Columnas

L?Arte Dei Rumori

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Oriol Rosell El imperio austrohúngaro del sol naciente

Qué cosas tiene el subconsciente, oyes. ¿Conocen la historia de Luís García Berlanga y el término “austrohúngaro”? Cuenta Don Luís que, en cierta ocasión, allá por su cuarto o quinto rodaje –tomémonos la licencia de situar la anécdota en algún punto entre “Calabuch” (1956) y “Los Jueves Milagro” (1957)–, uno de sus ayudantes le hizo notar el uso del palabro en cuestión en todas y cada una de las producciones previas del maestro. Desde entonces, prácticamente en todas las películas de Berlanga alguien dice “austrohúngaro” en un momento u otro, convertido ya el vocablo en fetiche del director de cine valenciano. Pues bien: repasando las dos primeras entregas de ésta su columna amiga he caído en la cuenta de que en ambas se menta, de pasada y como quien no quiere la cosa, al japonés Toshimaru Nakamura. Y en esta tercera vuelve a aparecer. Lo cual me lleva a pensar que quizá sea él mi particular austrohúngaro; el elemento recurrente que acabe siendo muletilla identificativa, factor diferencial de L’Arte dei Rumori.Digresiones al margen, la cuestión es que, efectivamente, vuelvo a hablar de Toshimaru Nakamura. Esta vez, a cuenta del e-s-t-u-p-e-n-d-o ciclo que organiza este mes de Julio el Museu d’Art Contemporani de Barcelona –el MACBA, vamos– al amparo del festival Grec, que este año dedica parte de su programación al país del sol naciente y las tazas de wáter multimedia. El Jueves 1, “Audiovisions Japoneses”, que comisaría el amigo Arnau Horta, arrancó con el ínclito Nakamura y su proyecto AVVA (acrónimo de Audio Vídeo/Vídeo Audio) junto a la video-artista austriaca Billy Roisz. Dado mi desconocimiento del trabajo de esta última, apuntaré que en AVVA, según apuntan las notas promocionales, Nakamura hace lo que mejor le sale: improvisación libre utilizando como única fuente de sonido su mesa de mezclas sin más (lo que se conoce como no-input mixing board). Es justamente esta técnica la que ha hecho de Nakamura uno de los estandartes de la escena onkyo –u onkyo-key, que en japonés significa algo así como “sonido reverberado” o “sonido resonante”–, nacida a finales de los noventa como escisión puramente tokiota de la improvisación electroacústica y esencialmente localizada en el Bar Aoyama, primero, y en el Off Site después. La música onkyo, que algunos han querido ver como la expresión más extrema del minimalismo, aunque los tiros van por otro lado, antepone la contemplación textural a cualquier otra consideración rítmica o armónica, y recurre con chocante normalidad al uso prolongado del silencio. Si necesitan más datos, acudan a la producción de Sachiko Matsubara (Sachiko M), tanto en solitario como junto a Otomo Yoshihide en Filament, Taku Sugimoto o Tetuzi Akiyama y descubrirán un mundo sonoro muy, pero que muy otro. O si no, en los mejores establecimientos del ramo tienen a su disposición la abultada discografía de Nakamura, donde tan recomendables son los trabajos a título personal como las innumerables joint ventures junto a Keith Rowe, John Butcher o Andrea Neumann, por mentar a unos pocos. Los más cobardes, si acaso, que empiecen con “Manafon”, el último álbum de David Sylvian, en el que participa el who is who del onkyo. Ah, y que sepan que “Audiovisions Japoneses” lo completan Sawako (8 de Julio) y Ryoichi Kurokawa (15 de Julio). Si están por Barcelona, ahí nos vemos.

ExperimentaClub 2010

Si no pueden pasarse por el MACBA, podemos quedar más adelante. Por ejemplo, entre el 1 y el 3 de Octubre en La Casa Encendida de Madrid. En esas fechas se celebrará la décima edición del festival ExperimentaClub, en la que servidor participa en labores de comisariado y de la que me voy a permitir hablar porque para eso esta columna es mía.La cuestión es que, pese a la crisis y sus efectos colaterales, a los amigos del ExperimentaClub les ha quedado un programón de padre y muy señor mío. Con citar los cabezas de cartel no les quedará otra que darme la razón: Nadja y Carlos Giffoni el viernes 1; Seefeel el sábado 2; y KTL (Peter Rehberg, a.k.a Pita, y Stephen O’Malley, de Sunn O)))) el domingo 3. Casi nada. Y aún hay más: E.A.R. –o Experimental Audio Research, proyecto vintage-synth del ex-Spacemen 3 Pete Kember, al que ya tarda en reivindicar la muchachada cósmica–, Bernhard Günter, Ghédalia Tazartés, Livio Tragtenberg, Xesús Valle y Tarek Atoui, además de los habituales debates, talleres y conferencias. Si no me encuentran, pregunten por mí en el backstage. Seguramente estaré ahí, copa en mano, discutiendo las afirmaciones –algunas irrebatibles, otras polémicas, todas interesantes– vertidas en “Experimentaclub / LimbØ 2007.08.09”, volumen retrospectivo donde, ensayos mediante, la aventura transoceánica iniciada hace tres años por el eje Madrid-Buenos Aires bajo mecenazgo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y basada en el intercambio artístico entre España, Portugal e Iberoamérica es desmenuzada desde lo histórico, lo conceptual y, claro, lo sonoro gracias al CD recopilatorio que acompaña al libro, con obras de artistas procedentes de Perú, España, Argentina, Chile, Venezuela, México, Colombia, Costa Rica y Brasil. Incalculable valor el de este tomo: no sólo por la calidad de sus contenidos, sino por la visibilidad que otorga a un conjunto de escenas sudamericanas cuya actividad, aunque frenética y de gran nivel, es injustamente desconocida a este lado del Atlántico por razones que ya no son inexplicables, pues las encontrarán todas descritas, desmenuzadas y analizadas de manera meridiana en “Experimentaclub / LimbØ 2007.08.09”.

Mondo Smegmo

Existen tres tipos de música: la buena, la mala y la de Smegma. Y por si alguien lo duda, ahí está el mayor reto sonoro de la temporada: “I Am Not Artist”, descomunal box-set puesto en circulación por Vinyl On Demand –un monumento habría que hacerle a la marca germana, enfrascada desde 2004 en la recuperación de material ya no oscuro, sino directamente imposible– que incluye la friolera de 6 LPs y un DVD donde se recuperan las hasta hace bien poco inencontrables primeras ediciones del grupo más marciano del mundo, originalmente publicadas entre 1973 y 1988.Para quien no los conozca –o sea, para el grueso de la Humanidad–, digamos que Smegma es un colectivo de no se sabe muy bien qué –¿músicos? ¿improvisadores? ¿bromistas? ¿terroristas culturales?– en activo desde principios de los años setenta y creado inicialmente al amparo de la Los Angeles Free Music Society (LAFMS), aunque luego ubicaran su base de operaciones en Portland, donde hoy se les saluda como próceres de la escena experimental local, aunque seguro que a ellos les da la risa tonta cada vez que les adjudican el título –lo cual queda de manifiesto en su surrealista aparición en el, por otra parte, apasionante documental “People Who Do Noise” (Adam Cornelius, 2007)–. En sus cuarenta años de demencial carrera, a Smegma se los ha relacionado con la psicodelia, el free-jazz, el punk –¡Compartieron cartel con los Dead Kennedys!–, la no wave, el noise –han colaborado con Merzbow y Wolf Eyes, entre otros– y todo lo que se les ocurra. Total, les pongan la etiqueta que les pongan nunca encajarán del todo en ninguna, por mucho que algunas pistas, difusas y quizá producto de la imaginación calenturienta de quien esto escribe, apunten, a ratos y a trompicones, a Cecil Taylor, Captain Beefheart, dadá, Albert Ayler, los Mothers of Invention, la música concreta o las gamberradas de la Portsmouth Sinfonia de Gavin Bryars.Pero, ya les digo, tampoco me hagan mucho caso. Mejor lanzarse sin red a las seis horas de delirio nonsense de “I Am Not Artist”: a ratos les parecerá escuchar a un grupo de individuos con serios trastornos mentales intentando hacer pop ( “I Used To Be A Rock’n’Roll Star”, “Auto Suk”) o, peor aún, jazz ( “Bubs Medley”, “Dickensmeglee #35”, “When The Saints”, “Loops And Horns”); a un puñado de no wavers después de meterse caballo malo ( “Get Away”, “Beauty School”, “Mutant Baby”); a un cuarteto de sordos produciendo collages en cinta magnética ( “Mr. Potatohead’s Flotation Ex.”, “Id-o-matic”); o, directamente, a un hatajo de hijos de puta jodiendo la marrana ( “Ladies Night At The Ortho Lounge”, “Pigface Chant”, “Dancing Hairpiece”, “Frogsies And Fisheggs Zuking”). Así que ya lo saben: diversión garantizada.

mp5 Altar of Flies: “Permanent Cavity” (Ideal)

Mattias Gustafsson, sueco él y con la tonta costumbre de publicar ruidaco en soporte cassette o CD-R cada mes y medio o así desde 2006 – “Permanent Cavity” es su cuarto lanzamiento este año–, es un malasombra capaz de causar daños irreparables con un par de sintes analógicos y un puñado de tape-loops. Áspero, chirriante y con muchísimos más matices de lo que cabía esperar, “Permanent Cavity” aspira desde ya mismo a noise album (facción articulada) del año.

M. Holterbach & Julia Eckhardt: “Do-Undo (In G Maze)” (Helen Scarsdale Agency)

Julia Eckhardt es violista de formación clásica con una curiosa afición: componer siempre empleando únicamente la nota de Sol (“G” según la nomenclatura anglosajona) y sus armónicos. Su encuentro con el luthier y artista sonoro francés Emmanuel Holterbach en el Q-O2 Werkplaats Sound Laboratory de Bruselas ha hecho emerger esas piezas, hasta ahora inéditas, aderezadas con grabaciones de campo del galo. El resultado es espectacular: drone music de altura, capaz de tutear a Phil Niblock, Tony Conrad o Charlemagne Palestine.

RM74: “Reflex” (Utech)

Entre la computer music espesa del primer álbum de Rëto Mader, “Mikrosport” (2000), y la psicodelia tétrica de “Reflex” existe tanta distancia estética como geográfica entre los sellos que los publicaron: Domizil (Zurich) y Utech (Milwaukee): un océano. No es casual que el suizo comparta ahora techo con profesionales del mal rollo como Aluk Tolodo o Skvllflower: como si de un Xela pasado definitivamente al lado oscuro se tratara, RM74 confecciona claustrofóbicos soundtracks a los que no les hace falta película alguna para dar miedo. Mucho miedo.

Zs: “New Slaves” (The Social Registry)

La cantera de Brooklyn parece inagotable. Pese a sus cerca de diez años en activo, muy pocos conocían a Zs. A partir de este disco, semejante desconocimiento debería estar penado por la ley. Avasallador e inclasificable, “New Slaves” es un monstruoso cortocircuito genérico –articulación rockera, operatividad jazzística, maniobrabilidad electrónica, resolución noise– cuya escucha deja al oyente exhausto, malherido... y pidiendo más. Háganse fans.

Dead Letters Spell Out Dead Words: “No Words” (Land of Decay)

Más drones, sí. Esta vez de carácter terso y con menciones al pop atmosférico, el ambient, la neoclásica y el rock épico. No ganarán un premio a la originalidad, pero si la suya –de ustedes– es un alma sensible, sabrán apreciar las virtudes y buenas artes del sueco Thomas Ekelund, también en Teeth, en esta bonita C40 recuperada por Land of Decay y publicada por primera vez en 2009 en When Skies Are Grey en edición limitada de ¡23 copias!

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