Columnas

Modernillos de Mierda (especial Champions League)

Panfleto anti-hipster por entregas. Hoy, modernillos en el fútbol (de Pep a Klopp)

Este sábado se juega la final de Champions, Bayern contra Borussia, Múnich contra Dortmund. Y nosotros vamos con los segundos por una sencilla razón: Jürgen Klopp es la quintaesencia del entrenador de fútbol moderniqui. Gafas de pasta, culto a la estética, barba cuidada, eslóganes extraños. El hombre que superó a Pep Guardiola. Aquí va nuestro homenaje al verdadero Adolf Hipster.

Yahoo compra Tumblr. David Caraben en los anuncios de Banc Sabadell. El Corte Inglés se saca de la chistera Hominem. La Princesa Letizia en un concierto de Los Planetas. Pinterest convertido en un catálogo de lencería, vestiditos y tresillos. ¡Kaboom! Relámpagos disparando fogonazos de luz sobre los sofás cubiertos de polvo. Corceles lanzando relinchos de puro terror desde las caballerizas. Sollozos infantiles con eco surcando las viejas tuberías. El hipster sufre. Sufre mucho. Mi marido me pega, que diría Millán Salcedo. Y es normal: de un tiempo a esta parte su reinado mariposón se ha tambaleado cual flan de gelatina sometido a una salva de cuescos de Victoriano Sanchéz Arminio. El mainstream está golpeando duro a la hipstèrie, le está ganando el combate a los puntos apropiándose de sus iconos y símbolos para verter sobre las coronillas de la clase trabajadora conceptos robados, corruptos, ridiculizados, deformados; imágenes sacras que hasta ahora solo pertenecían a la modernité, y que se lanzan sobre la población como paquetes de ayuda humanitaria. ¿Resultado? Los símbolos hipsters han visto su exclusividad diezmada sobremanera; lo suyo es ahora de todos. La táctica ha funcionado con una precisión casi quirúrgica.

Pero la guerra no se ha ganado aún. Aunque sea un perfecto inútil sin capacidad de reacción, el modernillo curiosamente no se ha cruzado de brazos. De hecho, lleva ya un tiempo resistiendo los embates del mainstream con sus mismas armas: horadando al enemigo desde dentro; infectando uno de esos feudos en los que hasta hace poco parecía imposible que cundiera el virus gafapasta: el fútbol. Lo que en otros tiempos fue la huerta más prolífica para la recolecta de violencia, picaresca, subnormalidad, grosería, incultura, machismo, carpetovetonismo y misoginia, se está convirtiendo en los últimos años en un simposio teórico para estetas, cerebritos, literatos, melómanos, sensibleros, emos y hipsters. La grandeza de la estratagema moderniqui es que los pocos agentes encubiertos que han conseguido penetrar las defensas del mainstream balompédico han dejado profundísima huella. Pep Guardiola y nuestro querido Jürgen Klopp no sólo se han hecho con el puente de mandos de este invento, también se han encargado de hundir en el lodo al Lord Sith del fútbol más tóxico, decimonónico y ultraconservador: Jose Mourinho. El fútbol hipster ya está aquí y nadie, ni siquiera el Gargamel portugués, ha podido hacer nada para evitarlo.

Siempre hablando de fútbol

En tiempos ancestrales, el balompié era un deporte mugriento y rudo. Se imponía una testosterona distinta a la actual; una testosterona alimentada con carajillos cargadísimos en las sesiones tácticas, tabaquismo en las concentraciones, montañas de revistas Clima en el cagadero del vestuario, partidas de dominó regadas con Soberano hasta las cinco de la madrugada en el hotel… y putas. A todas horas. De día, de noche, después de comer. Siempre putas. Y no precisamente señoritas como las de ahora; nada de meretrices de lujo refinadas, higiénicas, de buena familia y con trabajos tapadera en alguna cadena de televisión privada. Las putas del fútbol de los 70 y 80 eran en su mayoría despojos desdentados con cultivos bacteriológicos altamente contaminantes en sus pobladas entrepiernas. Los futbolistas de antaño no tenían tiempo que perder. Su paladar, curtido en un mundo de machos cabríos y cimbreles todoterreno, se adaptaba a lo que hubiera en el menú: actrices yonquis del destape, cuarentonas tripudas con encías negras, clones alcohólicos de Agatha Lis… Todo valía.

"El fútbol se vio arrojado a los tiempos modernos cual elefante en una cacharrería, con malos modos, pero arrojado al fin y al cabo"

Definitivamente, el fútbol de nuestros padres y abuelos no era el actual escaparate para divas, metrosexuales de cejamen depilado y esperpentos engominados más cercanos a un personaje sarasa de “Cómeme el Coco Negro” que a la masculinidad inherente a esta disciplina de contacto. Los zagales que entraban en el césped –un césped agreste, reseco y sembrado de desniveles, colillas de Celtas, cardos borriqueros y cachos de espinilla– despertaban auténtico terror. Goikoetxea, Wuttke, Mesa, Arteche, Mino o Migueli eran carneros de verdad, santos varones que si tenían que salir al campo con el fémur roto se pinchaban, jugaban los 90 minutos, destrozaban todos los ligamentos que encontraban a su paso y luego se iban de cubatas a los garitos más portuarios de la city. El balompié era un juego de hombres, que digo hombres, era un juego de homínidos, y las reglas eran sencillas: dadle un balón al casting de “En Busca del Fuego” y disfrutad viendo cómo vuelan tobillos, espinilleras y piezas dentales entre gol y gol.

Sin embargo, cuando estaba a punto de asilvestrarse definitivamente para convertirse en el Gran Catalizador de las más bajas pasiones y del primitivismo de la plebe, el fútbol se vio arrojado a los tiempos modernos cual elefante en una cacharrería, con malos modos, pero arrojado al fin y al cabo. Quizás por esa brusca ruptura con los ritos prehistóricos, en países subdesarrollados como España el esfuerzo por transformar un icono castizo tan enquistado en la boina en algo artístico, bello, profesionalizado y sesudo se ha prolongado durante años y años. Y seguimos en la lucha. De hecho, todavía hoy, incluso después de perder a los faraones del Antiguo Orden –Jesús Gil, Ramón Mendoza, etc.–, este deporte sigue ofreciendo en este país imágenes más propias de “Con El Culo Al Aire” que de un mundo profesionalizado y moderno. Escribo esto y me vienen a la mente las recientes imágenes del apagón en el campo del Rayo Vallecano, con un operario tuercebotas manipulando cables de alta tensión sin guantes y pitillo en boca. Recuerdo el dedo en el ojo de Mou a Tito. La recuperación de la extinta expresión “al loro” por parte de Joan Laporta i Estruch. Ahhhh…

Pep Shop Boys

Y entonces llegó Pep. Y se convirtió en la nueva Patum. El primer modernillo del fútbol español –con permiso de Gaizka Mendieta y su pasión por grupillos indies de baja estofa– consiguió conferir nueva dimensión cultureta, internacional, artística y espiritual a esto de ponerse calzoncillos, darle patadas a una bola de cuero y ducharse con hombres.

Primero lo hizo como jugador; Guardiola siempre apostó en el césped por el pase inteligente, el movimiento delicado, el gesto, la trazada, la dialéctica conciliadora en la tangana. Repudió el japeto, el insulto, el magreo genital estilo Michel, los tacos en la cara. Pero Guardiola hizo algo todavía más inteligente: no solo modernizó el juego desde la posición de cuatro, también agitó el sistema fuera de los campos. Fue el primero en gastar flequillo romano, el primero en llevar un diminuto montículo de vello facial bajo el labio –Villa se lo copió tropecientos años después–, el primero en apostar por un look y una actitud vital que muchos sorprendentemente catalogaron de gay: vestía de Toni Miró, iba a recitales de poesía, aseguraba pirrarse por las lecturas profundas, se expresaba con unas luces impropias de los becerros contra los que jugaba, hablaba con suavidad y unos gallitos muy sexys, tenía despuntes humorísticos muy suyos… Diablos, hasta hizo de modelo de pasarela una vez e incluso acuñó un discurso político claramente catalanista, que denotaba un nivel de pensamiento independiente y compromiso inconcebibles hasta ese momento en la cuadra balompédica.

El segundo asalto de Guardiola lo hemos vivido en su etapa de entrenador. El paso del tiempo no ha adocenado al de Sampedor, de hecho, el actual Pep es mucho más hipster que el Pep vintage. Ha envejecido bien el tío. Ahora le vemos con camisetas asimétricas, camisas de cuadros, cuellos de cisne, sneakers y tejanos lavados a la piedra en sus momentos más informales –barba imprescindible, claro–, aunque siempre da el do de pecho en las grande ocasiones, enfundándose en trajes de corte italiano tan estrechitos e impecables que darían el pego en la alfombra roja de los Globos de Oro.

En la antípodas de entrenadores con pinta de funcionario, como Lucas Alcaraz o Gregorio Manzano, el viejo Pep Patum ha dibujado nuevas formas en el perfil del Míster. Impuso sus gustos musicales en el Camp Nou: ahí quedan el “Vida la Vida” de Coldplay o el “Human” de The Killers como himnos absolutos de los mejores años de su reinado. Dio a conocer al mundo a Manel, grupo hipster catalán donde los haya –por cierto, cuando vas a un concierto de Manel y el tipo del ukelele para el concierto para pedirte que renueves por el Barça algo muy gordo está pasando–. En lugar de soltar boutades cruyffistas estilo “salid y disfrutad”, se curraba unos vídeos molones con imágenes de “Gladiator” que ponían palote hasta al utillero. Sacó al Barça de su etapa jamaicana –ahhh, Rijkaard– y lo convirtió en el equipo favorito de la peña guay, la gente moderna, los escritores pop, los grupos indies, la prensa deportiva con ínfulas literarias y animalejos afines.

"El catalán nunca se ha regocijado de su hipsterismo, ha mantenido sus gustos modernillos en un segundo plano"

Gracias a él, la seborrea española, católica y homofóbica que inundaba los vestuarios se fue enjuagando poco a poco, y del mismo modo que el champú H&S le deja los injertos capilares niquelados a Casillas, Pep consiguió sacarle todo el brillo a al fútbol español, que de repente comprendió que más allá del patadón existe un mundo de tácticas dinámicas, tiralíneas, jugadas de fantasía de billar, combinaciones imposibles y tiki-taka elevado a la máxima potencia. Joder, hasta Vicente del Bosque, un merengón de reconocido volumen escrotal e ideas pétreas, se rindió al guardiolismo remojando el mostacho en las tácticas ofensivas del maestro de Sampedor.

De todos modos, la nación hipster tiene reproches que hacerle a Pep. El catalán nunca se ha regocijado de su hipsterismo, jamás lo ha disfrutado. Siempre ha mantenido sus gustos modernillos en un segundo plano, como renegando de su condición, de su gente. Nada en contra, que cada uno haga de su Paca un Chayo, pero echábamos de menos un personaje futbolístico que se bañara en su propio histerismo modernillo e hiciera una fiesta de ello. Que llamara a las armas a los hipsters del fútbol. Un tipo con más sentido del humor. Con más pelo, aunque sea a base de injertos. Joder, un moderno de pro que le comiera la tostada también a Darth Mou con un par de buenos chistes en la manga. Y cuando Jürgen Klopp dijo: “Quiero ser el nuevo Mourinho para Guardiola”, todos supimos que un nuevo hispter balompédico había llegado a la ciudad.

Klopp Land

Provisto de una dentadura que parece esconder un número de piezas infinito, amén de una sonrisa de cachondo mental con cierto aire emporrado, Jürgen Klopp ha entrado en el panorama futbolístico con tanta fuerza que la figura de Guardiola, otrora paradigma del técnico modernillo, se ha quedado más anticuada que el butano. Hete aquí un entrenador 100 % hipster, un freakazo perfectamente consciente de su exotismo cuyas ocurrencias y declaraciones surrealistas siempre te dejan satisfecho, no como las películas de Wes Anderson.

De Klopp seduce su estado cerebral paralelo, un oasis donde psicodelia, locuacidad, provocación, humor freak y rapidez mental se entremezclan para estallar en forma de declaraciones antológicas, espasmos faciales dignos del Jim Carrey más fatuñero y unas carcajadas contagiosas que ya se han hecho célebres en el panorama futbolístico. Klopp es una estrella del pop –perdón por la rima– y sabe que donde realmente se lucen los técnicos es en las ruedas de prensa. Por eso, se ofreció a Guardiola para ser su nuevo Mourinho en Alemania, por eso puso de los nervios al bueno de Karl-Heinz Rummenigge diciendo que se apostaba el culo a que habían hablado con Pep para saber cómo ganar al Barça. Rummenigge dijo que su culo debía de estar en un museo y también sus injertos capilares (más adelante se abordará en profundidad el asunto injertos, por cierto). Conseguir que un témpano germano del calibre del vicepresidente del Bayern se ponga así de flamenca tiene mérito.

Klopp gasta humor hipster, un humor de nuevo fumeta, y diablos, nos encanta. No en balde, en Alemania se han puesto de moda los juegos de palabras con su apellido: Robklopp y Beverly Hills Klopp entre los favoritos. Y es que el cabrón tiene gracia, buen repertorio de chistes; dan ganas locas de salir de fiesta o de comerse unas setas alucinógenas con él. Y seguramente sus jugadores piensan lo mismo, pues el kloppismo se hace extensivo también a las sesiones de entrenamiento.

"Ahora mismo no hay en Alemania otro hipster más de culto y al mismo tiempo más masivo"

El bueno de Jürgen se tira todo el calentamiento haciendo paridas sin sentido, explicando chistes a sus soldados e incluso importunando al preparador físico con bromas monguers. Le gusta dialogar con sus chicos de forma individual, les habla, les escucha, seguramente les hace algún comentario subido de tono sobre el culo y las tetas de sus novias, y todo bien, muy bien. Jürgen es así. Distinto. En las antípodas del entrenador alemán al uso, un modelo ejemplificado en el afeitado nuclear y el corte de pelo a navaja radioactiva de Jupp Heynckes. En Klopp Land no hay esquemas cerrados, no hay llamadas controladoras, no hay cuadrículas; su dimensión es la del espacio tiempo: voluble, amniótica, relajada, como si estuvieran todos –cuerpo técnico y jugadores– en el Sónar de Día oteando escotes y dejándose acariciar por la gravedad cervecita en mano.

Y lo del Sonar no es gratuito, porque Jürgen Klopp es para la raza moderna el máximo exponente de lo que se conoce como Adolf Hipster, expresión acuñada por la modernité berlinesa para definir uno de los freaks más famosos del Boiler Room. Pues me sabe mal por el pobre diablo, pero si alguien merece sostener la heráldica adolfhispteriana sobre sus hombros ese es Klopp. Ahora mismo no hay en Alemania otro hipster más de culto y al mismo tiempo más masivo. Mientras que el primer Adolf Hipster era demasiado de manual y hacía caras extrañas en las sesiones de techno del Boiler, el nuevo Adolf Hipster, esto es, Jürgen, saca el hipsterismo de los más hondo de su alma, lo abraza como un estado de ánimo y por eso lo vivimos con él, con la misma jodida intensidad.

El estilo de Jürgen es increíble. Es un maestro llevando gafas de pasta. Grandes. Montura pesada. Las lupas que ningún hipster llevaría por ser demasiado hipsters. Las patillas en permanente contacto con una melena tostada que desciende desde un ángulo inclinado a la derecha de su frente. No es cabello natural, nada de eso, Jürgen no le tiene miedo a los implantes, por eso, ni corto ni perezoso, puso fin a una calvicie incipiente aplicándose unos injertos de caniche afgano cuya existencia él mismo reconoció. “Sí, me he trasplantado cabello, ha quedado molón, ¿eh?”. Ahí está el hipster que Klopp lleva dentro, exigiéndole que recurra a la tecnología capilar avanzada para seguir luciendo melena, un símbolo de libertad, juventud; un icono modernillo que el de Stuttgart se resiste a perder a pesar de haber sufrido la crisis de los 40 hace tiempo. Un pelazo, por cierto, complementado con una barba de tupidez variable, pero siempre presente, una capa de vello que se intuye dura, cuidada a trompicones, aunque siempre bien delineada en la papada. Si a eso le sumamos una gorra que se ha hecho famosísima en la Bundesliga con la inscripción Pöhler (algo así como futbolista callejero), una prenda aberrante que haría llorar en posición fetal a Chimo Bayo, tendremos que rendirnos ante el postureo vanguardista de este delicioso freak y disfrutar del viaje con él.

El sábado 25 de mayo, en plena vorágine Primavera Sound, Jürgen, nuestro Jürgen se las verá en la final de la Champions League con el Lado Oscuro, el sargento de Hierro, el abuelete malvado Jupp Keynckes. El abigarrado mundo hipster se la juega ante la monocromía de la Vieja Guardia. Pasado contra futuro. Melena contra peinado militar. Injertos contra pelambrera canosa. Matías Aguayo contra Bach. Nosotros vamos con el Borussia de Dortmund, sólo faltaría. Espero ver muchas bufandas amarillas en el concierto de Wu-Tang Clan, reclutas.

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