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“Me llamo Mateo Tulsa, y he vendido toda mi intimidad a un gobierno"

La nación de Petrelia me propuso comprar la llave de mi mente a cambio de un salario de por vida

Ilustraciones de Craig LaRotonda

El anuncio decía lo siguiente: “Ven a Petrelia, donde comienzan tus oportunidades”. Había llegado a aquella web después de dar tumbos por algunos foros y leer un par de artículos en prensa internacional. Y de entrada me llamó la atención, ¿pero en qué consistía exactamente todo aquello? Un mensaje no dejaba lugar a dudas: un nuevo país en el que “todo el mundo tendría un sueldo garantizado, sólo por ser ciudadano”.

Situada en mitad de Honduras, la micronación de Petrelia estaba a punto de lanzar un proyecto piloto con trescientas personas a las que le ofrecería un salario por no hacer nada. Absolutamente nada.

¿La contrapartida? Había que permitir al gobierno y las empresas monitorizar cada segundo de tu vida. Lo que significa seguimiento de llamadas, correos, páginas web y todas y cada una de tus comunicaciones. La finalidad de todo esto es saber qué consumes, qué te obsesiona, qué te interesa y qué te disgusta. Luego ellos se lo venden a las marcas.

Petrelia se presentaba a sí misma como una "democracia smart", un país de nuevo cuño, fundado en una colaboración inédita entre el estado de Honduras y un conglomerado de grandes empresas de la tecnología, la seguridad y la construcción.

Aquel lugar quería ser el campo de pruebas de una nueva manera de vivir, en la que las necesidades el ciudadano estarían atendidas 24 horas sin interferencias, mediante tecnologías de seguimiento, publicidad personalizada, control remoto de biorritmos y testeo de productos. En Petrelia, mercado y persona serían uno. A cambio, tu subsistencia estaba asegurada.

Para vivir en Petrelia sólo tienes que hacer una cosa: vender tu alma al mercado.

“Ven a Petrelia, donde comienzan tus oportunidades”. Estudié aquellas palabras, lo pensé unos días y me fui. Es probable que si las cosas hubiesen sido distintas aquí me lo hubiera pensado más. Sin embargo, los días de la universidad empezaban a quedar demasiado lejos y nadie parecía querer a un filólogo de 27 años.

En aquel tiempo yo me arrastraba de un trabajo precario a otro y vivía con mis padres en el mismo piso de 80 metros del que se suponía que debía haber marchado mucho tiempo atrás. Entonces apareció aquel lugar, una utopía a punto de nacer con una oferta irresistible bajo el brazo. Si aquello era cierto, y no un bulo más de los miles que corrían por internet, Petrelia parecía la respuesta a todos mis problemas.

Recuerdo discutir el asunto con algunos amigos. “¿De verdad podrías vivir así, siempre con un ojo encima?”, me decían. Yo me preguntaba si era mejor nuestra vida en ese barrio, si era mejor pasar frío porque no tienes otra cosa que hacer que echar la tarde en el parque, y de allí al bar y vuelta a empezar. También me preguntaba si merecía la pena ir a la ETT una vez al mes para ver si tenían algo. Sencillamente, no podía imaginar cómo un sitio en el que me pagaban por existir podría ser peor que aquello.

Ahora hace casi dos años que vivo en Petrelia y estoy demasiado ocupado en la oficina para echar a nadie de menos. Cuando no trabajo, hay mucho por explorar. La economía del país es similar a la de un paraíso del petróleo: hay marcas de lujo y todo tipo de centros comerciales. El clima es extraordinario. Los barrios son limpios y tranquilos. La gente parece feliz. Tenemos todo tipo de entretenimientos, teatro y conciertos, deportes de playa, montañas artificiales en las que esquiar cuando nos apetece y comida de importación llegada de todo el mundo. Aquí nadie pasa hambre. Quien quiera subsistir sólo tiene que vender su intimidad.

Yo empecé a trabajar hace seis meses en una gestoría como asistente contable. Aunque no necesito el dinero, los números se me dan bien. Además el país crece. Cada vez vienen más habitantes y estamos consiguiendo dominar las selvas de alrededor. Nuestro objetivo como país es convertirnos en un lugar cada vez más paradisíaco. Ser el paraíso con el que todos sueñan.

En cuanto a lo de ser observado, te acostumbras. No cuesta entender que formas parte de algo más grande que tú, de un sistema que quiere darte siempre lo mejor, y que por eso trata de acercarte las mejores ofertas en cada escaparate, en tu tablet y pronto en tus sueños. Al fin y al cabo, el hecho de que graben tus conversaciones íntimas no es tan malo cuando son tan inocentes como las mías y apenas existen.

Aunque parezca mentira, consumir es aquí un trabajo

En poco tiempo también dejan de molestarte los funcionarios estatales. Su función está clara: asegurar tu bienestar. Por ese motivo recibes visitas si detectan que estás teniendo un mal día o si tu humor en las redes está un poco más bajo de lo normal. Sin darte cuenta, casi les coges cariño.

También le coges cariño a la cesta de productos gratuitos que cada semana llega a tu casa. Uno de los requisitos para tener el pasaporte en la micronación de Petrelia es participar en distintos focus group para marcas. Las marcas quieren conocer tu opinión porque el consumo es lo que sostiene Petrelia. Aunque parezca mentira, consumir es aquí un trabajo.

Me gusta este ritmo de vida y me gusta Petrelia. Algunas noches imagino la vida que hubiera tenido de haberme quedado allí. También intento no pensar muy alto y guardarme algo de esos recuerdos sólo para mí. Entonces me doy cuenta de que las cosas aquí son tan distintas que muchas veces mi pasado me parece un sueño raro.

Ahora el contrato de prueba que firmé para obtener el pasaporte está a punto de vencer, y supongo que por eso estas imágenes gastadas se repiten con más insistencia. No sé cómo sentirme ante ellas. Lo que sí que es cierto es que cada noche que paso insomne tengo más clara una cosa: quiero que renueven mis papeles. Esta vida es demasiado buena como para imaginar ninguna otra. Pretelia es el futuro.

No podía imaginar cómo un sitio en el que me pagaban por existir podría ser peor que mi vida precaria.

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