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Guía de supervivencia para mujeres salvajes

Sexo, enfermedad, amor, maternidad y mucha literatura: así es lo nuevo de Gabriela Wiener

He leído Llamada perdida en cuatro horas y veintitrés minutos. Llamada perdida es el nuevo libro de Gabriela Wiener, recientemente publicado por una editorial que hace poco salió en las noticias por haber creado un asalto fake a una librería de Barcelona, cuyo vídeo en seguida se hizo viral en YouTube. El nombre de la editorial es Malpaso y hace libros en tapa dura que son mucho más elegantes que los de Blackie Books. Llamada perdida es un libro negro, pero la faja que lo envuelve es de color rosa. En la portada aparece Gabriela Wiener mirándonos de frente con un solo ojo, porque el otro lo tiene ligeramente tapado con su largo cabello negro. Siempre he dado importancia al contenido y al continente de los libros, en este caso, Llamada perdida es un libro negro y un libro rosa tanto en su continente como en su contenido, y eso es algo que el lector descubrirá sólo después de las cuatro horas y veintitrés minutos que le puede dedicar a su placentera lectura.

Es increíble. He escrito “placentera lectura” donde en realidad debería haber señalado “jodidísima lectura”, o quizá “sacrificada lectura”, o más bien “lectura que te deja con la lengua afuera”. El caso es que a pesar de su aspereza, cada línea acaba por convertirse en una deliciosa nube de azúcar que su autora nos invita a que traguemos con ansias. La metáfora es horrorosa, lo sé. Pero es precisamente por este motivo por lo que la lectura de lo nuevo de Gabriela Wiener tiende a acelerarse. Hay algo en la sucesión de sus relatos y confesiones que nos empuja a saber más: puro cotilleo, a ratos, entremezclado con esa virtud suya de contarnos un episodio cualquiera de su vida y conseguir que sintamos que está narrando la nuestra. Yo soy Gabriela Wiener. Yo vengo de Lima. Yo tengo un montón de miedos oscuros e inconfesables. Yo soy la periodista que se puso por delante de la noticia, y que violó cualquier código aprendido en la facultad hasta que la noticia, en verdad, se apellidó Wiener.

Una sinceridad mayor que la de los mejores amantes y los mejores amigos 

Desde 2009 hasta la fecha creo que he leído buena parte de la producción literaria de Wiener. Comencé, como muchos, con el ya casi inencontrable Sexografías, un recopilatorio de crónicas en donde el sexo era el nexo común. Como estudiante de segundo de carrera de Periodismo, en aquel momento me sorprendió muchísimo un estilo como el suyo. Las fotos de la autora en Internet y toda la información que pude recopilar sobre ella hicieron crecer mi curiosidad. En la prensa su nombre aparecía asociado al de otros autores, generaciones y editoriales que los trolls de los blogs odiaban porque eran modernos y escribían cosas que hasta entonces no se habían escrito en España. Yo sentía admiración por ella, por su grupo de amigos y por todo lo que la escena literaria de Barcelona prometía en aquel entonces.

Gabriela Wiener, lo cuenta en Llamada perdida, dejó Barcelona en 2011 el mismo mes que yo desembarqué aquí. Le habían prometido un trabajo envidiable en una revista femenina —¿estaba cada vez más cerca de convertirse en la Joan Didion hispana?— y con su bello marido y su bella hija de la mano, se marchó a probar suerte en la capital española. Sólo algo así, tan prometedor, habría sido el motivo de fuerza para que Wiener se planteara abandonar Barcelona. En esta ciudad tanto ella como Jaime Rodríguez, su pareja, crecieron como escritores y como personalidades del mundo de la literatura. Los dos habían venido de Perú, y como ya escribió Roberto Bolaño en Los perros románticos: habían perdido un país pero habían ganado un sueño.

Es curioso cómo sólo en cuatro horas y veintitrés minutos de lectura han pasado por mis ojos prácticamente 12 años de la vida de Gabriela Wiener, de su familia, de sus amantes y de sus amigos. Eso es lo que tiene de especial, decía, lo que atrapa de su narración. Esa manera de dárnoslo todo servido en bandeja, de redactárnoslo todo no ya como si fuéramos su querido diario, sino como si fuésemos su reflejo en el cristal. Wiener habla de tú a tú de una manera en la que ni siquiera se hablan los mejores amantes ni los mejores amigos.  Wiener confiesa pero no como si de algo religioso se tratara, ni tampoco como si estuviera poseída por la visceralidad de una poeta suicida. Wiener tiene el don de la sinceridad. El don de hacer que todo parezca sencillo, incluso si está describiendo el infierno.

Habían perdido un país pero habían ganado un sueño.

Antes de comenzar Llamada perdida estuve hojeando el libro y no pude evitar detenerme en un título de relato que me llamó bastante la atención: «cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancha». Con el uso de esa sinceridad característica, la autora se dedica a hablar de su aspecto físico, de sus odio a sí misma, de sus problemas con la belleza y de la presión a la que a menudo nos sometemos las mujeres por nuestro cuerpo. Hay pocas cosas tan en desuso como la belleza interior, dice Wiener, la belleza mata, asegura citando a Bataille. A lo largo de todo el libro, sin embargo, lo único de lo que no puede huir el lector es de la constante belleza que las palabras de la autora desbordan. Ella es capaz de convertir sus infiernos y miedos personales en algo anecdótico. Porque hay que saber sumergirse en lo más profundo de la mierda para luego poder salir de ella: esa es la búsqueda constante de su vida y de su literatura. Da igual que huela mal, da igual que por el camino nos hayamos hecho daño. Dan igual los celos, y los abortos, y las preguntas incómodas, y los errores de la juventud. La balanza siempre se inclinará a favor de las cosas positivas. De eso, con ella, no cabe ninguna duda.

Una calcomanía imborrable

He leído Llamada perdida en cuatro horas y veintitrés minutos. No digo esto para presumir porque, en realidad, son demasiadas horas para un libro que presta a ser tragado desde la primera página. Llamada perdida es lo nuevo de Gabriela Wiener, una periodista y narradora —bueno, ¿acaso no es lo mismo?— peruana que lleva años viviendo en España y publicando sus impresionantes crónicas en las editoriales más importantes de nuestro país. Gabriela Wiener va a cumplir cuarenta años. Gabriela Wiener aparece en las fotografías con unos botines de cowboy fantásticos. Gabriela Wiener acaba de publicar un libro sobre madurar, o más bien, sobre la imposibilidad de madurar. Ha escrito un libro en el que habla de enfermedades, de tríos, de miedo a la muerte, de feminismo, de amor a los hijos, de la imposibilidad de vivir sin el apoyo de los corazones amistosos que la rodean. Dice Jordi Carrión en la portada de Llamada perdida que este libro se adhiere a la piel del lector como un tatuaje, pero yo diría que ese tatuaje es en realidad una calcomanía que ha sido pegada a nuestro cuerpo con un cariñoso lengüetazo de la propia autora. Nuestro deber, ahora, como portadores de tal marca es la de saberla llevar. La de cuidarla con mimo para que no desaparezca. Su memoria es nuestra memoria. Su secreto es nuestro secreto. Su saliva es nuestra saliva. Han pasado cuatro horas y veintitrés minutos con el teléfono descolgado. Ya no hay vuelta atrás.

Cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancha

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