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Lou Reed (1942-2013): y el ‘perfect day’ se convirtió en el perfecto día de mierda

Un tributo informal al último gran icono del rock entendido como una bella, intensa y destructiva forma de arte, fallecido ayer a los 71 años

No ha sido el mejor momento para que nos abandonara Lou Reed: en su carrera y en su vida aún había muchos flecos por cerrar, nuevas historias que escribir. Pero el destino es inexorable: al final, por lo menos, la dama de la guadaña llegó con un poco de poesía. Aquí va el obituario.

Hay algo mal en la muerte de Lou Reed, algo que no tiene sentido. No se trata únicamente de la injusticia de la pérdida en sí, a una edad todavía temprana –con 71 años aún hay recorrido si, como era su caso, la música se estaba volviendo más que nunca una excusa para profundizar en la literatura–, sino de la inoportunidad del momento. En los últimos años, Lou Reed había empezado a cuidarse de verdad, se había vuelto un adicto a la salud, vigilaba su alimentación, practicaba tai-chi cada mañana –y no se despegaba de su entrenador personal, como recordarán los que le vieron en Primavera Sound 2006, practicando movimientos de tan ancestral arte marcial china en el escenario con su maestro–. Daba un poco de vergüenza ajena, es cierto (hasta tiene un disco new age de 2007, “Hudson River Wind Meditations”), pero a la vez reconfortaba el espíritu ver a un hombre tan entregado al espíritu tras haberse machacado el cuerpo. Reed había tomado medidas para estar aquí todo el tiempo que fuera posible, había encontrado la compenetración y la complicidad con Laurie Anderson, su pareja –con la que ocasionalmente emprendía giras a medias, nada fácil en alguien de carácter tan alimonado como él–, y que se haya muerto es sencillamente una burla del destino. El trasplante de hígado del pasado mes de mayo ya dio un aviso, pero quisimos creer que todo iría bien, que habría justicia y que la pauta la marcaban Raphael o Abidal, dos bestias que a los pocos meses de cambiarse el órgano ya estaban dándolo todo en sus respectivas profesiones, se reproduciría también con él. Quizá Lou empezó a pensar en esa posibilidad de inmortalidad demasiado tarde, y el desgaste acumulado no le perdonó.

Siempre caminó por el lado bestia de la vida, como decía su emblemática canción (y también la traducción sui generis de Albert Pla), y vivir al límite tiene sus riesgos. Dicen que la heroína, si no te consigue destruir, finalmente te conserva como en un frasco de formol, al más puro estilo William S. Burroughs, que se pinchó de todo y engulló lo habido y por haber y vivió larga vida. A Lou Reed llevábamos años viéndole gastado, hecho un pliego de pellejos, porque todo suma –ya sea el karma positivo como el negativo–. Pero, una vez más, esto no tenía por qué haber llegado tan pronto. Una muerte de Lou Reed tan temprana, además, es injusta en cuanto a legado personal que nos deja. ¿En serio va a ser “Lulu”, su infecta colaboración con Metallica, su último disco? ¿No podía ser otro tipo de broma? Algo está mal en la muerte de Lou Reed. Para un verdadero mito del siglo XX, para la figura más relevante del rock que nos quedaba en pie (salvando Bob Dylan, por encima de Bowie y de muchos otros), esta no es manera de acabar.

Sin embargo, acabó. Quedará para siempre el recuerdo y el legado, que son infinitos. En el día de hoy nos tiene que interesar más cómo empieza esta historia y no cómo termina. Empieza en 1967, con un disco que tenía un plátano en la portada (un plátano que podías pelar): Andy Warhol había juntado a un galés gruñón, John Cale, con un neoyorquino que no le iba a la zaga en cuanto a malas pulgas, pero juntos componían canciones inolvidables como las de “The Velvet Underground & Nico”. A ninguno de los dos les gustó que aquella modelo alemana cantara en un disco que había nacido como un proyecto de arte más de la Factory warholiana, y que como genuino arte-pop se ha quedado, pero sin Nico y su voz de témpano nada hubiera sido lo mismo. La Velvet fue un grupo revolucionario, como ya se ha dicho muchas veces, porque por primera vez se planteó el rock como un estilo heredero de la canción europea de cabaret y de la experimentación atonal del modernismo académico, y no del blues y otras fuentes con origen en la cultura negra. Era rock sin roll, canciones medievales sin swing pero con fuerza rasposa ( “Venus In Furs”), eran chorros de ruido informe, como un año después serían los 17 minutos de “Sister Ray”, segundo hito en la formación definitivo del noise-rock tras “The Return of the Son of the Monster Magnet” de dos años antes (vía Frank Zappa & The Mothers of Invention). Sólo con estos dos discos, la aportación de Lou Reed a la historia de la música –culta y popular, jugaban en las dos ligas a la vez– habría sido suficiente como para justificar estas líneas. Pero él se empeñó en no quedarse ahí.

Los dos últimos discos de The Velvet Underground suenan más suyos que de Cale: las canciones empezaban a apalancarse, a encontrar un equilibrio entre el zarpazo furioso y la tranquilidad apacible de lo que poco después sería el ‘perfect day’. Tan suyos eran que su primer álbum oficial tras la disolución de VU, “Lou Reed” (1972) era técnicamente una reunión de canciones que habían quedado a medias. Y tras haber hecho historia, la volvió a hacer de nuevo con “Transformer” (1972) y “Berlin” (1973), los títulos clave en una reinvención tan literaria como maldita, esa poesía sobre la maldición, la soledad, la podredumbre y la intranquilidad. Abusó de las drogas más que nunca, escribió mejores versos que nunca, y cuando tuvo que dejar RCA lo hizo con una hora de bronca y ruido (otra vez) en forma de “Metal Machine Music” (1974), el que para muchos –menos para Lester Bangs– fue el peor disco de la historia, hasta que la historia se encargó de demostrar exactamente lo contrario.

Lou Reed es el animal del rock’n’roll, y lo fue hasta entrar en su edad adulta muy bien llevada –los discos del cambio de década, de los 80 a los 90, de “New York” (1989) a “Set The Twilight Reeling” (1996), pasando por “Magic & Loss” (1992), son un buen manual de cómo saber envejecer dignamente–, pero su huella en la historia de la música experimental es igualmente decisiva. “Metal Machine Music”, preámbulo de la música industrial, primera chispa del punk, cuatro caras de quince minutos de bronca inaudible concluidas en cuatro surcos cerrados para hacer aún más insoportable la tortura, no era únicamente un disco vengativo contra su sello, como muchas veces se ha explicado. Era un proyecto que iba más allá. No fue un calentón del momento, sino un ejercicio extremo muy (pre)meditado. Con sus errores y equivocaciones, muchos de sus pasos posteriores han ayudado a dar fuerza a la otra hipótesis.

No hizo muchos amigos. En las entrevistas era borde, en los conciertos tenía menos empatía que un tarugo de madera, hacía esperar a todo el mundo, gruñía en vez de hablar, y si hablaba era con forma de ladrido. No daba miedo, sino pereza: tenerle cerca era como contemplar todo el día por la ventana un día gris y lluvioso. Pero tenía canciones enormes, y las canciones quedarán. Sus últimos años, cuando el mito ya estaba por encima del creador prolífico, parece que le restan brillo a su currículum, pero por un “Lulu” lamentable siempre queda un “The Raven”(2003) extraordinario, en el que hizo suyo el material literario de Edgar Allan Poe primero en forma de espectáculo, luego en disco y finalmente en libro ilustrado. Formaba parte del paisaje de la música, pero no como una estatua ni como un viejo carcamal aparcado en la mecedora de la esquina, sino como alguien enfrascado en proyectos valientes: pudiendo conservar el prestigio, prefirió jugárselo sabiendo que quien no juega nunca gana, aunque ya lo tenga todo ganado y nada por perder. Y por eso hay algo que no está bien en la muerte de Lou Reed. No tenía que haber sido ahora. La dama de la guadaña, a la que llamaremos Manoel, se ha precipitado, convirtiendo un día que parecía perfecto en un día de mierda. Aunque dejando, eso sí, un pequeño y entrañable detalle: todo empezó con una canción llamada “Sunday Morning”, y todo ha acabado un domingo por la mañana en Nueva York. Hasta el último momento, en Lou Reed hubo poesía.

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