catalunya. Y es que el gipstar català es definitivamente más rural que el estresado y neurótico hispter clásico, y ese apego a la boñiga de vaca le ha convertido en un ser más afable, nada altivo, paciente y siempre atento con el vulgo.

Ha sido un Primavera sin glándulas mamarias, sin nalgas al viento, un Primavera en el que he descubierto que en Cataluña tenemos hipsters autóctonos. Pero también ha sido un festival lleno de visiones extrañas. Por ejemplo, ¿quiénes son esos seres sombríos que habitan las zonas agrestes de los márgenes del festival? ¿Qué hacen esas perturbadoras siluetas entre la maleza? ¿Por qué no se dejan ver por la zona de escenarios? Me gusta llamarles la gente de las cañadas y dicen los más viejos del lugar que son fiesteros que se quedaron pillados de un tripi o una sobredosis de MDMA adulterado años atrás; colgados terminales que, incapaces de encontrar la salida del recinto, decidieron quedarse en lo salvaje, formar una comunidad en las cañadas y alimentarse de pequeños roedores locales, bayas y, en época de festival, nutrirse con restos de comida robada a los incautos que se duermen con la hamburguesa en la mano o dejan el frankfurt en el césped para liarse un canuto. Son como macacos hambrientos, se deslizan siempre al amparo de las cañas, emitiendo extraños gruñidos en las tinieblas. Podéis alimentarles, claro que sí, son inofensivos, les gustan los cacahuetes y las pipas, pero ni se os ocurra acercaros con algún estupefaciente en el bolsillo pequeño del pantalón. La gente de las cañadas ha desarrollado un olfato perruno para detectar la mierda de calidad y podrían devoraros los ojos, violar a vuestros amigos y arrancaros la medula espinal con un mondadientes para apropiarse de ese delicioso cristal y catarlo en las profundidades de su reino boscoso.

No sé, me prometí portarme bien, pero metí el dedo donde no debía, chupé cosas muy amargas, aspiré neblinas de porro que cerrarían el trafico aéreo en cualquier aeropuerto y me quedaron arrestos para subir mi esqueleto al escenario Ray-Ban durante la ya legendaria sesión de clausura de DJ Coco. Faltar sería una bajeza, como no mojar la noche de bodas. Una vez más fue el delirio esperado, varias botellas de vodka corrieron por mis manos como si fueran agua del carmen, presencié coreografías que harían explotar la cabeza de Alfonso Ribeiro, Arkham Asylum desatado, hits a mansalva, el puto mejor festival del mundo… Cuando abrí los ojos eran las seis de la mañana y estaba sentado en el metro, línea amarilla, camino a casa. Aterricé en el sofá, exhausto, delgaducho, debilitado. Mi perro casi se mea de pena sobre mis Vans. Entré en la cama con dolor lumbar, jaqueca, garganta irritada, mareo, gases, quizás pedete. Y me dormí deseando que el año que viene deberían poner mesas de avituallamiento con Gatorades y plátanos en la travesía hasta el escenario Heineken, o que venga uno de esos equipos médicos corruptos de la mafia ciclista y me practique varias trasfusiones sanguíneas ricas en eritrocitos durante la caminata. Eso o el año que viene me tendrán que recoger con rastrillo. Son las cinco de la madrugada del lunes, mi chucho ronca desde el sofá, el Barrio Gótico de Barcelona está sorprendentemente silencioso y me duele todo, absolutamente todo. Señal de que habremos hecho las cosas bien.

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