Columnas

L'Arte Dei Rumori

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Earth a comienzos de los noventa. Sí, los mismos Earth que hoy saludamos como padres del drone-metal; la mismísima razón de ser de Sunn O))), que Stephen O’Malley concibió originalmente como banda tributo al power trio de Olympia. Los mismos Earth a los que en su momento se acusó de jevis y obtusos –el público pop de lo primero; los jevis, de lo segundo–. Cuando no de tomadura de pelo. Definitivamente, no estábamos preparados.

Vista hoy con perspectiva, la confusión que generaron “Extra-Capsular Extraction” (1991) y, sobre todo, “Earth 2: Special Low Frequency Version” (1993) entre la muchachada de entonces es, no obstante, comprensible: llegaron a las cubetas vía Sub Pop, el sello que acababa de dar el pistoletazo de salida del grunge con Mudhoney, Smashing Pumpkins o, claro, Nirvana, pero lo de Dylan Carlson y los suyos poco o nada tenía que ver con todo aquello –sólo los más avispados supieron emparentarlos entonces con Saint Vitus, Swans y Winter–, por mucho que el grupo se hubiera trasladado a Seattle meses antes de que estallará la fiebre “Nevermind” y el vendaval “alternativo” les pillara de lleno. Compartían con muchos de sus compañeros de escudería un substrato común, el riff marmóreo heredado de Black Sabbath –influencia harto evidente en discos como “Bleach” (Nirvana) o “God’s Ball” (Tad)–, pero el empleo obsesivo de la repetición, los ritmos cercanos a la muerte clínica y su naturaleza esencialmente instrumental no ayudaron demasiado a su popularidad, que hasta hace unos pocos años se cimentó en cuestiones tan poco meritorias como la amistad que compartían Carlson y Kurt Cobain, al que se dice introdujo en la heroína el líder de Earth y junto al que se compró el rifle con el que acabaría volándose la tapa de los sesos.La cuestión es que, por una vez, la justicia histórica ha funcionado y, como decía, a Earth se les reconoce ahora como padres de un género, el doom-metal, al que debemos muchas de las mejores propuestas del rock de vanguardia reciente, de Nadja a KTL. Lo que nos lleva a “A Bureaucratic Desire For Extra-Capsular Extraction” (Southern Lord), CD donde se recupera íntegramente la primera sesión de grabación de Earth, cuyos frutos, diseminados en distintos volúmenes, nunca habían sido concatenados en un sólo álbum como originalmente se planeó: siete cortes de heavy-rock rayano en el autismo, áspero y desprovisto de todo elemento superfluo, pesado y asfixiante. No se trata de un trabajo tan definitivo a nivel genérico como el mucho más decisivo “Earth 2”, pero permite descubrir el camino previo recorrido por el grupo hasta llegar a la abstracción alcanzada en aquél. Más cercano a High On Fire que a Sunn O))), para entendernos, “A Bureaucratic Desire For Extra-Capsular Extraction” puede que no sea el tesoro que muchos pretendían descubrir en los archivos, pero, permítanme la licencia, rockea de lo lindo. E incluye, apunto para mitómanos de la cosa grunge, la buscadísima “Divine And Bright”, con intervención vocal no acreditada de Cobain.

El canto del cisne (amarillo) Hay artistas que son como un partenaire sexual dispuesto a todo: uno no se da cuenta de lo afortunado que es de conocerlos hasta que los pierde. Algo así me ha sucedido a mí con Yellow Swans. Durante su breve pero intensísima existencia –más de medio centenar de grabaciones entre 2001 y 2009–, el dúo formado por Pete Swanson y Gabriel Mindel Saloman se situó en un lugar ambiguo en la escena noise, a medio camino entre el aislacionismo y un rock desmenuzado, ajeno a formas reconocibles y reducido a pura intensidad. Les presté atención, pero quizá no la suficiente. Eso pienso ahora, cuando, gracias a la extraordinaria retahíla de lanzamientos que ha publicado Pete Swanson en solitario durante los últimos meses, he recuperado trabajos como “At All Ends” (Load, 2007) o “Going Places” (Type, 2009), por nombrar dos de sus discos más fácilmente localizables. Ambos se me revelan, hoy, piezas indispensables en cualquier colección que se precie; tratados maestros sobre la épica de la distorsión, preñados de una lírica singular. Son sin duda discos rudidosos y ruidistas, pero su mayor radicalidad se halla en la ausencia, al menos aparente, del menor atisbo de belicosidad. El ruido era, en manos de Yellow Swans, un vehículo psicodélico, capaz de transportar al oyente a estados de profundo embeleso sin necesidad de recurrir a lo cósmico ni a lo armónico. Lo mismo que sigue logrando Swanson en sus producciones más recientes. De los muchos cassettes y vinilos que ha puesto en circulación en 2010, los que han ido a parar a mi iTunes – “Challenger” (autoeditado), “Feelings In America” (Root Strata), “Where I Was” (autoeditado) y “Waiting For The Ladies”, este último compartido con René Hell y también autoeditado– prolongan el legado estilístico de Yellow Swans con un mayor énfasis en los trazos básicos que los distinguieron. Son más aislacionistas (“Challenger”) y más rock (“Feelings In America”, “Where I Was”). Son, en definitiva, una revisión, aumentada y mejorada, de lo que fueron Yellow Swans. A ver qué hace Mindel Saloman al respecto. La hipnagogia, tampoco La cosa hipnagógica no parece dar más de sí. Superada la sorpresa inicial, la (supuesta) gracia del fenómeno parece disminuir a medida que pasan los meses. Los últimos lanzamientos de Dylan Ettinger “New Age Outlaws: Director’s Cut” (Not Not Fun), versión LP de la cassette “New Age Outlaws”–, Gary War “Police Water” (Sacred Bones)– y Sex Worker “Waving Goodbye” (Not Not Fun)– resultan todos ellos frustrantes. No tanto porque representen un descenso de calidad respecto a las anteriores entregas de sus autores, sino porque en ningún caso proponen una diferencia substancial respecto a aquellas. Más de lo mismo: maraña lo-fi, timbres ochenteros y, en el fondo, cancioncillas de las de toda la vida –en algún caso, literalmente: Sex Worker versionea “Rhythm Of The Night” en plan qué-excéntrico-y-qué-gracioso-soy–. Mención aparte merece “So Unreal” (Not Not Fun), firmado por LA Vampires en joint venture con Matrix Metals (alias de Sam Meringue, de Outer Limits Recordings): un álbum desconcertante en primera instancia y finalmente decepcionante al cabo de un par de escuchas. Ni rastro del dub cavernoso de las anteriores entregas de los vampiros angelinos y exceso de teclados casposos. No sé, me da a mí que lo que proponían The Skaters iba en otra dirección.

Man on wire Amo a Mark Fell. Lo amo mucho. De hecho, si no fuera por esa barba pelirroja suya, que tiene pinta de rascar cosa mala, le daría un beso para agradecerle su existencia misma. Y es que este hombre viene alegrándome la vida desde hace más de una década, ya sea en compañía de Mat Steel como Blir o Snd –el primer y último grupo de microhouse, tal y como yo lo veo– o en solitario. No sólo por la música que produce, sino por su actitud: considero a Mark Fell un paradigma del perfil artístico que imponen los tiempos; un creador cuya sensibilidad remite tanto a la ciencia como al arte, a la investigación permanente del medio digital y a un imaginario donde se desdibujan las fronteras entre alta y baja cultura, donde lo cerebral y lo carnal, la abstracción y la efectividad, se funden y confunden. Fell es un funambulista capaz de hacer malabares sobre la línea que separa lo experimental de lo popular manteniendo un equilibrio poco menos que prodigioso. Lo pueden comprobar y contrastar en “UL8” (Editions Mego) y “Multistability” (Raster-Noton), dos álbumes que se publican simultáneamente y que se complementan perfectamente pese a estar, en apariencia, dirigidos a paladares distintos.

“UL8” está enteramente concebido como homenaje a los altavoces Celestion UL8, los mismos que tenía su hermano y gracias a los cuales Fell descubrió la música electrónica durante su infancia y desarrolló su gusto por las texturas sintéticas. Un disco cuya hoja de prensa incluye una minuciosa descripción de los medios y métodos empleados para su producción alternada con apuntes de carácter autobiográfico. Es precisamente esta conjunción de lo científico y lo humano lo que aleja significativamente la creación del británico de lo estrictamente experimental –formalmente lo es: no encontrarán aquí los beats habituales de Snd ni sus referencias a la música de baile, pese al uso puntual de algún que otro handclap y ese guiño a las trastadas de Hecker que son las siete secuencias de “Part Three: Acid In The Style Of Rian Treanor”–, del puro testeo tecnológico, para redundar nuevamente en la hibridación entre ciencia y arte a la que hacía referencia.

Algo similar propone “Multistability”. La metodología es distinta, pues en esta ocasión el artista vuelve a los fueros de las últimas ediciones de Snd –de hecho, las similitudes con “Atavism” (Raster-Noton, 2008) son notorias–, pero de nuevo los rastros de un pasado consumido entre el laboratorio y el dancefloor afloran con claridad meridiana. En esta ocasión, no obstante, Fell agudiza los ángulos. Si en “Atavism” ya jugaban con la irregularidad rítmica, en “Multistability” –un título mucho más ilustrativo de lo que pudiera parecer, pues la estabilidad de los temas, efectivamente múltiple, se reparte entre distintos patrones en complicadísima convivencia– reinan las estructuras no lineales, los cambios de velocidad bruscos, los volantazos percutivos y, por supuesto, el sonido diamantino. No es un disco de fácil digestión, pero, ahí está la cosa, durante unos breves instantes lo parece.

Mp5 The Dead C: “Patience” (Ba Da Bing!)

Abrir con algo como “Empire” es ganar la batalla sin tener que desenvainar la espada: los mejores dieciséis minutos de rock –crudo, ruidoso, libre– del año. A partir de ahí, la cosa decae un tanto en las menores “Federation” y “Shaft”, pero otro cuarto de hora soberbio, el de “South”, cerrando, hace remontar el vuelo, y de qué manera, del disco que todos los fans del trío neocelandés esperábamos desde el ya lejano “Secret Earth” (Ba Da Bing!, 2008). T-r-e-m-e-n-d-o. Vomir: “Vomir” (H Series HNW)

Pese a que para el neófito resulte difícil distinguirlos, existen muchos tipos de noise. Y quizá el más bruto de todos –por su negación de cualquier tipo de estructura, su solipsismo, su falta de piedad– sea el wall noise, el muro de ruido. Y los que construye el francés Vomir, desprendidos de cualquier contenido dramático –ni títulos ni gaitas– son de hormigón armado. Muy, muy bestia. Taku Sugimoto & Moe Kamura: “Saritote II” (Saritote Disk)

“Voz, guitarra, mandolina y chelo”, dicen emplear. Y “Silencio”, habría que añadir. Maestro del reduccionismo, Taku Sugimoto desplega en “Saritote II” una colección de canciones tan delicadas que parece que vayan a resquebrajarse de un momento a otro. La voz de Kamura, más un susurro, es la opción más lógica para complementar un disco tan especial, tan único, que no todo el mundo entenderá. Para un servidor, una joya.

Sun City Girls: “Funeral Mariachi” (Abduction)

Dueños de un imaginario particularísimo, enfrentados de manera casi militante a todo canon de coherencia genérica, Sun City Girls han pasado a la historia como una de las mayores anomalías surgidas del underground estadounidense. El trío formado por los hermanos Alan y Rick Bishop y el malogrado Charles Gocher –fallecido en 2007– ya no existe hoy, pero este volumen póstumo mantiene vivo, y mucho, su recuerdo. Si alguna vez te preguntaste cómo sonaría una orquesta balinesa interpretando música africana bajo la batuta de Ennio Morricone, “Funeral Mariachi” es para ti.

Catherine Christer Hennix: “The Electric Harpsichord” (Die Schachtel)

Perdida durante años en los archivos, por fin se recupera una pieza quizá no esencial, pero indiscutiblemente relevante de la drone music. Grabada en 1976 bajo el influjo del mantra hindú, “The Electric Harpsichord” suena hoy más actual que nunca: inmensa, hipnótica, infinita. Un rescate necesario para demostrar que siempre hubo vida más allá de la santísima trinidad LaMonte Young-Pauline Oliveros-Eliane Radigue. Edición de lujo con libreto y notas de Glenn Branca, Henry Flynt y el mismísimo Young.

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