Columnas

“Los Juegos Del Hambre”, a vueltas con el fenómeno fan

Las claves de la nueva saga que aspira a repetir el impacto de “Crepúsculo”

Hoy se estrena “Los Juegos Del Hambre”, la adaptación cinematográfica de la exitosa saga novelesca juvenil de Suzanne Collins. Aunque imperfecta, el film propone una generosa dosis de entretenimiento a partir de ideas prestadas de “Crepúsculo” y “Battle Royale”.

Existen los fenómenos inesperados, y una película por la que nadie habría dado un duro se convierte en un éxito. No es el caso de “Los Juegos Del Hambre”, cuya eficacia se intuía hasta en el origen. No había que ser ni un lince ni un visionario para intuir que la novela en la que se basa tenía un potencial cinematográfico extraordinario (igual sí para ver que el pack libro-película sería un fenómeno fan). Firmado por la estadounidense Suzanne Collins, el libro en cuestión parece escrito para ser adaptado y aglutina algunas de las variables más comunes y efectivas del cine actual de entretenimiento. La novela, además, se publicaba en septiembre de 2008, el año en que se estrenaba “Crepúsculo” y –esa vez sí por sorpresa– reventaba la taquilla. No es disparatado sospechar que Nina Jacobson, productora de la película, y el estudio Lionsgate, que adquirió sus derechos de distribución en 2009, intuyeran que “Los Juegos Del Hambre” podría repetir de algún modo la fama de la emblemática película de vampiros.

Muchos puristas del libro y de las dos novelas con las que forma saga, “En Llamas” y “Sinsajo” (ambas serán adaptadas, pero a día de hoy las noticias sobre quién las dirigirá son sólo rumores), odian la comparación. Normal: aun de forma sencilla y decididamente light, la serie inaugurada con “Los Juegos Del Hambre” es más osada en sus temas y menos rosa, menos cursi, sí, que la saga vampírica. Pero, duela más o menos, la conexión es evidente. Y mucho.

Uno.

Es evidente por muchas razones. “Los Juegos Del Hambre” conecta con “Crepúsculo” de distintas maneras. En ambas se advierte una voluntad de acercar el género puro a un espectador joven. Eso es buenísimo. La primera cruza ciencia-ficción distópica y fantasía heroica. La otra, al margen de ser una aproximación suave al subgénero, es una película de vampiros. Cada una en sus variaciones y cruces genéricos, mueven a un entorno fantástico conflictos cotidianos, reconocibles por un público joven. Por irreales que sean sus escenarios, personajes y situaciones, ambas encierran variables comunes como la busca en la adolescencia de la identidad y de cierta libertad, las relaciones familiares y el descubrimiento del amor.

Ambas tienen también una protagonista femenina con personalidad, fuerte, con opción a decidir y capacidad para hacerlo, independientemente de que sus decisiones sean o no afortunadas. Las dos, además, explican historias de heroínas. Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence), la protagonista de “Los Juegos Del Hambre”, es una mujer de acción, una suerte de amazona moderna. La de “Crepúsculo”, en cambio, aunque a veces se suelta el pelo, lleva la procesión por dentro. Una está dispuesta a matar por sobrevivir y la otra, a dejarse morir por amor. Pero las dos pelean.

Dos.

“Los Juegos Del Hambre” no está exenta de un componente romántico. Como la serie inaugurada con “Crepúsculo”, tiene dentro un triángulo amoroso. Pero Collins, que también ha escrito el guión con Gary Ross, el director, y con el guionista Billy Ray, juega esa carta de una forma más ingeniosa que cursi. Ojo, no sacrifica el atractivo comercial del romance adolescente. Pero tanto en la película que nos ocupa como en la novela, los intereses románticos son más ambiguos, son parte de los juegos titulares: los protagonistas se ven obligados a ser tan estrategas en sus relaciones personales como en el campo de batalla, donde se desarrolla parte de la trama.

Los juegos del título no hacen referencia a algo lúdico, sino a un siniestro espectáculo que convierte a la película una especie de versión juvenil, mainstream y descafeinada de la japonesa “Battle Royale” (2000). La película de Ross no es –ni lo pretende– la encendida e incendiaria sátira política que era aquella extraordinaria película de Kinji Fukasaku. Tampoco tiene mucho sentido exigírselo: “Los Juegos Del Hambre” no oculta en ningún momento su naturaleza de accesible entretenimiento. Pero aunque Collins se empeñe en decir que la historia de Katniss nace de cruzar el mito griego de Teseo y el minotauro con una velada de zapping (cuenta que saltó de un reality a un informativo que emitía imágenes de una guerra y, adormilada, trazó un vínculo), el parecido del filme con la magnífica “Battle Royale” –y con el libro que ésta adaptaba– es descarado. Las similitudes están en la historia y en la naturaleza crítica de la propuesta. Cambian muchas cosas, empezando por las más simples (escenario, época y referencias estéticas), pero en ambas películas un gobierno totalitario somete a sus menores a un cruel juego de supervivencia. Los aísla en un lugar hostil (una isla en la japonesa y un bosque en “Los Juegos Del Hambre”) y, en una demostración de poder, de su yugo, hace que se maten entre sí hasta que quede un solo vencedor.

Tres.

Puede verse una doble crítica: al totalitarismo político y a los reality shows, por extensión, a cualquier abuso de poder, a la pérdida de la ética profesional y personal y a la ambición desmedida.

Insisto: por su naturaleza comercial y juvenil (tirando a un público púber), no hay que exigir a “Los Juegos Del Hambre” ni dobleces ni un discurso elaboradísimo, radical o mortalmente incisivo. Si sus autores hubieran sabido encajar eso en un producto de sus pretensiones habría sido maravilloso. Pero su apuesta es más sencilla, sus aspiraciones no son así de ambiciosas: las prioridades son la aventura, el juego, el entretenimiento. No obstante, es indiscutible que, aun de una forma muy sencilla y asequible, tanto la película como la novela plantean determinados temas de interés que no abundan en el cine comercial, aun menos destinado a los más jóvenes, y los aborda desde una perspectiva crítica. Lo hace de forma ligera (aunque no es para nada una película mojigata en su forma de mostrar la violencia), pero lo hace. Así puede verse en “Los Juegos Del Hambre” una doble crítica: al totalitarismo político y a los reality shows, por extensión, a cualquier abuso de poder, a la pérdida de la ética profesional y personal y a la ambición desmedida.

“Los Juegos Del Hambre” propone un mundo particular, pero no es un libro muy descriptivo. Esboza pero no detalla un universo (el de los ricos y poderosos) que se define por la extravagancia y el histrionismo cromático. Pues bien, Ross ( “Pleasantville”, “Seabiscuit, Más Allá De La Leyenda”), un director tirando a discreto, no acierta en su traducción en imágenes de ese mundo imaginario. La película tiene un look medianamente correcto cuando muestra cómo viven los pobres, los que pasan hambre (entre ellos Katniss y su familia), y cuando se vuelve agreste, cuando sigue la batalla de los chicos en el ruedo. Pero es fea, de una excentricidad forzada, en su dibujo del poder. Es uno de sus problemas. El otro, una realización irregular. Según avanza, “Los Juegos Del Hambre” se calma un poco y, sin destacar precisamente por bien rodada, es correcta. Pero tiene un arranque destartalado y caótico, con un movimiento de cámara tan cansino como innecesario. Habría ganado mucho con un buen director al frente. Esperemos que las siguientes caigan en buenas manos.

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