PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

Lena Dunham tenía razón: el Photoshop no es malo

H

 

Ninguna portada de una revista de moda será bien recibida si su protagonista no es una modelo

Leticia García

30 Enero 2014 09:48

Alabamos la actitud de un personaje, pero cuando dicha actitud llega a ser mediática, en lugar de quedarnos con el logro, acentuamos los defectos que se han quedado en el camino. Nos rasgamos las vestiduras al leer el Cuore pero exigimos poder ver eso mismo en portada. Editamos cualquier imagen cotidiana pero reclamamos que los medios que viven de aspirar a la perfección se conviertan en crónicas realistas.

“Una revista de moda es una fantasía. Vogue no es el lugar donde vamos a buscar mujeres reales sino donde contemplamos ropa y lugares maravillosos, donde vamos a escapar. Así que creo que si la pieza refleja lo que soy y llevo un precioso vestido de Prada rodeada de hombres maravillosos y perros, ¿cuál es el problema? Si quieren ver cómo soy en realidad que vean la serie que hago todas las semanas”. Sí, la que habla es Lena Dunham.

Qué otra cosa iba a decir después del revuelo en torno a su portada en Vogue USA. Aunque no pudiera expresar otro punto de vista, lo cierto es que para muchos (entre los que me incluyo) tiene bastante razón: en las páginas de una publicación de moda se juega con la fantasía, con productos maravillosos de precios prohibitivos, se hacen malabares con la idea de belleza y se plantean escenarios oníricos y/ o extravagantes. Vogue es un cuento de hadas pasado por el filtro del consumismo. Y en el fondo, no está mal que sea así.

Por si queda alguien que no conozca la historia (lo dudo), les pongo en antecedentes: Lena Dunham, la casi autoproclamada voz de su generación, feminista, segura con su cuerpo, defensora de la diversidad y contraria a cualquiera de esos cientos de corsés físicos y psicológicos que pueblan los medios, aparece en la portada de Vogue USA, la más perfeccionista, propagandística y aparentemente frívola de las publicaciones. Una revista que suele despojar a las celebridades de cualquier nota carismática cuando aparecen en sus portadas —otra cosa son sus entrevistas— y por la que muchas de ellas se someten a dietas los días previos a la sesión. Hasta la fecha, el medio sólo ha sacado a dos mujeres que no se ajustan a sus utópicas medidas: Adéle y, ahora, Dunham.

Cuando los rumores se confirmaron y aparecieron las primeras imágenes de la creadora de Girls, la revista Jezebel —hija feminista de Gawker— retomó esa antigua práctica que la hizo famosa en 2007: ofreció diez mil dólares por la fotos sin retocar de Dunham. “No es por Lena, sino por Vogue, por lo que decide hacerle a una mujer que ha declarado públicamente que se siente cómoda siendo como es”, argumentaba el medio.

En dos días tenían el bruto de la sesión y lo publicaban analizando exhaustivamente los pequeños retoques que habían sufrido las imágenes, pero esa quizá no sea la cuestión.

"¿Es tan distinto analizar las fotos sin retocar de Dunham de hacer zoom en las cartucheras de una famosa?"

Cuando meses antes era la actriz Mindy Kaling la retratada en Elle, estas y otras voces dieron por hecho que la revista había escogido un primer plano para esconder su cuerpo. En el caso de la portada de Melissa McCarthy, el germen de la discordia fue un abrigo, que cubría las formas de la actriz y la distinguía del resto de las fotografiadas —Reese Witherspoon y Penélope Cruz entre ellas—; en el de Adèle fue la pose, que le hacía parecer mucho más delgada.

Ninguna portada de una revista de moda será bien recibida si su protagonista no es una modelo. Siempre se la culpará de haber querido esconder la realidad física del personaje. Y mientras tanto criticamos al Cuore o al Daily Mail por explotar los defectos de esas mismas figuras. ¿Es tan distinto analizar las fotos sin retocar de Dunham de hacer zoom en las cartucheras de una famosa?

Cada vez se hace un uso más abusivo del Photoshop, se pierde la expresión de los fotografiados, sus rostros se transformas en avatares y hasta se “extravían” brazos y piernas por el camino. Probablemente a Kate Winslet no le hiciera ninguna gracia verse convertida en un androide rubio en la portada de Vogue. ¿Quiere decir eso que hay que dejar de usarlo en cualquier circunstancia?

Utilizamos filtros y herramientas de edición cuando nos hacemos selfies en el baño. Hasta coloreamos las fotos de nuestros platos de comida. ¿Por qué iba a ser un derecho fundamental contemplar las arrugas, las manchas y el resto de defectos de todas las mujeres que aparecen en la portada de una revista?

¿Photoshop y feminismo?

No deja de ser paradójico, además, que reivindiquemos la prohibición del Photoshop escudándonos en una supuesta actitud feminista.

Claro que hay que denunciar la ausencia total de realidad en algunas imágenes e incluso reprochar la falta de mujeres que no se ajustan al estrecho canon de muchas publicaciones, pero esa no debe ser, en realidad, el problema de fondo en muchos de los casos. Entonces aparece Lena Dunham en la portada de la revista de moda más importante del mundo, y quienes antes clamaban por la diversidad, lo primero que hacen al contemplar la fotografía es quejarse del retoque en las redes, sin saber cuántos filtros ha habido de por medio. Los que se quejan de que “siempre son las mismas, guapas y delgadas”, ven algo diferente y afirman en sus estados de Facebook sin meditarlo dos veces: “me gustaría ver si le cerraba el vestido en la sesión real” o “claramente esto es un primer plano porque Mindy está gorda”. Apuntar a una mujer concreta, que, como cualquiera, quiere sentirse guapa en una imagen que verá medio mundo ¿es feminismo?

"Una cosa es empezar a retratar a personajes con algo que decir, otra muy distinta cambiar enteramente su política y convertirse en lo que no es"

Vogue tiene millones de defectos, pero quizá uno de ellos no sea el no querer mostrar un retrato realista del entorno, porque esa no es su función. Lo suyo va de lugares, objetos y personas que no solemos contemplar en nuestra vida cotidiana. Y no es un delito. Al menos, es lógico pensar que un porcentaje de la población quiera ejercer su derecho al escapismo contemplando trajes imposibles en playas del Caribe. Otros lo harán viendo películas con final feliz o leyendo relatos de aventuras. Es igual de lícito.

Si un entorno tan sumamente aspiracional y simulado se abre por fin a distintos arquetipos, físicos y de conducta, no tiene por qué derribar de la noche a la mañana sus directrices o perder sus rasgos definitorios. Una cosa es empezar a retratar a personajes con algo que decir, otra muy distinta cambiar enteramente su política y convertirse en lo que no es. ¿O es que una revista de moda tiene que dejar de serlo cuando no retrata a una modelo? ¿Pedir esto no es también discriminatorio?

Si queremos una reflexión pormenorizada acudiremos al New Yorker o a cualquier diario de prestigio; si buscamos un puñado de declaraciones adornadas con vestidos de Prada y palomas en la cabeza, sabemos muy bien dónde encontrarlas. Como se afirmaba hace unos días en The Cut al hilo de este mismo tema: “Vogue es no-ficción creativa, no periodismo”

Anna Wintour es muy consciente de lo que logra sacando a Lena Dunham, igual que supo muy bien lo que hacía cuando Michelle Obama ocupó su portada: se adhiere a los valores que representan pero, sobre todo, amplía su público. Dunham le ha servido para acercarse a un target ajeno a la revista, y toda la polémica generada en torno a la portada —con la que, por supuesto, ella ya contaba— ha fortalecido más la influencia de la publicación que la de la protagonista. La jugada nos ha salido al revés.

La moda suele salir fortalecida de todos esos conflictos que admiten dobles lecturas y opiniones enfrentadas. No hay disculpa para el abuso del retoque, la ausencia de diversidad o la propaganda de imágenes perniciosas, pero a veces somos nosotros mismos los que, sin darnos cuenta, pecamos de intolerantes… e incoherentes. Alabamos la actitud de un personaje, pero cuando dicha actitud llega a ser mediática, en lugar de quedarnos con el logro, acentuamos los defectos que se han quedado en el camino. Nos rasgamos las vestiduras al leer el Cuore pero exigimos poder ver eso mismo en portada. Editamos cualquier imagen cotidiana pero reclamamos que los medios que viven de aspirar a la perfección se conviertan en crónicas realistas. Preguntémonos, mientras tanto, si admitiríamos que cualquier revista, del tipo que sea, nos retratara sin peinar, maquillar o retocarnos las ojeras. Y, sobre todo, si nos sentaría bien que nuestro entorno se quejara por no haber querido demostrar lo feos que somos.

share