Columnas

Lana del Rey, reina del glamour en Sónar

Mientras en el público se diluyen las ganas por superar las tendencias actuales en moda, la neoyorquina protagonizó el momento con más estilazo del festival

Tras la finalización de Sónar, toca hacer balance. Aquí va nuestro somero repaso acerca del estilo mostrado por el público, más casual que otras veces, y eclipsado por una Lana del Rey que se mostró imbatible en cuanto a glamour.

Terminada la decimonovena y más exitosa edición del Sónar, toca recobrar fuerzas, superar la resaca y hacer balance de lo mucho que ha dado de sí el festival este año. Para empezar, esta edición ha confirmado al festival como granero global de tendencias al que periodistas y fotógrafos de street style de todo el mundo acuden para investigar qué se cuece y, con suerte, atisbar qué se llevará en el futuro más próximo. El miniejército de fotógrafos que día tras día, cámara en mano, han peinado el césped artificial de la plaza Joan Corominas y las naves industriales de Gran Via 2 en busca de material para tendencias todavía virgen, así lo atestigua.

"La sobredosis de análisis le resta ingenuidad y frescura a cualquier decisión estilística"

Y eso que, para algunos, el Sónar ha perdido un poco de aquel espíritu deliberadamente despreocupado y salvaje de otras ediciones. La sensación de que, como en la Ibiza en los 90s, sólo hacía falta sentarse y contemplar el constante despliegue de color y novedades para disfrutar de algo único e incomparable se ha diluido. “Me esperaba más disfraz”, comentaba algo decepcionado el diseñador Roberto Piqueras la tarde del jueves. Puede que el excesivo escrutinio al que se somete lo que lleva la gente puesta tenga algo que ver con ello. La sobredosis de análisis le resta ingenuidad y frescura a cualquier decisión estilística. Sea como sea, lo cierto es que la crisis y el clima de ansiedad han acompañado este año a las cifras (la gente quiere evadirse y el Sónar es especialista en ello), pero quizá no tanto a los estilismos. Esperábamos algo más de freak show.

Para la historia quedará la esperadísima actuación (la primera en España y en un festival en Europa) de Lana del Rey, que hizo del viernes su noche. Las malas lenguas que durante meses han puesto en duda su capacidad como intérprete vocal y su escasa soltura en el escenario provocaron el efecto contrario al habitual: muchos se esperaban un bluff, y lo cierto es que el concierto, aunque breve, estuvo más que decente, así que el balance fue positivo y las caras de la mayoría sonreían satisfechas al terminar el bolo. Lana eligió para la ocasión un sencillo vestido de encaje blanco (el color en el que parece sentirse más cómoda) realzado por un cinturón dorado y un dramático tocado/diadema en forma de serpiente que culebreaba entre su ondulada melena pelirroja. El calculado conjunto, seguramente planeado junto al estilista que la ha vestido desde que arrancó su carrera, Johny Blue Eyes (el artífice, entre otras imágenes-icono, de Lana cubierta por un manto de flores que tantas imitadoras ha generado), arrojaba una dramática imagen de vestal mitológica con aires helénicos y también, quizá, algo inspirados en “Juego de Tronos”. Ya sabemos que una de las especialidades de Lana del Rey es vestirse de una manera inocente y al mismo tiempo, proyectar una imagen inquietantemente peligrosa y sexy.

El viernes, encima del escenario (y también debajo, ya que regaló a los fans de primera fila uno de esos momentos tan del ¡Hola! de “la princesa rompió el protocolo y se acercó a tocar a la plebe”), ejecutó a la perfección la coreografía a la que nos tiene acostumbrados: estatismo y frialdad generalizados (¡misterio!) alternados con pequeñas concesiones más carnales (esa manera de rozarse y de levantarse el vestido en los momentos más hot de algunos temas que revelaron el culotte bordado que llevaba debajo del vestido). Las pocas intervenciones entre canción y canción la dibujaron como alguien cercana, agradable y tímida. Seguramente, la rigidez y la poca desenvoltura que demuestra sobre el escenario no hacen otra cosa que convertirla en alguien cercano y normal; terrenal. Identificarse de tú a tú con alguien que tiene el show business tan integrado en su ADN como, pongamos, el torbellino Beyoncé, cuesta un poco. Con Lana, que caminaba torpona y titubeante, como una niña pequeña que se prueba los zapatos de tacón de su madre y no sabía demasiado bien qué hacer con las gafas de sol blancas que se ponía y quitaba varias veces en una misma canción, es más fácil empatizar. Las proyecciones, más de lo mismo: sus videoclips, Mickey Mouse vintage, Elvis, los Kennedy, exteriores decadentes, Jessica Rabit y una Eva de dibujos animados (por si a esas alturas existía alguna duda, pelirroja) mordiendo la manzana del pecado. De fondo, sobreimpresionado y cerrando el show, su logotipo. Todo muy Copyright, marca registrada. Quizá demasiado.

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