Columnas

Modernillos de Mierda

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, el fin del mundo (o sea, la navidad)

Modernillos de Mierda se ha hartado de tratar a la Navidad con falta respeto. Turrón sí, sushi no. Hay que rendir cuentas con las tradiciones y no tomarse estas fechas a pitorreo. Por eso, en la columna de hoy, los hipsters irónicos con las fiestas van a recibir una somanta de palos.

Y el moderno en el pesebre sonríe porque está alegre. Ahhh, cascabeles en la lejanía. Un reloj de cuco suena a mitad del villancico en el comedor de los Jorgënsen; la familia estalla en carcajadas ante la inesperada interrupción, mientras una señora rechoncha y algo beoda sale a la ventana y cierra los pórticos. No os asustéis. Ese ruido lo producen los caribús. Ssshh, callad. Una ventisca mece los matorrales, que escupen con suavidad puñados de escarcha y nieve tibia. El pastelero se sube el cuello del abrigo y baja la persiana de la tienda, no sin antes regalar almendras garrapiñadas a los últimos pillastres que corretean por los húmedos adoquines. Huele a pavo al horno, a patatas con tomillo, a eneldo y… ¡Coño, la puta, me cago en los huevos de Cristo! ¿Qué es eso? ¿Alguien me puede decir qué hace ese esperpento con jersey de esquiar de los 80, porro de hierba, barba islámica, pelo grasiento, libro de Ben Brooks y un iPod emponzoñando tan conmovedora estampa navideña? Cuando pareces volver al útero materno, la naturaleza te recuerda que allí donde hay belleza y bondad, siempre encontrarás un mariposón con tupé, gabardina, tatuajes, bolsa llena de vinilos de northern soul y acento moñas que te bajará de la nube; un Scrooge modernillo que convertirá tu felicísima ensoñación en un tema de Napalm Death o una colonoscopia en directo de Gerard Depardieu.

Modernillos de Mierda es una maquinaria respetuosa con el pasado que aborrece la perversión de las tradiciones, especialmente cuando son los modernos quienes deciden cambiar lo que al resto del mundo ya le ha ido bien durante años. De modo, que antes de viajar a tierras laponas y revolcarme con un tió sarasa en un jacuzzi de hidromiel, he vuelto a dibujar símbolos druídicos en la puerta de este calabozo y he invocado a Tierno Galván, Manuel Alexandre y Rasputín para que me guíen en la suicida empresa de defender la llegada del Niño Dios a la Tierra. El objetivo, dejar a los fieles un humilde y sucinto especial navideño MDM para que se diviertan en estos días de solaz; una pieza escrita a toda prisa –con los canelones haciendo pompas de bechamel en el horno y los calcetines rojos sobre la chimenea llenos de marihuana–, pero absolutamente necesaria para que las campanas de la justicia navideña tañan como nunca. ¿Por qué? Básicamente por dos razones: 1) hay que erradicar de una vez por todas la Navidad modernilla y preservarla virgen, consumista y calórica, como siempre ha sido y será, y 2) he acabado la segunda temporada de “Homeland” y en algo tengo que ocupar mi tiempo.

"No convirtáis el nacimiento del Mesías en una nueva arma para tocar los cojones a la clase obrera del mainstream ibérico"

Al lío: la Navidad no es un Mr. Potato cuyas facciones puedan ser intercambiadas a capricho de la hipstèrie. La Navidad no es pop. Si queréis convertir vuestra fiesta de cumpleaños en un guateque indie, con discos de los 60, gafotas, camisas Fred Perry, Polaroids y lecturas en voz alta de lo último de Irvine Welsh, Dios os bendiga. Hacedlo. Es vuestra fiesta de cumpleaños. Pero a vosotros, los modernos, los leídos, los listillos, los enemigos del vulgo, os pido encarecidamente que no intentéis cambiar lo que es de todos. Si no os gusta la Navidad, la noche del 24 de diciembre organizad una fiesta limbo rock, montad una partida de Scattergories con cocaína, yo qué sé, poneos discos de The xx o The Jam y bailad desnudos con una barretina en la minga, pero no convirtáis el nacimiento del Mesías en una nueva arma para tocar los cojones a la clase obrera del mainstream ibérico, que ya sabemos que sois especiales, que vuestra anglofilia y esos zapatos marrones de pensionista os hacen diferentes. No hace falta que metáis a Papa Noel en esto, dejad al gordo en paz.

En serio. ¿Qué diablos os ha hecho el bueno de Nicolás? El abuelo mantecoso bien podría ser el primer hipster de la historia. Parece que vaya fumado, todo el rato riendo; tiene una barba piojosa; viste como un auténtico payaso y viaja en un vehículo no contaminante. Yo a Williamsbug y tú a Laponia. Vaya que sí. Me cuentan dos de sus duendecillos más allegados que el viejo Santa nunca ha tenido reparos en admitir su poca fidelidad al jabón. Que escucha discos de Patti Smith y Brighton 64. Por Dios, el tío es un amante de la naturaleza que no tiene problema en recoger la mierda de sus renos con una bolsita de plástico. Lleva gorro de lana podrido. ¡Greñas enredadas! Es tan rematadamente cool que renuncia a los smartphones y sólo puedes contactar con él a través de carta. Joder, ¡si es de los vuestros, pero qué coño os pasa!

"La Navidad es intocable, no tiene sentido pervertirla. Nos guste más o menos su significado y estética, aquí no hay remixes que valgan"

La Navidad es una oportunidad única para el moderno; nada mejor que reafirmar su exclusividad e individualismo que la sobredosis de gregarismo, rutinas enquistadas y comportamiento borreguil de finales de diciembre. En el fondo, el moderno está esperando ansioso la llegada de esta festividad que tanto odia, deseoso de demostrar al resto de la humanidad que, mientras la mayoría se pliega a las exigencias atávicas de estas fechas, él se ríe del establishment navideño, minando a la bestia desde dentro, esto es: celebrando unas navidades tuneadas a su antojo, vistiéndolas de algo supuestamente original para epatar al rebaño –“Guau, estas Navidades pop sí que molan, este tío es la hostia, este jambo con flequillos se lo monta como quiere, bla, bla, bla”–, cambiando los símbolos más icónicos por su supuestamente original diarrea creativa.

La Navidad es un vestigio del pasado inamovible, inmune a las ansias de exclusividad y a los chispazos creativos que aquejan a la raza moderna. Al igual que el look de Maika de “La Voz”, la Navidad es intocable, no tiene sentido pervertirla, pues entonces deja de ser Navidad y se convierte en otra cosa. Hay que aceptarla según sus propias normas. Nos guste más o menos su significado y estética, aquí no hay remixes que valgan. Del mismo modo que una siesta tiene que ser de pijama, padrenuestro y orinal, como bien apuntaba el extinto Camilo José Cela, y una paella de verdad se come con cuchara de madera directamente de la sartén –preguntadle a valencianos de pro como Arturo Valls, Paco Roig, Kodrinsky o Rafa Mora–, una celebración navideña tiene que discurrir en familia y sosiego. A la vieja usanza. Y si se tiene la fortuna de contar con una abuela narcoléptica o una tía depresiva al borde del coma etílico, miel sobre hojuelas.

"Estamos todos metidos en la misma mierda, y si al moderno no le gusta la Navidad que no la celebre o que lo haga como mandan los cánones"

En estas fechas hay que actuar siempre en los términos que dicta el manual de comportamiento invisible de la Navidad, un pacto tácito que todos los ciudadanos de bien aceptamos sin chistar, por mucho que nos repatee aguantar a la tía Engracia y sus ventosidades de manatí, dar conversación a los primos farloperos o no decirle a la cuarta mujer de tu tío que es una auténtica zorra; aquí todos pringamos, por mucho que odiemos los mecanismos hipócritas de esta celebración moñona y sintamos el flujo nervioso de una diarrea caliente por la pernera del pantalón, cada vez que entramos en un Corte Inglés lleno de viejas halitósicas, cretinos hasta las cejas de ansiolíticos y borregos varios en busca de un neceser con productos Aqua Velva. Estamos todos metidos en la misma mierda, y si al moderno no le gusta la Navidad que no la celebre, y si la celebra, por las lorzas de Lena Dunham, que lo haga como mandan los cánones, como Paco Martínez Soria en “Se Armó El Belén”, con pesebre clásico, guirnaldas hasta en la taza del váter, plantas rojas, bolas de colorines y un puñado de calcetines, calzoncillos y corbatas que regalar al más incauto.

Las reuniones navideñas chic, tan en boga últimamente entre la cool people, son un circo surrealista que tan solo adopta la nomenclatura de las fiestas para convertirse en una especie de celebración rabiosa del hecho de ser moderno. ¿Qué demonios pasa con la comida navideña en Hipsterlandia? Mientras el resto del mundo persigue el infarto estomacal a base de galets paquidérmicos, ingestas cárnicas dignas de Jesús Gil, hondonadas de jamón Navidul, turrones de Tunguska y champaña de guerrilla, en casa Moderniqui se impone el tofu, el sushi, los caramelos de Papa Bubble, los aperitivos de diseño, las cervezas molonas (Brooklyn Lager, qué pesados) y, lo más nauseabundo, los turrones futuristas: de wasabi, de pistacho frito, de recto de okapi, de higadillos de colibrí alirroto. Algo falla, hay un claro desajuste, es como ver al Carlos Latre post dieta Dukan: el cerebro no lo acepta de tanto repelús que da.

¿Y qué decir de la falta de respeto hacia las canciones típicas de esta época? Demasiado mainstream lo de “mira cómo beben…”

¿Y qué diablos pasa con los jodidos adornos? ¿Tan difícil es confiar en las lucecitas del chino, en las bolas de plástico, en esas tiras de papel brillante que seguramente son tóxicas, en un buen árbol de verdad y en un señor pesebre con, bueyes, papel de aluminio a modo de río y musgo por todas partes? Los modernos cuelgan cosas raras en la pared que intenta aludir a una Navidad futurista, pero siempre fracasan, pues nadie sabe qué diablos son esos inquietantes abalorios. Ponen árboles cubistas deconstruidos de fibra de vidrio, pingajos tan minimalistas que acabarán siendo engullidos por su propia singularidad. De hecho, en un futuro no muy lejano veremos al hipster con la barba greñosa repleta de bolas navideñas. ¿Y qué decir de la falta de respeto hacia las canciones típicas de esta época? Los tipos se lo pasan por el forro, demasiado mainstream lo de “mira cómo beben…”. Por eso, la peñita cool pincha vinilos de Tame Impala en lugar de poner los villancicos de Teresa Rabal. También evita a toda costa referencias religiosas, tales como angelitos, Jesusitos, estrellas de Belén, imágenes que substituyen por los iconos de la cultura pop que más les apasionas. Y el sacrilegio más anonadante: en el pesebre, incluyen figuras de Star Wars o muñequitos japoneses, en lugar de campesinos con túnicas y payeses catalanes defecando. Ojo, porque esta camarilla sorprende cosa fina, fijaos qué regalos tan originales: cámaras Super 8, discos de 7 pulgadas de grupos de la era precámbrica, blu-rays de “Los Goonies”, Polaroids, packs de películas de Wes Anderson, bla, bla, bla. ¿Colonia Adolfo Domínguez? ¿Máquina para hacer pan? ¿Pack con productos Williams? ¿ “Papi Two”? Demasiado mainstream, sí, pero aquí por mucho que sea el hombre quien, es el espíritu navideño quien dispone. Y así será hasta el fin de los días.

Si me preguntan cuál debería ser el modelo perfecto de Navidad, diré que hay una marca que ha conseguido reflejar, como Dios manda, el espíritu de esta época de recogimiento, oración y exaltación de la consanguinidad. Hablo de Tommy Hilfiger. Respetando la tradición. Respetando la esencia de la Natividad. Arios. Ricos. Repeinados. Afeitados con navaja. En su peso. Con camisa por dentro del jersey de lana, joder, como tiene que ser. Ni cazadoras tejanas envejecidas, ni gafas de pasta vintage, ni camisetas de los Who, ni tejanos pitillo roídos, ni poses Instagram, ni tupés engominados, ni santas pollas rockeras. El código de vestimenta de la Navidad es férreo y el viejo Hilfiger, un tipo que si quisiera pondría de moda los biquinis por encima de la camisa como atuendo oficial de la Semana Santa sevillana, lo ha entendido perfectamente. Y lo ha salvaguardado al dedillo. ¿Será por algo, no? Haced caso a Tommy. Un mastuerzo que le saca las uñas ni más ni menos que a Axl Rose en la discoteca no es precisamente un mindundi. ¿Qué es eso de ir a la cena de Nochebuena vestido como un skater de Brooklyn? ¿Qué coño es eso de aparecer en Nochevieja con una barba llena de extremófilos, un gorro hecho con el vello escrotal de un sasquatch y unas Doc Martens apestosas? ¡Eh, tú, joven nacional! ¿Quién te ha dicho que la comida familiar del 25 de diciembre era el rodaje de un remake de “Quadrophenia”? Hilfiger os haría sentir el miedo y os mearíais las enaguas, como la loca de Axl.

Pero no sólo en la estética y celebraciones navideñas el modernillo ha decidido dejar su rastro de orín cual cánido enfervorecido. Resulta que a la mayoría de estos seres le pirra rajar de la hipocresía y los sarpullidos consumistas que envuelven esta celebración. Efectivamente, de todas las atrocidades que gafapastas y vinilistas han cometido con la Navidad, la peor llega cuando el modernillo socialista, el de izquierdas, decide lanzar el clásico discurso anti materialista para desprestigiar el trasfondo mercantil de dichas fiestas. Qué fácil es llamar a filas a los camaradas con una M-16 de demagogia antinavideña en las manos, ¿verdad, socio? Eso sí, dignifica mucho y dice mucho de tus convicciones anticapitalistas gastarte un pastón en camisas Comme Des Garçons y gafas Ray-Ban o venderte al peor postor y escribir una columna delirante en una web, publicación o revista literaria por cuatro perras gordas que luego te gastarás en hachís o perico. El consumismo camuflado de la Navidad es el demonio, los modernos de pensamiento libre se indignan ante nuestro hipócrita sometimiento a los grandes almacenes, pero en el fondo, y mientras el trueque de ganado no se vuelva a imponer como método de comercio, todos estaremos metidos en el mismo lodazal de prostitución mental, para aliviar nuestros apretones de consumo compulsivo: unos, bajo los dictados de El Corte Inglés y Melchor, Gaspar y Baltasar; otros, bajo los dictados de Urban Outfitters, David Delfín, Vice y la madre que los parió a todos.

Curioso, este Modernillos de Mierda pretendía ser una edición de bolsillo navideña, un simple canapé, y a lo tonto miles y miles de caracteres nos contemplan. Y es que la Navidad es nuestra amiga; tenemos que recibirla con calor fraternal, sonrisas y buenas intenciones. La familia retorna al redil, las rebajas están al caer, vuelves a engrosar tu colección de after shaves baratos y calcetines de lana gruesa, te engordas como un verraco el día de San Martín, pruebas el mejor marisco congelado del Mercadona y si ves pasar la estrella de Belén a cierta hora, Miranda Makaroff aparece en la puerta de casa con un picardías rojo y una botella de cava Gramona en la mano. Un segundo, ¿es San Lucas quien os susurra algo al oído? A ver, a ver… (Voz con reverb) “2:12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. 2:13 Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: 2:14 ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”. Escalofríos, ¿verdad? También la sintonía de la serie de dibujos “Noeli”, nos deja otro mensaje cifrado, un haiku navideño que debería conmoveros: “En Laponia hace frío, pero yo me río”. Y qué decir de Labrador de “Gandía Shore”, un humano sensible que sabe que estas fiestas exigen paz, armonía y jolgorio: “Mi sonrisa es mi pase VIP”. Esa es la actitud.

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