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Esta es la mejor droga que he probado en mi vida

Se llama Kyary Pamyu Pamyu, es la reina del J-pop, y escucharla es como un colocón de colorines y dulces

Cuando llevas mucho tiempo sin tomar drogas tu cuerpo empieza a responder de manera distinta a ciertos estímulos que antes eran absolutamente normales.

Me explico: hace ya más de tres años que no pruebo ni una sola droga, y sin embargo, desde entonces, hay ciertas cosas —canciones, texturas, imágenes— que al entrar en contacto con mi cuerpo, me producen un curioso colocón.

Eso es precisamente lo que me ocurre cada vez que por mis oídos se cuela la música de Kyary Pamyu Pamyu, una artista japonesa de 22 años a la que, desde sus mismos inicios, la sociedad nipona coronó como la nueva reina del J-pop.

Kyary Pamyu Pamyu es una verdadera heroína en Japón

Escucharla, de hecho, me produce cierta epilepsia: pero no es algo doloroso ni desagradable, porque con su melodía tierna y explosiva siento que la espuma que mi cuerpo expulsa es, en realidad, una mezcla de caramelo y chicle producida directamente en las fábricas de Candy Crush.

Kyary Pamyu Pamyu se convirtió en mi nueva dealer precisamente este verano, cuando regresé de vacaciones— como otros miles de españoles que probablemente encontraron la misma oferta que yo en Atrápalo— del increíble país que es Japón.

Siempre había sentido una profunda admiración por la cultura japonesa, y especialmente por esa capacidad que tienen sus creadores para inventar personajes poderosos, cuya fuerza reside siempre en una oscilación entre lo absolutamente cute y la locura.  

Sus ojos esconden la verdad de la galaxia

Poner los pies en una ciudad como Tokio, además, me hizo entender que allí la realidad superaba a toda la ficción que habíamos aprendido leyendo mangas, viendo animes, o escuchando leyendas urbanas sobre las extrañas costumbres de sus habitantes.

Tokio es el futuro tal y como lo pintan en las películas: carteles luminosos, humanos que caminan como robots, logos extraños y representaciones de animales en dibujos animados por todas partes y carteles sonoros que anuncian desde una película, hasta una marca de mascarillas contra la polución.

Hasta sus ídolos parecen venir de otro planeta, y eso es lo que ocurre precisamente con Kyary Pamyu Pamyu, que al verla y escucharla podríamos pensar que nació en Venus, que sus ojos esconden todos los secretos de la galaxia, y que sus bailes, en verdad, son movimientos secretos para comunicarse con los de su especie.

Kyary Pamyu Pamyu no es sólo cantante y extraterrestre, además de eso, tiene una amplia carrera como bloguera de tendencias, como modelo para algunas de las firmas y revistas más importantes de Japón, y como actriz y animadora de distintos programas de televisión.

Aunque publicó sus primeras canciones con tan sólo 12 años, no se hizo conocida hasta unos años más tarde, cuando sus disfraces estrafalarios, sus videoclips como de videojuego y sus letras ultra-híper-felices contagiaron a miles de chicas que en seguida la coronaron como la voz de toda una nueva generación.

En total, es autora de cuatro discos y cada uno de ellos se ha convertido en un éxito de ventas. Su voz, sus saltitos y sus peleas con monstruos de mentira en videoclips delirantes han sido protagonistas, precisamente, de esos carteles luminosos que pueblan la capital de su país.

Ella ha puesto a bailar a toda una generación

Además, Internet está lleno de versiones de sus bailes, así como de tutoriales para aprender a realizar sus movimientos, una tarea nada fácil para los que no estamos acostumbrados a la música que ella hace, que, por sencilla que parezca, esconde en su interior una mecánica bien complicada.

Puede que sus canciones más famosas sean "PONPONPON” y algunas incluidas en su último disco, como el single “Candy Candy”, sin embargo, para mí la más significativa, o al menos la que consigue que mis ojos se salgan de sus órbitas y que mi corazón se acelere es “Ninja Re Bang Bang”.

No sé a qué se debe mi adicción a esta droga, ni tampoco qué es lo que hace que este tema destaque por encima de los demás, pero intuyo que quizá en dentro de él haya algo de lo que define a la propia sociedad japonesa, y al amor que, cada vez más, desde occidente sentimos por ella.

En “Ninja Re Bang Bang” —lo sé porque la he escuchado 25 veces y media mientras escribía— hay ninjas, y hay geishas, y hay peces de colores, y hay robots, y hay comida de colores, y hay katanas, y hay dulces, y hay teclados eléctricos que se instalan en nuestro corazón y estallan en mil pedazos, blanditos como un peluche.

Hacedme caso, pero cuidado que pega fuerte:

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