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L?Arte Dei Rumori

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L’Arte Dei Rumori Oriol Rosell 1. Un pingüino en mi reproductor

El sonido altera el tiempo. El clima, quiero decir. Existen sonidos borrascosos, del mismo modo que los hay soleados, anticiclónicos, huracanados o lluviosos. No se trata netamente de un fenómeno físico –aunque habría que ver cómo, en tanto que presión del aire, puede el sonido influir en una situación atmosférica–, sino más bien de un constructo perceptivo arraigado en lo cultural: las connotaciones que asignamos a determinados timbres en relación con su uso dramático en la música o su referencia al entorno natural.

Viene la perorata a santo de que este verano me he ahorrado una pasta en aire acondicionado. Y eso que, por lo que decían, los rigores del estío causaban estragos más allá de mi portal. Pero yo, tan ricamente. Hasta rebequita tenía que ponerme a media tarde. Y todo gracias a “Nunatak – Teimo – Permafrost”, espectacular reedición de los tres primeros álbumes de Thomas Köner a cargo de Type.

Publicados entre 1990 y 1993 por el ya desaparecido sello holandés Barooni, “Nunatak” –originalmente “Nunatak Gongamur”–, “Teimo” y “Permafrost” fueron concebidos, explica hoy Köner, como un tríptico, un manifiesto estético del que él mismo se alejaría gradualmente –aunque tampoco tanto, Porter Ricks al margen– a partir de “Aubrite” (1995), su última entrega para Barooni y umbral de su producción más conocida, la que durante los diez años siguientes apadrinarían Mille Plateaux –que inexplicablemente reeditaría “Teimo” y “Permafrost” en un sólo volumen, extrapolando un binomio de lo que se suponía era un trinomio– y Die Stadt. Volviendo a la cosa meteorológica, el caso es que “Nunatak”, “Teimo” y “Permafrost”, convenientemente embalados en estuche deluxe –aunque también pueden adquirirse por separado y en vinilo–, logran hacer descender la temperatura de cualquier estancia hasta extremos polares. Literalmente: “Nunatak”, cuyo título, según la Wikipedia, es el término esquimal que define los picos montañosos que emergen de los glaciares sin estar cubiertos de hielo ellos mismos, tiene su sustento conceptual en la trágica segunda incursión del capitán Robert Falcon Scott (1868-1912) en el Polo Sur, conocida como la Expedición de Terra Nova. Al frente de un grupo compuesto por cuatro hombres, Scott pretendía ser el primero en alcanzar el Polo Sur geográfico. Cuando llegó a su destino tras dos años de penurias, descubrió que el noruego Roald Amundsen se le había adelantado por tan sólo treinta y tres días. En el camino de vuelta, todos los miembros del equipo murieron de hambre, agotamiento y frío.

Sirviéndose únicamente de gongs y microfonía, operando siempre en el rango de frecuencias bajas que acabará siendo marca de la casa, en su primera obra publicada Köner evita la tentación de crear una banda sonora para la triste odisea de Scott y los suyos; por contra, en “Nunatak” la narrativa es sacrificada en favor de un contexto sonoro donde paisaje exterior e interior se alimentan el uno del otro hasta devorarse mutuamente. No está claro, y esa es su mejor virtud, si lo que escuchamos es una imagen sonora del entorno ártico o de la desolación emocional de quienes lo exploraron. Son cincuenta minutos de sonidos resonantes, harmónicos virtuales y silencios de una riqueza dramática anonadante. “Nunatak” llega, en este sentido, donde el dark ambient nunca podrá por un exceso de condicionantes genéricos: la ausencia de tremendismo, la paradójica delicadeza con que Köner maneja un sonido brutal, catedralicio, hacen trascender la obra más allá de los muchos marbetes que en primera instancia se le podrían adjudicar, del soundart a la electroacústica pura y dura. Poco varía el termómetro con “Teimo”, aunque en este caso algún que otro rayo de sol invernal refracta en sus ocho temas. Sigue Köner con su fijación polar – “Ilira” recurre nuevamente al idioma inuktitut; la tres partes de “Nieves Penitentes”, así, en castellano, no necesitan demasiada explicación–, a la que suma las inquietudes (sub)marinas a las que posteriormente volverá con Porter Ricks. Y es precisamente este elemento acuático el que ayuda a pulir un tanto las aristas formales de su predecesor. Frente a la distribución abrupta de materiales en “Nunatak”, en “Teimo” el alemán aboga por una organización más fluida, y nunca mejor dicho, del sonido. El uso del drone sirve aquí de aglutinante, lo cual, unido al uso predominante del sintetizador, confiere mayor tersura al conjunto, emplazable en un registro cercano al ambient menos cómodo. Algo así como el reverso tenebroso de Biosphere.

Todo lo bueno de estos dos primeros volúmenes, que es mucho, se sintetiza y es sublimado en “Permafrost”. El artista alemán abstrae de “Nunatak” la profundidad y el inteligente uso del timming. De “Teimo”, la continuidad y la sensación envolvente. Y lejos del mero ejercicio de estilo, factura su obra magna: un festín para los sentidos que aún gana más enteros gracias a la espectacular labor de remasterización de la repesca que ahora presenta Type. Abisal, infinito, “Permafrost” es un agujero negro perceptual que absorbe la noción del tiempo y el espacio –Herr Köner, por lo que más quiera: versión multicanal ya– y que casi dos décadas después de su aparición se revela inmune al paso de los años. Es lo que tiene la criogenización.

2. La fierecilla domadaA partir de la obra de Thomas Köner y otros productores formalmente afines como Robert Hampson (Main), James Plotkin o John Duncan, allá por el 93 Kevin Martin –hoy The Bug y King Midas Sound; entonces en God y Techno Animal– se sacó de la manga el término “aislacionismo”, etiqueta un tanto vaga con la que se pretendía agrupar a un conjunto de discursos dispares bajo la premisa de una nueva concepción del ambient, distópica y solipsista. Conceptualmente el asunto hacía aguas por todos lados, pero gozó de sus quince minutos de gloria y nos legó un recopilatorio de referencia, “Ambient 4: Isolationism” (Virgin, 1994). Precisamente en ese doble CD participaba también otro insigne que hoy vuelve a estar de actualidad: Mick Harris.Un caso digno de estudio, el amigo Harris. Si bien se le ha saludado como elemento fundamental o como mínimo influyente en un sinfín de movimientos –grindcore, aislacionismo, illbient, post-rock, dubstep–, su figura sigue siendo una de las peor tratadas tanto por la prensa como por la historia. No obstante, aunque su impresionante currículo podría inducir a engaño (Napalm Death, Defecation, Painkiller, Lull, Praxis, Scorn), no estamos exactamente ante un caso de injusticia flagrante. Y es que el hombre tiene un carácter que se las trae: más de veinte años lleva a la greña con la crítica, las discográficas y prácticamente todo aquel que se cruce en su camino. De hecho, aún tengo escalofríos cuando recuerdo el numerito que montó en Sónar 95 tras probar el gazpacho siguiendo el consejo de un servidor: rotura de platos y gritos de “¿Pero qué mierda de país es éste en el que os tomáis la sopa fría?”. Criaturica.El caso es, decía, que Harris vuelve nuevamente a la palestra con “Refuse; Start Fires” (Ohm Resistance), el catorceavo álbum de Scorn. Y sea por alineación astral, porque algún manager audaz ha logrado domarlo o porque lo han hinchado a tranquimazines, el hecho es que de repente todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo en darle, por fin, el pan y la sal que durante décadas se le han negado. Y a mí me parece muy bien, oiga. El hombre se lo ha currado. Y lo sigue haciendo: “Refuse; Start Fires” no sorprende, pero tampoco decepciona. Es sonido Scorn al cien por cien: dub comatoso, atmósferas como de muy mal rollo y, como siempre, bajos tan pesados que si te caen encima de un pie te lo rompen por cinco partes distintas. Ha ganado cierto dinamismo con la incorporación del batería Ian Treasey en algunos temas, pero el conjunto sigue sonando hormigonado. Como tiene que ser. 3. El efecto pénduloLo más interesante de la súbita beatificación de Harris es descubrir cómo conecta con otros signos –las reediciones de Köner, el éxito de The Bug, los comebacks de Seefeel y Godflesh, la previsible reivindicación del pesado de Pete Namlook– del revival noventero que bien podría aguardar a la vuelta de la esquina. Un retorno, cabe aclarar, de los de ahora: fragmentario y selectivo. Si el revival de los ochenta ha durado tanto –y si es que podemos darlo ya por finiquitado de una puta vez– ha sido porque las fuentes de revisión han sido minuciosamente agotadas en una secuencia no cronológica pero sí lineal: el electroclash primero; el post-punk después; la rave music a continuación; el minimal synth luego y, ya en los estertores, el pop mainstream. Un posible back to the 90s bien podría arrancar con la repesca de un momento histórico excepcionalmente fértil: el feliz caos que, con el dub y el ambient como pretexto, casó, entre el 93 y el 96, lo experimental con lo extremo y lo (casi) bailable. Las coordenadas, en el ya mentado “Ambient 4: Isolationism” y en “Macro Dub Infection” (Virgin, 1995). Si se da la circunstancia, vayan desempolvando las camisas de leñador o huyan a Kazajistán, porque lo siguiente podría ser el neo-grunge. Glups.

mp5 Giuseppe Ielasi: “15 Tapes” (Senufo)El formato sigue siendo the challenge, que dirían los amigos de Alku. En paralelo a su faceta como ambientalista fino, el italiano Giuseppe Ielasi lleva un par de años explorando las posibilidades sonoras del soporte desde una perspectiva compositiva muy interesante. Lo descubrimos en las dos entregas de su serie “Stunt”, dedicada al vinilo, y lo certificamos con este “15 Tapes”, suerte de tratado del objeto musical schaefferiano a propósito de las cintas de cassette y sus reproductores. Ya corre por ahí “15 CDs” (Entr’acte).

Kabutogani: “Bektop” (Mille Plateaux)Sí, se publicó hace un par de meses, pero visto que nadie le ha hecho ni puñetero caso –hay que ver cómo se ha devaluado la marca Mille Plateaux–, me permito reivindicar desde aquí el poderío del cuarto álbum del francés Jerome B: polirritmias afiladas como cuchillas, ruido digital y sedimento melódico en perfectas dosis. Nada nuevo, pero cuesta encontrar un disco que con presupuestos tan manidos logre asombrar como éste. Si lo hubiera sacado Raster-Noton todo el mundo se estaría acariciando los bajos.

Tobias Reber : “Backup Aura” (Hyperfunction)Lo he escuchado un montón de veces y sigo sin descubrir el truco. A ratos parece arte sonoro, pero su escucha es demasiado agradable para encajar del todo en tan antipática categoría. Post-rock desde luego no es, aunque “Blech”bien podría ser un tema de Radian. Y algo tan bonito como “We Wonder” apunta directamente a Stephan Mathieu, pero tampoco. Añadan menciones al dub industrializado ( “Glocker”), los drones ( “Mundane Concerns”) y hasta a Morton Subotnik ( “Container”) et voilà: disco raro-raro del mes.

Ubeboet: “Archival” (Moving Furniture) Miguel Ángel Tolosoa, de Madrid, lleva ya seis años al frente del magnífico sello Con-V y otros tanto publicando aquí y allá –EarLabs, Zeromoon, Twenty Hertz y un largo, abultado etcétera– como Ubeboet. “Archival”, su primer vinilo, es un artefacto de lo más intrigante: “Orange”, ocupando toda la cara A, transita por territorios cercanos a las fincas de Francisco López o NWW –siguiendo el hilo de esta columna, hablemos pues de aislacionismo–. Pero en la cara B, ah, amigos, la cosa cambia. Pero mucho: sonido atornasolado, grandioso y en perpetua evolución. Demasiado trascendente para ser ambient. Demasiado bueno para dejarlo pasar.

Varios: “Air Rings Vol.2” (Digitalis Ltd.)En las antípodas del sonido cenizo de sus últimas entregas, Xela firma el mejor tema de su carrera con “In The Blinding Light They Came”: más de veinte minutos de glorioso viaje cósmico en cohete analógico. Sólo por eso ya vale la pena hacerse con este split a cuatro bandas en formato doble cassette. Pero es que además Matt Carlsson ( Golden Retriver), Analog Concept y sobre todo Cliffsides, a razón de una cara por barba y cada uno con su propio carácter, también lo bordan. State of the synth.

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