Columnas

Modernillos De Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, la dieta de los modernos

¿Harto de las cenitas temáticas? ¿De beber leche de soja? ¿De echarle tofu a todo? ¿Hasta la coronilla de que tu barrio se llene de tiendas de cupcakes? Si es así, esta columna es para ti: Modernillos de Mierda ha venido con su látigo a azotar con dureza la nauseabunda costumbre alimentaria de los hipsters.

1. Comiendo en el siglo XXI. Los modernos también tragan

Años 80. Los cachorros del recién estrenado postfranquismo chupan Capitanes Cola, acartonan las páginas centrales de “Charo Medina” con sus gotitas de simiente y atienden hipnotizados a un videoclip extraño, magnético, conceptual. En él se ve a los protagonistas absolutos de la serie de éxito “Verano Azul” interpretando un temazo de pop rural pre-púber titulado “Comer, Comer”. El proyecto de obeso conocido como Piraña, ahora convertido en un hombre de provecho a menos que la policía diga lo contrario, y el proyecto de atracador de gasolineras de nombre Tito, son las voces principales de una tonadilla festiva henchida de euforia y, aunque resulte paradójico, provista de un mensaje profundísimo, abisal, entre líneas: la canción invita al mocerío a cebarse, zampar y deglutir sin ataduras. Es una celebración dionisiaca de la caloría, un “maricón el último” de toma pan y moja. Y vive Dios que, pese a sus sanas intenciones, el proyecto tuvo efectos radicalmente opuestos a los previstos por los poderes ocultos que convirtieron a Piraña y Tito en los hombres de paja de la conchabanza pro colesterol. Algo se rompió en la mente de aquellas juventudes golpeadas por el estribillo “comer comer, para poder crecer”, pues 30 años después hemos revertido la enseñanza de aquellos pilluelos televisivos y hemos hecho de algo tan ancestral, necesario y primario como el hambre, el comer, otra herramienta para apuntalar nuestra condición de modernos ante el mainstream del arroz a la cubana a 5 euros.

Modernillos de Mierda es un mazo implacable diseñado por arquitectos pentadimensionales para defender a capa y espada las viejas costumbres. Y el buen yantar es una de ellas. Si Alejandro Sanz se pone gallito y dice que algo tan anecdótico para la supervivencia de la especie como la música no se toca, tenga el lector por seguro que desde este foco de dolor, negrura y provocación gratuita estamos más que legitimados para decir que el papeo no se toca tampoco. Y desde las notas satánicas de “Comer, Comer” hemos sido testigos de una ofensiva constante de la clase moderna en pos de la desvirtuación de la comida sólo para alimentar su ego. La manduca convertida en objeto pop. Los hábitos alimenticios, sujetos a los caprichos de cuatro iluminados que prefieren el ramen al potaje, el seitán a la croqueta, el cupcake a los dulces de convento. El recorrido ha sido esperpéntico y la sinrazón va a más.

En los 90, la alimentación del modernillo barcelonés –lo restrinjo a este hábitat porque nací en la Condal– era una absurda regresión a la infancia y, por consiguiente, una invitación constante a la anemia, desnutrición y otras veleidades afines al pastilleo marcial. Si dejarais que un niño de ocho años se preparara su propia dieta, el engendro sólo comería golosinas, palomitas, Burmar Flash y bebidas refrescantes o energéticas. Pues la dieta del moderno yonqui de los 90 consistía en esta vuelta de tuerca teletubbiesca, en una rigurosa tabla infantil de métodos de autocastigo intestinal destinados a espantar el hambre y favorecer el look anoréxico raver que imperaba en los dancefloors clubbers de la época.

El albor del nuevo milenio trajo consigo un giro gastronómico previsible. Llegó la conciencia, la comida ecológica, la identificación con el cosmos. Era la hora del hippismo disfrazado de neo-ecologismo urbano importado de Portland, Seattle, Nueva York y otras capitales del germen hipster. Y tocaba comer hummus, pan de centeno, cuscús, batidos de frutas hipervitaminados… El reinado de la puta soja y hasta del choto peludo setentero, si nos despistamos desde la filas republicanas. De repente, Kentucky Fried Chicken pasó de ser una iglesia del rebozado a un laboratorio nazi con gallinas aberrantes de tres cabezas, seis patas y exoesqueletos de quitina. El bocadillo pasó de ser un salvavidas a comida para pobres. Ferran Adrià pasó de ser un gangoso despeinado al nuevo Matisse de la cocina. Y la estupidez no ha cesado, antes al contrario: se ha intensificado hasta alcanzar niveles de memez que hacen que Joaquín Ramos Marcos y Erasem Lorbek parezcan los descubridores del bosón de Higgs.

2. Con las manos en la masa

"Ni se te ocurra espetarle que prefieres unas lentejas regadas con Marqués de Cáceres, darán por hecho que eres del PP"

¿Qué lleva al modernillo a sofisticar hasta el paroxismo su alimentación, a riesgo de cagar avena, sudar cebolla y expulsar ventosidades de pestilencia mefítica? Su argumento será claro: la salud y la inquietud de probar cosas nuevas; la calidad del producto; la oposición a la cadena alimentaria regentada por las grandes multinacionales… Putas mentiras. El moderno aborrece los callos y los boquerones en vinagre porque, por alguna razón inescrutable que seguramente deberíamos encontrar en las revistas de tendencias y recomendaciones de algún trendsetter con pluma, comer según qué cosas, por muy cojonudas que estén, no es cool. Te degrada. Te convierte a sus ojos en un cromañón. No le digas a un moderniqui que el tofu sabe a esfínter de cabra o que el pescado crudo es para las focas. Ni se te ocurra espetarle que prefieres unas lentejas regadas con Marqués de Cáceres, pues dará por hecho que eres del PP, que vas al Sónar por Umek, que eres un sucio putero y que tu grupo favorito es Café Quijano.

¿Alguien se imagina a Miranda Makaroff o Jordi Labanda sirviendo chorizo a la sidra, ensalada iceberg con surimi y escudella en el catering de su fiesta de cumpleaños? Nah. ¿Qué diablos pensaría de ellos su círculo de amigos diseñadores, escritores pop, críticos musicales y otras sabandijas? Sashimi de pez volador, piruletas de gamba con sésamo tibetano, ensalada de brotes de alfalfa, pezones de canguro a la salazón. Ahí sí. Gastronomía para aparentar, no para degustar. Como siempre, lo primero es gritar a los cuatro vientos que soy un moderno de verdad, y a los que sufran retortijones y amagos de escape fecal entre raya y raya, que se jodan, eso les pasa por haber comido.

Admito que el hecho de zampar en según qué sitios, a lo sumo, puede funcionar como utilísimo separador clasista. No es lo mismo cenar langosta y caviar de beluga en un Estrella Michelín que un British Bacon acompañado de unas bravas de poliuretano en el Pans And Company. Eso sí, los productos no tienen la culpa de que unos hayan trabajado en el consistorio de Marbella y otros se ganen la vida como pueden, escribiendo columnas como ésta, por ejemplo. La diferencia de clases es menester de restaurantes, no de alimentos. La lógica es aplastante: si tienes más pasta comerás mejor y en sitios más caros, a menos que te llames Falete, Carlos Jean o David Hasselhoff, un gran aficionado a devorar Big Macs sobre la misma moqueta. No es cuestión de moda, es cuestión de calidad.

"Los alimentos molones forman parte de un juego de espejos para hacernos sentir a los demás comensales como auténticos desinformados"

No obstante, que el juego de las apariencias cool haya infectado un elemento como la comida, indica la fuerza con la que el cerebrito moderno bombea su particular esquizofrenia para desmarcarse del populacho. Ahí está la trampa que convierte todo este tinglado en un despropósito elefantiásico. Hablar de comida mainstream es una gilipollez, porque no existe tal concepto. No hay barreras que hagan de la ingesta de un pastel de tofu con berros islandeses un evento más admirable que una pitanza a base de calçots y botifarra con judías. El alimento no es un objeto que defina tu personalidad y te haga más interesante que tus congéneres. Se ha instaurado la creencia de que hay un halo de gran sofisticación en el acto de coger unos palillos y capturar un maki de huevas del salmón descalzo en un tatami. El moderno siente una falsa sensación de superioridad cuando devora un brunch orgánico en un lounge de diseño, en contraposición al desayuno bodeguero de cuchara que hasta ahora tan bien había funcionado en tierras españolas. Es una declaración de principios estéticos, no culinarios. Pura pose. Pues ahí va eso: cenar en un japonés-peruano propiedad de un actor de teatro indie no te hace más atractivo que hacerlo en una tasca asturiana regentada por el hijo secreto de Tijeritas. La comida es comida, joder, no un maldito peinado.

Los alimentos molones forman parte de otro juego de espejos articulado por la raza moderna para hacernos sentir a los demás comensales como auténticos desinformados, primates provincianos que no arriesgan, no saben de qué va esto de masticar à la page. Y los que nieguen la mayor, tendrán suficiente con acudir a la iglesia pictórica de la modernité más casposa, Instagram, y comprobar la cantidad de fotos de comiditas futuristas que la horda cool cuelga en el éter para sacar pechito.

Cuando el modernillo inmortaliza en su iPhone 5 un cupcake de wasabi o unos higadillos de pigmeo con chutney de esperma caballar, lo hace porque desea que te sientas como una auténtica mierda a su lado, con tus pizzas Casa Tarradellas y tu lata de Coca-cola Zero, con tus croquetas Nostrum con gusto a colon. ¿A qué responde semejante exhibicionismo culinario? Al afán desmedido y muchas veces vergonzoso de convertir también los alimentos en armas para alimentar el ego. Puedo entender que un julai de la modernité le saque una foto a sus nuevas Adidas edición limitada o a una sudadera Comme Des Garçons, pero aplicar el mismo criterio a un plato de comida es sencillamente ridículo. Tanto es así, que hasta hay páginas web dedicadas a sacar fotos de hipsters que sacan fotos de su comida. Delirio.

Se han perdido esos tiempos en que la abuela nos propinaba un capón en el parietal cada vez que le faltábamos el respeto a la comida. Con la comida no se juega, nos decían los mayores. Joder si se juega. La buena y vieja mesa está en franca retirada, el noble acto de comer entendido como herramienta de socialización, como vehículo para la celebración colectiva, es, en manos de la colonia moderna, una competición para ver quién la tiene más larga. Como siempre, se han cargado el romanticismo. Ya no se rebaña la salsa de las albóndigas con sepia con una hogaza de pan. Demasiado pueblerino. Casero. Antiestético. Pedestre. Ahora, la cosa va de descubrir restaurantes extraños en los que pagas 25 euros por una hamburguesa futurista envuelta en papel de revista de tendencias. Y cuando se ponga de moda el sitio en cuestión, lo que toca es quejarse amargamente y buscar otro garito absurdo para seguir con el mismo proceso una y otra vez. La idea es comer cuanto más exótico mejor; comer algo que exija palillos, que exude diseño, que haya sido recomendado por algún músico folk enemistado con las convenciones culinarias occidentales. Ah, y si puede ser en un establecimiento diseñado por alguna mariposa adicta al popper que se hace pasar por interiorista, mejor que mejor.

"¿Acaso no somos todos iguales en el proceso de ingesta y expulsión? No existe la ley del más guay en este campo de juego"

En el legendario programa de cocina “Con Las Manos En La Masa” escuchábamos una deliciosa copla en los créditos iniciales que rezaba: “Siempre que vuelves a casa me pillas en la cocina, embadurnada de harina, con las manos en la masa”. Si en la letra de Joaquín Sabina la harina no era un eufemismo para referirse a otra cosa, éste es el mantra que deberíamos interiorizar para que la comida deje de ser de una maldita vez un elemento de segregación entre plebe y elite modernilla. La comida es algo sucio, embadurnado de harina, algo que todos compartimos por igual y debe ser disfrutado de forma instintiva, animal, siempre con las manos en la jodida masa. Porque, ¿acaso no somos todos iguales en el proceso de ingesta y expulsión? No existe la ley del más guay en este campo de juego, todo el mundo lo sabe. Cuando se trata de excretar lo deglutido, modernos y no modernos, comparten el mismo esfínter que dios les ha dado. Y que yo sepa, la materia fecal es la misma para todos: marrón, viscosa y hedionda. Además, para terminar esta disertación, por mucho que la gente cool se empeñe en engullir recetas exóticas, hay un manjar que, gracias a Dios le rebajará al nivel de la población normal, pues se conoce que lo comerá con el mismo placer y tosquedad que sus rivales mainstream: pollas.

3. Ikea: vuelve el punk

Objetivo, enviar a tomar por culo las modas culinarias. Y creedme, en Suecia no se andan con chiquitas. No se van por peteneras. Esta raza humanoide está simplemente harta del establishment culinario, harta de que un diseñador gráfico le dé lecciones sobre cómo comerse un cacahuete con nitrógeno. La armada sueca ha lanzado un órdago de agárrate y no te menees a los dictados absurdos de la gastronomía para modernos. Lo ha hecho, además, como tiene que ser: apelando a un acto de terrorismo punk sin precedentes.

Ikea ha sido la primera en decir basta y el puñetazo que ha dado en la mesa se ha oído hasta en Atlantis. Para ir abriendo boca, el Imperio de los muebles ha cogido a los modernos por sorpresa mientras esnifaban cocaína en un tailandés-argentino: su albóndiga con carne de caballo es el equivalente a ir a un concierto de Throbbing Gristle y descubrir que hasta ahora habías hecho el panoli escuchando My Bloody Valentine. La presión popular por la nimiedad de no avisar al cliente sobre la inclusión de higadillos equinos ha llevado a Ikea a retirar del mercado semejante obra maestra del goth-punk albondiguero, lo que ha convertido las pelotitas caballares de sus restaurantes en un objeto de culto perseguido por coleccionistas, esoteristas, el entourage de Mourinho y otros miembros de sectas luciferinas.

¿Y qué hizo Ikea? ¿Acaso arrojó la toalla (Skäret) ante la demostración de fuerza del contubernio modernillo? Nada de eso. Básicamente se reagrupó, se hizo fuerte en los fogones y volvió a lanzar un sequísimo croché al mentón del sistema con su chef d’oeuvre definitiva: el pastel con caca. Así es, porciones de tarta de chocolate con restos de bacterias fecales, señores. ¡Boom! Por un momento, los Sex Pistols se nos aparecieron como un grupo de costureras manchegas, Cthulhu resultó ser un chipirón del cantábrico y Napalm Death un grupo de folklore tirolés. El mensaje es alto y claro, y está dirigido a una sociedad atrapada por el gilipollismo de los adláteres de la modernidad: ¿queréis mierda? ¡Comed mierda!

Pone los pelos de punta, ¿hum? Una obra de arte de un radicalismo supino. Cabe preguntarse, de todos modos, qué será lo siguiente, qué descubrirán los laboratorios de la CIA escondido en su codillo o sus galletas. Aunque yo iría más allá de los restaurantes de la cadena. Apostaría mi ojo izquierdo a que en las estanterías Billy encontrarían los sobrantes adiposos de la última liposucción de Falete e incluso bengalas los Boixos Nois. No se puede esperar menos de la República Independiente de tu… Caca.

4. Top comida para modernos. Comer, beber, odiar….

La relación de tomaduras de pelo sería interminable, pero servidor ha intentado hacer una lista con los papeos y bebercios que la modernidad ha convertido en santo y seña de su exclusivismo. Eh, joven nacional, ¿apetece una redada por la despensa del hipster?

Cesta ecológica: 40 euros por una cesta, que no es ni cesta, es una miserable caja de cartón, y en la que todo se corrompe al contacto con el oxígeno. Y la verdad, yo no estoy ahí para ver quién recoge esas hortalizas, nadie me asegura que aquello sea la quintaesencia de lo saludable. Hasta que no me proporcionen pruebas fehacientes de que no las recolecta un rumano con soriasis y tendencia a orinar sobre los tubérculos durante los descansos, no me tomaré en serio este engañabobos. ¿Además, alguien sabe por qué razón este tipo de productos ecológicos te llegan como si hubieran sobrevivido a una invasión alienígena y te duran menos de una semana en la nevera? Uvas mustias, lechugas marrones, peras supurantes, zanahorias flácidas… Parecen haber sido regurgitadas y escupidas directamente a la cesta por un miembro de Fat Boys. Mucho asco.

Huerta casera: La fiebre por lo natural está derivando en estampas lisérgicas: un tipo con bigote, gafas de pasta y tupé cultivando hojas de albahaca en pequeños tiestos al lado del televisor de plasma. Sí, socio, la huerta en casa ahora es cool. No le tengas miedo a la roña entre las uñas, al abono, a los mosquitos. Si cultivas tus propias hierbas para cocinar serás Dios. Estamos ante un ejemplo de autogestión modernilla que tampoco es la sopa de ajo, que no tañan las campanas; de hecho, la nación fumeta lleva centurias perfeccionando el autocultivo del hierbajo cannábico y nadie se sujeta los mofletes y grita: ¡oh!

Pan raro: Estoy harto de tanta pamplina con el pan. Harto de hogazas de centeno que hay que rebanar con sable láser, que te hacen cagar roca diamantina y saben a raja del culo de cajera del Mercadona. Hasta los cojones de pagar barras artesanales a precio de uranio. Es el momento de ponerse chulo y revindicar la barra congelada de los chinos: regalada, cancerígena, gomosa, llena de bacterias y con fecha de caducidad 10 minutos. Gustera.

Leche de soja: Metéosla por el culo, os lo pido como un favor.

Smoothies: Sí, a ver, quiero un zumo de naranja, no un cubo de 80 centilitros con todos los sobrantes de fruta del día anterior y jengibre. Se supone que un smoothie es señal de que te cuidas, de que nutres con vitaminas tu vida y rechazas los falsos jugos prefabricados. Vaya, que lo tiene todo para que la moderna de turno se sienta superior a los que hemos optado por la vía castiza del café, cigarro y cagarro.

Cupcakes: Esto sí que es bueno. De repente, los modernos decidieron que también la pastelería podía estar sujeta a sus caprichitos, y un buen día alguien dictaminó que se tenía que poner moda este pastelito nauseabundo. Pensar que estamos ante un prodigio de la innovación repostera es caer en la trampa modernilla. Porque el cupcake no es más que magdalena rebozada de mantequilla, mermelada, chocolate y cualquier bazofia azucarada que no baje de las 80 calorías por mordisco. Un puñetazo en la boca del estómago y un problema serio para los diabéticos que desde Modernilandia nos venden como el colmo de la ambrosía. Me pregunto qué será de todas las tiendas de cupcakes que han abierto al calor de esta moda cuando, dentro de un tiempo, a la gente cool le dé por pasar página y enterrar este dulce de por vida: siempre podrán reconvertir su comercio en una Bagueteria Catalana.

Tarta de zanahoria: El próximo día que vaya a un café lounge para hipsters y la camarera me ofrezca una tarta de zanahoria, le preguntaré si a ella le gustaría comerse una pizza de lichi. La tarta artesanal, la tarta de zanahoria… Ese timazo, ese espejismo. Los modernos nos harán creer que es saludable, que siempre es mejor comer esta basura que una Sacher de chocolate, pero ¿qué son unas calorías de más cuando te estás concediendo el pequeño placer de un dulce? Los tubérculos no entran en esta ecuación calórica. Es una ley no escrita que comprende hasta el más lerdo. Si quieres zanahoria, échala en la ensalada, y deja que los golosos disfrutemos como es debido de unos buenos remordimientos de conciencia tras devorar un tiramisú del tamaño de un zapato.

Brunch: Esto es el colmo. Ahora, los domingos por la mañana, toca brunch, una soberana gilipollez importada de Estados Unidos totalmente incompatible con las buenas costumbres del yantar matutino cucharero que tanto se han cuidado en la cultura española. Que nadie piense que lo de brunch es una puerta abierta a otra dimensión de sabores y olores, básicamente vas a un restaurante hipster a esa hora indefinida entre el desayuno y la comida, y te pones hasta las cejas de pancakes, huevos poché, bacon, smoothies, dips, batidos de alfalfa, yo qué sé. Te sientes jodidamente internacional, fuera del tablero de juego cañí. El combo bocadillo de fuet + cortado + zumo + El Mundo Deportivo + partida a la tragaperras + copita de brandy + tapita de rusa + segundo cortado + mediana + mediana + mediana + llamada de tu mujer preguntando cuándo vienes a comer paella ya es historia.

Sushi: Curiosamente, y a pesar de sus peligrosísimas incursiones en el mainstream, el sushi sigue siendo los Beatles de la comida para modernas. Necesitaría todo un Modernillos de Mierda para tratar la cuestión, peliagudísima, lo admito. Dejémoslo en que el día que a los modernos les de por comer pez globo, será el momento de sobornar a los cocineros más doctos para que hagan la vista gorda y no le extraigan el veneno a la criatura.

Té y mate: Los modernos que se duchan no beben café, beben té. Los modernos que no se duchan no beben té, beben mate. Cuando aparece un moderno con esa cazuelita de mate bajo el mentón, sorbiendo de malas maneras el pestilente brebaje a través de una extraña pajita, la reacción natural de un servidor es irse corriendo. Siempre te acaba pidiendo un cigarro y algo de suelto.

Cervezas raras: Primero fueron las ginebras. Pero ya son mainstream. Ahora toca buscar cervezas extrañas, indies, marcas artesanales, lúpulos cool, garitos especializados en el universo de la birra underground. En serio, esto es ridículo: el cervecero de toda la vida estará hasta los mismos cojones de que ahora cuatro niñatos con pulseras del Primavera Sound le enseñen los secretos de la cebada. Y estad alerta, amigos del maná ruskie, porque la próxima bebida alcohólica que manoseara la churriburri cool es el vodka. Seguiremos informando.

Snacks alternativos: Cortezas de verdura deshidratada. Edamame crujiente en bolsa. Chips de wasabi… Ponte a ver un Barça-Madrid con esta basura si tienes huevos.

Hamburguesas cool: De un tiempo a esta parte, el moderno ha colonizado un terreno proscrito, el de la hamburguesa, y ha hecho del manjar cancerígeno yanqui por antonomasia un bocato di cardinale cocinado a su medida. Ahora los otrora bocadillos asesinos se preparan con pan artesanal, carne jugosa de buey metrosexual, salsas sorprendentes, aderezos imposibles. Joder, incluso se ha puesto de moda el veggie burger, uno de los inventos más descabellados de la gente guay. Los que regimos nuestra vida por las leyes de la lógica no llegamos a captar el sentido de la hamburguesa vegetal: comerse esa basura vendría a ser lo mismo que poner una peli porno de Sasha Grey y que la protagonista resulte ser Anne Igartiburu.

Cenitas temáticas en casa: Modernos que leen este Necronomicón en formato columna, las cenas temáticas tienen que terminarse ya. Las cenas temáticas son un coñazo. Un juego absurdo que no enaltece en absoluto el encuentro. No hace falta buscar estímulos creativos para que la gente acuda a la llamada. Si la compañía es grata, los invitados no tendrán que aferrarse a la excusa de una cena estilo vietnamita con camisas hawaianas para acudir. Total, se coma lo que se coma en esa casa, la historia siempre acabará igual: con una montaña de farlopa sobre la mesa y las mandíbulas de los comensales hispters bailando claqué.

Bodegas de viejo: Esto me enerva cosa fina. Ahora resulta que, al menos en Barcelona, los modernos han descubierto las bodegas de viejo, los vermús, las conservas, el sifón. Uno de los pocos reductos de autenticidad culinaria que le quedaban al hombre de barrio está a punto de convertirse en el nuevo hot spot para community managers, DJs y escritores rebeldes. Por culpa de esta gentuza, acabaremos jugando a la botifarra y fumando caliqueños en la cafetería del Corte Inglés.

Tofu y seitan: “La vida es lo importante, hay que comer sano. Vale ya de confinar a millones de gallinas hormonadas en granjas asesinas. ¿Toxinas yo? ¡Nunca! Por eso le echo seitán y tofu a todos los platos, porque parece que mastiques el pezón de una vieja, porque saben a colchón de espuma usado, porque me encanta que mis pedos huelan a boniato podrido y mis cagarros parezcan algas”. Firmado: un modernillo que se cuida.

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