Columnas

L'Arte Dei Rumori

File Under Experimental

Failing Lights (Mike Connelly, de Wolf Eyes y Hair Police), Pete Swanson (ex-Yellow Swans) y Carlos Giffoni han publicado magníficos trabajos – “Failing Lights” (Intransitive Recordings), “Feelings In America” (Root Strata) y “Severance” (Hospital Productions), respectivamente– donde se apuntan líneas de evolución similares, al menos a nivel conceptual, a las que sucedieron a la primera ola industrial allá por los primeros ochenta; ampliaciones de registro que recurren a lo atmosférico, que no ambiental, y que hacen uso y abuso de dispositivos –grabaciones de campo, guitarras, sintes analógicos– de los que aún les queda mucho por exprimir. Al menos, en este contexto.Failing Lights – Revealing Scene

Al otro extremo del espectro, 2010 ha sido un buen año para el wall noise. El francés Vomir y el serbio Dead Body Collection –titulo cabrón de la temporada: “She Was a Whore Anyway”–, ambos enmascarados y con propuestas estéticas similares –la anti-música definitiva: después de esto, no hay nada–, han dominado el cotarro para un servidor. Ni que sea por su ritmo de ediciones: quince y treinta lanzamientos en doce meses.

Y a propósito de políticas de edición desquiciadas, cabe mencionar los dos opus de Merzbow en el pasado año: “13 Japanese Birds” (Important) es una caja de trece volúmenes metidos en una ecobolsa, todo ello aglutinado en torno a la temática ornitológica –doy por hecho que están al tanto de la militancia de Masami Akita en la defensa de los derechos de los animales–; “Merzbient” (Soleilmoon), por su parte, es otro box-set con una docena de CDs de alto valor histórico, puesto que recuperan piezas inéditas del período 1987-1990, el que precedió a la coronación de Merzbow como rey del ruido.Merzbow – Angel Of The Odd Finalmente, es obligado citar la publicación de “Whitehouse” ( Zeitkratzer), el disco de versiones de Whitehouse a cargo de Zeitkratzer: un álbum cuya calidad iguala a su capital simbólico, en tanto que hibridación de la música contemporánea con el noise.

2. Avant-rock Mucho se ha atenuado la atención mediática al drone metal. Las pretensiones de algunos críticos de adjudicar a grupos como Sunn0))) o Earth la capitanía de la armada del rock de vanguardia se ha dado de bruces con una realidad que, de hecho, siempre estuvo ahí: al público del metal no le interesa en absoluto lo que estas bandas hacen, y al aficionado más o menos cultivado en la música de vanguardia sus esfuerzos, aunque loables, le resultan, superada la avasalladora intensidad inicial de sus propuestas, tan ingenuos como, finalmente, inofensivos. En esta tesitura, parecen haber ganado la partida discursos intermedios como los de Nadja o KTL, donde la bastardización del género se articula en el sentido opuesto al de aquellos –del experimentalismo al metal–, logrando resultados de mayor hondura. Lo del black metal como supuesto vehículo de progreso lo dejamos estar hasta que no vuelva a ser el día de los inocentes.Fuera de ese ámbito, han sido formas no menos virulentas las que más huella han dejado en 2010. Los grupos que siguen empecinados en desollar el rock manteniendo su esqueleto intacto – Sightings, Robedoor– se han aplicado este año. Como también lo han hecho quienes han intentado justo lo contrario, acercarse al free jazz, la libre improvisación, el blues o el folk –es decir, Zs, Jailbreak y The Dead C, Bill Orcutt y Rangda— sin perder la intensidad del rock.

Pero quizá lo más relevante de los últimos dos semestres haya sido la revisión textural de la música pop. La hipnagogia, si es que tal cosa existe, ha aportado una paleta de ecualizaciones –sonido opaco, maximización de las frecuencias medias y bajas– y timbres –sintes de cuarta mano, grabaciones de campo chuscas– que, en los mejores casos, ha logrado trascender el bajísimo nivel compositivo predominante. Algo parecido a lo que, en otras disciplinas ha venido sucediendo de manera insistente en los últimos tiempos, caso de la compresión extrema en la música de baile – Actress, el witch house en general y Salem en particular– o el empleo de cacharrería de 8 bits.

Ah, sí, y Stereolab sacaron un disco. Aunque a nadie parece haberle importado demasiado.

3. Drones

Un deseo para 2011: que se imponga la cordura –o al menos un cierto criterio– a la hora de celebrar los drones. Más de uno y de dos deberían aprender que la cosa no se limita a mantener una misma nota durante veintitantos minutos y aderezarlo con unos tecladitos aquí y unos efectitos allá. Justamente el arte del drone consiste en saber explotar al máximo esa frecuencia continua, generar un mundo mediante la invocación de armónicos virtuales y, sobre todo, lograr que el oyente no se eche la siesta. De entre el evidente exceso de producciones del género que ha puesto a prueba mi paciencia durante todo el año, destacan a mi parecer aquellas que, qué cosas, más puristas y fieles al canon se han mostrado: Eleh, Suum Cuique, Charlemagne Palestine y Black Mountain Transmitter. De los heterodoxos, me quedo con el formidable “Do-Undo (In G Maze)” de M. Holterbach y Julia Eckhardt, subyugante conjunción de drones acústicos y field recordings. Aunque todos ellos palidecen ante el rescate de “The Electric Harpsichord”, de Catherine Christer Hennix.

4. Clicks y Cuts (con perdón)En la música experimental, como en casi todas las cosas, existen las modas. Y las modas, ya se sabe, del mismo modo que vienen se van. Cuando empezó la década que hoy acaba, los (mal) llamados clicks & cuts eran lo más. El sonido microscópico, los patches de MAX, el empleo del error, el laptop como herramienta esencial, las tesis postestructuralistas de Deleuze y Guattari y una renovación radical de la gama tímbrica –y en los casos más extremos, casi todos ellos apadrinados por Mego, la dinámica estructural– en la producción musical marcaron un principio de siglo sumamente excitante, determinado por los recopilatorios “Clicks & Cuts” del sello Mille Plateaux. Diez años después, poco queda de todo aquello. Mille Plateaux, como tantas otras marcas, sucumbió a la debacle económica de la distribuidora EFA, como también se hundió, en este caso por méritos propios, la austriaca Mego. Y con sus catálogos naufragó la posibilidad de un futuro sonoro que a mí me sigue pareciendo más atrevido y excitante que el que hoy parece aguardarnos. En los últimos tiempos ambas discográficas han vuelto al ruedo editorial, pero ya no es lo mismo. El ejemplo más sangrante, la gélida acogida que ha recibido “Clicks & Cuts 5: Paradigm Shift”, paradójicamente uno de los mejores volúmenes de la serie. Por no hablar de “Bektop”, del francés Kabutogani, igualmente publicado por Mille Plateaux y uno de los trabajos más injustamente ignorados de la temporada. Mego, por su parte, ha renacido también de sus cenizas al amparo del tiempo y el capital de Peter Rehberg, otrora conocido como Pita, pero después de perder a su máximo activo “comercial”, Fennesz –que sigan insistiendo en reeditar una y otra vez “Endless Summer” en distintos formatos y con diferentes añadidos es del todo sintomático–, parecen haber vuelto a la casilla de salida sin cobrar: siguen sacando excelentes discos de computer music extrema – Marcus Schmickler, Hecker, los resucitados Fenn O’Berg–, pero las leyes del gusto –el suyo y sobre todo, me temo, el del público– les ha llevado a desmarcarse de su propia línea y adentrarse en el nuevo kosmische analógico con Emeralds y Oneohtrix Point Never. A muchos los tiene encantados. A mí, no.

Aún así, tres de los mejores trabajos de 2010 estuvieron firmados por otros tantos supervivientes de la generación clicks’n’cuts. Markus Popp resucitó el proyecto Oval con un golpe de timón inesperado, “o” (Thrill Jockey), y salió más que airoso: el monumental doble CD del alemán fue, para quien esto firma, la gran revelación de la temporada. También Carsten Nicolai, algo disperso en los últimos tiempos –ni “Unitxt” (2008), ni la serie “Xerrox”, ni los dos volúmenes de “For” (Line) aguantan un round comparativo con “Transform” (2001) o la trilogía “Transrapid” / “Transspray” / “Transvision” (2004-2005)–, se reconcilió con mi estéreo gracias a “Mimikry” (Raster-Noton), el primer álbum de anbb, su dúo con Blixa Bargeld (Einstürzende Neubauten). Y Mark Fell (snd) puso simultáneamente en circulación “Multistability” (Raster-Noton) y “UL8” (Editions Mego). El primero es bueno. El segundo, magistral.

5. O no son tan buenos como creen o yo me estoy haciendo viejo Y hablando de veteranos, debo mencionar que la mayor parte de los momentos a mi entender memorables de 2010 fueron obra de artistas de largo recorrido. Unos de vuelta –los proto-todo Swans se reunificaron con el tremendo “My Father Will Guide Me Up A Rope To The Sky” (Young God) como bandera–, otros de ida – Pan Sonic se despidieron con un intratable “Gravitoni” (Blast First Petite)– y algunos más que siempre estuvieron ahí exigiendo justicia histórica con razones de peso – Scorn aportó los mejores argumentos posibles a su auto-reivindicación como padrino del dubstep con “Refuse; Start Fires” (Ohm Resistance); Thomas Köner nos recordó lo bueno que es con las reediciones de “Nunatak”, “Teimo” y “Permafrost” en Type–. De todo ello se concluye que, o a las nuevas generaciones aún les queda mucho que correr para trascender, o yo me estoy haciendo viejo. En ambos posibles casos, el asunto es preocupante.

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