Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, tatuarse en tiempos modernos

Nos adentramos en uno de los rituales más sagrados de modernilandia: el de tatuarse cosas estúpidas para molar. La moda de los tatus, la de los piercings y hasta la de las sobacas moras es una profanación del cuerpo inconsciente que merece una severa reprimenda, y adjuntamos el listado de la vergüenza, o los diez tipos de tatus más odiosos del submundo hipster.

Hordas de veganos con antorchas delante de mi casa. “¡Matad al monstruo!”, grita una vieja. Anónimos escritos con zumo de remolacha en mi buzón. “Te haremos comer una berenjena vía rectal, pedazo de mierda”, reza uno de ellos. Una cesta ecológica con el meñique cercenado de Ronald McDonald encontrada en la mesa de mi oficina. “Cielo santo, tiene que haberlos cabreado mucho”, me dice un agente del CESID, mordiendo la patilla de sus gafas. Modernillos de Mierda es un estigma que pasa de generación a generación; sus soldados, sus cruzados mejor dicho, no son más que sacos de boxeo con piernas dispuestos a recibir el peor de los castigos con tal de cantar las verdades del barquero hipster. Por eso, a los apóstatas de la grasa cristiana les digo que sus demostraciones de terrorismo verdulero no son más que alimento para la bestia, pues MDM es un masa octopoide pentadimensional que se nutre de la bilis ajena, degusta el dolor del moderno sorbiéndose los tentáculos cerdamente, se baña en el escarnio gratuito del hipster cual berraco en charca y saborea el insulto barriobajero como si fuera el más beluguesco de los caviares.

Dicho esto, la Entidad conocida como Modernillos de Mierda me comunica, desde sus minivacaciones en Farina d’Or, que le dé las gracias a sus fieles, por supuesto, pero también a sus detractores por esos comentarios rabiosos que hinchen de orgullo y fétidos gases sus entrañas. También me comunica que vendería a su madre para que volviera el tándem José María García-Ángel González Ucelay, pero eso ya es harina de otro costal. La verdad es la que sigue: después de poner al descubierto la conspiración judeo-masónica en pro de los alimentos raritos y de levantar en armas al lobby del brunch, Modernillos de Mierda sigue más hambriento que Bobby ‘Bacala’, necesita volver a enjuagarse las encías con sangre y esperma modernillo. Y para tan sucio menester el Monstruo ha dejado muy claras en mi buzón de voz las directrices a seguir para volver a encolerizar a la casta gafapasta: “Escúchame, oh, fiel sirviente y escribe, escribe con todo tu odio, haz que sangre el pergamino, que la llama de las velas se agite, porque estoy harto de los modernillos y sus tatuajes de mierda. Harto de sus piercings… Hostia puta, me llaman por la otra línea, es Jorge Verstrynge que está en la habitación de al lado. Timba de póquer y posible escrache de pedo a Isabel Tocino. Con Dios”. Fin del mensaje. La tinta, al igual que la letra, con sangre entra. Pues a eso vamos.

Que el hombre lleva imprimiéndose en la piel garabatos de toda índole desde tiempos inmemoriales es algo que sabemos todos. Los egipcios ya le daban al pincho. Diablos, hasta se ha encontrado un cazador del neolítico momificado de 5000 años de edad –la misma que Manoel de Oliveira– que calzaba tinta por todo el pellejo. El tatuaje, como las drogas y las ladillas, ha acompañado al humano desde sus comienzos hasta la actualidad. Y aunque ahora uno se puede inmortalizar un delfín en el píloro en menos de cinco minutos, decorarse la dermis ha sido cosa seria durante miles de años. Antes, llevar un tatuaje significaba algo: que eras un sacerdote fecundador de poderoso penacho, que habías estado en una cárcel turca con muchas pastillas de jabón desparramadas por el suelo, que pertenecías a la mafia rusa, que te habías escapado de Auschwitz… Y entonces apareció la era pop.

En los últimos 50 años el tatuaje ha dejado de ser un ritual de tintes místicos, un mensaje, un arte marginal con significado, un símbolo de pertenencia. Todo esto ya es historia, a menos que vivas a una de las pocas tribus que las hamburgueserías han indultado en el Amazonas profundo y no estés leyendo esto. Actualmente, el otrora arte se ha convertido en una fiesta para todos los públicos, un anuncio de Coca-Cola. Coge un Delorean, viaja al pasado y cuéntales a los maoríes, unos pobres diablos que debían tatuarse el cuerpo para evitar que la hechicera les devorara los globos oculares en su lecho de muerte, lo que ha pasado con tan sagrada disciplina desde finales de los 90 hasta ahora; diles que Borja Thyssen se ha intentado tatuar como si fuera un yakuza y parece el palmero de Los Sobraos: te devolverían al presente de una patada en el culo, con un gorro de papel y un embudo en la boca a modo de trompeta.

No tengo ninguna duda al respecto: el pobre tipo que se toma el tatuaje como una religión y ha dedicado media vida y ahorros a llenarse el cuerpo de tinta tiene serios problemas para pegar ojo estos días. Cada vez que ve un unicornio en el tobillo de una adolescente segrega quitina. Cuando alguna Fulana del Rey se tatúa una pin up en el culo se les caen las uñas. Cuando pone Hombres Mujeres y Viceversa y ve un cretino con letras japonesas en el cuello se convierte en una cucaracha gigante, como Gregorio Samsa. Se le ha perdido el respeto al tatuaje. Ya no se contempla como un proceso doloroso, un rito; la aguja es ahora un mero trámite que hay que pasar porque al igual que el iPhone, si quieres estar dentro y no fuera, que diría Kenny Powers, tienes que llevar uno.

La experiencia, como el tiempo, es un juez insobornable que da y quita razones. Tengo una edad. Escroto canoso. He estado en el primer Sónar, así de crudo. He pateado muchos festivales mandíbula en ristre durante los últimos 20 años. Cuando el cantante de Artic Monkeys se sacaba piezas de Mr. Potato de la nariz, yo sufría una delicada diarrea por beber agua de las duchas en el primer Doctor Music Festival. Puedo jurar por la seborrea de Nacho Vegas que en las primeras ediciones de estos grandes festivales no se veía en los arenales festivaleros tanto tatuaje como ahora; de hecho, por aquel entonces era algo bastante exótico. Jamás habría dicho que algo tan definitivo, indeleble y costoso como el tatuaje se convertiría en moda en un plazo tan corto de tiempo. Ahora, te das un garbeo por el Primavera Sound y solo ves páginas de cómic andantes, Guernikas humanos, animales llamando la atención con plumaje permanente insertado en la piel. A veces pienso que la fiebre del tatuaje y la imperiosidad por tener uno son tan potentes que la gente han perdido la noción de algo fundamental: que no se borra. Bueno sí, pero soltando una pasta para que te frían al rico láser.

Modernillos de Mierda no tiene nada en contra la mutación del tatuaje en fast food, se apiada de los hardcore fans del mundillo, pero avala también el tatuaje como fenómeno mainstream. Si Melanie Griffith se pone el nombre de su mancebo malagueño en el brazo, avanti; si Messi hace lo propio con las manos de su hijo en las cachas, avanti; si Javier Gurruchaga se tatúa a Popotxo disfrazado de luciérnaga en una duricia plantar, avanti, avanti. Lo que no puedo permitir en nombre de MDM es que los modernos hayan irrumpido desde hace unos años en el tablero de juego para reivindicarse como la quintaesencia del tatuaje guay. Como áspides sigilosas acechando cobayas, los hipsters han aprovechado este momento de confusión para demostrar a la muchedumbre el camino a seguir con sus tatuajes psicodélicos de animales, sus triangulitos y lienzos románticos de líneas hipnóticas. Y se están gustando, eso es lo que más duele. Porque ellos están por encima de tribales estilo Luis Enrique, de dragones, de golondrinas, jamás profanarían el pellejo con un diseño pueril que podría llevar Pipi Estrada en el cogote: ellos han sido puesto por Dios en la Tierra en este preciso momento para salvar el noble arte del tatu, demostrar que su piel es la más original del planeta y, por supuesto, pillar todo el cacho posible con la monserga.

"Si el moderno se tatúa el brazo, sabed que lo hará de tal modo que el diseño se vea siempre con manga corta"

Lo primero y fundamental para un moderno es estudiar detenidamente las regiones corporales más proclives a resaltar sus tatuajes. Esta raza ha desarrollado un olfato infalible para dichas labores y ubica estratégicamente sus tatuajes, para que se vean más allá de los límites de una camiseta de manga corta, un jersey, unos shorts, unas minifaldas, unas bermudas o unos tejanos arremangados. El moderno ha aprendido y aplicado desde hace centurias técnicas de disimulo cada vez más sofisticadas en lo que atañe a la decoración de su dermis. Persigue unas líneas imaginarias que solo él conoce y le conducen, como las líneas telúricas a los druidas, a puntos estratégicos de su cuerpo en los que el tatuaje no parece ubicado sola y exclusivamente para que lo vean los demás, aunque ese es precisamente el objetivo principal.

La idea es que parezca que se ha planchado en la piel la tontería de turno de forma despreocupada; el ansia viva por lucirlo y el afán exhibicionista jamás deben aparecer ante el espectador de forma burda, la clave es ir acomodando dibujitos en aquellas zonas donde parece que sí, pero que no. Si el moderno se tatúa el brazo, sabed que lo hará de tal modo que el diseño se vea siempre con manga corta –abusar de las camisetas de tirantes le puede delatar, no hay que dejarse llevar por la euforia. Cuando calce manga larga, se arremangará con sigilo el jersey para que la tinta asome y la gente pregunte. Las muñecas también son terreno abonado para el tatuaje hipster –se ven hasta con chaqueta, pero cuando quiera el portador–; la cara interior del antebrazo y bíceps, y la cara superior de los muslos, la repanocha, y si te haces uno en el pecho con animales cornudos, ojos y figuras geométricas, Yoko Ono dejará de desangrar bebés y hará un viaje astral desde su residencia solo para visitarte y chuparte los dedos de los pies mientras roncas.

Qué queréis que os diga, en un mundo de depredadores esto no es originalidad, esto no es gallardía: originalidad y gallardía es lo que le sobró a una pelandusca que se hizo famosa en Internet el año pasado gracias a un vídeo en el que, drogada hasta las pestañas, se tatuaba el mismísimo ano. Sí, lo que se conoce como ojete u ojo del culo. Y la muy animal lo hacía en una Feria del gremio ante la mirada atónita de los visitantes, aterrados y maravillados a partes iguales ante la visión de tan peculiar blanqueamiento anal. Como dicen Manu Carreño y Manolo Lama en el anuncio de LB Apuestas, esto sí que es ser el crack, el number one o el muro infranqueable.

"El modernillo necesita desmarcarse del rebaño apelando al misterio. Su rollito es críptico, jeroglífico"

Aunque el hipster tenga apetencias nudistas, los tatuajes en zonas escondidas sólo accesibles a la vista través de un desnudo integral son mal negocio. A menos, claro está, que el interfecto viva en Formentera y vaya en bolas la mitad del año o esté desquilibrado y directamente se pasee con el mondongo peludo a la intemperie en plena Barceloneta, asustando a niños, masajistas chinas y jubilados.

Pero el modernillo no tiene suficiente con buscarse zonas originales donde estampar garabatos, el tipo necesita desmarcarse del rebaño apelando al misterio. A diferencia de iconos eternos que no necesitan explicación, como un ancla, la mascota de Iron Maiden, el logo de los Stones, La S de Superman, un Amor de Madre, el escudo del Barça o una mujerzuela engullendo carne en barra, el tatuaje del hipster tiene que ser explicado. Condición sine qua non. El modernillo no pierde el tiempo tatuándose mensajes basados en la economía del lenguaje y la eficacia. Su rollito es críptico, jeroglífico. El juego consiste en que los otros le pregunten el significado de la mamarrachada para que él pueda emitir una respuesta metafísico-filosófico-esotérica y dar así a su obra de arte una relevancia que el 90 % de la humanidad tatuada ni huele. Me pregunto qué sentido tiene mostrar a todo el mundo algo que tiene un significado tan íntimo y personal, y exige de una explicación tan profunda. Mirad mi foto como un fósil, echo de menos los 90: por aquel entonces te tatuabas un Piolín en la paletilla porque molaba, no porque el periquito sea la metáfora de la caída del espíritu libre en un mundo globalizado bajo el yugo de Starbucks. La aproximación a la esencia del tatuaje, al tatuaje evocador y con una historia detrás es una vez más otra cortina de humo moderna y otra dentellada de trascendencia hipster por la espalda: nada nuevo para los que sabemos de sus auténticas ambiciones.

Un modernillo tatuado es una jaqueca para los peatones de bien, pero el problema es que en muchos casos los tatuajes vienen acompañados de una moda más aborrecible y, en casos extremos, de graves consecuencias para la salud pública: los piercings. Un hipster con tatuajes masónicos y piercings tribales es una bomba de relojería que te puede estallar en las narices en cualquier momento. Evítalo. No es agradable estar hablando con un tipo con la jeta llena de tachuelas que no para de hacer ruidos y movimientos extraños con su bola lingual. No es de recibo que cada vez que sueltas al periquito para que haga monerías ante tus amigos el bicho se pose siempre en los aros africanos que el novio hipster de tu hermana lleva en los lóbulos de las orejas. A nadie le gusta ver el tenue cortinaje de lechuga del Big Mac atrapado en tu piercing del frenillo del labio superior. Y así hasta el infinito.

"Un modernillo con piercings y tatuajes de la rama dura tiende a la mugre, hay que decirlo alto y claro"

Además, no nos engañemos, es indiscutible que existe una tendencia por parte de las facciones más extremas de la cofradía perforada a olvidar algunas normas elementales de higiene. La proliferación de piercings en el hipster es inversamente proporcional a sus cuidados estéticos. Cuantos más agujeros, menos maquinilla. De ahí que en verano no sea inusual ver axilas que parecen hurones e intuir ingles boscosas pidiendo paso en los límites de los shorts. Un modernillo con piercings y tatuajes de la rama dura tiende a la mugre, hay que decirlo alto y claro. Guarrea un poco, se deja. Como si las perforaciones y el sufrimiento con la aguja le legitimaran para volver a la cavernas y presentarse en tu casa necesitado de una pedicura severa y un afeitado nuclear él, necesitada de una podadora industrial ella.

No es nada nuevo que el moderno se apropie de algo y lo convierta en su juguete favorito a costa de los que lo inventaron. El gremio del tatuaje tendrá que hacer algo de forma pronta y severa para parar los pies al falso profeta hipster y evitar que sea él quien dicte las normas en su propio terreno. Claro, el modernillo se pirra por la exclusividad, pero a la hora de la verdad, es muy fácil distinguir distintos patrones y diseños que se repiten una y otra vez entre los de su casta. Hete aquí los más aborrecibles.

Catálogo de tatuajes modernillos odiosos

1. Triángulos y símbolos misteriosos

En la realidad paralela del hipster, el muy iluso cree que a los transeúntes les interesa ensimismarse en los misterios que muestra su piel. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, el modernillo está convencido de que los triángulos molan, epatan, te dejan con cara de “guau, socio, ¿por qué llevas un triángulo?”, como si todas las preocupaciones de tu vida se convirtieran en humo de porro al lado del gran interrogante del siglo: el puto triángulo. Algún valiente debería comentar al modernillo que el significado de esos intrigantes objetos que palpitan en sus muñecas y antebrazos no le interesa a nadie.

Dichoso hipster; se quedó flipado con la secuencia numérica y los símbolos egipcios de “Perdidos” y se ha fabricado su propia escotilla 24/7. Quiere ir de enigmático por el mundo con sus calcomanías de símbolos mágicos, ajeno a que produce la misma dentera que el anuncio de Boss de “Don’t imitate, innovate” o el de Carolina Herrera de “You’re not on the guest list”. Cuánto daño ha hecho el triángulo sobaquero de Justin Vernon.

2. Objetos que definen oficios molones

Vamos a ver, ¿acaso Álvaro Muñoz Escassi lleva un pene tatuado en el brazo? Que yo sepa Tristanbraker no se puso el símbolo de los Cazafantasmas en el omoplato. ¿Luis del Olmo con un aparato de radio en la nalga derecha? No way, José. Hay un elevadísimo porcentaje de población que no tiene ninguna necesidad de gritar a los cuatro vientos su profesión, como si la gente necesitara saber a toda costa cómo se gana el pan mengano o zutano.

Pero se produce entre los modernos con oficios supuestamente cool un hecho fascinante: se mueren por que les preguntes cuál es su trabajo, porque su trabajo mola y el tuyo seguramente no. Y dado que al grueso de la humanidad le suda la polla dicha información, se ven obligados a recurrir a un tatuaje bien visible que deje claro de qué curran, para que lo veas aunque no quieras, hijo de puta. Los DJs se tatúan platos; los raperos, micrófonos; los fotógrafos, cámaras (o lo que es peor, ¡Polaroids!); los diseñadores gráficos, su cuerpo de letra favorito y las modelos, una papela de farlopa.

3. Animales, especialmente ciervos

El hipster está convencido de que su conexión con la naturaleza es especial. Tira las pilas del mando a distancia por el váter, pero eso no cuenta. Quizás, merced a dicha comunión con lo salvaje, se ha popularizado enormemente entre el moderno el tatuaje tipo 'El Hombre y La Tierra': pájaros, plumas, felinos, elefantes, búfalos, árboles, hojas, rosas... Los hay que hasta se ponen los ciclos lunares. Eso sí, el mamífero en boga entre los hipsters tatuados es el ciervo. Sí, sí, una maldita cabeza de ciervo en todo el pechamen. Los más avispados se encargan de que los cuernos del bichejo sean los suficientemente largos como para sobrepasar los límites del cuello de la camiseta y resultar visibles sí o sí, para solaz de universitarias impresionables. Por cierto, si el tatuaje del animal en cuestión puede acompañarse de extrañas formas geométricas, triángulos con ojos y otras paridas ocultistas, Def Con 2 en las bragas más cercanas.

4. Bigotes

No miento cuando digo que el día que la ciencia explore el cerebro del hipster, encontrará adosado al parietal una especie de Kuato que en lugar de parecerse a Jordi Pujol, tendrá la cara del hombre monja Fran Tavares. Me resulta imposible comprender que el modernillo no tenga suficiente con gastar mostacho irónico bajo la napia, sino que encima decida tatuarse un bigote en partes tan originales como codo, muñeca u hombro. Está pasando.

5. Cultura nerd

Mascotas de videojuegos de culto, gafas de pasta, imaginería 80s, superhéroes, el radiocassette de Radio Raheem, Yoda jugando a la petanca, Jake de “Hora de Aventura” pilotando el Halcón Milenario, Jimmy Corrigan preparando unas acelgas con ajos tiernos, al hipster nerd también habría que pararle los pies y decirle que La Revancha de Los Novatos le durará lo que “The Big Bang Theory” aguante en antena. Cuando se cancele la serie y Sheldon sea un recuerdo borroso, las chicas dejarán de fluir y el modernillo nerd tendrá que comerse con patatas esos tatuajes infantiloides entre manola y manola.

6. Calaveras

Me da pereza hasta escribir esta frase. Pues nada, calaveras. Cráneos y tal. Muy bien.

7. Frasecitas profundas

El hipster no ha venido a este mundo a perder el tiempo. Por eso se tatúa frases profundas en la cara interior del bíceps y el tríceps. Da igual la parida que ponga. Mientras proceda de un escritor underground, un texto de la Antigüedad –Platón, Sun Tzu o Patti Smith son perfectos– o una letra de un grupo indie, y el tipo la enseñe con cara de “soy un personaje bastante profundo”, el efecto será inmediato y follará, vaya si follará. Por cierto, prohibido utilizar castellano, catalán, calé u otras lenguas inferiores; siempre en inglés, o en su defecto latín, y si ese día el hipster se engorila por un abuso de mate y se cree la repera del exotismo, caracteres chinos o tibetanos a mucho estirar. Se acepta Ola Ke Ase.

8. Ojos

Ojo, ojos en la mano, ojos en los nudillos, ojos en el ojete, quién sabe. Los ojos vuelven loco al hipster y se los tatúa por todas partes. Sauron, Polifemo, Gran Hermano, desconozco el origen de esta pasión por el cíclope, pero el virus es imparable. Por cierto, ¿alguien me explica por qué demonios se ha puesto también de moda tatuarse el Ojo Que Todo Lo Ve masónico? Coachella de repente parece una novela de Dan Brown.

9. Henna

No hagáis eso, chiquillas, que Canet Rock ya es historia, no lo hagáis pues cada vez que untáis vuestra piel con esa asquerosidad atraéis a vagabundos, fulleros, malabaristas callejeros, fumetas y cánidos abandonados, cuando lo que deberíais estar haciendo es ligar con un señor de provecho y posibles que os consiga un pase VIP del Sónar. ¿Es que tengo que hacerlo todo yo en esta casa?

10. Gafas de pasta

Nah, es broma, pero el día que Dani Alves se tatúe unas en la cara para honrar a Steve Urkel hasta en el día de su sepultura, alguien se acordará de que leyó esto.

* Si quieres ver esta galería de los horrores, puedes hacerlo en esta selección de tatuajes hipsters que hemos preparado para la ocasión.

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