Columnas

John Brockman, la tercera cultura y los problemas de España para juntar letras (y ciencias)

Para que nombres como Steven Pinker y Richard Dawkins (y en parte también Punset) pasasen a ser auténticas celebridades de la divulgación científica, antes hubo que replantear las relaciones entre ciencia y literatura. John Brockman es el responsable.

La Fundación Edge es una de las plataformas que el agente literario John Brockman emplea para difundir su Tercera Cultura, donde convienen un núcleo de intelectuales anglosajones que se conocieron en "restaurantes chinos, lofts de artistas, bancos de inversión, universidades, salas de baile, museos, salones o cualquier otro sitio". Representada por celebridades como Steven Pinker o Daniel Dennet, repensar la manera en que Brockman ha sintetizado la investigación científica y humanista resulta más importante que nunca, ahora que tantos peligros hostigan la investigación en España.

Hace algún tiempo tuve la oportunidad de conocer a una doctora en Antropología. Era joven, guapa y lista, y como sucede que el que esto firma es licenciado en Física, durante la conversación me formuló la siguiente pregunta: “Oye, tú que eres físico, ¿me explicar por qué los habitantes de Nueva Zelanda, que están en las antípodas, y por tanto, boca abajo… no se caen?”. Lo cierto es que no di crédito. La verdad que no entendía hacia dónde tenían que caerse los neozelandeses, ni hacia donde debía desmayarme yo, del susto. Aquella mujer, supuestamente culta, con una tesis bajo el brazo, que seguramente tenía vastas lecturas e investigaciones en los entresijos antropológicos del ser humano, resulta que no llegaba a comprender una cosa tan básica como que la gravedad es una fuerza central que hace que el “abajo” esté siempre en el suelo y el arriba en el cielo. Que no hay un arriba y un abajo absolutos en el Universo. ¿Cómo puede suceder esto? La anécdota, que es real aunque parezca apócrifa, ilustra la tragedia de la división entre ciencias y humanidades.

En una célebre conferencia pronunciada en 1959, el físico y novelista británico C.P. Snow le puso el nombre de ‘las dos culturas’ a eso que en el salón de casa siempre hemos llamado las ciencias y las letras. Desde el propio sistema educativo se marca una línea roja, que algunos juzgan infranqueable, entre estos dos sectores del conocimiento: el que estudia a los hombres y el que estudia a la naturaleza. Para mucha gente “de letras” la ciencia es algo sumamente útil y productivo, pero, eso sí, para que la practiquen los científicos, esa gente rara, en sus apartados laboratorios. Siempre que nos ofrezcan sus resultados, ya sea en forma de smartphone o de novedosas terapias médicas, claro. Un trasunto del “¡qué inventen ellos!”, con el que Miguel de Unamuno estereotipaba la actitud española hacia la investigación científica. También se oye mucho decir, desde el otro lado, aquello de que todo el mundo sabe quién es Cervantes y qué es El Quijote, mientras que pocos pueden enunciar el Segundo Principio de la Termodinámica, una de las leyes físicas más básicas de las que vertebran nuestra realidad.

A propósito de los intelectuales de ciencias y letras, Snow decía en su conferencia: “Entre ambos polos, hay un abismo de incomprensión mutua; algunas veces (especialmente entre los jóvenes) hostilidad y desagrado, pero más que nada falta de entendimiento recíproco. Los científicos creen que los intelectuales literarios carecen por completo de visión anticipadora, que viven singularmente desentendidos de sus hermanos los hombres, que son en un profundo sentido anti-intelectuales, anhelosos de reducir tanto el arte como el pensamiento al momento existencial. Cuando los no científicos oyen hablar de científicos que no han leído nunca una obra importante de la literatura, sueltan una risita entre burlona y compasiva. Los desestiman como especialistas ignorantes”.

"Los artistas, no los literatos, sí estaban interesados en las últimas teorías científicas. Desde entonces, Brockman trabaja para tender puentes entre las dos fortalezas"

Pero existe un ‘tercera cultura’ como la que ansiaba Snow, algo así como una síntesis hegeliana que une y supera a las anteriores. En efecto, ¿por qué me va interesar cómo funciona una célula y no cómo funciona una sociedad? John Brockman, un agente literario especializado en escritores científicos de primer nivel al que le gusta fotografiarse con sombrero, es su máximo paladín. Cuenta Brockman que, en 1966, en una cena del grupo artístico Fluxus, que frecuentaba, el músico John Cage le pasó un ejemplar del “Cybernetics” de Nobert Wiener. Al parecer estaban comiendo unos champiñones cocinados por Cage y debatiendo sobre las ideas más novedosas, como hacían todas las semanas. Brockman, como se ve, estaba muy bien relacionado. En aquella época Brockman pudo ver cómo artistas de la talla de Nam June Paik o Claes Oldenburg incorporaban conceptos científicos en sus obras, y así entró en contacto con la ciencia, pues los artistas, no los literatos, sí estaban interesados en las últimas teorías científicas. Desde entonces, Brockman trabaja para tender puentes entre las dos fortalezas.

Para Brockman, según escribió en 1992, “la tercera cultura consiste en aquellos científicos y otros pensadores del mundo empírico que, a través de su trabajo y de sus escritos expositivos, ocupan el lugar de los intelectuales tradicionales al hacer visibles los significados más profundos de nuestra vida y redefinir quién y qué somos”. Los intelectuales tradicionales, formados en Marx, Freud y posteriores, han quedado desfasados y permanecen ajenos al verdadero avance del conocimiento, que ocurre en el campo científico. “Su cultura, que desdeña la ciencia, a menudo no es empírica. Utiliza su propia jerga y lava sus propios trapos sucios. Se caracteriza fundamentalmente por el comentario sobre comentarios, la fuerte espiral de observaciones que acaba llegando a un punto en el que se pierde el mundo real”, explica refiriéndose a la cháchara académica, una idea en la que profundizó Alan Sokal en su obra “Imposturas Intelectuales” (Paidós).

El affaire Sokal merece capítulo aparte, porque tiene su gracia. En 1996 este físico estadounidense (que fue profesor de matemáticas en la Nicaragua sandinista) enviaba a la revista Social Text, de la Universidad de Duke, un artículo titulado “Transgredir los límites: Hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica”. El texto era dificilillo, todo hay que decirlo, pero daba la impresión de decir algo muy interesante en el fondo, aunque no se supiese el qué, así que los editores de la revista lo dieron por bueno y fue publicado. Poco después Sokal reveló que lo que había enviado era un disparate, nada más que verborrea absurda supuestamente intelectual. Les había metido un gol por toda la escuadra. Al año siguiente, el físico publicó junto con Jean Bricmont Imposturas Intelectuales, en el que denunciaba el sinsentido del uso de las metáforas científicas en los textos de filósofos posmodernos como Deleuze, Lacan o Kristeva, más cercanos a la poesía que a la utilidad.

Ejemplo: la feminista Luce Igaray llegó a sugerir que la ecuación de Einstein, E=mc2, es una ecuación sexuada…

"Edge.org busca gente que tome ideas del arte, la literatura y la ciencia y las ponga juntas de una manera diferente"

Volviendo al tema: los avances científicos en neurociencia, física, computación, biología, genética, informática y demás, dice la tercera cultura, también sirven para ayudar a comprender al hombre, e incluso a la sociedad. En su libro “La Tercera Cultura” (Tusquets, colección Metatemas), Brockman reúne textos de físicos, filósofos, informáticos, evolucionistas, etc, que van ocupando el lugar del intelectual clásico. La crítica que se le podría hacer a Brockman y su proyecto, es que, con cierto aire de superioridad, más que integrar las ciencias y las humanidades, trata de sustituir a los humanistas por científicos que lo pueden hacer mejor que ellos.

La Fundación Edge (sin ánimo de lucro) y la web edge.org son las plataformas que utiliza Brockman para alimentar y divulgar esta tercera cultura. Su (kilométrico) lema es “llegar a los límites del conocimiento del mundo, buscar las más complejas y sofisticadas mentes, ponerlas juntas en una habitación y hacer que se pregunten las unas a las otras las preguntas que se preguntan a sí mismas”. Edge, según explican, es un lugar de conversación, de contraste de ideas, a la manera de instituciones clásicas como la Royal Society británica (sociedad pionera que trataba de obtener conocimiento a través de la investigación), o la Sociedad Lunar de Birmingham, un club informal que reunía a las figuras intelectuales más importantes de la primera era industrial, como James Watt o Benjamin Franklin. Pero todo esto trasladado, claro está: ahora en vez de un humeante salón lleno de libros viejos y aparatos vintage, se discute en una página web. La web se fundó en 1996, como una versión digital de The Reality Club, “una búsqueda informal de intelectuales que se conocieron entre 1981 y 1996 en restaurantes chinos, lofts de artistas, bancos de inversión, universidades, salas de baile, museos, salones o cualquier otro sitio. Aunque el sitio esté ahora en el ciberespacio, el espíritu del Reality Club vive en las animadas conversaciones y excitantes ideas que guían la discusión hoy”. Edge.org busca gente que tome ideas del arte, la literatura y la ciencia y las ponga juntas de una manera diferente.

¿Y quiénes son los miembros de esta nueva cultura? Científicos como el biólogo evolucionista y ferviente ateo Richard Dawkins (fue uno de los promotores de aquellos autobuses que decía “Dios no existe, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida”), el psicólogo evolutivo Steven Pinker (que, en su última obra, explica que el hombre vive su época menos violenta), o el barbudo filósofo de la mente Daniel Dennett, se encuentran entre los nombres más destacados de esta ‘movimiento’. Mentes estereoscópicas para una nueva forma de captar el mundo.

"En España da la impresión de que todavía estamos asimilando lo de las dos culturas, como para pensar en saltar a la tercera"

¿Y en España? Según las encuestas de percepción social de la ciencia que realiza la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt), los científicos son de los profesionales más valorados por el ciudadano (por encima, por supuesto, de los políticos y los periodistas). Sin embargo, aunque se respete, mejor no mezclarse: a la gente le cuesta acercarse a la ciencia, que considera un saber arcano, aunque permee todos los aspectos de nuestra vida. Podemos considerarnos un país bastante analfabeto en cuestiones científicas: da la impresión de que todavía estamos asimilando lo de las dos culturas, como para pensar en saltar a la tercera. Aunque puede que esto cambie: los esfuerzos divulgativos van en aumento. Qué duda cabe de que el programa Redes, de Eduard Punset (aun habiendo caído a veces en la pseudociencia, como así sucediese en la entrevista con el gurú Deepak Chopra, y obviando los anuncios de pan Bimbo que protagoniza el anciano sabio) ha puesto la ciencia sobre la palestra. Al menos la gente sabe que existe. Punset ha entrevistado, además, a buena parte de los nombres que se integran en esto de la Tercera Cultura, incluido al propio Brockman. Por lo demás, el sabotaje presupuestario al que el Estado somete a la investigación científica, a punto de colapsar, que provoca además una despavorida fuga de cerebros, no ayuda demasiado.

Acabaré con otra referencia personal: tal vez la pregunta que más veces me han hecho en mi vida es aquella de: ¿cómo es que un licenciado en Astrofísica se mete a juntaletras? Si cada vez que me la han hecho me hubieran dado un céntimo probablemente no me encontraría escribiendo este artículo. Es una prueba palpable y continua que me demuestra lo poderosamente compartimentada que tenemos nuestra mente. Respecto a la respuesta: tal como está el periodismo a veces pienso que quizás me hubiera ido mejor siendo científico. Aunque en vista de que cómo esta ciencia, a veces pienso que quizás hubiera sido mejor no haber nacido.

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