Columnas

L'Arte Dei Rumori

Por Oriol Rosell

Pocahaunted pierden una de sus dos cabezas femeninas y en manos de la que se queda al frente de la formación californiana, Amanda Brown, se descuelgan con “Make It Real”, un álbum de pimpante psicodelia negra –“hypnagogic funk”, lo describe la propia Brown, intuyo que con no poca sorna– donde apenas queda rastro de los drones y devaneos folk/neo-primitivistas de antaño. En el mismo sello, Not Not Fun, marca paradigmática donde las haya del hic et nunc bajo tierra, en “On Patrol” Sun Araw se desprenden igualmente de sus ponchos empapados de pachulí y abrazan sin reservas el dub, género que ya afloraba en “Heavy Deeds” (2009) y al que también recurre L.A. Vampires –la Brown again– en su formidable split con Psychic Reality, donde a ratos se apropia de los modos de las Slits e incluso llega a sonar cercana al reggae industrial de Kevin Martin. Si a todo esto añadimos la sorprendente reencarnación de Carlos Giffoni (dueño del sello y festival No Fun y sumo pontífice del neo-noise) en clave acid house como No Fun Acid –de la que supimos el pasado año vía el doble cassette compartido con Prehistoric Blackout, Keith Fullerton Whitman y Oneohtrix Point Never, “Synth Night” (Protracted View), y que ha resultado ser mucho más que una simple broma, como dejan claro “This Is No Fun Acid 2”, que incluye remix de Gavin Russom, y “This Is No Fun Acid 3”, referencias 01 y 02 de su nueva filial NoFunAcid–, la cosa empieza a adquirir visos fenomenológicos. No se sorprendan si en breve el pelotón neo-sintetista comandado por Emeralds empieza a clavar sus revivalistas fauces en el legado de FSOL.

La ley de la memoria históricaCaprichos de la deriva hipertextual, doy con mis huesos en el MySpace de Kevin Tomkins para descubrir con alborozo que el ex- Whitehouse no sólo mantiene en activo a mis queridos Sutcliffe Jugend, de los que es vocalista y mitad junto a Paul Taylor, sino que además produce a título personal preciosas miniaturas acústicas colindantes con el Charles Curtis de “Ultra White Violet Light” o los pasajes más recogidos de Rachel’s. Chocante, cuando menos, tratándose del mismo individuo que contribuyó de manera definitiva al perfilado estético de los power electronics con obras como la extenuante caja de diez cassettes “We Spit On Their Graves” (Come Organisation, 1982), monumental tour de force posteriormente pirateado en Japón en formato vinilo, parcialmente recuperado en CD por Cold Spring en 1997 y hoy día cambiando de mano en el mercado del coleccionismo a precios exorbitantes.La historia, esa perra desagradecida, ha relegado a Sutcliffe Jugend a la categoría de mero spin-off de Whitehouse. No obstante, una escucha atenta a su discografía, tanto la que salda su primera etapa – “Campaign” (Come Organisation, 1982) y el mentado box-set– como la que acompaña a su retorno a mediados de los noventa tras un periplo en el mundo del rock como Bodychoke –lo suyo habría encajado perfectamente en el catálogo de Amphetamine Reptile–, destacando el fabuloso “When Pornography Is No Longer Enough”(Death Factory, 1998), pone de manifiesto la injusticia de la que han sido víctimas Tomkins y Taylor. Si la mecánica discursiva de Bennett y compañía se basa en la relación de dominio y sumisión entre el grupo y el oyente, redundando en una conceptualización sádica del control sobre el sonido, Sutcliffe Jugend obvian cualquier atisbo de sutilidad, cualquier rastro de orden, para abandonarse a la pura brutalización. La música de Whitehouse remite a la imagen de un torturador meticuloso, amigo de los guantes de látex y el estilete; la de Tomkins y Taylor, a un loco furioso armado con un machete y un martillo. Una catarsis a través del caos cuya influencia se deja notar en un elevadísimo tanto por ciento de la producción noise contemporánea, especialmente la nipona, por no hablar del uso de un imaginario –asesinos en serie, misantropía, parafilias de lo más vistoso– que, si bien ya empleado con anterioridad por Throbbing Gristle y los mismos Whitehouse, alcanza en manos de Sutcliffe Jugend un grado de paroxismo nunca visto hasta entonces, empezando por el mismo nombre artístico del dúo –inquietante juego de palabras donde convergen el apellido del destripador de Yorkshire, Peter Sutcliffe, y las Juventudes Hitlerianas, las infames Hitlerjügend– y culminando, volvemos a él, con la dedicatoria de cada una de las veinte caras de “We Spit On Their Graves” a las distintas víctimas de Sutcliffe. La entrañable vieja guardia. Radicales libres

Menudo cirio dialéctico han organizado Thomas Bey William Bailey y Nick Cain en las páginas de The Wire a propósito de “MicroBionic. Radical Electronic Music and Sound Art in The 21st Century” (Creation Books), escrito por el primero y puesto a parir por el segundo en una crítica inusitadamente descarnada aparecida en el número de Marzo de la revista británica. Se están diciendo de todo menos “guapo”. Polémicas al margen, a un servidor el libro en cuestión le parece la mar de interesante, aunque coincido con Cain en su molesta tendencia al lugar común a la hora de abordar determinadas temáticas. Con todo, el volumen traza un convincente continuum que arranca con Throbbing Gristle y alcanza hasta la fascinante escena onkyo japonesa (Taku Sugimoto, Sachiko M, Toshimaru Nakamura, etc.), abarcando tres décadas de producción sonora extrema en las que William Bailey encaja entrevistas con, entre otros, Peter Christopherson (T.G., Coil), John Duncan, Carl Michael von Hausswolff, Francisco López, Peter Rehberg (Pita) y Carsten Nicolai (Alva Noto). Lástima que se detenga en 2007 y, por tanto, queden fuera fenómenos como el nuevo noise americano o la hipnagogia radical de los cien mil hijos de The Skaters. Pero, oigan, un libro en el que tienen cabida Alku, Roel Meelkop y The Haters, por discutibles que sean algunas de sus conclusiones, merece un lugar en su biblioteca. Compren.

Dale al play

No pude asistir al concierto de Leyland Kirby en el marco de la primera edición barcelonesa de Electrónica en Abril. Y lo siento de veras: horas después de su celebración, me llegan vía Facebook voces airadas acusando al ex-V/Vm de estafador y mangante por darle al play y sentarse a pasar el rato. Y qué quieren que les diga, a mí me parece requetebién. No porque lo haga Kirby, al que no tengo en especial estima –aunque no está de más recordar lo graciosísimo que nos parecía cuando hacía exactamente lo mismo con V/Vm–, sino porque ya va siendo hora de que el público entienda que, en determinados contextos estéticos, lo del directo es, en la mayoría de los casos, una farsa. Cuando no un sinsentido. Es decir, ¿qué esperaban ver? ¿A un señor haciendo procesados en tiempo real y que le cuadraran para sonar bonito a la primera? ¿Un mix en vivo, con el riesgo de tener una mala noche y joder el invento? ¿Hubieran preferido que se quedara embobado frente la pantalla del portátil, aunque seguramente estaría chequeando su correo electrónico? Obviamente me faltan datos para juzgar lo de Kirby. Me gustaría saber, por ejemplo, si sonaron sus temas tal cual o fueron versiones inéditas. Si los tracks estaban secuenciados y, si lo estaban, de qué manera. Y sobre todo, habría que saber qué busca conseguir este caballero con sus “conciertos”. Conociéndolo, seguramente lo que ha logrado: indignar al personal. Mi opinión: si quieren circo, vayan al Raluy.

Punk is dead

Permítanme, para acabar, alzar mi copa en memoria de Bruce Rohers (1950-2010), editor, columnista y crítico punk cuya incansable tarea en Maximum Rock’n’roll animó a muchos, el abajo firmante incluido, a escribir sobre música priorizando el criterio propio sobre cualquier otra consideración. No fue un escritor especialmente dotado ni dueño de un olfato musical excepcionalmente fino, pero de ley es reconocer el arrojo de sus textos y la convicción de sus opiniones. Murió el pasado 13 de marzo. A su salud, pues. mp5

• Lasse Marhaug: “The Quiet North” (Second Layer)Ni edits, ni overdubs, ni gaitas: 30 minutos de ruido desatado en tu cara. Muchos lo intentan, pero a casi ninguno le sale tan bien como a Marhaug. Un mascameninges para empezar el día con energía. Redondeando la jugada, brillante juego semiótico entre el título, la portada y el contenido.

Robedoor: “Burners” (Not Not Fun) “Radiant Command” invoca al espíritu de los Stooges cuando aún eran The Psychedelic ídem. “I Thought You Were The Devil” mantiene una correspondencia fluida con Spacemen 3 y Loop. Y “Burning Man” sintetiza todo lo anterior y le suma crescendos a lo GYBE!. Todo ello sometido al pertinente baño de mugre lo-fi, claro.

Denseland: “Chunk” (Mosz)Émulos de Kapitalband 1 con el factor diferencial que aporta la presencia de un superclase como es el vocalista David Moss, Denseland practican una suerte de tribalismo microscópico de lo más subyugante. Cuando el batería Hanno Leichtmann deje de imitar tan descaradamente a Martin Brandelmayr, harán algo grande. El momentazo: “Bela Lugosi’s Dead” de Bauhaus aplicado como base de “Scrape It (Up)”.

Excepter: “Presidence” (Paw Tracks)Un ex-No-Neck Blues Band haciendo minimal wave (o algo así) no podía sonar de otra manera: improvisaciones de treinta minutos, estupor lisérgico y una incómoda sensación de rareza difícilmente digerible del tirón (doble CD, más de dos horas y cuarto de pájara). A sorbos, no obstante, funciona. Y muy bien, añado.

Hair Police: “On Dark And Bloody Ground” (Hospital Productions)¡Qué grandes son Hair Police! Lástima que no se sepan vender como Wolf Eyes, pasen olímpicamente de la épica a lo Yellow Swans y no sean tan teatreros como Prurient. Porque tener, lo tienen todo: riqueza textural, fiereza y salero a la hora de graduar la tensión. Cassette en edición limitada de 100 copias. A buscarse la vida tocan.

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