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La sentencia contra Robin Thicke es mala para la música (aunque él sea un capullo)

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¿El fin del progreso musical?

Franc Sayol

13 Marzo 2015 01:20

Cuando se anunció que un tribunal federal de Los Ángeles condenaba a Robin Thicke y Pharrell Williams a pagar cerca de siete millones de euros a los descendientes de Marvin Gaye por el supuesto plagio cometido en Blurred Lines, las burlas no se hicieron esperar. Durante unas horas, el sentir general fue “que le jodan a Robin Thicke”. Al fin y al cabo, Robin Thicke no es un tipo que caiga especialmente simpático. Su imagen es la de un mujeriego borrachín que grabó uno de los videoclips más sexistas de la historia, justo antes de que su mujer le pidiera el divorcio a raíz de una foto en la que un espejo revelaba cómo le tocaba el culo a una fan. Cuesta empatizar con él.

Pero por muy mal que te caiga, lo cierto es que no hay nada que celebrar. La sentencia no solo es mala para Thicke y Pharrell, sino para toda la música. Aunque suene paradójico teniendo en cuenta que se trata de un caso de plagio, no se trata de una sentencia contra dos creadores, sino de una sentencia contra la creatividad.

El groove, el vibe, la onda de ambas canciones es parecido. Pero un análisis riguroso demuestra que este parecido solo es superficial

Es innegable que Blurred Lines recuerda a Got to Give it Up. El propio Thicke ya reconoció en una entrevista con GQ en mayo de 2013 que se habían inspirado en la canción de Gaye. “Le dije ‘maldita sea, tenemos que hacer algo como eso, algo con ese groove’”, decía. Y ciertamente hicieron un buen trabajo: el groove, el vibe, la onda de ambas canciones es parecido.



Pero un análisis riguroso demuestra que este parecido solo es superficial. Es cierto que ambas tienen un tempo parecido, que ambas están cantadas en falsete, que ambas tienen una línea de bajo saltarina y que en ambas aparecen un Fender Rhodes y cencerros. Pero estos no son el tipo de elementos que pueda defender el copyright. En cuestiones principales como la melodía o la progresión acordes, ambas canciones no tienen nada que ver.

Esto último ha sido subrayado por numerosos expertos desde que se hizo público el veredicto. Una de las comparaciones más exhaustivas la ha hecho el musicólogo Joe Bennett. Ya que la demanda interpuesta contra Thicke hacía referencia a cómo “habían levantado el distintivo bajo de Gaye”, Bennett ha prestado especial atención a dicho elemento. “Cuando las comparas nota por nota, la diferencia es obvia. Estas líneas de bajo utilizan notas, ritmos y fraseos distintos. Incluso están basadas en escalas musicales distintas. Las notas de Thicke están tomadas del modo mixolidio; la línea de bajo de Gaye está basada alrededor de la escala pentatónica menor”, escribe.

Se puede argumentar que, a pesar de todos estos detalles técnicos, Blurred Lines no existiría sin Got to Give it Up. Y es cierto. Es evidente que se trata de una canción nueva escrita a partir de un viejo molde. Y es evidente que, puestos a escoger, la gran mayoría nos quedaríamos con la de Gaye. Pero la cuestión no es si existe inspiración o no. La cuestión es si esa inspiración puede ser suficiente motivo como para interponer una demanda millonaria. Y ganarla.

Tradicionalmente, cuando se interponía una demanda de este tipo era necesario poder demostrar las similitudes entre notas, melodías o letras de las canciones. Pero a los descendientes de Gaye les ha bastado con apelar —en palabras de sus propios abogados— al “ADN” de la canción para ganar el caso. Esto hace que la Propiedad Intelectual adquiera una nueva dimensión. Una en la que mezclar un piano eléctrico, un cencerro y un ritmo disco a 120 golpes por minuto ya pueda considerarse un plagio. De pronto, es como si hasta los géneros pudiesen estar protegidos por copyright.



La evolución de la música popular siempre ha estado impulsada por canciones que recordaban a otras canciones. Poner coto a estos vasos comunicantes no tiene ningún sentido. Es como si los herederos de Bo Didley se propusieran denunciar a todos aquellos que han utilizado su peculiar rasgueo de guitarra a lo largo de las últimas décadas. O como si los Beatles hubiesen registrado determinadas combinaciones de acordes. O como si los productores de trap tuvieran que inventarse un nuevo patrón rítmico en cada producción. Ni el rock, ni el pop, ni el hip-hop existirían tal y comos los conocemos.

La evolución de la música popular siempre ha estado impulsada por canciones que recordaban a otras canciones. Poner coto a estos vasos comunicantes no tiene ningún sentido

Si la sentencia contra Thicke sentara jurisprudencia, se podría iniciar una carrera de denuncias de consecuencias impredecibles. Los propios descendientes de Gaye podrían empezar por denunciar a Prince, cuyo Kiss se parece a Got to Give it Up en la misma medida que Blurred Lines. Y entonces, Prince, enfadado, podría denunciar a The-Dream por su discografía entera. Y así hasta el infinito.

De pronto el listón para que un préstamo creativo sea susceptible de demanda se ha desplomado. Las implicaciones de ello todavía son impredecibles, pero de aplicarse estrictamente podría significar el fin del progreso musical. Más aún en una época como la actual, dominada por dos géneros cuya historia se fundamenta en el reciclaje. Y es que resulta imposible imaginar la historia de la música sin la posibilidad no ya de tomar prestadas ciertas notas o fraseos, sino de recrear determinadas estructuras rítmicas, técnicas de producción, grooves o progresiones de acordes.

Este es el motivo por el que la gran mayoría de la industria musical ha observado con horror el veredicto la de la sentencia. Tanto tiempo señalando a Internet como el origen de todos los modos y, de pronto, parece que lo realmente podría matar la música sería los oídos caprichosos de un jurado. Esperemos que esto quede como una predicción apocalíptica. Queda la esperanza de que todo ello acabe siendo un ejemplo de una defensa mal gestionada (no hay que olvidar que fueron Pharrell y Thicke los que pusieron una primera demanda preventiva) y no como un punto de inflexión de un en la ley del copyright. Queda la esperanza, en definitiva, de que la música se salve y sea la ley la que deba replantearse su funcionamiento.


¿Te imaginas que Cervantes hubiese puesto copyright a la novela como género literario?




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