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Jim Jarmusch: un cineasta contracorriente para Primavera Sound

Jim Jarmusch estará tocando su música experimental en la próxima edición del festival barcelonés: un buen momento para repasar la carrera del director de cine renovador que se pasó a la guitarra

Jim Jarmusch iba para periodista y poeta pero el cine se cruzó en su camino. Desde entonces, se ha dedicado a su gran pasión, el cine, con resultados más que notables. No sólo es uno de los referentes del cine independiente, sino que toda su obra lleva una impronta única que además pasa por la música, un protagonista más de sus películas y también una de las actividades a las que se dedica Jarmusch de forma profesional. Este mes de mayo le tendremos tocando su música en Primavera Sound.

Jim Jarmusch es tal vez el menos mediático de esa nueva generación de directores independientes que asaltó las pantallas de los cines entre los 80 y los 90. Directores como Gus Van Sant, Tom DiCillo, Hal Hartley, Spike Lee, David Lynch, John Waters, Larry Clark, Alex Cox, Steven Soderbergh, Harmony Korine, Joel y Ethan Coen, Vincent Gallo, Gregg Araki... y el propio Jarmusch tenían algo en común: películas de bajo presupuesto, personajes que a menudo rozaban la marginalidad y una nueva forma de narrar historias alejada de esa forma de hacer cine tan americana basada en la acción, el color y las historias con final feliz. Es cierto que siempre ha habido mercenarios que han ido a contracorriente (¡cómo olvidar al gran John Cassavetes!), pero es en la década de los 80, en plena opulencia económica (o al menos eso nos querían vender con títulos como “Wall Street” o “Armas de Mujer”) cuando una serie de cineastas decidió plantar cara a las mentiras del sueño americano y mostrar la cara oculta de la moneda, convirtiendo a los excluidos en los verdaderos protagonistas. Yonquis, ladrones, chaperos, prostitutas y jóvenes sin futuro se convertían en los nuevos protagonistas de una serie de cintas que rompieron moldes no sólo por las historias que contaban, sino por cómo las contaban: a menudo empleaban el blanco y negro, la acción a veces estaba sólo en el diálogo, importaba tanto lo que se callaba como lo que se decía y jugaban con guiones que no siempre tenían por qué ser lineales. A menudo, ni siquiera tenían principio y fin, sino que se trataba de mirillas para curiosear en las vidas de estos personajes.

Aunque la fortuna de muchos de estos directores ha sido desigual (algunos siguen en el underground por vocación, otros han pegado el salto al cine más comercial y otros se han pasado directamente al otro lado de la cámara), entre los 80 y los 90 fueron una garantía de ver buen cine, con una sensibilidad deudora de la nouvelle vague francesa y unas historias que tenían más éxito fuera que dentro de las fronteras de Estados Unidos, pese a que sin pioneros como ellos hoy no existieran festivales como Sundance ni hablaríamos de “mumblecore”, ese nuevo cine independiente que gastan ahora en Norteamérica. Jim Jarmusch pertenece a esa generación de directores. Sin él, de hecho, no se puede entender ese cine: su legado incluye joyas como “Coffee and Cigarettes”, “Night on Earth”, “Dead Man Walking” o “Stranger than Paradise” ( elegida por la revista Empire como una de las 50 películas más relevantes del cine independiente, lista que también incluye “Ghost Dog”). ¿Pero de dónde sale Jim Jarmusch y por qué merece estar entre los mejores? ¿Y desde cuándo se dedica a la música?

De poeta a cineasta

La vida de Jim Jarmusch, aparentemente, no se diferencia de la de cualquier otro norteamericano de clase media: nace en Akron (Ohio), tiene dos hermanos y vive en los suburbios (esos barrios de casa unifamiliar y jardín, nada que ver con lo que aquí se entiende por suburbio), se niega a ir a misa en su adolescencia y como sus amigos prefiere pasar el tiempo escuchando los discos que toma prestados de sus hermanos mayores, leyendo a Kerouac y Burroughs y colándose en los bares con carnets de identidad falsos. “ Crecer en Ohio suponía planificar cómo salir de allí”, diría más tarde en una entrevista al New York Times. Pero desde su infancia desarrolló una afición al cine en la que sin duda algo debió influir su madre, quien había sido crítica de cine y teatro y que por las mañanas dejaba en el cine al joven Jarmusch en esas sesiones dobles que ya son cosa del pasado.

Con los años, a Jarmusch se le presentaría una ocasión única para dejar Ohio y trasladarse a Chicago en forma de carrera universitaria: empezó a estudiar periodismo, pero le echaron por no matricularse más que en asignaturas relacionadas con literatura y arte, y de ahí saltó a la Universidad de Columbia, donde se centró en la que creía que sería su carrera como poeta, nada menos. Allí estudió con algunos de los poetas de la vanguardia de Nueva York, como Kenneth Koch, y empezó a experimentar con con “ piezas abstractas semi-narrativas”. Pero una beca para estudiar en París trastocaría esos planes: allí pasaba más tiempo en la Cinemateca que en las aulas y entró en contacto no sólo con el cine europeo, sino también con la obra de directores asiáticos. De vuelta a Estados Unidos, Jarmusch logró una plaza en el departamento de cine de la Universidad de Nueva York, donde se convirtió en asistente de Nicholas Ray, que entonces daba clases allí y donde además conoció a Wim Wenders, con quien trabajó en “Lightning Over Waters”, el documental que rodó el alemán sobre la vida de Nicholas Ray. Es entonces cuando Jim Jarmusch decide centrar todas sus energías en el cine.

Pero si durante el día era un aplicado estudiante, por las noches se introdujo en la escena no wave de Nueva York, donde se unió al grupo Del-Byzanteen. Tanto su carrera musical como la académica pasarían a un segundo plano en 1979, cuando decidió poner en práctica el consejo del propio Ray: decidió que más que hablar de dirigir, debería hacerlo, con lo que dedicó parte de su beca a financiar la que sería su primera película: “Permanent Vacation”.

Las primeras obras de Jarmusch

La huella de Jarmusch, su formación y su querencia por la música se dejan ver desde la primera cinta, protagonizada por un joven que vagabundea mientras intenta encontrar el sentido de la vida y que da pie a diálogos sobre “Los Cantos de Maldoror” de Lautréamont, a escenas de baile en las que conjuga la imaginería del rock de los 50 con el que creció Jarmusch con el nihilismo. Aunque en Estados Unidos pasó sin pena ni gloria, en Europa incluso cosechó premios en festivales menores. Cuatro años más tarde llegaría “Stranger than Paradise”: rodada en blanco y negro, Jarmusch usa un personaje extranjero para acercarse a la vida de dos jóvenes neoyorquinos y toma elementos prestados de la nouvelle vague, la comedia y la road-movie. Fue una coproducción alemana y norteamericana, rodada en inglés y en húngaro, que entonces supuso toda una declaración de principios: Jarmusch no pensaba adaptarse a las exigencias de la industria del cine de Estados Unidos. Esta apuesta dio sus frutos, y Jarmusch recogió la Cámara de Oro en el Festival de Cannes y recibió el premio nacional de la crítica estadounidense. ¿La música? Corría a cargo de Screamin’ Jay Hawkins y una banda experimental creada ad hoc, The Paradise Quartet. Las bandas sonoras empezaban a destacar en la filmografía de Jarmusch como un elemento clave. Él mismo declaraba en una entrevista que le gustaba cuidar ese aspecto. Iba más allá incluso: “la música me inspira mucho, casi más que cualquier otra cosa, porque para mí es la forma artística más pura, es otro lenguaje, así que siempre que escribo un guión me centro en música que me dé ideas”.

A partir de ese momento, la filmografía de Jarmusch iría in crescendo: la comedia negra “ Down by Law”, protagonizada por aún desconocido Roberto Benigni; “Mistery Train”, con dos adolescentes japoneses, una viuda y un punk que coinciden en Memphis atraídos por la figura de Elvis y “Night on Earth”, una cinta coral protagonizada por las historias de varios taxistas y sus pasajeros en una noche cualquiera. Sólo por ver el monólogo en que el taxista romano (Roberto Benigni, que repite aquí) confesándose espontáneamente al cura al que traslada, ya merece la pena prestarle atención.

Son también los años en que Jarmusch comienza su serie de cortometrajes “Coffee and Cigarettes”: protagonizados por músicos y actores, transcurren en torno a una mesa con café y los cigarrillos que entonces se podían fumar sin tener que exiliarse en la calle. Con ese hilo conductor, Jarmusch jugaba con el “mockumentary”, dejando que fuera el espectador quien se tuviera que preguntar cuánto había de verdad y cuánto de guión en las conversaciones conductoras. Steve Buscemi, Iggy Pop, Tom Waits, The White Stripes, GZA y RZA son sólo algunos de los personajes que desfilan por estos cortos que no se convirtieron en película hasta 2003 y que se interpretan a sí mismos.

Madurez

Jarmusch entra en los noventa siendo un nombre consolidado dentro del cine. Ya no tiene que recurrir a trampas para financiar sus películas y ha servido de trampolín a algunos de sus colaboradores, como Tom DiCillo. Pero lejos de abrazar la maquinaria de Hollywood, Jarmusch prefiere seguir a su aire, rodando historias de perdedores que a la larga resultan mucho más creíbles y cercanos que esos triunfadores a los que todo sale bien.

Para la primera película que dirige en esta década cuenta con Johnny Depp, actor de ascendencia india que encajaba como un guante en el papel de William Blake, un forajido del oeste que protagoniza una aventura existencial (aquí la road movie es interior y exterior). Rodada en blanco y negro, y con banda sonora a cargo de Neil Young (quien basó casi todo su trabajo en la improvisación), “Dead Man” cautivó a esa Generación X desencantada con el sistema y que se identificaba con la música de Young, con la deriva existencial de Depp, con el fiel retrato de los indios que hacía Jarmusch y con guiños culturales como el nombre del protagonista o la recuperación de iconos como Iggy Pop. Puede que la acción transcurriera en el siglo XIX, pero no era difícil entender el periplo místico de William Blake (la coincidencia del nombre con el del poeta romántico no es nada casual), que casaba bien con las inquietudes de toda una generación. Es significativo que los críticos de cine la rechazaran y que, por el contrario, Greil Marcus la considerase una de las películas más relevantes del siglo XX.

Dos años más tarde Jarmusch estrenaba “The Year of The Horse”, un documental sobre Neil Young con entrevistas al músico y a su banda e imágenes de archivo que se remontan incluso a los años 70. Habría que esperar a 1999 para otra de sus grandes cintas, “Ghost Dog: The Way of the Samurai”, que bajo la apariencia de película de acción sobre la mafia esconde un homenaje a “El Samurai” (Jean-Pierre Melville, 1967) y a ese cine japonés poblado de guerreros y códigos de honor que descubrió de joven en la Cinemateca. Premiada en el Festival de Cannes con la Palma de Oro, la película es el mayor éxito de crítica y de taquilla de Jim Jarmusch hasta la fecha: sólo en Estados Unidos recaudó más de 9 millones de dólares, una cifra nada desdeñable para el mismo director al que ningunearon en sus comienzos. Y de nuevo, cuidó la banda sonora al detalle, que esta vez corrió a cargo de RZA (quien también tiene un breve cameo al final de la cinta).

A partir de ese momento, Jim Jarmusch opta por las películas corales, a menudo con grandes presupuestos y repartos de lujo que le garantizan, cuando menos, buena recaudación en taquilla. “Broken Flowers” (2005) y “The Limits of Control” (2009 y rodada en España, con un reparto internacional) son más complejas de lo que parecen. Aparentemente se trata de obras menores, alejadas del lenguaje narrativo al que Jarmusch nos tiene acostumbrados, pero basta con ir un poco más allá para descubrir que sigue los mismos planteamientos radicales de sus comienzos, con obras en las que se niega a revelar todo el argumento al espectador, cosa que indignó a muchos con “Broken Flowers”, pero que en el fondo no deja de parecerse a la vida misma. Y de nuevo cuidó la banda sonora de ambas citas al detalle, con música de Boris, Sunn O))), Earth, LCD Soundsystem, Marvin Gaye, Dengue Fever... y con unos personajes que viven al margen de cualquier convención social.

La próxima película de Jim Jarmusch será “Only Lovers Left Alive”, en la que Tilda Swinton, Steve Buscemi y Tom Hiddelston protagonizan una historia de vampiros, estrellas de rock y amor inmortal.

La música

Si de joven Jarmusch hizo sus incursiones en la escena de la no wave, con el estatus de director de culto que le avala, esas colaboraciones han ido más allá: ayudó a comisariar la edición neoyorquina del festival ATP de 2010 (con un cartel que incluía a Mudhoney, LesSavy Fav, Fuck Buttons, Sonic Youth, Neu!, GZA, Boris y Sunn O))), entre otros), está trabajando en un documental sobre Iggy Pop y está co-escribiendo una ópera sobre Nikola Tesla.

La próxima edición del Primavera Sound estará presentando junto a Jozef Van Wissem, que colabora en sus álbumes “The Mystery of Heaven” y “Concerning the Entrance into Eternity” (y que incluye la lectura de la obra de San Juan de la Cruz en “ He Is Hanging By His Shiny Arms, His Heart an Open Wound With Love”), ambos publicados en 2012 y que abarcan un amplio espectro, desde el noise al drone pasando por la recreación ruidista de música clásica asiática en temas como “ The Mystery of Heaven”. Sin duda, la actuación de Jarmusch y Van Wissem, puede ser una de las sorpresas del festival.

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