Columnas

LOST, el final del viaje

(contiene spoilers, sólo faltaría)

LostAntes de empezar a escribir, justo tras la finalización del capítulo final de “Perdidos”, hay que hacer dos cosas: la primera, vaciar la vejiga tras una hora y media de atención disciplinada ante el televisor –una meada larga a primera hora de la mañana es un placer indescriptible–; la segunda, entrar en el canal #LOST de Twitter para ver qué comenta el fan anónimo. Los mensajes entran al ritmo de mil cada diez minutos, lo que dice mucho del fenómeno pop al que se ha asistido esta madrugada: habrá que ver las audiencias, pero “The End” –capítulo final de la serie– puede haber competido en espectadores con la final de la Champions de este sábado. ¿Reacciones? Lo esperado: los hay irritados como una mona, a punto de lanzarle una maldición gitana a J.J. Abrams, y los hay encantados con la conclusión casi new age –pueden tachar el casi si quieren–, o espiritual, de la serie, con esa luz blanca y ese último plano que vuelve al principio de todo a la inversa: si empezaba el viaje con el ojo de Jack abriéndose tras el accidente, despertando en una isla que le ha mantenido atrapado durante seis temporadas, la serie concluye con su ojo cerrándose porque ha llegado lo que se aguardaba como colofón, al más puro estilo de las tragedias clásicas: su muerte. Hay una tercera reacción: la de perplejidad, el clásico “no he entendido nada”, pero así por encima la primera conclusión parece clara: el esperado final de “Perdidos” no pondrá de acuerdo a nadie.

Si se ha venido siguiendo la serie desde el principio sin involucrarse en discusiones bizantinas, manteniendo una prudente distancia y un cierto sentido crítico, no sorprende que haya sido de esta manera: el adictivo galimatías que es “Lost” sólo podía resolverse de dos formas, o con un final abierto y poético o con una conclusión cerrada que le diera explicación coherente –es decir, lógica, en cierto modo científica– a la mayoría de los misterios. Pero estaba claro que iba a ser lo primero, que tenía que ser así. Los dos productores ejecutivos que han partido el bacalao durante estos años, Carlton Cuse y Damon Lindelof –quien anunciaba vía Twitter el domingo por la mañana que no había podido pegar ojo en toda la noche anterior; evidente, sabía lo que estaba en juego y sabía, sobre todo, que la conclusión de la serie no estaría exenta de controversia–, habían ido dirigiendo la trama hacia la resolución lírica, algo que dejaban entrever en entrevistas y comentarios interesados volcados en internet. Decía Cuse, por ejemplo, en el número de mayo de Wired, en una conversación con Lindelof y el físico teórico Sean Carroll, que “el ser humano alberga el deseo de disponer de una teoría unificada, pero no hay una teoría así para ‘Perdidos’, ni creemos que la debiera haber. A nivel filosófico, nosotros no creemos en eso. Los grandes misterios de la vida no pueden explicarse. Lo único que podemos hacer es contar una buena historia y dejar que todo vaya tomando su lugar natural”.

Curiosamente, unas líneas más arriba Cuse asegura que para ellos, el equipo de guionistas, era crucial que la trama “tuviera sus raíces en el empirismo para que los personajes pudieran debatir sobre la esencia de lo que estaban experimentando: ¿es una experiencia mística o un lugar rarísimo en el que ocurren anomalías físicas increíbles?”. El anzuelo de “Perdidos”, conocida ahora su conclusión, había estado ahí: en hacer pensar que el final sería la invocación francmasónica del ordo ab chaos, del orden a partir del caos, que algo racional explicaría con coherencia la fuente de la que mana la luz en el centro de la isla –por ejemplo– y daría una sólida base científica a la inestabilidad electromagnética y a los saltos espaciotemporales. Al final de todo, no hay ninguna razón que justifique los viajes en el tiempo, ni los movimientos de la isla: suceden por alguna razón física, por supuesto, y toda cuestión física se rige por leyes –sean las de este universo u otras distintas–, pero aquí todo acaba desembocando en una cuestión de fe. El hombre de ciencia (Jack), aunque finalmente derrote al hombre de fe (Locke / El Humo Negro), es sólo una ilusión. “Lost” hay que interpretarlo al fin y al cabo en clave poética. Algo coherente con la idea de ficción a lo largo de milenios de literatura. Algo decepcionante si atendemos a las posibilidades revolucionarias –más allá de la revolución en sí que ya ha significado “Perdidos” para el paisaje cultural de este arranque de siglo– que pudiera haber tenido la serie como transportadora de una idea de ficción científica integrada en la metafísica.

La dimensión poética, pues. El último capítulo comienza épico, se desarrolla en ese sentido –el de la BATALLA FINAL, con el segmento precioso de la reyerta cuchillo en mano de Locke y Jack al borde del acantilado–, y concluye lírico, con la revelación final del gran misterio de la sexta temporada: la realidad alternativa en la que nunca ha existido una isla, en la que todos los personajes tienen nuevas vidas relativamente menos dolorosas, no es en realidad una vida, sino la muerte. Sólo que no lo saben y deben descubrirlo, aceptarlo y continuar adelante: exactamente el mismo final de “El Sexto Sentido”, e incluso hay quien argumentará que todo es un sueño de Jack por ser el último en darse cuenta de todo lo que ha ocurrido, o quizá no: ¿y si fuera un sueño? Personalmente, no me disgusta un desenlace lírico, por mucho que tenga que ser con luz blanca de tránsito a una vida nueva, con ese trasfondo cristiano –o angelical vía la new age– al que de forma irremisible va llevando el guión: ese desenlace también sirve para rescatar a personajes que han sido parte de nuestra vida, reunirlos, humanizarlos, ofrecerles a todos un final digno de héroes. Lo que sí puede ser decepcionante es que el último empujón haya ido dirigido, irremisiblemente, hacia el desenlace que apuntaban las primeras teorías que surgieron a partir de las elucubraciones de la primera temporada: todos mueren, la isla es un purgatorio, deben superar pruebas y sólo así conseguir pasar al siguiente nivel, que es la redención en forma de paz eterna. ¿No podría haber sido otra cosa? ¿Tanto nos han mareado para volver a repetir un principio básico del mito?

La cuestión científica, por tanto, era un macguffin hitchockiano: una distracción que eclipsara el camino principal al que se dirigía la verdad de la serie, que tiene que ver más con personajes –sentimientos, por tanto– que con ideas, a pesar de que el name dropping cultural y científico sea abundante a lo largo de los más de cien capítulos. En la conclusión, todo eso queda apartado porque es un capítulo final sobre la muerte y el tránsito del espíritu. En ese sentido, quizá podría interpretarse “Lost”, de principio a fin, como la más grande creación al respecto –o sea, el castigo, la expiación y la redención–desde el segundo canto de la “Divina Comedia”. Porque en esencia todo va por ahí: la isla y sus sucesos son un camino. No hay que olvidar que el “Purgatorio” es el más humano de los pasajes de Dante, es el capítulo de los hombres justos pero imperfectos, de las debilidades, el arrepentimiento y el esfuerzo tras el viaje por el infierno –la isla, de hecho, ES un infierno– y el paso necesario a la dimensión espiritual. Y tampoco hay que olvidar que, después de resolverse el misterio de Jacob y su gemelo, “Lost” entra de lleno en la esfera no ya de la épica, sino de la construcción mitológica. Pero no una mitología calcada de las ya conocidas –no es el “Mahábharata”, ni la Biblia, ni el “Kalevala”, ni siquiera una construcción ab ovo tipo “El Silmarillion” de Tolkien–, sino una trasposición alegórica instintiva y sin un rigor especialmente ordenado. Es, a grandes rasgos, la confrontación entre el bien y el mal, la conservación de un misterio primitivo y maravilloso como se supone que ocurre dentro de la masonería –de ahí la distancia entre los que conocen y los que no, entre la luz y la oscuridad–. Es una alegoría del origen de la civilización, la reencarnación, la naturaleza bondadosa o salvaje del hombre; un melting pot de ideas filosóficas, literarias, poéticas, religiosas, metafísicas y científicas que, salvando los últimos minutos, apuntalan lo que ya sabíamos de “Lost” y tenía que refrendar el último capítulo: su condición de epopeya.

Asumamos, pues, que todo puede haber sido un sueño. Asumamos, por fin, que todos ellos han estado muertos siempre, o que han acabado muriendo tras el transcurso de interminables eones de purgación en un limbo al que llamamos “realidad alternativa” o, más “Matrix” todavía, “mundo real”. Demos por hecho que, al imponerse la explicación espiritual, el trasfondo científico hay que leerlo también en clave poética, del mismo modo en que muchos físicos teóricos no tienen más remedio que explicar el origen del universo –a pesar de las ecuaciones– recurriendo a la retórica del mito. Una vez se acepta todo eso, “Lost” queda como gran poema épico, como la historia de unos seres normales atrapados en un mundo extraordinario y cuyas existencias se abocan al límite una y otra vez.

Tras seis años de adicción controlada –siguiendo la serie en tiempo real más para evitar spoilers que por disfrute en píldoras: servidor es de los que consume la ficción televisiva en pack de DVD y del tirón–, el placer que uno ha podido sacar de “Perdidos”, que es muchísimo, lo mide a partir de los siguientes elementos: uno, la conexión científica y filosófica de la trama, por estimular el pensamiento; dos, la habilidad con la que los guionistas han tejido un argumento complejo e indescifrable y cómo poco a poco la han ido destejiendo para darle una coherencia final al resultado sin dejar excesivos cabos sueltos sin atar –nos quedamos sin saber, por ejemplo, quién es Mihail, el hombre del parche, el inmortal, a menos que sea otra encarnación del Monstruo–; tres, la edificación brillante de varios personajes que permanecerán para siempre como héroes o arquetipos, sea el caso de Locke, Desmond o Linus; y cuatro, la sensación que da la isla, como espacio y como marco histórico, de ser un microcosmos descrito con todo detalle y plenamente autárquico, valioso por sí mismo, que perdurará en el tiempo y la memoria: es una “posibilidad de realidad alternativa” –volvemos a la física cuántica– tan poderosa como la galaxia de “Star Wars” o la Tierra Media de “El Señor de los Anillos”. Con esto basta, porque es mucho. La isla ya existe. Ahora es el momento de seguir. En los últimos minutos, cuando el padre de Jack advierte que el tránsito hacia esa luz no es el final, sino un “dejarlo ir”, resulta fácil interpretar esa línea de diálogo como un mensaje al espectador fiel: esto es lo que es, hemos llegado hasta aquí, no hay más preguntas porque, de hecho, no hay más respuestas; sigue, por tanto, adelante con tu vida y déjate llevar. Porque esto no es el final. Es UN final, el que tocaba. Ahora la vida sigue.

Independientemente de la insatisfacción –o no– que hayan podido generar los minutos finales, hay que tener en cuenta que sólo son el último renglón en un relato que, hemos de estar de acuerdo, es imperfecto e inconcluso, a veces inconsistente, pero también grandioso en lo que se refiere a composición épica y lírica. Y como dijo alguien –cito de memoria–, en “Lost” hay que aparcar la lógica y consumirlo como quien lee la poesía de Kavafis: lo importante no es el destino (o sea, el final), sino el viaje, haber estado ahí, vivir la experiencia, dejarse llevar como las olas mecen una barca a la deriva. Esos últimos minutos, en todo caso, serían como los minutos de desorientación, hastío o náusea que preceden a llegar a casa después de las vacaciones de tu vida. Pasan rápido, y luego queda el mejor recuerdo, un recuerdo imborrable. ¿Ha valido la pena llegar hasta aquí? La duda ofende.

PD: la controversia entre un final abierto o un final autoconclusivo está fuera de lugar; el secreto del éxito de “Lost” recae sobre todo en la adicción que implica comentar la serie y descifrarla más que seguirla de un modo lúcido. Dar todas las respuestas es amputar el debate y matar la serie. No dar todas las respuestas es mantenerla viva en forma de diálogos, discusiones y textos como éste, escrito en caliente y a la manera de un blog, más como una colección de ideas a vuelapluma que no pretenden ser la última palabra, sino el primer paso de un nuevo diálogo lostie que hoy ha comenzado a andar y que durará años, quizá para siempre. La relevancia mayúscula de la serie también hay que medirla en base a eso.

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