Columnas

L'arte dei rumori

File under experimental

Editions Mego ha fichado a Emeralds y Oneohtrix Point Never!

Supongo que tendré que ir acostumbrándome a su compañía. Tampoco me queda otra: prácticamente el cincuenta por ciento de los lanzamientos file under experimental de ahora mismo sintonizan de un modo u otro con lo retro, ya sea vía electrónica de potenciómetro y conmutador, drone vetusto o jam hirsuta. Y como tengo claro que no podré con ellos, pues haré como que también acabo de descubrir a Klaus Schultze y el “Affenstunde” de Popol Vuh e intentaré unirme al entusiasmo general, que luego en el Facebook me llaman “amargado”, “retrógrado” –que también manda huevos– y no sé cuantas cosas feas más.

Empezaré, pues, con alabanzas para Lunar Miasma y su “Crystal Covered”, álbum que está dando mucho que hablar y con bastante razón. Se le nota a su artífice, el griego Panos Alexiadis (ex-Red Needled Sea), también batería en un grupo de doom metal, para más datos, una madurez como oyente que echo en falta en otros neo-sintetistas, especialmente los de origen estadounidense. Alexiadis comulga con todas y cada una de las constantes del kosmische, pero ni se rinde antes los tótems del género –no imita; al menos no descaradamente– ni descarta la influencia de otros ambientalistas coetáneos, salpimentando sus piezas con menciones a Fennesz, Tim Hecker o Aidan Baker. Por algo será que “Crystal Covered” lo publica Basses Frequences, uno de los microsellos más cool del mundo mundial y en cuyo catálogo encontrarán también limitadísimas ediciones de Nadja, Nicholas Szczepanik, Culver o mis preferidos de la casa, Bones Of Seabirds.

Dos caballeros y una guitarra

Otro oriundo del Adriático, en este caso chipriota aunque hoy día vecino de Amsterdam, Yannis Kyriakides, me ha dado una de las alegrías de la temporada. Últimamente le había perdido la pista, pese a que algunos de sus trabajos –sobre todo el anonadante “Wordless” (Unsounds, 2004)– se cuentan entre mis preferidos de la pasada década. Y mi reencuentro con este compositor y artista sonoro no podría haber sido más feliz. Acaba de publicar en su propia marca, Unsounds, dos auténticas joyas: “Rebetika” y “Folia”. Comparten ambas obras un mismo objetivo, revalidar la música tradicional desde una contemporaneidad innegociable –las canciones populares griegas la primera; uno de los motivos musicales europeos más antiguos que se conocen la segunda–, y las dos se deben al encuentro de Kyriakides con Andy Moor, el hiperactivo guitarrista de The Ex. Guitarra y ordenador se alinean pues en la misma dirección, alimentándose mutuamente y generando espacios comunes de una delicadeza como pocas veces se ha podido escuchar en este tipo de experimentos. Insisto: dos joyas. Empiezan a imponerse los binomios guitarra + electrónica. Y si no, acudan a “Semi-Impressionism” (Spekk, 2009), de Tetuzi Akiyama y Toshimaru Nakamura. Ya verán, ya...

Ruido de superfície

Y hablando de japoneses, intrigado me tiene Kouhei Matsunaga. Uno de esos personajes raros que rompen la norma tácita de la coherencia estética –esa ley no escrita según la cual la valía del artista se mide por su fidelidad a unas formas determinadas– y son capaces de abordar géneros dispares y virtualmente incompatibles sin caer en la dispersión. Escurridizo en lo estilístico, desconcertante en lo editorial, este nativo de Osaka, hoy residente en Berlín y en activo durante más de una década, ha concluido recientemente un prolongado semi-retiro discográfico –tan sólo dos referencias desde 2007: una en formato digital para Wordsound como Koyxen y otra en vinilo para Raster-Noton como NHK, su joint venture junto a Toshio Munehiro– para poner en circulación cuatro referencias en apenas un mes bajo mecenazgo de Important Records. Cada una de su padre y de su madre. Casi todas interesantes. Cronológicamente, el primera del lote es un doce pulgadas sin título compartido con Mika Vainio donde empieza su juego de pistas falsas con dos cortes que saltan alegremente del electro-rock ( “Purple Wind”) a la espesura experimental ( “Gappadiction”). Este último registro domina “3. Thelepatics Meh In-Sect Connection”, partido a tres bandas con alineación galáctica –Matsunaga, Mika Vainio y Sean Booth ( Autechre)– y segundo episodio de la serie. No es gratuita la alusión galáctica: como sucede en el Real Madrid, la suma de nombres estelares no garantiza, tampoco aquí, un resultado a la altura de las expectativas. Presumiblemente grabado en directo en 2008, ni Vainio ni Booth se esfuerzan demasiado en ninguno de los tres largos pasajes electroacústicos que suman unos inacabables cuarenta minutos. Pero el trabajo de Matsunaga con los micros de contacto sí vale la pena, insuflando algo de nervio a la modorra general. Lo mejor, cuando lo dejan a su aire.Las cosas se animan, y de qué manera, en “Self VA.”. Aún tratándose de un álbum de recortes, impera en apariencia una mayor homogeneidad estilística. En realidad, es su generoso minutaje lo que permite detectar al menos tres líneas de trabajo bastante definidas. Está, por una parte, el breakbeat ultra-saturado que tanto recuerda a Techno Animal y Scorn, unas veces derivando hacia el hip hop –raps de Sensational– y otras hacia el dub. Está el ruidismo digital – “3”, “Material Blah Blah”, “Telepathic 170708 From 18 PM”–, áspero y con inclinaciones maximalistas. Y está, finalmente, la vertiente más interesante, a mí entender, del trabajo de Matsunaga: breves ensayos electroacústicos, apenas esbozos, donde el japonés concatena testeos procesuales con un inteligente uso del silencio. Faceta, pues, en sintonía con la estética de la EAI (Electroacustic Improvisation) y que, no podía ser de otro modo, brilla por su ausencia en “Special”, cuarto y de momento último volumen de la colección, esta vez firmado por NHK y sin duda el más bruto de todos. Los dos años que separan “Special” de su antecesor, “Unununium” (Raster-Noton, 2008), han servido a Matsunaga y Munehiro para depurar su discurso y enfocar mejor sus objetivos. Siguen casando ritmo y ruido, pero ya no suenan a rhythm’n’noise de manual. Han extremado la forma y el fondo, y el resultado es una barbaridad: una maraña de breaks y ráfagas de bronca aural que en apenas veinte minutos arrasa con todo a su paso sin tomar prisioneros.Sopesando sus componentes por separado, la Tetralogía Matsunaga puede parecer inconexa; más un capricho de Important que una retrospectiva con pies y cabeza. Pero consumida globalmente y con el random activado –¡gracias, iTunes!–, todas sus cabezas conducen a un mismo corpus estético. Existe un común denominador en toda la producción del japonés, y es su apego a la distorsión. No al ruidismo, sino a lo ruidoso. Que no es lo mismo. El trabajo de Matsunaga bajo cualquiera de sus múltiples encarnaciones acaba siempre remitiendo no tanto al sonido per se como a su tratamiento. No importa QUÉ suena, sino de CÓMO suena. Y en este sentido, lo suyo podría ser analogable a la fiebre hipnagógica que nos invade, donde el estilo se impone a la sustancia. No obstante, Matsunaga prescinde de referentes ajenos a sí mismo –no como el pelotón hipnagógico, cuya principal raison d’être es, precisamente, el jugueteo referencial–, lo cual da pie a una dinámica sumamente atractiva: convertir la forma en un fondo autónomo y singular. McLuhan estaría orgulloso.

Mp5

@c: “Music for Empty Spaces” (Baskaru)Una década en activo llevan ya los portugueses Miguel Carvalhais y Pedro Tudela. Diez años y ni un sólo signo de agotamiento. De hecho, “Music For Empty Spaces” es su mejor trabajo hasta la fecha: una lección magistral sobre la creación de espacios –geográficos, emocionales, sensoriales– con audio. Deslumbra especialmente el equilibrio logrado entre muestras procesadas, grabaciones de campo crudas e incisos sintéticos. Todo lo bueno que el arte sonoro puede aportar hoy está sintetizado en “Music For Empty Spaces”. ¡Y qué sonido, señores, qué sonido!

Sightings : “City of Straw” (Brah)En un mundo ideal, todo el rock debería ser así: sucio, osado, sorprendente y borde. Plantados en el lugar donde Wolf Eyes tiraron la brújula y Liars la recogieron, los de Brooklyn se mantienen impermeables al barniz pop que finalmente ha hecho trascender a sus paisanos (Black Dice, Animal Collective) y siguen a lo suyo, pariendo monstruos mediante la hibridación forzada de ruido industrial y punk. El temazo: “Tar And Pine”.

Black Mountain Transmitter: “Theory & Practice” ( Lysergic Earwax)El Black Mountain College, el centro experimental de educación artística cuyo departamento musical dirigió John Cage, ejerció una influencia decisiva en la obra de los padres y las madres de la drone music. Y empieza a hacerlo también en la de quienes se pretenden sus herederos. Eleh ya le rindió tributo en “Floating Frequencies/Intuitive Synthesis II”. El irlandés J.R. Moore lo hace desde su alias artístico (la teoría) y desde su música (la práctica). Cassette en edición limitada de cincuenta copias. Corran: quedan pocas.

Jana Winderen: “Energy Field” (Touch)¿Pueden los field recordings emocionar? Sí, si los procesa Jana Winderen. La artista británica se sirve principalmente de grabaciones efectuadas en las profundidades del Báltico para componer tres collages de belleza, obviamente, abisal. No es que tengan mucho que ver en el aspecto formal, pero a mí me ha hecho rescatar de los fondos de mi discoteca el “Cirque” de Biosphere y el “Azoic Zone” de Francisco López. Por si les sirve de pista.

Tim Hecker: “Apondalifa” (Room 40) Tim Hecker es como la Solac: lo que hace, lo hace bien. Pero que muy bien. No hay en “Apondalifa” lugar para la sorpresa: tormentón eléctrico, lírico pero musculoso, en la línea habitual. Nada nuevo, pero a un año vista ya de “An Imaginary Country” se agradece que vuelva a dar signos de vida. Aclaremos para que no haya confusiones: la edición en vinilo de siete pulgadas incluye un único tema dividido en dos partes, una por cara. El mismo, del tirón, lo pueden descargar en la web de Room 40 por cuatro miserable dólares australianos, menos de tres euros. No me sean roñicas.

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