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La mujer más oscura: los puntos negros de Maya, la protagonista de “Zero Dark Thirty”

En la nueva, vibrante y polémica película de Kathryn Bigelow es difícil encontrar una perspectiva feminista. Lo inquietante es lo que hay en su lugar: una peligrosa perspectiva imperialista

Impecable desde el punto de vista cinematográfico, “Zero Dark Thirty” es una película que se sostiene sobre peligrosos presupuestos morales: su defensa de la tortura, su inexistente ángulo feminista y su defensa del imperialismo americano caiga quien caiga. Reflexionamos sobre ello.

Podría terminar la columna aquí mismo y me sería suficiente, pero estaría marcándome un Bigelow sin tener yo el talento de esta directora. Hay cierto debate sobre si estamos ante una película feminista: “¿ una sociedad que produce mujeres agentes de la CIA (y reeligen a un presidente negro) se gana el derecho a cometer atrocidades en defensa propia?”, se pregunta Andrew O’Hehir en Salon.com. “ Esta película no es supuestamente progresista o feminista porque presente a una agente de la CIA mujer como pieza central en la muerte de Osama Bin Laden. Ninguno de nosotros debería pensar que es ‘bueno’ que Maya sea una mujer, o que varias mujeres tengan un papel decisivo en la muerte de Osama. No hay nada feminista en la venganza”, escribe la teórica feminista Zillah Eisenstein en Aljazeera.com.

Que sea inusual una protagonista femenina fuerte y no antagonista (Maya, interpretada por Jessica Chastain) y, aún más, que esté dirigida por la única mujer ganadora de un Oscar (Kathryn Bigelow), no hace esta película feminista, pues nada nos dice sobre si Maya tuvo que renunciar a algo o no por su trabajo en la CIA o su destino en Oriente Medio, si el hecho de ser mujer le ayudó o perjudicó en su trabajo, si sus compañeros la tratan o no de manera igualitaria, si estableció alianzas con otras mujeres más allá de su compañera de embajada, Jessica. Y, fuera del argumento, no hay un disclaimer que nos informe de si Jessica Chastain ha ganado por este trabajo lo mismo que hubiese cobrado un hombre, o si Kathryn Bigelow se ha enfrentado a alguna reticencia durante la producción de esta película por ser una mujer en tierra hostil.

El filme comienza con grabaciones reales y desde el primer minuto no sabemos si tratamos con realidad o ficción. “ Lo que hemos intentado es casi una aproximación periodística al cine”, dice Bigelow. Pero su guionista en la película, y escritor en la piel de Kathryn en la vida real, Mark Boal, la contradice: “ es una película, no un documental”. Estáis jugando con el espectador, rompéis el contrato.

"Está tan segura de que Bin Laden está en esa casa que quiere tirar una bomba. Lo haría si ella mandase. Pero la bomba es ella"

No es una película sobre la tortura y su pertinencia, aunque este sea el debate que reabra, es una película sobre la obsesión. Y esta es una conversación que no se abre tan fácilmente como la del feminismo, la tortura o la veracidad. No me queda claro qué transforma a Maya en una mujer tan obsesionada con su pista para cazar a Bin Laden o si es que ya venía así de casa. El guión parece que nos plantea que su transformación sucede nada más aterrizar en Pakistán, donde asiste a su primer interrogatorio violento. La cámara insiste una y otra vez con los planos de una Maya dolida, que aún así se mantiene profesional y firme. Ante la cámara, no vemos nada muy explícito. Pasan los años y Maya se desenvuelve con firmeza en su trabajo. ¿Qué la hace ser así? Podríamos decir que es el ánimo de venganza ante el ataque a Estados Unidos del 11 de septiembre. Pero Maya no parece una persona especialmente patriótica. Parece que la causa sea personal. No le dice al cuerpo de élite, los canarios, que van a caer desde dos helicópteros sobre el chalet de Bin Laden y que maten al dirigente de Al-Qaeda por América, que es lo que habría dicho un protagonista de Oliver Stone. Maya les pide que lo maten en su nombre. Está tan segura, al cien por cien, de que Bin Laden está en esa casa que quiere tirar una bomba. Lo haría si ella mandase. Lo único que verdaderamente le interesa es la consecución de su objetivo: el fin, la muerte, la sangre, la disolución, el éxtasis final sin juicios ni defensas. Maya es el imperio. Es una “ killer”, como la definen sus compañeros. Pero la bomba es ella. Se haría estallar así misma sobre el tejado y las cabras de Bin Laden. “ La obsesión nos hace creer que no perseguimos al otro, sino al espejo. Y nos diluimos”, escribe mi amiga Elisa McCausland sobre el comportamiento de la protagonista.

Querida ElenaSi aceptamos esta tesis, Maya persigue a Bin Laden porque se identifica de alguna manera con él. Entrega su vida a su trabajo de investigación en Afganistán. No ama a otros, no tiene tiempo libre. Y cuando regresa a Estados Unidos después de sufrir un atentado está rabiosa, más que nunca. Cuenta los días que pasan desde que localizó el chalet hasta que alguien toma la decisión de actuar. En ella esa rabia deviene en furia muy, muy, contenida. Sólo en la escena final, torpemente reforzada con música, Maya vuela como única pasajera de un avión que vuelve a casa. Y llora. Yo no entiendo por qué llora. Supongo que porque no hay otra cosa que puedas hacer ante el vacío. “ Querida Elena”, me explica Elisa, “ si dejas entrar a Maya o dejas salir un poco de todo lo oscuro que todas enterramos profundamente, te aseguro que la comprenderás”.

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