Columnas

Kennedy ha resucitado en tu armario

El malogrado presidente instauró más que una simple tendencia, supo hacer ver a la sociedad que la moda era una cuestión política. Repasamos la procedencia de su estilo y analizamos las razones de su influencia posterior

50 años después del magnicidio en Dallas, el zombi de JFK reaparece en los armarios masculinos. El estilo preppy de las apariencias, el esfuerzo, la igualdad de oportunidades, las herencias inventadas y las aficiones fingidas ha vuelto para quedarse.

Brooks Brothers anunció recientemente su desembarco en Madrid. Para muchos, es una marca desconocida. Para unos pocos, representa la quintaesencia de la sastrería americana. Lo que está claro es que su apertura en una ciudad que, a priori, no comulga con su tradición indumentaria, es la prueba de dos hechos casi constatados: la moda masculina empieza a cobrar importancia y el estilo Ivy League (el pijo estadounidense) vuelve a ser tendencia, independientemente de la procedencia y el estatus económico de su cliente.

Cuando uno piensa en Brooks Brothers, sus blazers deportivas y sus camisas estrechas, suelen venirle a la mente los dos Fitzgerald más célebres: Scott y John. El autor y su Gatsby, su más célebre criatura, vestían sus fiestas modernas y ostentosas con piezas de la marca norteamericana. El presidente, sin embargo, se enfundaba en sus trajes para dar a entender que lo suyo era un estilo innato, aparentemente despreocupado y, sobre todo, profundamente accesible.

Los polos, los jerseys de pico, los mocasines o las corbatas estampadas de ésta y otras marcas configuraron el uniforme de la Ivy League, la reunión deportiva de las ocho universidades más prestigiosas de los Estados Unidos. Deporte y elitismo fueron, durante décadas, las dos ideas que quisieron imponer, a través de su armario, los hijos de las familias inmigrantes que prosperaron en el país de las oportunidades. Y todos aquellos que fingieron pertenecer a aquella estirpe. Por eso, resulta curioso ver cómo el disfraz del sueño americano ha generado historias tan opuestas; la del derecho al derroche en la era del jazz y la del líder cercano en las décadas centrales del siglo XX.

"El mayor acierto de sus asesores de imagen fue el dar a entender a la población que todo, esmoquin incluido, formaba parte de su especial carisma"

La de Kennedy fue la primera campaña que le dio una importancia central al guardarropa del candidato. Kennedy era joven y, además, tenía un Pulitzer. La severidad y el conservadurismo del que habían hecho gala los líderes anteriores no funcionaría con una figura cuyos puntos fuertes eran la cultura y la juventud. No se trataba de aupar a un personaje que gobernara con mano de hierro, sino a uno que «había nacido para gobernar». El estilo de la Ivy League daba cuenta de su procedencia, de su paso por las mejores universidades estadounidenses o de su aptitud para los deportes (ese pilar de la idiosincrasia americana que acredita hasta al más inepto intelectualmente) pero, también, se oponía frontalmente a la austeridad y la contención de su oponente. No hay más que ver las imágenes del debate presidencial entre Nixon y Kennedy (el primero en ser televisado) para comprobar cómo el traje clásico del primero perdió la partida ante el aspecto actual del segundo. Kennedy daba la impresión de no acicalarse para los eventos señalados. El mayor acierto de sus asesores de imagen fue el dar a entender a la población que todo, esmoquin incluido, formaba parte de su especial carisma.

Jugó a desafiar los códigos estéticos del poder. Y ganó. El sombrero, indispensable para cualquier mandatario, siempre en la mano, no fuera a ser que llevarlo en la cabeza levantara una barrera imaginaria entre él y su pueblo. Las corbatas y pajaritas, levemente aflojadas, porque las estrecheces y las incomodidades lo alejaban de la naturalidad, su mayor baluarte. Los trajes, estrechos pero nunca ceñidos, se oponían a la silueta estructurada de sus predecesores. Hasta usaba las mismas Ray Ban que Paul Newman. Guapo, seguro de sí mismo, ajeno a las etiquetas asociadas a su posición y, al mismo tiempo, dejando clara en cada prenda su procedencia elitista y su elegancia “innata”. Nunca la naturalidad y la cercanía se fingieron tan bien como en los retratos familiares de la familia Kennedy en la revista Life, donde cada mechón de pelo fuera de lugar era toda una declaración de intenciones.

"Kennedy convirtió el estilo de la Ivy League en la apariencia del triunfador"

Curiosamente, adoptó la misma estrategia que en su momento utilizó Eduardo VIII, el duque de Windsor: saltarse las encorsetadas reglas vigentes en el guardarropa de los poderosos introduciendo prendas deportivas, ampliando la paleta de colores y jugando a combinar piezas de distintos ámbitos. Pero lo que en la Inglaterra de entreguerras fue visto como una osadía y una transgresión propias de uno de los personajes más díscolos que ha dado su monarquía, en la América de los primeros 60 se percibió como la elección natural de alguien joven, rico y carismático, el amor platónico de las mujeres de mediana edad y el amigo que sus maridos querrían tener.

El estilo de la Ivy League (o preppy, como suele denominarse ahora) llevaba años siendo una estética pujante en América. Fitzgerald la utilizó para subrayar su estilo de vida y sumar puntos a su procedencia, Kennedy la convirtió en la apariencia del triunfador. Él la consolidó como el estilo más propiamente americano (aunque sus raíces se encuentren en la ascendencia británica de sus fundadores), el que mejor remarca los valores de su cultura. Por eso, años después, Ralph Lauren, procedente del Bronx, triunfó inventándose un legado falso basado en Irlanda, Harvard, los Hamptons y las carreras de polo. La élite americana no tiene que serlo, sólo parecerlo. Al fin y al cabo, su idiosincrasia está cimentada sobre las nociones de esfuerzo, éxito e igualdad de oportunidades, el caldo de cultivo perfecto para que las nuevas posiciones sociales se simbolicen a través de trajes, logos y cortes de pelo.

"La vuelta del preppy y del imaginario de Kennedy presagian el regreso a un armario de clases, de herencias inventadas y de aficiones fingidas"

Hace cincuenta años que Kennedy fue asesinado en Dallas y hace algunos meses la Fundación Loewe trajo a Madrid una exposición fotográfica que celebraba su estilo. La apertura de Brooks Brothers en la capital está prevista para finales de año y, mientras tanto, las pasarelas masculinas resucitan el estilo del pijo americano y dan carpetazo a la estética rockera y/o neorrural de los últimos tiempos.

Durante años, los pijos nacionales, con sus jerseys de Polo, sus pantalones chinos y sus náuticos sin calcetines, jugaron a ser Kennedy sin saberlo. Suyo es uno de los looks más bizarros de los últimos tiempos: el del jersey de Ralph Lauren con la bandera americana estampada en el frontal y la enseña española anudada en la muñeca a modo de pulsera. Luego (quizá en un intento de dar a entender que eran mucho más que hijos de una buena familia) se hicieron surferos y ahora coquetean con la estética hipster. Pero la vuelta del preppy y del imaginario de Kennedy presagian el regreso a un armario de clases, de herencias inventadas y de aficiones fingidas. Un estilo que puede convertir a los presidentes en figuras cercanas, que incluso puede transformar a los americanos de a pie en personajes elegantes, pero que está tan enraizado en una historia concreta y en sus protagonistas que puede provocar efectos curiosos en los usuarios de otros países.

Tags: ,

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar