Columnas

Miedo a la resaca: la necesidad de protestas en la cultura

El sector de la cultura y la comunicación se plantea si pueden embravecerse hasta convertirse en marea, mientras prepara un encierro simbólico en el Museo Reina Sofía

Mientras otros sectores profesionales y sociales del país, como la sanidad o la educación, se organizan en esas oleadas de protestas conocidas como ‘mareas’, la cultura sigue apática y descoordinada. No se mueve, no hay marea. ¿Por qué? ¿Qué sucedería si la hubiera?

Fotografías de Mahala Marcet de la Marea Amarilla en Barcelona, esta mañana.

Las efemérides son una desactivación de la acción. Los medios de comunicación las usan mucho como estrategias reaccionarias para desplazar la importancia del hecho en sí al tiempo transcurrido, y así tener que evitar las explicaciones. Ahí tenemos, en ese sentido, cualquier aniversario de la muerte de un escritor considerado relevante, que puede ocupar los tres minutos dedicados a la cultura en un telediario incluso sin tratarse de un cómputo redondo. Otro ejemplo son los cien días de gracia en cualquier mandato político. O el “hoy hace un año de”. En el año 2011, los medios ya estaban efemerizando el 15M el 16 de mayo. Era su manera de controlar lo incontrolable. “¿Qué fue del 15 M?”, venimos escuchando todos los 15, todos los mayo.

No sé si es la primavera, pero hay algo en mayo que traspasa la efeméride. El revolcón meteorológico nos recuerda que estamos en revolución permanente desde hace dos años. Funciona como llamada al reclutamiento. Mientras nuestras tropas profesionales no han dejado de salir a la calle a pesar del frío, la retaguardia se prepara para visibilizarse en la batalla.

Muchas hemos pasado el invierno pensando y cuidando de nuestros hijos. Es decir, sobreviviendo, a veces al borde la hipotermia. Pero llega mayo y nos preparamos para florecer. Algunas de nosotras, las trabajadoras culturales, hemos pensado más de la cuenta. Le hemos estado dando vueltas a algo: ¿dónde está nuestra lucha? Hemos estado defendiendo la sanidad pública con la marea blanca, en la calle y en las consultas. En las huelgas y las aulas improvisadas en las plazas nos hemos unido a la marea verde. En la defensa del derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, contra el machismo y la homo/bi/transfobia y por la igualdad hemos formado parte de la marea violeta. Las más vulnerables y por tanto los más recortados, tuvieron incluso su marea naranja: dependientes, víctimas de violencia, precarizados. Funcionarios, bomberos y mineros, todos ellos muy quemados, forman parte de la marea negra. Los esfuerzos contra la privatización del agua, en especial la del madrileño Canal de Isabel II, se hicieron llamar marea azul. Y si hubiera una marea verde fosforito, como los chalecos para pasear por las cunetas, esa sería la de los Yayoflautas: jubilados y prejubilados, abuelos, gente madura pero militante, guerrera.

"Las mareas son masas críticas. No existen hasta que no se juntan"

¿Cuál es el color de la marea de la Cultura y la Comunicación? No tiene. ¿Pero existe tal marea? No existe. ¿Y, si existiera, cómo sería? De eso sí podemos hablar. Las mareas son masas críticas. No existen hasta que no se juntan. No son un colectivo militante clandestino: se forman rápidamente y golpean la playa como una ola, arrasando con los endebles castillos de arena. No son espontáneas, tampoco seamos ilusos, pero se puede empezar por unas conversaciones, unas asambleas, unos detonantes. De eso se está hablando estos días mientras se prepara el encierro del 10 de mayo en el Museo Reina Sofía: “vamos a hacer algo con lo que nos pasa”, confiesa el manifiesto/confesión en su primer párrafo. Y lo que nos pasa, creo yo, es que desde este sector entendimos la cultura en un sentido amplio, como formas de pensar y vivir, y, ocupadas en eso, dejamos la Cultura a las élites. Nos pusimos camisetas verdes, batas blancas, chalecos amarillos y abandonamos nuestro campo de batalla, o, por ajustarme más a la verdad, compaginamos nuestros horarios de trabajo en el sector artístico, cultural, cognitivo, comunicativo y, en el rato que nos quedaba, nos entregamos a la militancia. Nos dividimos en dos, a pesar de las lógicas grietas y filtraciones.

¿Recordáis la famosa Cena del miedo que relataba Amador Fernández-Savater? Pues creo que nosotros también tuvimos miedo. Miedo a la marea y miedo a la resaca. No nos dejamos atravesar, a pesar de dos grandes detonaciones sucedidas en estos dos últimos años: el 15M y la CT.

La aparición del libro Cultura de la Transición, donde también se entendía cultura en un sentido amplio, se convirtió en una mecha encendida cuya chispa no llega hasta la dinamita. ¿Que la apagó? No lo sé. Pienso que ese libro era y es una gran herramienta que cambia las gafas con las que leemos el mundo. Comprender qué es CT y qué no es CT, es decir, qué es la desactivación del potencial de transgresión de la cultura y cómo funciona, es un revulsivo personal para todo habitante de la sociedad esta del conocimiento. Quizás es que no fue lo suficientemente leído.

No es que no hayamos tenido catalizadores: la oposición a la Ley Sinde y el desenmascaramiento del lobby “de los creadores”, el hacktivismo y Anonymous, la experiencia de La Tabacalera, Bookcamping o las Creative Commons, nos han acompañado en la formación de un clima de transformación que al final acaba siendo un anticlimax. ¿Será finalmente un detonante tan sujeto a las normas de la economía del capitalismo cultural como la subida del IVA al 21 por ciento lo que disipe el miedo a la marea?

"Los lectores han dejado de confiar en los periódicos, con esas portadas ridículas y panfletarias que explican un planeta imaginario"

En el citado manifiesto “Derechos, democracia y dignidad para la cultura y la comunicación” hay una larga lista de motivos entre los que el impuesto aparece mencionado en el quinto lugar. “Hemos visto cómo cerraban los centros culturales de nuestros barrios”, el empleo y la información se han precarizado en los medios de comunicación públicos y privados, han desaparecido “los cines convertidos en tiendas de ropa”, “los escasísimos presupuestos de Cultura no se deciden de forma democrática y participada”, “la subida del IVA nos condena al paro y a la imposibilidad de acceder a la cultura con unos precios dignos”, “no podemos escuchar música en directo porque las salas de conciertos están desapareciendo”, “las pequeñas salas de teatro independiente cierran y los teatros públicos cada vez tienen menos recursos”, “se nos propone trabajar gratis a cambio de visibilidad”, “los dueños de los nuevos monopolios e intermediarios digitales se quedan con la riqueza que generamos entre todos y todas en vez de repartirla”, “el gobierno y la oposición inician campañas espantosas contra las personas que comparten información, comunicación y cultura”, “los viejos derechos no nos dan de comer ni nos dejan crear y compartir” son motivos que llaman a la acción. Es decir, hay motivos.

El sector del periodismo es el segundo en el ominoso ranking de la destrucción de empleo. Los lectores han dejado de confiar en los periódicos, con esas portadas ridículas y panfletarias que explican un planeta imaginario. Es estructural en la cultura la precarización, la desregularización, el falso autoempleo, la inseguridad, la rentabilización política de iniciativas no-rentables gestadas en los márgenes. Mientras unos rodean el Congreso y otros escrachean a los políticos, la élite de la Cultura no se ve amenazada. Se sientan en los capiteles de sus columnas de opinión y sus libros más leídos y, desde ahí a lo alto, nos cuentan cómo ven ellos lo que está ocurriendo. Y la gente aún les escucha, y subimos el volumen de la radio para entender mejor qué opinan de esto y de lo otro. Un Luis García Montero no está tan cuestionado como un Cayo Lara. Ni un Antón Reixa o un Enrique González Macho lo son como Borja Prado o César Alierta, salvando las distancias financieras. Es más, González Macho, como dueño de la distribuidora a punto de la quiebra Alta Films, es uno de los empresarios más perjudicados por la subida del IVA y la crisis del sector en general. Y se le apoya, con cierta ternura y melancolía. No se cuestiona si es que no supo aceptar que las reglas del juego estaban cambiando.

¿Dónde están las experiencias de resistencia a la privatización de la cultura? Están, pero no son de fácil acceso. ¿Y qué capacidad de autocrítica tenemos los periodistas? Pequeña. Me gustaría recordar ese vago y desunido intento de Periodismo Real Ya, pero no lo hago porque me da la risa.

Para pensar un poco en todo esto quizá deberíamos desplazarnos de las reglas del juego económico, como propone Y si dejamos de ser [artistas] y, entre esos paréntesis, probar con aquello que creemos ser. ¿Y si dejamos de ser [periodistas]?, ¿y si dejamos de ser [intelectuales]?, ¿y si dejamos de ser [mediadores]?, ¿y si dejamos de ser [músicos]?, ¿y si dejamos de ser [escritores]? Dejar de ser, pero seguir haciendo. Romper con lo que nos hace ser individuos y buscar mecanismos sociales de producción cultural. Sentirnos como colectivo es, quizá, lo que crea la corriente, y la corriente deviene en marea y la marea en resaca.

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