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Mira, Drake, tengo 40 euros en la cuenta: claro que nada es lo mismo (no te jode)

O las incongruencias de ser fan del rap en esta coyuntura económica, y lo difícil que resulta escuchar “Nothing Was The Same” y el resto de los nuevos discos de rap hechos por veinteañeros multimillonarios

¿Qué ocurre cuando tienes más de 30 años, te cuesta llegar a fin de mes, vas a comer los domingos a casa de tus padres, en tu cuenta del banco sólo hay telarañas y además te gusta el hip hop? Puede ser un trauma, un gran conflicto: disfrutar de la música de jóvenes millonarios, tararearla, pero no poderte identificar con ella ni con asomo. Para Carlo Padial, eso es un conflicto irresoluble.

No me entusiasma (en general y salvo honrosas excepciones) la música hecha por blancos, por lo que desde hace mucho tiempo sólo escucho música negra, soul, jazz, funk, etc. En los últimos años, mi fascinación por la música afroamericana se ha centrado en el rap, me entusiasma el rap, suelo ir por la calle escuchando a Lil’ Wayne, a Drake, A$AP Rocky, Big Sean, J. Cole, Chance The Rapper, Kendrick Lamar, o Tyler the Creator. Llevado por el groove, puedo pasarme de calle en cualquier momento, dejar atrás la dirección a la que se supone que debía ir, o aparecer a las afueras de Barcelona, tarareando cualquier canción de Freddie Gibbs, o de Big K.R.I.T. Me parece gente con muchísimo talento, el problema es que acabo de cumplir treinta y seis años y toda la gente a la que acabo de mencionar son muchísimo más jóvenes que yo. Me hacen sentir viejo y fracasado. Por ejemplo: los videoclips de rap son sensacionales, divertidísimos, me puedo pasar horas viéndolos, pero en la mayor parte de ellos aparecen jovencitos de menos de treinta años bailando en sus mansiones de cinco plantas, rodeados de negras en biquini, coches deportivos… Mientras tanto, yo tengo el doble de edad que ellos y estoy en mi pequeño apartamento de cuarenta metros cuadrados, sentado en el sofá cama desplegable de mi buhardilla, gritando las mismas proclamas que ellos, cantando bajito para no molestar a los vecinos: “¡Uau vaya temazo!” Y en ese momento, de golpe, me doy cuenta: ¿qué estoy haciendo con mi vida? Esto es patético. Ellos tienen cascadas de agua artificial y quince cuartos de baño en sus mansiones, mientras que el único lavabo que hay en mi casa tiene una fuga de agua en el váter que hace que la factura de agua se haya disparado y que mi novia no pueda dormir por la noche porque le molesta el goteo constante.

Y entonces entiendo que me he hecho mayor para escuchar rap. Y recuerdo la cantidad de veces que voy por la calle, de camino al cajero automático, tarareando cualquier canción de Drake, por ejemplo, “All Me” (un temazo, por otra parte), donde dice: “Got everything / I got everything”… ¡Y yo voy cantando eso también, de camino al cajero, pero no tengo nada en la cuenta! Me quedan cinco euros, y ni siquiera puedo sacarlos porque los cajeros no disponen de billetes de cinco y me da vergüenza entrar a pedirlo en la oficina porque temo que el empleado de La Caixa piense que soy casi homeless.

Está muy bien escuchar a raperos de veinte años alardear de su vida lujosa cuando tienes mas o menos su misma edad, pero cuando casi tienes edad para ser su padre y evitas cogerle el teléfono a tu gestor porque tienes miedo de que te vaya a multar Hacienda otra vez por haberte saltado el pago del IVA trimestral, ya no es tan fácil seguir vibrando con el groove y los beats y el estilo de vida ostentoso que te proponen en esas canciones. Ya no hay Bling-Bling que valga. El listado de situaciones absurdas en las que me veo inmerso, derivadas de mi afición por el rap contemporáneo, en contraste con mi vida de guionista y escritor freelance, es interminable. El otro día iba escuchando a Drake rapear “Started from the Bottom, now we’re here” y yo iba repitiendo ese mismo estribillo de camino a comer en casa de mis padres. ¡Yo sigo abajo, Drake! ¿Qué coño hago haciéndote las segundas voces de tu single? Empecé desde abajo, pero yo todavía voy a comer a casa de mis padres los domingos. O acto seguido, tarareo la nueva canción de Migos, llamada nada menos que “Versace”, cuyo estribillo simplemente repite “Versace, Versace Versace, Versace…”, y yo repito ese estribillo, pero toda la ropa que llevo puesta la compro en el H&M, y por algún motivo está deshilachada, porque a H&M le importa una mierda todo, y venden ya sus prendas llenas de hilos.

Más ejemplos: en una de sus canciones más conocidas, “A Milli”, Lil’ Wayne rapea: “A million here, a million there, I'm a young money millionaire…” Y yo voy por la calle cantándolo, cuando por la mayoría de las cosas que hago cobro menos de cien euros. Entonces, me paro en mitad de la calle, y cambio la canción en el reproductor de música, intento buscar algo de Víctor Jara, o al menos de Manu Chao, pero por supuesto no tengo nada de esos dos tipos, ¡sólo tengo rap! Por lo que me paso a Jay Z, que al menos es un tipo más adulto, y me encuentro con que en su último disco alardea del ritmo de vida, no ya de él… ¡sino del de su hija Blue Ivy, que debe tener tres meses! A mi alrededor, las empresas cierran cada semana, pero yo voy en el autobús cantando “Aston Martin Music”. O “B.M.F (Blowin Money Fast)”, ambas canciones de Rick Ross. O “Fucking Problems”, de A$AP Rocky, cuyo estribillo no puede ser más obsceno, dada mi situación: “I love bad bitches, that’s my fucking problem”. Para empezar, A$AP Rocky, ¿qué clase de nombre es ese? Luego, añadir, ¿esos son todos tus problemas? ¿Que te gustan las zorras malas? Pues déjame decirte que me parece inmoral que consideres eso un problema cuando a mi alrededor el mundo se está colapsando, las empresas para las que solía colaborar están cerrando una tras otra, la economía se viene abajo y solo falta que la gente se tire por la ventana de forma habitual desde los edificios de oficinas de la Diagonal. ¡Pero tu único puto problema es que te gustan las perras malas!

Mientras, en sus videos, los raperos están rodeados de tías en biquini bailando y rociándose la cabeza con champán francés, a mi me llama mi madre cada dos horas llorando porque mi padre ha sufrido otra crisis depresiva y se niega a salir del cuarto de baño porque le ha sentado mal la medicación que toma mezclada con el Bourbon que esconde en la despensa. Al mismo tiempo que el rapero y su entourage comparten copas, joyas y toda clase de lujos, cuando yo voy a tomar algo con mis amigos nos pasamos quince minutos de reloj dividiendo la cuenta hasta el último céntimo. ¡Eso no tiene nada de gangsta! ¡Y aun así me atrevo a cantar canciones de Waka Flocka! ¡Mi vida sí que es “Hard in the Paint”!

Muchos raperos tienen un helicóptero en la terraza de sus mansiones por si les da por cambiar de aires de forma repentina. Yo voy en el metro, rodeado de locos que rebuscan en las papeleras, a la caza de un ejemplar usado del Mundo Deportivo. 2Chainz y Pharrell entran en los clubes a cámara lenta. A mí me pasan los trimestres fiscales con una facilidad pasmosa. Y en cambio, los días de cobro no llegan nunca.

Resumiendo: me estoy haciendo mayor para escuchar rap. No sé cómo ha sucedido. Ha sido de un día para otro. Y no sólo me pasa con el rap. Cada vez cuesta más que me atiendan como es debido en el Imaginarium. Ahora, cuando voy a la sala BeCool me miran como si fuera Moncho Borrajo, un Santi Millán sin carisma televisivo, o cualquiera de esos otros viejos siniestros cuarentones que todavía quieren ir de jóvenes, travestis de la juventud, veteranos con pantalones de cuero. Y sin embargo, pese a todo esto, sale el nuevo disco de Drake y yo me preocupo por sus ventas como un gilipollas, consulto los foros de hip hop que suelo visitar, preocupado por sus números, esperando que “Nothing Was The Same” supere en su primera semana las cifras esperadas, 600.000 álbumes vendidos. Y mientras lo hago, pienso, ¿pero tú eres tonto o qué?

Y que quede claro: me encanta Drake y le recomiendo a todo el mundo su último disco, y especialmente “Take Care”, su disco anterior, que me parece una obra maestra [nota editorial: fue elegido el mejor disco del año de 2011 en PlayGround], me da igual que mucha gente lo considere excesivamente comercial, blando, o destinado al público femenino-adolescente. Es un gran artista, como muchos de los nombres que he mencionado. Pero voy a dejar de escuchar rap. Y a partir de hoy voy a pasar a escuchar música más acorde con la situación actual, no sé, Fito y Fitipaldis, o algo así. Eso hasta que aparezca (ya tarda) un rapero que se ajuste al momento económico que estamos viviendo, un rapero realista, con los pies en el suelo, al que no le está prohibido alardear, pero con moderación, que rime sobre cosas ajustadas con la realidad, un rapero que se alegra por haber encontrado un billete de veinte euros en unos pantalones viejos, que rime sobre el hecho de tener cien euros en la cuenta y una multa de hacienda por impago de IVA. Un rapero que va a comer a casa de sus padres pese a tener casi cuarenta años, y al que no se le caen los anillos ni la cadena de oro (más que nada porque las empeñó hace tiempo en el Cash Converters) por recitar el contenido de los tuppers que se lleva de la nevera de su madre. Es más, un rapero que se vanaglorie de su situación, que presuma del pollo con ciruelas que cocinan en su casa y del resto de platos congelados que le van a permitir pasar las próximas tres semanas de su vida, a la espera de que le ingresen ochenta euros de una colaboración que hizo hace siete meses y que todavía no le han pagado. Un artista de hip hop que se jacte de quedarse hasta tarde viendo la tele, y que va dormido al día siguiente a una reunión de trabajo donde pese a tener 36 años todavía le tratan y le pagan como a un joven adolescente que no tiene nada que perder. Esto sí son Dreams and Nightmares” y no los de Meek Mill.

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